Capítulo 41
Guillermo
Habían pasado ya casi todas las fiestas; tan solo nos quedaba la de Reyes, que, curiosamente, era la que más nos gustaba a todos.
El día de fin de año, después de la cena y de que dieran las campanadas, cuando fuimos a brindar, me arrodillé delante de Silvia, con la atenta mirada de todos los presentes, que no se lo esperaban.
Sí, le pedí matrimonio y ella aceptó, entre risas, lágrimas y felicitaciones dobles, tanto por el Año Nuevo como por nuestro reciente compromiso.
Según le dijeron a Silvia en Londres, el bebé vendría para finales de abril, por lo que queríamos casarnos en el verano del año siguiente, cuando ella ya se hubiera recuperado.
En estos días, su vientre se había visto muy abultado, y eso significaba que el bebé crecía bien.
Hoy era el día en el que teníamos la cita con el ginecólogo, pues hasta que no terminaron las fiestas, el médico estaba de vacaciones, y ella no quería que la viera otro, ya que el doctor Sancho tenía muy buenas referencias.
Acudimos nerviosos, primero, porque era la primera vez que lo veríamos los dos juntos, y también porque hoy conoceríamos el sexo del bebé y ya le podríamos llamar por su nombre.
Mía insistió en que quería ir a ver a su sobrino o sobrina, y ninguno de los dos fuimos capaces de decirle que no.
Por eso, la llevábamos de la mano. El día anterior había hablado con Alex; le había contado todo lo que había sucedido y quedamos en que pasaríamos a por ellas para ir a comer juntos.
Lo mismo hicimos con los compañeros de Silvia, a los que también se unirían la mujer de mi padre y la pareja de Susana.
Se lo dijimos a todos los demás, pero ellos estaban ocupados buscando los regalos que faltaban para el día de Reyes y ninguno quiso venir.
Entramos en la consulta médica y nos sentamos a la espera de que el doctor nos llamara.
Allí había más gente que en la guerra, por lo que sabíamos que tardaríamos en entrar.
—Por favor, cuánta gente hay aquí. ¿Todo el mundo viene a ver a tu bebé, Guille? —Dijo mi hermana con asombro.
—No, cariño, aquí, cada uno viene a ver el suyo. ¿No te has fijado en que hay más mujeres embarazadas?
—Tienes razón, pues a ver si lo ven ligerito, que yo estoy impaciente.
Contra todo pronóstico, nos llamaron los siguientes y Mía se puso a aplaudir. Si yo estaba nervioso, no os podéis imaginar cómo estaba ella, que parecía un flan de todo lo que temblaba.
—Bueno, vamos a ver cómo va el bichito. ¿Es la primera vez que vienes?
—Sí, es que cuando me enteré de que estaba embarazada me encontraba en Londres y hasta ahora no ha tenido usted un huequito.
—¿Sabes de qué tiempo estás?
—Sí, según me dijeron allí, debo estar de unas dieciséis semanas, más o menos.
El doctor le miró el vientre a Silvia y negó con la cabeza. No quise preguntarle nada hasta que no le hicieran la ecografía, pues no quería ponerla nerviosa, pero Silvia también se dio cuenta de ese detalle y ella sí que no se pudo mantener callada.
—¿Hay algún problema, doctor?
—No tiene por qué haberlo; cada embarazo es un mundo y cada mujer un universo. Simplemente me ha sorprendido que tengas el vientre tan abultado, pero eso puede deberse a que tengas poco hueco o a que el bebé sea demasiado grande.
El médico nos hizo un gesto para que entráramos en la otra parte de la consulta, donde se encontraba la zona de radiodiagnóstico, y en la que le indicó a Silvia que se bajara el pantalón hasta las caderas y se subiera a la camilla.
La enfermera le ayudó a prepararse y vertió en su vientre un gel frío, a juzgar por el salto que pegó Silvia y la sonrisa que le salió a la enfermera, que no paraba de mirarme, por cierto.
