CAPÍTULO 2 · JANA
La despedida de soltera quería música, la mesa doce esperaba tres cañas y yo llevaba diez minutos fingiendo que la tarde estaba bajo control.
La mentira duró hasta que la pantalla del receptor se apagó.
—No me hagas esto —le dije.
—Háblale bonito —dijo Ona desde el extremo de la barra.
—Le estoy hablando íntimo.
—Lo estás amenazando.
—Cada una liga con lo que tiene.
Vega levantó dos tickets mojados.
—Tenemos pendientes la siete, la doce y la quince. Y alguien ha cobrado dos claras como vermut.
—Eso es creatividad fiscal.
—Eso es un lío.
Tina pasó detrás de mí con una bolsa de hielo apoyada contra la camiseta. La bolsa goteaba sobre sus sandalias.
—¿Llamo a Abril?
—Abril está en la cocina con Biel y una plancha que echa humo. Si entra aquí y ve el altavoz muerto, vende el local otra vez solo por descansar.
—No digas eso ni en broma —soltó Vega.
Tenía razón. Lo retiré con una mueca. Había bromas que todavía salían con astillas.
El local rugía. No de una forma bonita. Lola y Sal rugía como una nevera vieja llena de deuda: platos chocando, toldos golpeando contra el hierro, la cafetera escupiendo, la ducha exterior disparándose de golpe cada vez que un niño tocaba el grifo equivocado.
La arena entraba en todas partes. En el suelo, en las cajas, en el borde de los vasos.
En mi sujetador, también, pero esa batalla la daba por perdida desde junio.
Metí la mano en el bolsillo del delantal para sacar el móvil y toqué el borde negro.
La muy maldita seguía allí.
La saqué con dos dedos, mirándola como se mira a un insecto que no sabes si matar o cobrarle alquiler.
—Otra vez —dijo Ona.
—No has visto nada.
—Jana, la tienes delante de mi cara.
—Pues mira peor.
La pantalla del receptor parpadeó una vez. Se encendió un instante, enseñó una línea azul y murió con un suspiro eléctrico que sonó insultante.
—Vale —dijo Tina—. Llamo a Nil.
—No.
Él no se me escapó antes de que pudiera disfrazarlo. Las tres dejaron de fingir que no estaban pendientes.
—Quiero decir —añadí— que no hace falta. Sabemos reiniciar una máquina. Somos mujeres. Hemos sobrevivido a sujetadores sin tirantes y a bodas con tacones prestados.
—El altavoz no se arregla con feminismo —dijo Vega.
—No lo sabemos porque no lo hemos probado con fe.
Ona apoyó los codos en la barra.
—¿Por qué no quieres que venga?
—Porque no necesitamos un hombre cada vez que un aparato se pone tonto.
—Tampoco necesitamos que lo digas mirando eso.
Cerré la mano.
—Voy a tirarla.
—Eso dijiste hace una hora.
—Me gusta crear expectación.
Tina ya tenía el móvil en la oreja. Por supuesto. Tina cargaba cajas, apagaba incendios y traicionaba amistades con una eficacia limpia.
—Nil —dijo—. El altavoz de la terraza se ha muerto. Sí. Otra vez. No, Jana no quiere que vengas.
Le arranqué una bolsa de pajitas de las manos.
—Tina.
Ella se apartó sin dejar de hablar.
—Sí, exacto. Ven.
Colgó sin despedirse.
—Te odio.
—Ya.
—No como amiga. Como concepto.
—También.
Quimet, desde su rincón, levantó el quinto.
—Si queréis, canto yo.
—Usted desafina hasta en efectivo —le dije.
—Depende del repertorio.
La mesa de las cinco se rio. Yo no. Yo estaba ocupada escondiéndola debajo del ticket de la mesa doce y fingiendo que mi nuca no se había calentado al escuchar el nombre de Nil.
Se presentó ocho minutos después. Ocho.
