CAPÍTULO 5 · JANA #2
—No te escondas ahí.
—¿Dónde?
—En la broma mala.
—Pues no vengas a buscarla.
Levantó la mano. Por un instante pensé que iba a agarrarme la muñeca. No lo hizo. Apoyó la palma en la pared, junto a mi hombro, sin encerrarme del todo. Dejándome espacio. Lo bastante para que pudiera largarme. Lo justo para que yo supiera que no quería.
—No corras —dijo.
—No eres quien para mandarme.
—No corras, Jana.
Mi nombre en su boca me dejó el cuello caliente y ninguna salida decente.
—No estoy corriendo.
—Ahora no.
Intenté reírme y no me salió.
Nil miró mis dedos cerrados. La púa ya me había dejado marca en la palma.
—Abre.
—No.
—Te la vas a clavar.
—Dije que no me cuidaras.
—Y yo dije que esa norma no.
Me cogió la mano. Sin ninguna prisa.
Sin tirar.
Me abrió los dedos uno a uno. En el centro de la palma había quedado una media luna roja.
Nil la rozó con el pulgar.
La marca.
Tampoco era por el plástico.
La piel.
—Ya está —dijo.
—Felicidades. Has salvado una mano. Te haremos una placa pequeña para que quepa en tu ego.
Se le marcó un músculo en la mejilla.
Me llevó la mano a la boca y sopló sobre la marca, apenas, una tontería de niño, de bar, de verano, de gesto que no debería hacer nadie si no quiere que luego una se acuerde por la noche en la cama.
Le arranqué la mano.
—Eso es cuidar.
—Eso es soplar.
—Peligrosísimo.
—Lo sé.
La ducha exterior eligió ese momento para dispararse sola.
No gotear.
No salpicar. Dispararse.
Un chorro frío salió de lado, pegó en la pared, rebotó contra el hombro de Nil y me empapó desde el cuello hasta la cintura. Grité.
Nil soltó un taco y cerró el grifo a golpes, pero la presión siguió escupiendo agua por la junta, mojándole la camiseta y dejándomela a mí pegada al pecho de una forma que habría podido denunciar al ayuntamiento por indecente.
Dentro, alguien gritó:
—¿Todo bien?
—¡Experiencia local! —contesté.
Nil se giró hacia mí.
El agua me caía por el cuello, se metía por el escote, me enfriaba la espalda. Tenía el pelo pegado a la mejilla y el plástico en la mano. Él estaba mojado también, la camiseta azul oscurecida en el pecho, una gota bajándole desde la mandíbula hasta el hueco de la clavícula.
Por una vez, no encontré nada que decir.
Nil tampoco.
Otro problema.
El chorro bajó a un goteo tonto. Tic. Tic.
Tic.
—Regla cinco —dije, con la voz menos firme de lo que merecía mi leyenda—. No mirarme así cuando estoy mojada por culpa de una instalación homicida.
—No puedo aceptar todas tus normas absurdas.
—Elige una.
—Esa no.
Me besó.
No fue suave. Gracias.
La suavidad me habría hecho pensar. Nil me besó con una mano en la pared y la otra quieta junto a su muslo, sin tocarme al principio, dándome tiempo para apartarme, para hacer la lista de frases ingeniosas, para romper el momento con una vulgaridad.
No hice nada útil.
Le agarré la camiseta mojada con la mano libre y tiré de él.
Ahí dejó de ser prudente.
Me cogió por la cintura y me sentó contra la pared, entre la ducha y el cubo de las fregonas.
La madera fría me dio en la espalda y sus caderas encajaron donde mi orgullo ya no servía.
Algo cayó al suelo. Me dio igual. Solo existían su boca, la barba raspándome la barbilla, el agua bajándome por la piel y sus dedos agarrando la camiseta sin subir más.
Le mordí el labio.
Nil soltó un sonido bajo, casi rabia.
Eso me gustó tanto que quise insultarlo.
—No te acostumbres —dije contra su boca.
—Cállate un minuto.
—Mal comienzo para una relación sana.
—No tenemos una relación.
—Exacto.
Me volvió a besar.
Esta vez le metí la mano por debajo de la camiseta. Piel caliente, húmeda, músculo tensándose bajo mis dedos. Nil apoyó la frente en mi sien y el pecho se le cerró de golpe.
—Jana.
—No pares para decir mi nombre con voz de tragedia.
—Estoy intentando no hacer una estupidez aquí fuera.
—Qué decepción.
—Hay una puerta abierta a cinco metros.
—Y una ducha rota. El decorado ya ha opinado.
—No quiero que mañana digas que fue por la ducha.
Lo odié, pero no por parar.
Por conocerme tanto como para saber qué excusa habría elegido.
Le solté la camiseta.
Nil bajó las manos despacio, sin apartarse del todo. Yo seguía sentada contra la pared, mojada, con la rodilla dolorida y la boca hinchada. Una imagen de autoridad absoluta.
—Mañana diré que fue por tu falta de criterio —solté.
—Eso me sirve.
—No prometo repetirlo.
—No he preguntado.
—Bien.
—Bien.
La puerta lateral se abrió.
Ona apareció con una bolsa de basura, nos vio, miró el suelo mojado, mi camiseta pegada y la boca de Nil.
Siguió quieto.
—Vengo —dijo— a no ver esto.
—Fantástico —contesté.
—Pero lo he visto.
—Olvídalo.
—No tengo esa función.
Nil se agachó, la recogió y me la puso en la palma.
—Mañana tengo prueba de sonido en Club Aleta —dijo con la voz práctica de quien no acababa de comerse mi boca junto a un cubo de fregonas.
—Qué romántico.
—No vengas.
Levanté la barbilla.
—No pensaba.
—Mejor.
Ona abrió la boca.
Yo le señalé la puerta con ella.
—Ni una palabra.
—Tengo como veinte.
—Te las tragas.
Nil cogió el estuche de guitarra y el altavoz sin esperar respuesta. Caminó hacia la furgoneta con la camiseta mojada pegada a la espalda y la decencia de no girarse.
Yo esperé a que arrancara.
No corrí.
Tampoco entré.
Me quedé allí, con el pelo goteando y Ona respirando a mi lado, cargada de contenido suficiente para lesionarse.
Mi móvil vibró en el bolsillo mojado del pantalón.
Lo saqué con dos dedos.
Mensaje de una clienta.
NOVIA CLUB ALETA: Jana, perdona la hora. Emergencia. Mañana en Club Aleta se nos ha caído la chica de maquillaje. ¿Puedes venir tú? Pago extra.
Ona leyó por encima de mi hombro.
—No pensabas ir, ¿no?
Abrí el mensaje.
Escribí: Voy. Dime la hora.
Lo envié.
Ona sonrió.
—No digas nada.
Abrí el maletín, comprobé que el rojo seguía entero y lo dejé arriba del todo.