CAPÍTULO 3 · NIL
La púa negra iba dando golpes dentro del cenicero de la furgoneta cada vez que cogía un bache. Tac. Tac. Tac.
En la carretera de la Cornisa había más agujeros que paciencia, y yo conducía con una mano en el volante y la otra apoyada en la ventanilla bajada, dejando que el aire caliente me secara el sudor del cuello.
Olía a limón aplastado, a cartón mojado y a la bolsa de conectores y cinta de escenario que llevaba en el asiento del copiloto desde hacía tres días.
Luego hizo tac otra vez y me dieron ganas de tirarla por la ventanilla.
La dejé donde estaba. Seguí conduciendo.
El móvil vibró en el soporte del salpicadero. Tina.
No lo cogí. Vibró otra vez.
Tina no llamaba dos veces si no había sangre, cajas rotas o Jana haciendo una de sus demostraciones públicas de independencia con daños materiales. Tampoco lo cogí.
En la curva antes de Port Saurí, una moto invadió medio carril y tuve que frenar. Salió disparada del cenicero, chocó contra el cambio de marchas y cayó al suelo, entre mis botas.
—Joder.
Aparqué mal junto al Club Aleta, con media rueda subida al bordillo y el motor todavía caliente. Me agaché y la encontré debajo del pedal, negra contra el polvo de mi mano.
La marca de la N seguía allí. Torcida. La había hecho a los diecisiete, sentado en el muelle de Port Saurí con una navaja pequeña y una guitarra apoyada en las rodillas.
La letra me salió fea. No la repetí. Yo no escribía nada.
Yo ajustaba niveles, cargaba altavoces, cambiaba cables que morían a mitad de una canción y aparecía cuando alguien llamaba porque un micro había decidido chillar delante de cien personas.
Cosas simples. Cosas que se podían oír. Cosas que, si fallaban, aceptaban ganancia, conectores o un golpe seco en el sitio adecuado.
Jana no aceptaba nada de eso.
Jana decía que no necesitaba a nadie, guardaba lo que aseguraba despreciar y luego te castigaba por haberlo visto.
El móvil volvió a vibrar.
Tina, otra vez.
Abrí la puerta lateral del Club Aleta y entré sin contestar.
Enric estaba guardando chalecos salvavidas en una jaula metálica mientras una radio vieja soltaba una canción de hace veinte veranos.
—Llegas tarde —dijo sin girarse.
—No había quedado contigo.
—Entonces llegas feo.
—Eso tampoco es novedad.
Enric cerró la jaula con el pie y me miró la mano. Llevaba una camiseta blanca sin una sola mancha, una provocación en mitad de tanta arena.
—¿Eso es un amuleto o has empezado a coleccionar uñas de bruja?
Cerré los dedos.
—Necesito el cable largo y el altavoz pequeño que dejé anoche.
—Claro. Buenos días a ti también, Nil. Qué alegría verte. ¿Quieres un café? ¿Una charla sana sobre tus decisiones? ¿Un remo en la cabeza?
—El cable.
—En el almacén del fondo. Tu equipo ocupa más que los turistas.
En el almacén del Club Aleta había tablas, velas plegadas, cajas estancas, dos soportes de micro y mis estuches negros apilados junto a una columna. El póster de una fiesta de Marblava llevaba tanto tiempo colgado que las esquinas ya se habían rendido.
Busqué el cable entre alargadores, pies de micro y correas que no pertenecían a ningún instrumento vivo.
El móvil vibró encima de la mesa metálica. La pantalla se encendió. Tina.
Enric leyó el nombre antes que yo pudiera darle la vuelta.
—Lola y Sal —dijo.
—Tina.
—O sea, Lola y Sal.
—Ni se te ocurra empezar.
—Solo te miro. Es peor.
Tiré de un cable y arrastré medio nido de polvo.
—Me han llamado por un altavoz. El de la terraza no da señal.
Enric sonrió al verla.
—¿Y te has traído una propina?
Lo miré.
—La has dejado donde no tocaba —dijo—. O te la han robado.
—No te metas.
—No me meto. Solo quiero que saques tu equipo de mi almacén antes de que un grupo de paddle se siente encima.
