CAPÍTULO 4 · JANA
Yo estaba criticando las manos de Nil cuando mi propia voz salió por toda la terraza.
Alta, clarísima y con un punto de resaca moral.
—...pero manos tiene, la desgracia.
La mesa cuatro dejó de masticar.
Quimet levantó el quinto.
Ona se llevó las dos manos a la boca con una lentitud deliciosa y criminal.
Tina apoyó la frente en el canto de la barra.
Vega dijo:
—Jana.
Abril siguió quieta en la ventana de cocina. Otra vez. Su manera de callarse empezaba a ser una agresión organizada.
Nil estaba agachado junto al cable del altavoz, con un trozo de cinta aislante entre los dientes. Levantó la cabeza despacio.
Yo miré mi móvil.
El muy traidor brillaba sobre la barra, conectado por Bluetooth al altavoz de Nil, reproduciendo una nota de voz que le había mandado a Ona tres noches antes, cuando una copa de más y una cantidad indecente de calor me parecieron una combinación adecuada para hablar de manos ajenas.
La nota siguió.
—No es que me guste. Es que el tío toca una caja y parece que vaya a...
Corrí hacia el móvil.
El audio ya corría por la terraza.
El turista de la camisa abierta soltó una carcajada. Una niña preguntó a su madre qué era una desgracia. Quimet dijo «eso depende de las manos» con una seriedad de misa.
Apagué el audio de un golpe tan fuerte que casi mandé el móvil a la freidora.
—Publicidad —dije.
Nadie me creyó.
Nil se quitó la cinta de la boca.
—¿De la nevera de camping?
—De tu altavoz defectuoso.
—Mi altavoz no ha escrito esa nota.
—Pero la ha difundido. Cómplice.
Ona levantó un dedo.
—En mi defensa, yo no sabía qué se iba a conectar.
—En tu defensa, vete corriendo.
—Estoy trabajando.
—Eso no te ha detenido nunca.
Nil acabó de fijar el cable. Tenía la sonrisa guardada en un sitio peligroso. No la enseñaba entera. No hacía falta. Yo sabía que estaba ahí, por la forma en que se le marcaba un hoyuelo mínimo en la mejilla izquierda. Una desgracia de hoyuelo. Habría que prohibirlo por sanidad pública.
—El altavoz funciona —dijo.
—Qué alegría. Ahora podemos humillarme en estéreo.
—Técnicamente ya lo has hecho tú.
—Técnicamente te puedo echar.
—Técnicamente me has pedido que me quede después del cierre.
Varias cabezas giraron.
Yo también quise girar la mía y dejarla mirando a otra vida.
—Para devolverme una cosa —dije.
—Ya te la he devuelto.
La llevaba en el bolsillo, caliente contra la cadera, mientras el hombre al que no deseaba nada difundía mi vergüenza por toda la terraza.
—Entonces sobras —dije.
—Eso ya lo has dicho hoy.
—Tengo constancia.
—Y poca puntería.
El turista de la camisa levantó la mano.
—Perdona, ¿podemos pedir otra ronda?
—No —contestó Nil.
Lo miré.
—¿Ahora decides tú?
—Ahora estoy evitando que le tires la jarra a alguien.
—No seas ridículo.
—Tienes la mano en la jarra.
Miré la jarra.
Sí. La tenía. Solté el asa.
El turista sonrió, encantado de seguir vivo.
—Solo una ronda —dijo—. Y si ponéis música, mejor.
—Ponemos lo que nos da la gana —solté.
—Estupendo —dijo él—. A mí me da igual mientras lo sirvas tú.
No fue nada. Un comentario barato.
Un cliente de verano con la confianza de quien nunca ha temido morir atragantado con una aceituna.
Pero Nil se incorporó.
Las conversaciones de las mesas bajaron medio tono.
No hizo nada grande. Ni golpeó la mesa, ni levantó la voz, ni se puso delante de mí con complejo de héroe. Se levantó con la cinta en una mano, la camiseta negra pegada al pecho, y miró al turista sin prisa.
—Pide con respeto —dijo.
La terraza se tensó por los bordes.
Me quemó la cara, no por el turista: por Nil, por el tono.
Por todas las cabezas que no miraban, pero escuchaban con los dientes.
—Nil —dije.
—¿Qué?
