CAPÍTULO 6 · NIL
El escenario de Club Aleta olía a madera vieja, cerveza derramada y cable recalentado.
Me agaché detrás de un monitor, metí la mano entre polvo, una chapa de refresco y un chicle pegado que llevaba allí mínimo tres civilizaciones, y tiré del Jack hasta que el altavoz dejó de gruñir.
—Prueba ahora —grité.
Enric Ametller golpeó el micro con dos dedos. Pum.
Pum.
—¿Esto se oye?
El golpe salió por los altavoces con un latigazo que hizo que una camarera soltara un vaso en la barra.
—No pegues al micro —dije.
—Solo lo acaricio fuerte.
—Acaricia menos.
Enric sonrió desde el centro del escenario, guapo de esa forma barata de la gente que ha nacido sabiendo dónde ponerse para que le dé bien la luz.
Treinta y uno, camisa blanca remangada, pelo oscuro, manos de no cargar nada que no sea una bandeja cuando hay público mirando.
En el Club Aleta caía bien a todo el mundo.
Eso ya era motivo suficiente para desconfiar.
—Tú siempre tan dulce, Borràs.
—Y tú siempre a punto de romperme material.
—Para eso te pago.
—Me pagas tarde.
—Pero te pago sonriendo.
—Eso no cotiza.
La sala estaba a medio montar: guirnaldas apagadas, mesas contra la pared, una nevera con hielo derritiéndose y el ventilador empujando aire caliente. Afuera, Marblava empezaba con motos, tacones y sillas arrastradas. Dentro, yo tenía una prueba de sonido, una guitarra y un bolsillo vacío.
La busqué por quinta vez. Bolsillo delantero. Nada.
Trasero. Nada. Estuche. Nada.
No estaba. Jana la tenía.
Me incorporé con el cable enrollado en la mano y la nuca sudada.
No iba a venir.
Lo había dicho con la barbilla alta, la camiseta mojada y la boca marcada por la mía. Lo negro seguía en su mano. No pensaba. Fantástico.
Mucho mejor. Mucho mejor.
Probablemente peor.
—¿Has perdido algo? —preguntó Enric.
—La paciencia.
—Esa no la traías.
Conecté la mesa. Un zumbido bajo subió por los altavoces y murió cuando ajusté la ganancia.
Técnicamente, todo iba bien. Eso tendría que haberme tranquilizado.
Las cosas que se enchufaban y respondían eran mi zona cómoda.
Si había ruido, lo aislabas. Si había interferencia, buscabas masa.
Si algo no sonaba, revisabas cable, entrada, salida, corriente.
Con Jana no había manual.
Con Jana había una norma ridícula y una boca que todavía notaba en los dedos.
—Eh —dijo Enric—. La novia ha pedido música suave antes de que entre la gente.
—¿Suave para una despedida en Club Aleta?
—No juzgues. Hoy es elegante.
Una camarera pasó con una caja de copas y soltó:
—A las doce están bailando encima de una silla.
—También elegante —dijo Enric.
Me reí por la nariz y conecté el portátil a la mesa. Revisé la lista. Pop antiguo, rumba lenta, dos canciones que odiaba con una intensidad laboral. Todo correcto.
Entonces entró Jana. No entró sola.
Entró con un maletín enorme de maquillaje en una mano, una bolsa de tela llena de sprays en la otra, el pelo recogido con tres pinzas desiguales y unas gafas de sol en la cabeza, aunque dentro no había sol.
Llevaba un vestido negro corto, sencillo, pegado al cuerpo por el calor, y sandalias planas. La boca roja.
Roja de verdad. De guerra.
De «hoy controlo yo».
Mal asunto.
Detrás de ella venían dos chicas con vestidos de satén arrugado, otra con un velo de novia de broma y la novia de verdad, medio llorando porque una extensión se le había soltado.
—No puedo entrar así —decía la novia—. Mi tía dice que parezco una figurita de roscón.
