No te acostumbres (Lola y Sal 4) CAPÍTULO 5 · JANA
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CAPÍTULO 5 · JANA

Nil no volvió después del cierre.

Hizo algo peor.

Dejó el altavoz en la terraza, el cable enrollado debajo de una silla y su mensaje clavado en mi móvil durante toda la noche, como una espina pequeña que no se veía, pero cada vez que yo pasaba cerca de la barra me rozaba por dentro.

Después del cierre no corras.

Qué frase más tonta.

Qué ganas de tirarle una botella.

Qué ganas de no correr.

—Llevas veinte minutos limpiando el mismo vaso —dijo Vega.

Miré mi mano. Era verdad. El vaso estaba tan limpio que reflejaba mi cara de imbécil en tamaño chupito.

—Estoy sacándole brillo al concepto de dignidad.

—No sale.

—Gracias, Vega. Me has ahorrado años de terapia.

Tina arrastró una bolsa de basura hacia la puerta lateral y dejó un rastro de arena húmeda en el suelo.

Tenía la camiseta pegada a la espalda y una pinza en el pelo que llevaba ahí desde las doce y media, inclinada de una forma que en otra persona habría parecido dejadez. En Tina parecía una amenaza.

—¿Quién ha dejado una caja de pan debajo del fregadero? —preguntó.

—El demonio —dije.

—Jana.

—Quimet.

Quimet asomó la cabeza desde la cocina con un trapo en el hombro y cara de inocencia vencida.

—El pan no se tira.

—El pan ha desarrollado opiniones —dijo Tina.

—Pues que vote.

Abril se rio desde la cafetera. Biel estaba fuera bajando los toldos, y cada golpe de lona contra hierro entraba por la puerta abierta con olor a noche caliente.

La terraza ya estaba vacía, menos por dos vasos olvidados, tres servilletas pegadas al suelo y Quimet, que jamás contaba como vacío porque ocupaba sitio emocional, aunque estuviera callado.

Ona estaba sentada en la mesa de las cinco, revisando el móvil con los pies sobre una silla.

—Jana —dijo sin levantar la vista—. Tengo tres vídeos tuyos de hoy y en los tres pareces a punto de morder a Nil.

—Bórralos.

—En uno no sales mal.

—Bórralo con cariño.

—En otro se te oye decir manos.

Le lancé el trapo. Lo esquivó con una elegancia insultante.

—No quiero hablar de las manos de nadie.

—Claro —dijo Vega—. Por eso hiciste una nota de voz de investigación.

—Era un informe técnico.

—De manos.

—De ergonomía.

Abril se apoyó en la barra y me miró con una calma peligrosa. Desde que había decidido no vender Lola y Sal y quedarse con Biel, se le había puesto una serenidad muy molesta, de esas que dan ganas de esconderle las llaves por principios.

—¿Te ha escrito? —preguntó.

—¿Quién?

Las cuatro me miraron.

Hasta Quimet, desde la cocina.

—El Papa —dije.

El móvil de Ona apareció a la altura de su barbilla.

—El Papa no te dice que después del cierre no corras.

Se me cayó el vaso dentro del fregadero. No se rompió.

Lástima.

—¿Me has leído el móvil?

—Estaba boca arriba.

—Tú estabas a tres metros.

—Tengo talento.

Tina soltó la bolsa de basura junto a la puerta.

—¿Qué le has contestado?

—Nada.

—Mentirosa —dijo Vega.

—No he contestado.

—No por eso.

Me quité el delantal y lo tiré sobre la barra. Tenía una mancha de tomate, otra de sangría y una raya negra en el bolsillo donde el plástico había vivido unas horas y había dejado más ruina que algunos exnovios.

No estaba allí.

Estaba en el bolsillo de Nil.

Donde yo la había metido con dos dedos y una cantidad vergonzosa de mala intención.

—Voy a sacar la basura —dije.

—La basura ya está fuera —dijo Tina.

—Voy a mirar que no se sienta sola.

—Jana.

No me giré.

