CAPÍTULO 6 · NIL #2
Anoche, apoyada en la pared mojada de Lola y Sal, me había mordido el labio hasta dejarme una marca pequeña que todavía notaba al hablar. Y ahora estaba en mi escenario, con el borde manchado de rojo y una norma ridícula para no admitir que la idea de escucharme tocar le movía algo por dentro.
—No voy a tocar para ti —dije.
—Eso quería oír.
—Tocaré porque me pagan.
—Eso sí me parece sano.
—Y si miro, miro al público.
—Más sano aún.
—Y si tú crees que todo va contigo...
Me la puso en la palma.
Esta vez cerró mis dedos con los suyos, igual que yo había hecho con ella. Presionó la mancha roja contra mi piel.
—Nil —dijo, bajando la voz—. Todo no va conmigo. Pero esto sí.
Se fue antes de que contestara.
Era exactamente lo que haría ella.
Clavar y salir.
Me quedé con aquello en la mano mientras Enric entraba con un vaso lleno de hielo.
—¿Me he perdido algo? —preguntó.
—Sí.
—¿Bueno?
—Caro.
A las nueve y media, el Club Aleta se llenó de perfume caro, camisas abiertas y sandalias nuevas.
Antes de las diez ya había gente cantando por encima de la música.
Jana seguía entrando y saliendo del camerino.
Cada vez que salía, dejaba a alguien listo detrás: una mujer con el pelo alto, otra con la boca roja, la novia por fin tranquila.
Yo toqué cuando me lo pidieron.
Dos canciones.
La primera, una rumba fácil. La segunda, una lenta que Enric había metido en la lista. La toqué y ya.
No miré a Jana.
Durante la primera.
En la segunda fallé.
Estaba junto a la barra, bebiendo agua, con el maletín a los pies y la cara seria. Cuando rocé las cuerdas, el borde rojo me manchó el índice.
Ella lo vio.
Yo vi que lo veía.
Se acabó mi concentración.
Una cuerda sonó mal.
Enric, desde la barra, levantó el pulgar y lo vendió como parte del encanto.
Jana se quedó mirando el vaso.
Sonrió apenas. Mínimo.
Suficiente para fastidiarme la noche.
Después de la canción, apagué la guitarra y volví a la mesa. Necesitaba distancia, agua y que nadie me hablara de manos.
No conseguí ninguna de las tres cosas.
La novia subió al escenario con el micro en la mano, llorando ya sin miedo a estropear nada.
—¡Jana! —gritó—. ¡Sube!
Jana levantó las manos desde la barra.
—Ni muerta.
—¡Me has salvado la cara!
—¡Te he cobrado por ello!
La sala se rio.
La novia insistió.
Enric, criminal, encendió el foco pequeño y lo movió hacia Jana.
La luz le cayó encima, roja por la pantalla vieja del lateral.
Jana se inmovilizó un instante. No le gustó.
No de verdad. Su sonrisa apareció rápido, pero yo ya había visto el parpadeo, la mano buscando el maletín, el cuerpo preparando huida.
Me había visto demasiado y había ojos por todas partes. Me moví antes de decidirlo, sin subir al rescate ni hacer de héroe.
O eso me dije mientras bajaba el volumen del micro de la novia y ponía una canción fuerte, de las que arrastran palmas y obligan a mirar a otro sitio. La sala cambió de foco. Las chicas gritaron. Enric se giró hacia la mesa, confundido. Jana quedó fuera de la luz.
Me miró desde la barra.
No agradecida. Cabreada.
Justo lo que faltaba.
A los dos minutos apareció detrás del escenario.
—¿Qué haces? —dijo.
—Trabajo.
—No me apagues un foco.
—He subido una canción.
—Nil.
—Jana.
—No soy una avería.
Me entró recta.
No por nueva.
Porque la traía preparada desde antes de llegar.
Apagué el canal del micro y dejé los cascos sobre la mesa. Detrás del escenario hacía calor. La pared vibraba con la música. Olía a madera, sudor y perfume dulce de fiesta.
—Eso no es lo que quería decir.
—No hace falta.
—Te estaban poniendo en el centro y no querías.
—Puedo salir sola.
—Lo sé.
—Pues no me abras puertas que no he pedido.
—No abrí nada. Cerré un micro.
—Qué diferencia tan preciosa. ¿La apunto en una servilleta?
Se pasó una mano por el cuello. Tenía un resto de iluminador en la muñeca y una horquilla enganchada al tirante del vestido. Quise quitársela.
Siguió donde estaba.
—Jana —dije—, si quieres que mire para otro lado, dímelo.
—Quiero que no decidas por mí.
—Vale.
—No digas vale tan rápido.
—¿También está mal?
—Sí, porque parece que lo entiendes y luego haces lo que te sale de las manos.