—Tu tía tiene un problema con la alegría —dijo Jana—. Siéntate antes de que te deje una ceja triste.
Me quedé con una mano sobre la mesa de sonido.
Jana no me miró ni una vez. Yo tampoco; me concentré en el cable.
Muy de mujer que la noche anterior me había metido los dedos bajo la camiseta y luego me había dicho que no me acostumbrara.
—Jana Prats —dijo Enric, bajando del escenario con una sonrisa de anuncio local—. Salvadora de novias, ruina de agendas.
—Enric Ametller —contestó ella—. El único hombre de Cala Saurina capaz de cobrar entrada por un cumpleaños y llamarlo evento privado.
—Te he echado de menos.
—Eso explica tu mal gusto, pero no lo cura.
Enric le cogió el maletín.
El maletín.
Nada más.
Aun así, mis dedos apretaron el borde de la mesa. Ridículo.
No tenía derecho.
Eso no evitó que me imaginara tirando a Enric dentro de la nevera portátil.
Jana le dejó coger el maletín dos segundos y luego se lo arrebató.
—No me lo rompas. Vale más que tu dignidad.
—Mi dignidad está financiada por copas.
—Se nota.
Pasaron junto al escenario. Jana olía a laca, crema solar y ese pintalabios suyo que parecía recién puesto, aunque el mundo se estuviera derritiendo. Notó mi mirada entonces. Se detuvo un momento. Muy poco.
—Borràs —dijo.
—Prats.
—Bonito zumbido.
—Bonita excusa.
Su boca hizo el amago de sonreír.
—Trabajo.
—Yo también.
—Se te da mejor cuando no miras.
—A ti también.
La novia se abanicó con una carta de bebidas.
—¿Os conocéis?
—No —dijo Jana.
—Sí —dije yo.
La novia nos miró encantada.
Jana me clavó los ojos.
—Del pueblo —añadí.
—Ah —dijo ella, decepcionada—. Qué normal.
—No te fíes —murmuró una de las chicas de satén.
Jana le puso dos dedos en el hombro y la guio hacia los camerinos pequeños del fondo, que en realidad eran un almacén con un espejo, tres bombillas y una cortina que no cerraba del todo.
—Todas dentro —ordenó—. La que llore antes de sentarse paga suplemento.
La vi desaparecer.
No debía mirar.
Miré de frente.
Enric subió al escenario otra vez y se apoyó a mi lado.
—Tiene carácter.
—Tiene prisa.
—Tiene novio?
El cable se me resbaló de la mano.
Lo recogí.
—Pregúntaselo a ella.
Enric me observó con una ceja levantada.
—Uy.
—No sigas por ahí.
—Ni siquiera he llegado.
—Esa frase empieza siempre algo.
—Solo preguntaba por logística social.
—Pues logistícate lejos.
Enric soltó una carcajada y volvió al micro.
—¿Prueba con guitarra o con la lista?
Miré la silla donde estaba mi guitarra. La funda abierta, las cuerdas brillando bajo las luces todavía frías, el hueco vacío en el compartimento pequeño.
—Lista.
—¿No tocas?
—Luego.
—La novia quería una canción en directo.
—La novia quiere pestañas y entrar sin llorar. Tiene prioridades.
—La canción también.
Le señalé el micrófono.
—Prueba.
Durante veinte minutos hice mi trabajo. Bajé graves, subí voces, cambié un cable que tosía, sujeté un monitor con una cuña de madera y discutí con Enric porque quería poner una columna de sonido detrás de una planta.
—La planta no baila —dije.
—Decora.
—La planta tapa frecuencias.
—La planta tiene más seguidores que tú.
—Entonces que pinche ella.
Desde el camerino llegaban trozos de Jana.
Su voz cortando nervios.
—Deja de tocarte el ojo o te pego una pestaña en la frente.
Risas.
—No, ese pintalabios te hace cara de haber vendido una casa sin licencia.