Salí por la puerta lateral antes de que Abril pusiera esa voz de hermana mayor de chiringuito que no era mi hermana ni mayor, pero daba igual porque en Lola y Sal todo el mundo ocupaba puestos que nadie había aprobado en una reunión.

La noche olía a sal, aceite frío y madera mojada. El camino hacia los contenedores estaba mal iluminado. Una bombilla parpadeaba sobre la ducha exterior y la hacía parecer una escena barata de película que empieza mal y acaba con alguien perdiendo una chancla. Estupendo para mí.

Levanté la bolsa de basura con un gruñido poco femenino. La tiré al contenedor. Fallé. La bolsa rebotó contra el borde y cayó al suelo con un ruido húmedo.

—Fenomenal —murmuré.

Me agaché a recogerla justo cuando una voz detrás de mí dijo:

—No has corrido.

Me di un golpe en la rodilla con el contenedor.

—Me cago en...

—Eso es un saludo muy tuyo.

Nil estaba apoyado en la furgoneta, a medio metro de la sombra, con un estuche de guitarra en una mano y la camiseta negra de antes cambiada por otra vieja, azul oscuro, con una quemadura pequeña cerca del cuello.

El pelo le caía húmedo sobre la frente. No olía a limones ni a cajas, gracias al universo.

Olía a sudor limpio, a cable caliente y a metal de escenario.

El olor me llegó antes de que pudiera decidir si me gustaba.

—¿Qué haces aquí? —pregunté.

—Vengo a recoger mi altavoz.

—El altavoz está dentro.

—Lo sé.

—Pues entra.

—No quería interrumpir la reunión de brujas.

—Muy prudente. Te habrían hervido con patatas.

—Tú habrías echado sal de más.

—Yo no cocino. Yo sobrevivo.

Nil señaló mi rodilla con la barbilla.

—Te has dado.

—El contenedor me ha provocado.

—¿Sangras?

—No te acerques con esa voz.

—¿Qué voz?

—La de revisar daños.

Se quedó donde estaba. Bien. Mal. Cada vez que obedecía una línea, me dejaba sin sitio para acusarlo de cruzarla.

—No iba a tocarte —dijo.

—Eso no mejora tu historial.

—Mi historial está lleno de incidentes con autorización.

—Los incidentes no cuentan si una lleva calor, sangría en la camiseta y presión social.

—Entonces anoche tampoco cuenta.

Me levanté de golpe. La bolsa de basura cedió y una servilleta mojada cayó junto a mi pie.

—No hemos venido aquí a hacer arqueología.

—He venido por el altavoz.

—Sí, claro. Y por la cultura.

Nil dejó el estuche de guitarra apoyado contra la furgoneta. El cierre metálico sonó seco.

—También por esto.

Metió dos dedos en el bolsillo trasero y sacó el trozo negro. Ahí estaba.

Pequeña, fea, mía durante cinco minutos, suya durante toda la vida, nuestra durante un tramo de desastre que ninguno tenía derecho a llamar nada.

—Devuélvemela —dije.

—Es mía.

—La recuperación después del cierre formaba parte del acuerdo.

—No hicimos ningún acuerdo.

—Lo dije yo. Es más eficiente.

—Tú dijiste muchas cosas.

—Soy generosa.

—Dijiste que no me acostumbrara.

La bombilla de la ducha exterior parpadeó justo encima de nosotros, porque Lola y Sal no sabía respetar un conflicto sin meter iluminación dramática de saldo.

—Y mira qué bien lo llevas —dije.

Nil dio un paso. Despacio.

Yo no retrocedí, porque una tiene principios, aunque los usé tarde.

—Lo llevo fatal —dijo.

Lo dijo sin jugar. Ni una sonrisa para facilitarme la salida.

Ninguno recogió lo que acababa de decir. Los mosquitos siguieron alrededor de la bombilla, olía a basura caliente y dentro del local cayó un plato.

Me salió una risa pequeña.

—Pues bebe agua.

—Jana.