—No necesito...
Me callé. Pena no.
Ayuda tampoco. Salvamento, menos.
Abril salió de la cocina con dos platos y los dejó en la barra con cuidado.
—Jana, cobra la mesa siete.
Gracias, Abril.
Y vete a la mierda, Abril.
Las dos cosas a la vez.
Cogí el datáfono, que ese día había resucitado con ganas de venganza, y fui hacia la mesa siete. El suelo estaba pegajoso. Mis sandalias hacían un ruido sucio al despegarse. Pasé junto a Nil sin rozarlo, una heroicidad pequeña que nadie aplaudió. Cobré.
Me equivoqué con el importe.
Vega tosió desde la barra. Corregí.
El datáfono tardó tres años y medio en aceptar la tarjeta. La señora de la mesa siete me cargó a mí la culpa de la economía mundial.
—Hoy estáis nerviosos —dijo.
—Es el encanto local.
—Pues sale caro.
—Incluye espectáculo.
Al volver, Nil estaba guardando la cinta en la caja del altavoz. El turista hablaba más bajo. Bien. Mal. Todo mal.
Me metí detrás de la barra y restregué un vaso hasta que se me escapó. No se rompió. Hasta el cristal tenía más autocontrol que yo.
—Jana —dijo Tina a mi lado.
—No.
—Solo iba a decir que el hielo...
—Tina.
—Vale.
Se fue.
Ona se acercó con el móvil pegado al pecho, pantalla hacia dentro. Buena señal. Cuando Ona escondía el móvil, era porque tenía material suficiente para arruinarte el verano y estaba decidiendo si quería conservar la amistad.
—No he grabado el audio entero —dijo.
—Te he visto nacer y puedo verte desaparecer.
—Solo digo que no.
—Gracias por tu sacrificio.
—Lo de las manos ha sido muy humano.
—Ona.
—Muy orgánico.
—Te meto una aceituna por la nariz.
Se fue riendo.
Yo seguí lavando vasos. Miré de reojo hacia la terraza. Nil hablaba con Biel en la puerta lateral, una mano en la nuca y la cara cerrada. El borde negro me rozaba la cadera. La saqué.
No sé para qué.
La apoyé sobre la barra, junto al fregadero, lejos de las servilletas, lejos del cubo, lejos de mi dignidad.
Vega apareció a mi izquierda.
—Si la vas a tirar, ahora hay menos público.
—No la voy a tirar porque quiero. La voy a tirar cuando ella baje la guardia.
—La púa.
—Sí.
—La famosa púa.
—No empieces tú también.
Vega cogió una libreta y empezó a ordenar tickets.
—Todavía no.
—Estáis todas insoportables con esa frase.
—Porque estás haciendo mucho ruido para decir que no pasa nada.
—¿Vas a sacar un gráfico?
—No me tientes.
Me mordí la lengua. Aquello seguía sobre la barra; Nil, en cambio, hablaba con Biel de espaldas al espectáculo que acababa de montar delante de medio local.
Eso era lo que me cabreaba.
No que lo hubiera hecho.
Que me hubiera gustado.
Que una parte de mí, la idiota, la cansada, la que todavía tenía el audio de su voz diciéndome «problema tuyo» guardado en la piel, hubiera sentido un descanso mínimo al verlo levantar la cabeza por mí. Descanso.
Qué asco de palabra.
La cogí y caminé hacia la puerta lateral.
—Voy al almacén —dije.
—Ajá —dijo Vega.
—A por servilletas.
—Ajá.
—Me estás irritando.
—También.
Nil me vio salir. Biel también. Biel tuvo la decencia de mirar hacia otro lado, cosa que iba a tener que agradecerle algún día con una caña caliente.
—Borràs —dije.
Nil se separó de la pared.
—Prats.
—Ven.
Su ceja se movió apenas.
—¿Al almacén?
—A la Luna, Nil. Vamos a abrir sucursal.
Biel escondió una sonrisa metiéndose en la cocina. Nil me siguió.
El almacén nos recibió con el mismo calor sucio de siempre. Había una caja de servilletas en medio, una bolsa de pan duro apoyada en una silla rota y la puerta, que nunca encajaba, decidió cerrarse justo entonces. Muy oportuno. La dejé abierta.
Nil sí.