—De las manos.
Me señaló con un dedo.
—Ni se te ocurra usar eso.
No pude evitar la sonrisa.
Ella tampoco pudo evitar mirarla.
La música subió fuera. Alguien coreaba el estribillo mal, tarde, feliz. Detrás del escenario, Jana y yo estábamos a medio metro de una pelea que olía a beso por todos lados.
—No quería dejarte expuesta —dije.
—Y yo no quiero deberte nada.
—No te he cobrado.
—A veces eso sale más caro.
Lo tenía delante.
La deuda.
No la dijo.
Pero le ocupó la boca.
Pensé en su madre. Una noche, con dos copas y los pies en el salpicadero de mi furgoneta, Jana había dicho que en su casa hasta una sopa venía con factura. Después cambió de tema y me preguntó si sabía besar o solo afinar guitarras.
No le dije que seguía dándole vueltas.
No era el momento.
Con Jana casi nunca lo era.
—No me debes nada —dije.
—Ya empezamos con las frases bonitas.
—No son bonitas.
—Suenan limpias.
—Entonces las ensucio: no me debes nada, pero me jode verte con cara de querer desaparecer.
Su mandíbula se movió.
Le había dado.
Lo noté cuando se fijó en mis dedos.
Miró mi mano.
La tenía entre los dedos.
—Dámela —dijo.
—La necesito para la tercera canción.
—No va a haber tercera.
—¿Ahora decides tú?
—Ahora estoy evitando que hagas dedos tristes.
Acorté la distancia. Un paso.
Jana aguantó sin apartarse.
—No eran tristes —dije.
—Un poco.
—Eran profesionales.
—Peor.
Levantó la mano para quitármela. La cerré. Tarde. Sus dedos quedaron encima de los míos. La misma tontería de siempre, el mismo punto exacto donde todo dejaba de tener gracia y empezaba a tener cuerpo.
—No aquí —dijo.
—No he hecho nada.
—Estás respirando muy cerca.
—Tú has venido detrás del escenario.
—A gritarte.
—Grita.
No gritó.
Jana me empujó hacia atrás con la mano libre, pero no lo bastante. Yo choqué contra una caja de cables. Ella quedó delante de mí, con la música golpeándonos desde la pared y la luz de emergencia dibujándole la cara a medias.
—No me toques cuando estoy trabajando —dijo.
—Eso sí puedo entenderlo.
—No te estoy tocando.
Miró nuestras manos unidas.
—Eres malísimo mintiendo cuando te conviene.
La dejé caer.
Ella no soltó mi mano.
Lo entendió cuando ya me tenía delante.
Sus ojos subieron a los míos. La boca roja había perdido una esquina, de morderse o de hablar. Levanté la otra mano y la dejé a dos dedos de su cintura.
—Puedo no tocarte —dije.
—Qué mérito.
—Puedo esperar.
—No me impresiona.
—No intento impresionarte.
—¿Entonces qué?
Buena pregunta, mala hora y peor mujer.
—Intento no acostumbrarme —dije.
A Jana se le escapó una risa.
Una risa corta, baja, con veneno y nervio.
—Pues se te da fatal.
Me besó ella.
Me salió brusco. Fuerte.
Una mordida más que un beso. Me agarró de la camiseta, me dejó el pecho vacío y se apartó antes de que yo pudiera tocarla de verdad. La música tapó cualquier sonido. La pared nos escondió del público, pero no de la consecuencia.
Al separarse, Jana tenía la respiración rota y la mano cerrada.
—Esto no cuenta —dijo.
—Como digas.
—Estoy enfadada.
—Muchísimo.
—Y trabajando.
—Ya lo he oído.
—Y tú me has provocado.
—Respirando.
—Entre otras desgracias.
Se limpió la comisura de la boca con el pulgar. Se le quedó una mancha roja en la piel.
Yo la miré.
Sus ojos bajaron al rojo de mi boca.
La mía también tenía rojo.
Ahí sí sonrió.
La sonrisa me dio mala espina.
—Bórrate eso antes de salir —dijo.
—¿El qué?
—Mi falta de criterio.
Se fue.
Yo me quedé detrás del escenario con la guitarra muda, el hueco vacío otra vez y el pintalabios de Jana en la boca.
Enric apareció por el lateral justo cuando yo intentaba limpiármelo con el dorso de la mano.
Levantó los ojos hacia mí.
Se fijó en mi boca.
Sonrió tan despacio que quise desconectarle el club entero.
—Borràs.
—Ni una palabra.
—Solo una.
—Enric.
—Rojo.
Fuera, Jana volvió al centro de la sala con la boca en su sitio y mis marcas escondidas detrás del escenario.
Me sostuvo la mirada durante el flash. Sonrió para la foto; a mí no me dejó ninguna salida.