No te acostumbres (Lola y Sal 4)
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CAPÍTULO 1 · JANA
La púa negra cayó dentro del cubo de las servilletas sucias justo cuando yo juraba, con una mano en alto y la otra metida en el bolsillo del delantal, que no la tenía.
Cayó haciendo un ruido mínimo, de plástico contra plástico mojado, pero en la mesa de las cinco oyeron hasta la vergüenza.
—Ajá —dijo Vega, sin levantar la vista de la cuenta que estaba corrigiendo con un boli mordido.
Tina dejó una caja de cervezas en el suelo con un golpe seco. Ona, que grababa un vaso de tinto de verano sudando sobre la barra, volvió la pantalla contra el pecho, con esa cara de persona que acaba de encontrar contenido sin tener que fabricarlo.
Abril siguió secando la misma taza, despacio. Desde que Biel la miraba así, había aprendido a callarse con intención. Una desgracia para las demás.
—Es basura —dije.
Metí dos dedos en el cubo antes de pensarlo. Saqué la púa pegada a una servilleta con mayonesa y una esquina de limón aplastado. Negra, pequeña, con una marca en un borde. La limpié contra el delantal, porque la dignidad ya se había ido a otra mesa a pedir bravas.
—Claro —dijo Ona—. Yo también guardo basura en el bolsillo, por si un día me da hambre emocional.
—Tú grabas aceitunas.
—Las aceitunas no tienen iniciales.
La miré.
No eran iniciales: solo una raya torcida hecha con navaja, una N casi invisible si no sabías buscarla.
Yo no sabía buscarla. Yo no sabía nada. Yo era una mujer libre, adulta, con calor en lugares que no se mencionan antes de las dos de la tarde y una capacidad bastante digna para mentirme delante de mis amigas.
El TPV pitó tres veces, rabioso, antes de escupir un ticket en blanco.
—Jana —llamó Abril desde la cafetera—, la mesa nueve dice que el agua sabe a grifo.
—Porque es agua de grifo.
—Quiere hablar con alguien.
—Que hable con el grifo.
La terraza estaba llena hasta el borde: niños con los pies llenos de arena, turistas rojos como gambas mal hechas, una pareja discutiendo en susurros delante de una ensalada que nadie iba a terminar, y Quimet apoyado en la esquina de siempre con un quinto, mirando el mundo con la paciencia de quien no ha pagado nunca con tarjeta.
La nevera pequeña goteaba sobre el suelo. Una gota. Otra. Otra. Justo en el paso estrecho entre la barra y la puerta del almacén, donde todo el mundo metía el pie y luego culpaba al destino.
Yo la tenía en la mano, cuatro amigas oliéndome la mentira y el flequillo pegado a la frente.
Un martes normal, vamos.
—Tírala —dijo Tina.
—Eso hago.
—No, eso lo has dicho. No es lo mismo.
Le enseñé el plástico negro con dos dedos.
—Tina, cariño, si quieres dirigir mi vida sentimental con el mismo entusiasmo con el que apilas cajas, pide número.
—No es vida sentimental si te da urticaria nombrarlo.
—No lo nombro porque no existe.
La puerta de la terraza se abrió de golpe antes de que Ona pudiera contestar.
Entró una bocanada de calor más densa, olor a cartón húmedo y limón golpeado, y detrás apareció Nil Borràs con dos estuches negros de equipo en los brazos, la camiseta gris pegada al pecho y una marca de polvo en el antebrazo.
El local hizo esa cosa miserable de callarse un instante.
No todo el local. No exageremos. La freidora siguió escupiendo. El congelador siguió tosiendo. Un niño siguió llorando porque su helado tocaba una servilleta. Pero en mi rincón, en mi barra, con mis amigas y mi mano cerrada alrededor de su púa sucia de mayonesa, el ruido cambió de sitio.
Nil dejó los estuches junto a la entrada del almacén y me miró la mano.
No a mí. A la mano.
—¿Te ayudo a tirar eso? —preguntó.
Ona hizo un ruido con la garganta.
Vega se tapó la boca con la libreta. Tina sonrió sin enseñar dientes. Abril se dio la vuelta hacia la cafetera, traicionera y feliz.