No diez, no veinte. Ocho. Lo sabía porque miré el reloj tres veces para poder decir que no lo estaba esperando.
Entró por la puerta lateral, la del almacén, con un rollo de cable al hombro, unos auriculares colgados del cuello y el pelo húmedo en las sienes.
Traía la camiseta cambiada. Negra esta vez. Peor elección para la paz mundial.
—¿Dónde está el cadáver? —preguntó.
—En mi alma —dije.
—El altavoz.
—Ah. Ese también.
Nil se acercó a la pequeña mesa de sonido.
Yo no me moví. El paso era estrecho. Siempre había sido estrecho, solo que ese día el local parecía haber encogido con malicia.
Su brazo rozó el mío al inclinarse hacia la pantalla.
Piel caliente contra piel caliente. Nada dramático.
Nada que justificara que yo apretara los dedos contra el borde de la barra hasta notar una astilla en la uña.
—¿Has probado a reiniciar? —preguntó.
—Qué idea. Nadie lo había pensado desde la invención del botón.
—Jana.
—Nil.
—¿Has probado?
—Cinco veces.
—¿Desenchufar?
—Seis.
—¿Insultarlo?
—Con cariño y variedad.
Bajó una sonrisa hacia la máquina. No hacia mí. Eso me cabreó sin permiso.
—Entonces igual necesita el cable de señal.
—Tenemos cable de repuesto.
—¿Dónde?
Miré a Vega; Vega miró a Tina; Tina, al techo.
La cámara de Ona apareció otra vez, enfocando el caos con un descaro que tendría que haber sido ilegal en tres municipios.
—En el almacén —dije.
—¿Seguro?
—En algún sitio del almacén.
Nil asintió, serio.
—Qué orden tan vuestro.
—No te he llamado para que opines.
—No me has llamado.
—Por eso.
Se giró hacia el almacén. Yo fui detrás porque no pensaba dejarlo pasearse por nuestras cajas como dueño de nada. También porque el ticket de la doce se levantó con la corriente del ventilador y el plástico negro cayó al suelo entre sus botas y mis sandalias.
Nil se detuvo. Yo también.
Detrás, Ona murmuró:
—Cine.
—Te rompo el móvil —dije sin girarme.
Nil se agachó antes que yo. Sus dedos la recogieron del suelo. La levantó entre nosotros. Limpia ya, sin mayonesa, negra y traidora.
—¿El cubo te la ha devuelto? —preguntó.
—Tiene apego.
—Veo que tú también.
—Dámela.
—Ven a buscar el cable.
—No mandes sobre mis objetos robados.
—Es mía.
—La propiedad privada me parece discutible cuando una cosa se abandona.
—La dejé en mi bolsillo.
—Pues tu bolsillo tiene mala seguridad.
Eso sí era una mentira grande. No había salido de su bolsillo porque yo la hubiera robado.
Se había quedado enganchada en el dobladillo de mi camiseta unos días antes, en el parking de tierra del faro, cuando una discusión terminó con su boca a un suspiro de la mía y yo me aparté antes de averiguar cuál de los dos era más idiota.
Nil la vio al mismo tiempo que yo.
—Se te ha quedado una cosa mía.
—Pues vigila mejor tus cosas.
Me la arranqué de la costura y me la metí en el sujetador para no perderla. Él siguió mirando el sitio donde había desaparecido. Yo me reí, porque era más seguro que volver a acercarme, y subí al coche con la púa clavándome bajo la ropa y una mala leche absurda por no haberlo besado.
En el almacén no pensé en el parking.
Me concentré en no mirar su boca.
Nil abrió la puerta y entró.
El almacén olía a cartón húmedo, cerveza cerrada y friegasuelos de limón. Había cajas de servilletas, sacos de carbón, garrafas de aceite, dos sillas rotas y un flotador azul que nadie admitía haber comprado. La bombilla parpadeó al encenderse. Muy fina ella. Muy de ambiente.