Más risas.
—Tú respira, pero sin babearme la brocha, que no la cubre el seguro.
Jana trabajando era peor que Jana peleando.
Tenía las manos rápidas, la voz segura, el cuerpo inclinándose sobre otras mujeres con una autoridad sucia, sin pedir permiso al espacio.
Abría tubos, sujetaba barbillas, clavaba horquillas entre mechones con la concentración de quien podría montar una boda en medio de un apagón y aún encontrar hueco para insultarte.
Una de las chicas salió al pasillo con media melena recogida y me miró.
—¿Tú eres el músico?
—El sonido.
—¿Pero tocas?
—A veces.
—Jana dice que manos tienes.
Me atraganté con mi propia saliva.
Desde dentro se oyó:
—¡Claudia!
La chica sonrió y volvió a meterse.
Enric, por desgracia, tenía oído.
—Manos tienes —repitió.
—Prueba el micro tres.
—¿Con las manos?
—Con la boca cerrada si puede ser.
La puerta del camerino se abrió de golpe.
Jana salió con una brocha entre los dientes, el móvil encajado entre hombro y oreja y dos horquillas sujetas en la comisura de los labios.
Me habría reído. No me salió. Verla moverse así, sudada y mandando sobre el desastre, me dio un tirón seco en el pecho. Me vio.
Luego vio a Enric riéndose.
Se quitó la brocha de la boca.
—¿Qué?
—Nada —dijo Enric—. Estamos hablando de anatomía laboral.
—Habla menos y tráeme hielo.
—¿Para beber?
—Para que la novia no se hinche de llorar antes de las fotos.
—A sus órdenes.
Enric bajó del escenario. Pasó junto a ella y, al hacerlo, le rozó la cintura con el dorso de la mano.
Un roce de paso.
Nada que admitir.
Jana ni se inmutó. Yo sí.
Bastante fatal.
Jana me miró entonces. Lo vio. Claro que lo vio. Tenía un talento cruel para pillar la parte más fea de uno y ponerle luz.
Caminó hacia el escenario con ellas aún en los labios.
—¿Te ha dado un calambre? —preguntó.
—No.
—Qué cara de cable pelado.
—Estoy trabajando.
—Muy serio. Muy técnico. Muy hombre con nómina emocional inexistente.
—Tú estás con una brocha en la boca.
—Y aun así comunico mejor.
Subió un escalón del escenario. Se quedó por debajo de mí, a un palmo. Olía a spray, piel caliente y café malo. Tenía un poco de sombra dorada en el dorso de la mano.
—¿Has traído lo mío? —pregunté.
Jana abrió mucho los ojos.
Falso.
—¿Tu qué?
—Lo mío.
—No sabía que seguíamos con lo de los objetos sentimentales.
—No es sentimental. La necesito para tocar.
—Toca con los dedos. Manos tienes.
La odié un poco.
Ella sonrió con las horquillas entre los dientes.
—No me mires así, que luego Enric se pone nervioso.
—Me da igual Enric.
—Se te nota muchísimo.
—Dámela.
—No la tengo.
—Jana.
Metió la mano en el bolsillo pequeño del maletín y sacó el plástico negro entre dos dedos. Lo había limpiado. En un borde quedaba una mancha mínima de pintalabios.
—Ha sufrido una intervención estética —dijo.
—Lo has pintado.
—La he elevado.
—Tiene rojo.
—Todos mejoramos con rojo.
La extendió.
Fui a cogerla.
Retiró la mano.
—Se me acaba de ocurrir otra.
—No.
—Qué rápido te asustas.
—Qué rápido inventas.
—Si tocas una canción, no puede ser intensa.
Seguí mirándola.
—¿Perdona?
—Nada de mirarme mientras haces dedos tristes con la guitarra.
—Dedos tristes.
—Sabes lo que digo.
—No.
—Sí.
Lo sabía.
Claro que lo sabía.