Yo cerré más los dedos.
—No necesito ayuda para tirar cosas pequeñas.
Nil se pasó el dorso de la muñeca por la mandíbula. Tenía la barba de dos días. No cuidada. No de anuncio. Barba de haber dormido mal, haber cargado altavoces y haber discutido con un cable antes de las once.
—Ya veo.
—¿Qué ves?
—Que la estás estrangulando.
Abrí la mano de golpe.
Seguía allí, mojada, ridícula, negra contra mi palma. Me había dejado una mancha de mayonesa en la línea de la vida. Muy poético todo. Asqueroso, sobre todo.
—La he encontrado.
—¿En tu bolsillo?
—En el cubo.
—Después de salir de tu bolsillo.
—Mira qué memoria para una cosa tan inútil.
A Nil se le escapó una risa por la nariz, demasiado breve para llegarle a la boca. Con él pasaba eso: no regalaba nada entero. Te daba media mirada, medio paso hacia ti, y luego te dejaba haciendo el ridículo con el resto.
—Necesito dejar el equipo dentro —dijo, señalando los estuches.
—Pues déjalo dentro.
—Estás delante de la puerta.
—Hay más puertas en el mundo.
—No para vuestro almacén.
Vega carraspeó.
—Jana, muévete.
—Qué bonito es ver cómo apoyáis mi autoridad.
—No tienes autoridad —dijo Tina—. Tienes calor.
Nil cogió uno de los estuches otra vez. Yo di un paso atrás sin calcular la gota de la nevera. La suela de mi sandalia resbaló. Muy poco, pero bastó para que mi cuerpo decidiera morirse en público y su mano saliera antes que mi orgullo.
Me agarró de la muñeca.
Firme. Caliente. Con los dedos ásperos por los nudillos.
No me caí. Tampoco respiré bien.
Lo peor de que Nil supiera sostenerme era esa sensación asquerosa de deberle un cuidado que yo no sabía devolver.
Durante un instante lo vi entre mi mano y la suya. Negro, pegado a mi piel. Su pulgar rozó la base de mi palma al soltarme, apenas un roce, el tipo de roce que en una persona normal no significa nada y en mí activó una lista de insultos que no encontré a tiempo.
—Hay agua en medio del paso —dijo Nil.
—La nevera tiene personalidad.
—La personalidad te va a partir la cadera.
—Si es al de la mesa nueve, le decimos que es experiencia local.
Abril se giró.
—Jana.
—Vale, vale.
Nil dejó el estuche dentro del almacén y se agachó junto al segundo.
El movimiento le subió la camiseta por la espalda.
Un trozo de piel. Una línea de sudor bajándole por la columna.
Yo miré una fracción de segundo y luego fingí que buscaba un trapo con la desesperación de una mujer que ha perdido la fe y la fregona.
—¿Desde cuándo tenéis el cable así? —preguntó él.
—Desde que tú entras por la puerta.
—Qué puntería tengo.
—No presumas, que solo estaba pelado.
—Hablo de ti.
Las palabras cayeron entre el pitido del TPV y el golpe de una cuchara en el fregadero. Nadie más debería haberlas oído. Por desgracia, mis amigas tenían oído de gaviota hambrienta.
La cámara de Ona asomó un centímetro por encima de la barra.
—Ni se te ocurra —le dije.
—No he grabado nada.
—Has pensado en grabarlo.
—Estoy respetando el arte.
—Respeta tu vida si quieres conservarla.
Nil se quedó agachado, con un cable de señal en la mano, mirándome desde abajo. Eso tampoco ayudó. Había hombres que al mirar desde abajo perdían poder. Nil ganaba problemas.
—Dame eso —dijo.
—¿Para qué?
—Para levantar la cinta del conector.
—Usa una herramienta.
—No tengo una herramienta tan inútil a mano.
—Mira cómo habla de sus pertenencias.
—Mira cómo las guarda quien dice que no le importan.
Me salió una risa más alta de lo necesario. La noté falsa incluso yo. Se la puse en la palma sin tocarlo. O esa era la idea. La realidad tuvo menos respeto por mi plan. Sus dedos subieron antes de que yo los apartara, quedó atrapada entre los dos y la marca de la N me raspó la yema.