—Cierra —dijo Nil.
—No.
—Hay clientes mirando.
—Que miren. Pagan poco, al menos que se entretengan.
Nil apoyó una mano en la estantería y me miró por encima del hombro.
—Jana.
Otra vez mi nombre. Sin broma. Sin empujón. Sin la sonrisa pequeña.
Cerré la puerta de una patada suave. Se quedó encajada a medias, porque esa puerta llevaba años practicando la resistencia pasiva.
El ruido del local bajó un poco, no tanto como para olvidarlo.
Una carcajada en la terraza. El golpe de un plato.
Abril diciendo algo rápido desde la cocina.
Lola y Sal seguía ahí, pegado a la madera, escuchando.
—¿Dónde guardáis los cables? —preguntó Nil.
—Donde no molestan.
—Me ayudas mucho.
—Esa frase te la puedes tatuar.
Se agachó junto a una caja. Seguía en su mano. Me puse de brazos cruzados para no arrancársela. Para no tocarlo. Para no mirar la forma en que la camiseta se le tensaba en los hombros cuando movía una caja pesada sin hacer teatro.
Nil encontró un cable enrollado con cinta aislante.
—¿Este?
—Puede.
—¿Puede?
—Tenemos una relación abierta con la organización.
—Ya veo.
—No digas «ya veo».
—¿Por qué?
—Porque suenas a padre decepcionado.
Nil dejó el cable sobre una caja y se giró. El almacén era pequeño cuando entraba una persona. Con dos, se convertía en una mala decisión con estanterías.
—¿Eso te molesta?
—Me molesta todo lo que haces con calma.
—Tú también podrías probarlo.
—Yo tengo ritmo.
—Tienes prisa para no quedarte en ningún sitio.
Eso me rozó justo donde no había permiso. Noté el impulso de reírme, fuerte, vulgar, tirar una bomba encima del momento y salir corriendo entre el humo.
Así que hice eso.
—Uy, Nil. Qué profundo. ¿Te lo han dicho los limones o venía en el manual del técnico de sonido?
Él no se rio.
Nil dio un paso hacia mí. Uno normal: cansado, sudado, con las manos marcadas de cargar equipo. Aun así, mi espalda tocó la puerta.
—Cuando te pones graciosa, te tiembla la mano —dijo.
Miré mi puño.
La tenía cerrada sobre el borde del delantal.
—Es hambre —dije.
Nil miró la mano cerrada sobre el delantal.
—O calor —añadí.
Él no discutió; tampoco se apartó.
La calma me irritó más que una réplica.
Apreté más los dedos.
La puerta vibró detrás de mí cuando alguien abrió la exterior. La madera me empujó medio centímetro hacia delante. Nil estaba ahí. Muy ahí.
—Apártate —dije.
—No te estoy tocando.
—Eso te lo has creído tú.
Su mirada bajó a mi boca.
Gracias a Dios, no tuvo nada de elegante. La elegancia me da pereza. Me miró la boca de frente, sin disimulo, y mi respiración se encargó de traicionarme.
—Devuélvemela —dije.
—¿Para tirarla?
—Para hacerme unos pendientes.
—Te quedarían fatal.
—Mentira. Me queda bien hasta una resaca.
—Eso sí.
—Acabas de llamarme guapa.
—Acabo de decir que sobrevives.
—Cobarde.
Nil la levantó entre los dos. Fui a cogerla y no la soltó. Dos dedos, un trozo de plástico y el calor metiéndose donde no cabía.
—Si no quieres que venga, díselo a Tina antes de que llame —dijo.
—Se lo he dicho.
—No con ganas.
—¿Qué sabrás tú de mis ganas?
La pregunta me salió baja, sin el tono de broma que necesitaba.
Nil tragó saliva. Lo vi en la garganta. Me molestó verlo. Me gustó más de lo que debería.
—Sé cuándo mientes —dijo.
—No sabes nada.