—Necesito el cable.
—Eso sí te lo creo.
El altavoz largo era mío. El cable también.
Nadie de Lola y Sal lo había pedido. La última vez que lo usaron fue en una noche de sardinas que acabó con Abril subida a una silla y Biel fingiendo que no la sujetaba por la cintura.
Desde entonces, el equipo se había quedado allí porque yo enlacé dos montajes y no volví a recogerlo.
No trabajaba allí. Había dejado el equipo después de un montaje del Club Aleta y pensaba recogerlo antes de la siguiente boda. Luego se cruzó Lola y Sal. Luego Jana. El orden de las desgracias era ese.
El móvil vibró otra vez.
Esta vez no era Tina.
Ona: NO ES URGENTE, PERO EL ALTAVOZ DE LA TERRAZA HACE PEDOS.
Debajo llegó otro mensaje.
Ona: DE SONIDO, DIGO.
Otro más.
Ona: JANA DICE QUE NO TE ESCRIBAMOS.
Miré la pantalla un momento de más.
Enric se rio.
—Ah.
—Cállate.
—No he abierto la boca.
—Tu cara sí.
—Mi cara cobra poco para todo lo que sabe.
Guardé el cable en una bolsa y cogí el altavoz pequeño de la estantería. Tenía arena en la rejilla y una pegatina medio arrancada de Club Aleta. Funcionaba cuando quería. Como casi todo lo que acababa cerca de Jana.
—¿Vas a devolverlo hoy? —preguntó Enric.
—Les falla el altavoz.
—A mí me falta sitio y no vienes con esa prisa.
—Tú eres más feo.
—Y no tengo terraza. Tragedia.
Le enseñé el dedo.
Enric se colgó dos chalecos del hombro y señaló el estuche grande.
—Nil.
Aparté la vista del cable.
—El sábado lo necesito fuera. Tengo un grupo de cuarenta y una madre que ya ha llamado tres veces.
Me quedé con el altavoz en la mano.
Había venido a sacar mi equipo antes del sábado. Cogí el cable, revisé el conector y me lo colgué al hombro. Con las manos ocupadas pensaba menos.
Me coloqué la bolsa al hombro.
—No voy a quedarme.
—No te he preguntado.
—Tu cara sí.
—Mi cara está pensando dónde meter seis tablas nuevas.
—Voy a devolver el altavoz.
—Y el cable.
Miré mi mano. Seguía ahí.
—Esa no —dijo Enric.
No preguntó de quién era. Se limitó a abrir la jaula otra vez. Se lo agradecí sin decirlo.
Me la metí en el bolsillo trasero.
—Voy a dejarles esto y me largo.
—Eso dicen todos antes de hacer el ridículo.
—Tú naciste ridículo.
—Y sigo vivo. Hay esperanza.
Salí del Club Aleta con el altavoz golpeándome la pierna.
El sol de la tarde caía duro sobre Port Saurí.
Una barca vieja daba golpes contra el pantalán.
Dos críos saltaban desde el muro, aunque el cartel decía que no.
Un hombre gritaba por teléfono junto a una caja de doradas.
Todo seguía igual. Ruidoso, caliente, pegajoso.
Llevaba un cable que nadie había pedido y el mensaje de que Jana no quería que me escribieran. Arranqué sin pensarlo.
A medio camino, el móvil se encendió otra vez.
Ona había enviado un vídeo.
No iba a abrirlo. Lo abrí.
La terraza de Lola y Sal salía torcida: barra, toldos, una jarra de sangría y Jana en medio, riéndose con un tipo que no conocía. Alto, gafas en la cabeza, camisa abierta. Hablaba con la soltura de quien nunca ha tenido que medir cuándo sobra.
Él le dijo algo al oído.
Jana se echó a reír.
No una risa pequeña. Una de las suyas. De garganta. De enseñar dientes y apartar la cara tarde.
El tío le tocó el codo. Paré el vídeo.
Lo volví a poner.
El codo. Nada. Una mano durante un instante. Ridículo.
Sentí la mandíbula cerrarse sola.
—Bravo, Borràs —murmuré al parabrisas.
Era una mano en su codo.
Aun así, apreté la mandíbula.