—Abierta —dije.
—Hay clientes.
—Por eso.
—¿Por eso quieres que esté abierta o por eso quieres que parezca que no pasa nada?
Lo miré.
—Qué valiente te pones cuando vienes con destornillador.
—No lo llevo.
—Entonces peor. Es de serie.
Saqué el plástico negro del bolsillo y se lo tiré al pecho. Lo cogió antes de que cayera.
—Tu cosa.
—Has tardado poco en devolverla.
—Me molesta en el bolsillo.
—A mí no.
—Pues felicidades. Que la disfrutéis.
Fui a pasar junto a él. Me agarró de la muñeca. No fuerte.
Solo lo necesario para impedirme la huida y darme opción de arrancarle la mano si quería.
No quise.
No le aparté la mano.
—Lo del cliente —dijo— no era pena.
Cerré los ojos un momento.
—Déjalo.
—No.
—Nil.
—Era mala leche.
Abrí los ojos.
—¿Qué?
—Me ha dado mala leche cómo te hablaba.
—Puedo gestionar un turista con camisa abierta.
—Lo sé.
—Pues ya está.
—No.
La puerta dejó pasar un golpe de música. El altavoz había empezado a funcionar de verdad. Una canción vieja, pegajosa, de esas que la gente canta mal cuando ya ha bebido. La pared vibró detrás de mí.
Nil seguía sujetándome la muñeca. Su pulgar tocaba justo donde el pulso hacía el ridículo.
—No me gusta que creas que te miro así —dijo.
—¿Así cómo?
—Con pena.
«Pena» nos cayó entre los dos, pequeña y asquerosa. Esta vez la había dicho él.
Me revolví.
—Suéltame.
Me soltó.
Al instante.
Me molestó que me soltara tan deprisa.
—Mira —dije—. Si quieres hacer de hombre bueno, la terraza está llena de oportunidades. Hay un niño metiendo una patata en el enchufe y un señor que lleva media hora intentando ligar con una sombrilla.
—No quiero hacer de hombre bueno.
—Entonces no me corrijas clientes.
—No lo hice por ti.
Se me escapó una risa sin gracia.
—Qué tranquilizador.
—Lo hice porque me dieron ganas de romperle la boca.
No me gustó que me calentara.
Me calentó, que es bastante peor y más difícil de defender con frases inteligentes.
—Muy civilizado —dije.
—No he dicho que estuviera orgulloso.
—¿Quieres una medalla por no pegarle a un turista?
—Quiero que dejes de ponerme un papel cada vez que me acerco.
—Yo no pongo papeles. Pongo límites de seguridad.
Nil se rio sin ganas.
—¿Eso era un límite? ¿Llamarme servicio técnico delante de todos?
—Te queda bien.
—No.
Él no me pilló mal colocada.
Seco. Cansado. Sin sonrisa pequeña.
—No me queda bien —repitió—. Me lo como porque me río. Pero no me queda bien.
Algo se movió debajo de mi lengua. Una disculpa, quizá. La maté rápido.
—Pues no vengas.
Nil se quedó mirando la púa.
—Eso intento.
—No se nota.
—Eso parece.
Nos quedamos ahí, con el almacén sudando alrededor, la música atravesando la madera, mis amigas fuera oliendo cada segundo de ausencia y mi cuerpo traicionándome con una claridad ofensiva.
Nil dio un paso atrás.
—Me voy.
No me gustó, y se me notó.
Volvió a mirarme la boca, pero esta vez sin juego. Tenía el cansancio pegado a la cara, calor en el cuello y un borde de rabia que no le cabía detrás de los dientes.
—¿Qué? —preguntó.
—Nada.
—Dilo.
—No me digas qué hacer.
—Entonces no me mires así.
—¿Así cómo?
—Quieres que me quede y te enfada que lo haga.
Casi lo abofeteé.
No por lo que había dicho.
Por acertar donde dolía.
Se la quité de la mano. No sé por qué. Para ocupar los dedos. Para no tocarle la cara. Para no tirar de su camiseta. Para no hacer una de esas cosas que luego una tiene que explicar mal a sus amigas y peor a sí misma.
—Tenemos reglas —dije.
Nil parpadeó.
—¿Tenemos?
—Vamos a tener.