Nil siguió mirándome.
—¿Te duele?
—Me has arrancado media mano.
Nil miró la raya roja que el borde me había dejado en la yema.
—Todavía puedo perderla —añadí.
La boca le tiró hacia un lado.
—Dramática.
—Técnico.
No respondió. Tiró de ella con cuidado, concentrado en la raya roja de mi yema.
Me quedé sin réplica.
Vega lo vio. Abril también. Seguro que, hasta el niño del helado, que ya lamía papel y todo, notó la derrota.
Nil la usó para levantar una costra de cinta negra pegada al conector del cable.
No necesitaba hacerlo con esa concentración.
No necesitaba tener el antebrazo tan cerca de mi pierna.
No necesitaba oler a limón caliente, a metal y a esa colonia barata que llevaba desde hacía semanas y que yo no reconocía porque no me fijaba en esas cosas. Jamás.
—Hecho —dijo.
Tiró el trozo de cinta a la basura y se incorporó.
Yo extendí la mano.
—Mi basura.
—Pensaba que era mía.
—Era. Ya la he rescatado. Custodia compartida.
—Qué generosa.
—Los martes me pillas tonta.
Nil la apoyó sobre la barra, justo entre los dos. No me la dio. Tampoco se la guardó. La dejó allí, mojada, limpiada a medias, a la vista de mis amigas y de medio pueblo si se inclinaba un poco.
—Déjala ahí —dijo.
—¿Perdona?
—Si no significa nada, no te molestará que esté a la vista.
Una turista de la mesa cuatro levantó la mano.
—¿Podemos pedir otra sangría?
—No —contesté sin mirarla.
Abril tosió.
—Sí. Jana quería decir sí.
—Jana quería decir muchas cosas.
Nil sonrió por fin, apenas lo suficiente para fastidiarme. El muy desgraciado sabía hacerlo en formato deuda: te daba un céntimo y te dejaba pagando el resto toda la tarde.
—Trabaja —dijo.
—No me des órdenes.
—Entonces no te quedes parada.
—Te voy a meter en el cubo de las servilletas.
—Ya tienes cosas mías ahí.
Ona soltó una carcajada. Tina bajó la cabeza para que no se le viera la suya. Vega escribió algo en el margen de la cuenta, porque Vega no desperdiciaba ni una humillación ajena si podía convertirla en orden.
Agarré la jarra de sangría hasta que el asa pegajosa se me escurrió entre los dedos. Nil hizo el gesto de acercarse, pero frenó antes de tocarme.
Me fastidió que frenara la mano justo a tiempo.
—No hace falta —dije.
—No he hecho nada.
—Exacto.
Su mirada cambió. Un punto. Suficiente para que mi estómago, vendido barato, entendiera antes que mi cabeza.
—Jana.
Mi nombre en su boca no tenía gracia. Por eso no me convenía.
—Mesa cuatro —dijo Abril, salvándome y condenándome a la vez.
Salí de la barra con la jarra. Crucé la terraza esquivando piernas, mochilas y un perro que olía las croquetas con más educación que algunos clientes. Notaba el plástico negro sobre la barra sin verlo. Notaba a Nil sin girarme. La espalda se me llenó de ojos, de calor, de rabia pequeña.
Serví la sangría. La turista me preguntó si el vino era local.
—El drama sí —dije.
No lo entendió. Mejor.
Al volver, Nil hablaba con Abril junto al almacén. Biel asomó por la puerta exterior con una caja de vasos y esa cara suya de hombre que sabe cuándo retirarse. Nil escuchaba, asentía, señalaba el altavoz de la terraza. Ya se movía allí dentro sin pedir permiso al aire. Me molestó.
Seguía en la barra.
Pasé a su lado sin cogerla.
Duré tres pasos. Tres.
Luego el TPV pitó otra vez y, aprovechando el ruido, alargué la mano y la metí en el bolsillo del delantal.
Una maniobra impecable, salvo porque Nil estaba mirando.
Cuando levanté la vista, Nil ya no miraba a Abril.
Me miraba a mí.
Se le tensó la mandíbula. Miró mi bolsillo y después mi boca. Dentro del delantal, el borde negro me raspó la cadera.