En el parking del faro habíamos acabado con las puertas abiertas, la música baja y la boca a un movimiento de la otra. Jana dijo que mirar no contaba. Yo le dije que apartarse a tiempo tampoco era una victoria.
No nos besamos. Ella retrocedió y el plástico se le quedó enganchado en el dobladillo. Cuando lo vio, se lo metió en el sujetador sin devolvérmelo.
Yo la dejé ir.
La había dejado ir. En el faro me pareció lo correcto. En la carretera ya no.
Jana hablaba rápido. Las manos no siempre le seguían.
Cuando cerró la puerta del coche, con aquello escondido bajo la camiseta y el pecho subiendo demasiado rápido, no me dieron ganas de irme.
Llegué a Lola y Sal por la puerta lateral. Había una furgoneta mal aparcada en la entrada y una caja de limones rota junto al cubo del vidrio. El olor a fritanga me entró en el pecho antes que el calor.
Biel estaba fuera, cambiando un barril con la calma de un hombre que ha sobrevivido a Abril.
—Pensaba que te ibas a Marblava —dijo.
—He ido.
—Vuelves rápido.
—He dado la vuelta.
Biel miró el altavoz, luego mi cara, y me dejó pasar sin cobrarme la explicación.
Se lo agradecí. Entré sin llamar.
El ruido me golpeó entero.
Jana servía una mesa con la jarra en alto. El tipo del vídeo seguía allí. En persona era peor: camisa color crema, sonrisa ancha y los dedos rondando el respaldo de Jana cada vez que ella pasaba.
Ella me vio antes de que yo pudiera fingir que buscaba a Tina.
No perdió la sonrisa: la afiló. Lo suyo era afilarla.
—Hombre —dijo desde la terraza—. El servicio técnico con patas.
Varias cabezas se giraron.
La pantalla de Ona desapareció contra su pecho. Desde cocina, Abril asomó, leyó mi cara y volvió a meterse dentro. Nadie hizo el favor de fingir normalidad.
Dejé el altavoz sobre una silla.
—Ona dijo que fallaba.
—Ona dice muchas cosas. La mayoría no deberían salir de su cabeza.
—También dijo que tú no querías que me escribieran.
Jana dejó la jarra en la mesa con un golpe un poco fuerte. El turista sonrió.
—¿Todo bien? —preguntó él.
Jana no lo miró.
—Perfectamente.
Yo tampoco lo miré.
Mentira. Lo miré un instante y me odié por hacerlo.
—¿Dónde lo pongo? —pregunté.
—En el mar —dijo Jana.
—El altavoz.
—Ah. En la terraza. Donde no moleste.
—Entonces lejos de ti.
Le salió una risa corta. De esas que usa cuando le doy y no quiere enseñar sangre.
—Qué sensible has vuelto desde que robas basura.
Metí la mano en el bolsillo trasero y comprobé que seguía allí.
—No era basura.
El turista, con ese instinto suicida que tienen los hombres que no leen habitaciones, preguntó:
—¿Tocáis esta noche?
—No —dijo Jana.
—Sí —dijo Ona al mismo tiempo.
Jana se giró hacia ella.
—Ona.
—Solo música. Ambiente. Cero drama.
Tina soltó un resoplido.
—Eso no existe aquí.
Conecté el cable al altavoz. Me agaché junto a la toma de corriente, cerca de la mesa donde el turista no apartaba los ojos de Jana. El cable estaba mordido en un extremo. Lo vi al tocarlo. No era seguro. Nada grave si lo dejaban quieto. Un disgusto si alguien tiraba de él.
—Necesito cinta —dije.
—Almacén —contestó Jana.
—¿Dónde?
—Donde no molestan las cosas.
Dejé de mirar el estuche.
Jana tenía los brazos cruzados. Yo llevaba lo suyo —o lo mío— en el bolsillo y ella cerraba el puño al mismo ritmo que yo rozaba el plástico con el pulgar.
—Vienes conmigo —dije.
—No.
—No sé dónde está.
—Pregúntale a Tina.
—Tina está cargando una caja.
—Qué pena.
Nil dejó de mover los dedos.