Levanté la púa entre los dos. Una autoridad ridícula, pero era lo que tenía.
—No dormimos juntos. No preguntamos.
Nil apoyó una mano en la estantería.
—Y no te pones celoso delante de clientes con mala camisa.
—Eso lleva demasiados detalles.
—Las normas útiles lo son.
No dijo que sí.
Tampoco se fue.
Así que añadí la que de verdad me importaba.
—No ayudarme delante de todos.
Nil mantuvo los pies clavados junto a la caja de servilletas.
—Eso no es una regla.
—Lo es.
—Eso es una trampa.
—Llámalo encanto.
—Jana.
—No cuidarme.
La respuesta se me escapó sin freno.
La música pareció subir fuera, aunque quizá fue mi sangre. Nil me miró la mano. La tenía apretada entre los dedos. Me estaba marcando la piel.
—¿Y qué hacemos? —preguntó.
—Lo que casi hicimos en el faro.
—No hicimos nada.
—Precisamente. No te hagas el tonto. Se te da regular.
Su mirada bajó sin esconderse. Me recorrió la boca, el cuello, la mancha de sangría y la mano cerrada. Cuando volvió a mis ojos, yo ya no tenía una broma preparada.
—Lo que casi hicimos tampoco se hace con reglas —dijo.
—Todo se puede hacer con reglas.
—Tú rompes hasta los tickets.
—Los tickets vienen débiles.
Dio un paso.
Yo no retrocedí.
La puerta estaba detrás. La estantería a la derecha. Una caja de servilletas nos separaba de la parte lógica del mundo. Nil olía a calor, a cable viejo, a limón y a ese trozo de noche que yo llevaba fingiendo no recordar desde el parking del faro.
—Si te toco ahora —dijo—, mañana vas a decir que fue por orgullo.
—Probablemente.
—Y que no cuenta.
—Seguro.
—Y que no quieres que me acostumbre.
Levanté la barbilla.
—No te acostumbres.
Nil exhaló por la nariz, vencido solo a medias.
Fuera, alguien gritó mi nombre. Tina, quizá. O Abril. O el local entero, que tenía un talento especial para romperlo todo justo antes de que yo hiciera una estupidez interesante.
La respuesta se me quedó enganchada detrás de los dientes.
Nil miró la puerta.
—Te llaman.
—Que esperen.
Elegí mal.
La boca de Nil estaba a un palmo y el borde se me clavaba en la palma.
Él aguantó mi mirada.
Me dejó hacerlo a mí.
Cobarde listo.
Me acerqué hasta rozarle la mandíbula con la punta de la nariz. Su piel estaba caliente. La barba raspaba. Mi boca se quedó cerca de su cuello y mi orgullo empezó a buscar salidas de emergencia.
—No me mires con pena —dije.
—No sé mirarte así.
Me dejó sin chiste.
Odié que me sirviera.
Se la metí en el bolsillo trasero de los vaqueros.
Con dos dedos, despacio.
Rozándole la cadera porque sí. Porque podía. Porque quería. Porque si iba a arder, al menos que pareciera que había encendido yo el mechero.
Nil tensó los dedos dentro del bolsillo un instante.
—Jana.
—Después del cierre —dije— la recupero.
—No has entendido tus propias reglas.
—Las reglas son mías. Las entiendo lo imprescindible.
Abrí la puerta antes de que pudiera contestar.
La música, el calor y el olor a fritura entraron de golpe. Ona estaba al otro lado con una bandeja vacía y cara de no haber estado pegada a la madera.
—Servilletas —dijo.
Le puse una caja en los brazos.
—Corre.
Ona miró a Nil por encima de mi hombro. Luego me miró a mí. Luego bajó los ojos, quizá a mi mano, quizá a mi boca, quizá al incendio pequeño que yo llevaba mal escondido en la cara.
—Vale —dijo—. Pero solo porque esto promete.
Volví a la barra con la camiseta pegada a la espalda, el pulso estropeado y las manos vacías.
A los diez segundos, el móvil vibró dentro del delantal.
Nil: Después del cierre no corras.
Guardé el teléfono sin contestar.
—¿Vuelve? —preguntó Tina desde la cafetera.
—No.
Serví dos cañas y derramé media primera sobre la barra.
No volví a mirar la puerta.
Usé el reflejo de la cafetera.