—Nil.

—No lo tapes todo.

—Mira quién habla, el hombre que contesta con cuatro palabras y medio gruñido.

—Tampoco presumo de hacerlo mejor.

—Has venido a recoger un altavoz y a repartir humildad. Qué noche más completa.

Nil la extendió.

—Cógela.

No me moví.

—No me das órdenes.

—La quieres.

—Quiero muchas cosas. Una ducha, una horchata, un cliente que no me diga preciosa antes de pedir alioli.

—Y eso.

—Y que se te pinche una rueda, ya puestos.

Casi sonrió; la boca le tiró apenas hacia un lado y me estropeó la frase.

Alargué la mano. No la soltó.

Quedó atrapada entre sus dedos y los míos. Me habría gustado romperla. Me habría gustado guardármela debajo de la lengua. Dos ideas pésimas.

—Dijiste reglas —dijo Nil.

—Sí.

—Repítelas.

—¿Ahora?

—Ahora.

—¿Te excitan los contratos verbales?

—No digas contratos. Me baja todo.

Solté una carcajada. Me salió por la nariz, fea, real, y me odió un poco menos el cuerpo.

—Vale —dije—. Regla uno: no dormir juntos.

—Fácil.

—No te lo creas tanto.

—He dicho que estás aquí.

La garganta me hizo una cosa idiota. Muy mal por mí.

—Regla dos: no preguntar dónde está el otro.

—Acabas de preguntarme qué hacía aquí.

—Era control de plagas.

—Regla rota.

—No cuenta antes de firmarla.

—No vamos a firmar nada.

—Mejor. Tengo la letra preciosa y podrías enamorarte.

Nil me miró la boca. Directo al hueso.

Sin vergüenza.

—Regla tres —dijo.

La rodilla me latía por el golpe. Dentro, Ona gritó algo y Quimet le contestó peor. A un metro seguían los platos, la fritanga y el turno; fuera, yo tenía las ganas saliéndoseme por la piel.

—No besarnos delante de ellas —dije.

—¿Y si no están delante?

—No seas literal.

—Lo estoy intentando.

—Pues se te nota el hambre.

—Sí.

La respuesta me vació medio insulto. Nil la soltó.

Cayó en mi palma.

Esta vez no me la cerró él. La cerré yo. Fuerte. La punta se me clavó en la piel.

—Regla cuatro —dije, más baja—. No cuidarme.

Su cara cambió.

Un cierre pequeño en la mandíbula.

—Esa no la acepto.

—No he pedido consenso.

—Entonces no son reglas. Son trampas.

—Las trampas también organizan la vida.

—No voy a dejar de acercarme si te estás partiendo una rodilla contra un contenedor.

—Qué épico.

—No voy a mirar para otro lado si un tío te habla mal.

—Porque eres civilizado.

—Porque me sale fatal.

—No es mi problema.

—Sí lo es.

Me acerqué un paso. No sé si para pelear o para que dejara de hablar desde tan lejos. Conmigo casi todo empezaba así: una mala contestación y el cuerpo cruzando antes que la cabeza pudiera presentar alegaciones.

—No —dije—. Mi problema es que, si haces eso delante de todos, ellas ya deciden qué escena estamos montando sin preguntarme.

—Estás en una escena desde que guardaste lo mío.

—Se enganchó en mi ropa.

—Y la dejaste vivir en tu bolsillo.

—Era pequeña. Daba pena echarla.

El «pena» me raspó al salir.

La noté en la boca como una pepita de limón mordida. Nil también.

La noche se apretó un poco alrededor.

—Eso conmigo no —dijo.

No subió la voz. Peor. La dejó sin grasa, sin broma, sin sitio para escapar.

Yo miré hacia la ducha exterior, hacia la pared, hacia cualquier sitio que no fuera su cara.

—No he usado nada.

—Sí.

—Qué delicado.

—Qué cobarde.

Le empujé el pecho con la mano cerrada.

—No me llames cobarde.

Nil miró mis dedos contra su camiseta.