Esta vez lo hizo a propósito. Me sostuvo la mirada un segundo más, buscando el mismo punto por el que ya me había abierto antes.
No le di el gusto.
Dije su nombre.
—Nil.
—No lo hagas.
—¿El qué?
—Eso.
El turista levantó las cejas, encantado con el espectáculo que no había pagado.
Me agaché, recogí el cable, y pasé junto a Jana hacia el almacén.
—No hace falta que vengas —dije.
No había terminado de decirlo cuando escuché sus sandalias detrás de mí.
—No te voy a dejar solo con nuestras cosas.
—No sea que me lleve otra.
—Exacto.
Entramos en el almacén. La puerta se quedó a medias. Jana la empujó con el pie y se cerró mal, dejando una línea de luz y ruido.
El sitio seguía oliendo a cartón húmedo y limón barato. Hacía más calor que fuera. En una esquina, una gota caía de una garrafa mal cerrada sobre el suelo.
—La cinta —dije.
Jana señaló una caja alta.
—Arriba.
Me subí a una silla para cogerla. La silla cojeó. Jana puso la mano en el respaldo antes de que yo perdiera equilibrio.
—Cuidado —dijo.
Miré su mano.
Ella retiró la mano muy rápido.
—Con la silla —añadió.
—Por supuesto.
—No te emociones.
—Ya no sé si me das órdenes o instrucciones de supervivencia.
Bajé con la cinta. Al tocar el suelo, nos quedamos sin distancia. Jana llevaba sangría bajo el pecho y una raya roja en la muñeca, justo donde el delantal le había apretado.
—Tienes público fuera —dije.
—Yo siempre tengo público. Soy generosa.
—El de la camisa te mira mucho.
Su sonrisa apareció despacio. Mala. De las que usaba para defenderse con una cerilla en una gasolinera.
—¿Qué pasa, Nil? ¿Te preocupa la seguridad del cliente?
—Me preocupa que toque lo que no sabe manejar.
Lo solté antes de que me diera tiempo a filtrarlo.
Jana dejó de sonreír.
Solo un instante.
Luego dio un paso hacia mí.
—Qué feo eso.
—Sí.
—Muy de hombre que no tiene derecho.
—No lo tengo.
—Entonces no hables.
—Lo estoy intentando.
—Pues inténtalo mejor.
La línea de luz le cruzaba la boca. Tenía el labio inferior mordido y yo seguía con la cinta en una mano y la otra metida en el bolsillo trasero como un imbécil.
Jana miró mi bolsillo.
—La tienes ahí.
—Sí.
—Devuélvemela.
—¿Para qué?
—Para tirarla.
—No.
—¿Perdona?
La saqué y la levanté entre los dos.
—No te la devuelvo para que hagas teatro delante de todos.
—Mi teatro vende más que tu cara de perro abandonado.
—Entonces véndeselo al de la camisa.
Ahí sí.
Ahí se le fue la broma de la cara.
Jana me empujó con dos dedos en el pecho. Poco. Suficiente para sentir el calor de su mano a través de la camiseta.
—No me uses para tus celos baratos.
—No estoy celoso.
—Mientes fatal.
—Aprendo de ti.
Sus ojos se me quedaron en la boca. Fue rápido. Tan rápido que, si no la estuviera esperando desde el parking del faro, habría podido perdérmelo.
—Dámela —dijo.
—Ven a por ella.
No sonó a juego.
Por eso los dos nos quedamos quietos.
Fuera, el altavoz soltó un pitido largo. Ona gritó mi nombre, o el de Jana, o el de la madre de alguien. La puerta vibró con un golpe.
Jana no se apartó.
—Después del cierre —dijo muy bajo— me la das.
Sostuve su mirada.
—Después del cierre no debería quedarme.
—Entonces no te quedes.
Sonrió. Ya estaba de vuelta. La muy cobarde.
Pero el pecho le subía a tirones.
A mí me pasó lo mismo.
—Vale —dije.
—Vale, ¿qué?
Abrí la mano y se la puse en la palma. Cerré sus dedos alrededor con los míos un instante de más. La piel le ardía.
—Vale que no me quedo.
Salí del almacén con la cinta aislante y arreglé el cable de la terraza sin volver a mirarla.
No me fui.