No te acostumbres (Lola y Sal 4) CAPÍTULO 2 · JANA #2
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CAPÍTULO 2 · JANA #2

—Sé que guardaste esto.

—Porque me hizo gracia.

—No te reíste cuando te la di.

La lengua se me pegó al paladar.

Fuera, una bandeja cayó al suelo. Tina soltó un taco. Nadie entró. Las buenas amigas saben cuándo salvarte. Las mejores saben cuándo dejarte arder un poco para luego juzgarte con datos.

—No te emociones —dije—. También guardo tickets antiguos.

—¿En el sujetador?

Lo odié. De verdad.

Lo odié por acordarse de dónde la había metido al bajar del coche. Lo odié por no sonreír al decirlo. Lo odié porque mi cuerpo respondió antes que mi orgullo: un tirón bajo el ombligo, un calor distinto, una rabia que no sabía dónde poner.

—Mira qué fino te has levantado.

—No he dormido mucho.

—Problema tuyo.

—Un poco tuyo también.

La puerta volvió a vibrar. Esta vez alguien llamó desde fuera.

—¿Encontráis el cable o estáis criando uno? —gritó Ona.

—Estamos rezando —respondí.

—Pues rezad con manos visibles.

Nil abrió los dedos y la dejó caer en mi palma.

El gesto me pilló sin defensa. Esperaba que tirara. Que siguiera. Que me provocara un poco más. Que me besara, quizá, para poder decirle idiota con la boca ocupada y luego culpar al almacén, al calor, al altavoz y a la mala construcción de las puertas.

Pero me la devolvió y después cogió el cable.

—Vamos —dijo.

—¿Ya está?

Se paró con la mano en el pomo.

—¿Querías otra cosa?

Sí.

El «sí» se me quedó detrás de los dientes, feo y brillante. Así que saqué a la Jana útil, la que siempre llegaba antes que la verdad.

—Quería que arreglaras el altavoz antes de jubilarme.

Nil abrió la puerta.

La luz del local entró de golpe. Ruido, grasa, voces, vida. Yo volví a tener público y eso me colocó la cara en su sitio.

—Entonces no te distraigas —dijo él.

Pasó junto a mí rozándome el hombro. Esta vez no fue accidental. Tampoco suficiente. Las dos cosas me dieron ganas de romper una copa.

Arregló el altavoz en cuatro minutos. Cuatro.

Cambió el cable de señal, reinició el receptor y ajustó dos niveles en la mesa pequeña. La música volvió con un golpe limpio. Los turistas aplaudieron. Los turistas aplauden cualquier cosa si llevan media hora sin estribillo.

—Milagro —dijo Quimet.

—Cable y ganancia —corrigió Nil.

—Fe —añadió Ona.

—Cállate —le dije.

Vega me pasó tres tickets.

—Pon algo antes de que muera otra vez.

Me puse a trabajar. Rápido. Bien. Sin mirar a Nil. Él recogió el cable, habló con Tina de dónde dejar el altavoz pequeño y le dijo a Abril que no conectara el receptor a la misma regleta que la cafetera, porque al parecer nuestra técnica de sonido no lo había impresionado.

Luego se acercó a mí.

Yo acababa de cobrar dos vermuts y una ración de calamares. El recibo salió caliente, recién nacido, absurdo. Tiré de él hasta rasgar una esquina.

—Mañana no puedo venir —dijo Nil.

Lo miré antes de poder disimular.

No me gustó lo rápido que lo hice.

—No te he pedido que vengas.

—Me ha quedado claro.

—Tenemos manos.

—Las he visto.

—Y cerebro.

—Eso no lo discuto hoy.

—Generoso.

Nil apoyó los nudillos en la barra y se quedó allí, serio. Sin invasión ni sonrisa, me dejó sin un sitio cómodo desde el que pelear.

—Tengo una prueba de sonido en Marblava por la tarde —dijo—. Si esto vuelve a fallar, usad el altavoz pequeño y no toquéis la mesa.

—¿Me estás dejando instrucciones?

—Estoy evitando que queméis el equipo.

—Qué pena daríamos sin ti.

Pena. Nil dejó quietos los dedos sobre la barra.

«Pena» se quedó entre nosotros, más sucia que la mayonesa del cubo.

Nil la oyó. Claro que la oyó. Sus dedos dejaron de moverse sobre la barra.

—Eso no.

—No hace falta.

La terraza cambió de ruido. Tina dejó un vaso a medio secar y Abril apareció con una bandeja que no llegó a entregar. Detrás, alguien dejó de escribir.

Todo el mundo mirando sin mirar.

Mi talento favorito: convertir una tontería en una escena pública.

Nil enderezó la espalda.

—Jana, no empieces.

—No he empezado nada.

—Has dicho pena.

—He dicho una frase.

—No conmigo.

La sangre me subió al cuello. Lo noté. Lo odié. Me reí porque era eso o enseñar el hueso.

—Tranquilo. No te voy a poner una placa por venir a salvar el altavoz.

—No te he salvado.

—Mejor. Me habría sentado fatal.

—Ya te sienta fatal que te ayuden.

—Me sienta fatal que lo hagan delante de todos.

Se calló. Yo también.

Me quedé con la boca abierta entre la caja registradora y una ración de calamares.

Nil bajó la voz.

—Entonces dímelo antes de hacerme quedar como un idiota.

No era justo. Tenía razón, que era bastante peor.

Me encogí de hombros.

—No sé. Pensaba que te gustaba ser útil.

Le dio. No mucho. Nil no hacía grandes gestos. Se le fue la poca risa que le quedaba en la cara. Recogió el rollo de cable de la barra, se lo colgó al hombro y asintió una vez.

—Entendido.

Abril hizo un amago de intervenir. Biel, desde la puerta, le tocó el codo. Bien por Biel. Mal por mí.

Nil salió por la puerta lateral.

Yo cobré la mesa quince, puse mal el cambio, pedí perdón con los dientes apretados y seguí de pie.

—Jana —dijo Tina, baja.

—Ni una palabra.

—No iba a decir nada.

—Eso en ti cuenta como milagro.

Ona no grababa. Vega tampoco corregía. Abril volvió a la cocina muy despacio.

Metí la mano en el bolsillo del delantal por pura manía.

Vacío.

Tina lo vio.

—¿Y la púa?

—La he tirado —mentí.

Fuera, la furgoneta de Nil arrancó antes de que pudiera obligarme a sostenerle la mirada.