—Bueno, pues allá vamos —dijo el doctor.
—Guille, yo no veo ahí a ningún bebé; es como ver una de esas películas del cine sin las gafas de 3D —dijo Mía, y provocó una carcajada en el médico.
—Espera, pequeña, que ahora mismo te enseño a tus hermanitos.
—No, no, te has equivocado, son mis sobrinos. Mi hermano es este… Además, has hablado en plural, y ahí nada más que cabe un bebé, que no es la casa de los abuelos que tienen cinco habitaciones.
Desde luego, esta niña era un caso, pero se había dado cuenta de algo en lo que ni Silvia ni yo habíamos caído: que se había referido a ella en plural, cuando en Londres le dijeron que tan solo era uno.
—Chicos, vais a tener mellizos, ¿no os lo dijeron allí? Ahora entiendo el volumen del vientre con tan poco tiempo de embarazo.
—¿Mellizos? ¿Está usted seguro?
—Sí, y ahora vamos a escuchar sus latidos y os digo el sexo de ambos, si queréis saberlo.
Efectivamente, escuchamos dos latidos muy acompasados entre sí. Nos explicó que el otro doctor no se había dado cuenta porque antes debía estar una placenta delante de la otra y habían sincronizado sus latidos.
—Pues vais a tener la parejita y, para que la orgullosa tía lo vea bien, ahora mismo pasamos el ecógrafo a alta resolución.
En cuanto que vimos la carita de nuestros hijos, no pudimos evitar ponernos a llorar.
Se veían tan bien que parecían dos fotografías.
El doctor nos dio las indicaciones que debíamos seguir y le cambió la medicación a Silvia, que ya no presentaba náuseas y que necesitaba el doble de calcio, ya que su cuerpo estaba soportando la formación de dos vidas, no de una.
Llegamos a la oficina a recoger a Alex, todavía subidos en una nube, pues era nuestro sueño hecho realidad. Dos hijos de una vez y, encima, un niño y una niña. Los nombres ya los teníamos elegidos, así que, por eso, no habría ningún problema.
Justo estábamos contándole eso a Alex cuando apareció por la oficina la persona que menos me esperaba ver, con un descaro inexplicable, como si todo aquello le perteneciera, incluidas las personas que estábamos allí.
—¿Se puede saber qué haces aquí, Cristina? —Le pregunté, bastante enfadado y cogiendo a Silvia por la cintura, que se había puesto demasiado tensa.
—¿Qué voy a hacer? Venir a ver a mi prometido.
—Sabes que eso que estás diciendo no es cierto y que ese anillo que llevas en el dedo me lo robaste estando en Madrid.
—No seas ridículo, tu subconsciente te delató al llevarlo en el bolsillo de la chaqueta. Lo llevabas para pedirme matrimonio y yo me adelanté a ti.
—¿Cuándo me vas a dejar en paz? Ve a buscar al padre de tu hijo, que yo ya he encontrado a la madre de los míos.
Cristina bajó la mirada hasta el vientre de Silvia, pues no se había percatado de su estado, y vi el odio en su mirada, algo que corroboró con las palabras que dijo a continuación.
—¿Estás seguro de eso? Yo fui sincera contigo, pero ella tiene otro hombre en su vida, un mulato que está de muerte, dicho sea de paso.
—Sé de quién hablas. Es más, lo conozco personalmente y está pasando las navidades con nosotros.
—Vaya, no te esperaba así, abierto al poliamor. Así que, si ella tiene su juguete sexual, tú también puedes tener el tuyo.
—No digas más tonterías, Cristina, y ten un poquito de dignidad. Ya te he dicho, por activa y por pasiva, que no me voy a casar contigo ni ahora ni nunca, y mucho menos le daré mi apellido a un bebé que no es mío.
—Venía a decirte que mis padres ya han presentado una demanda de paternidad y que recibirás la documentación en estos días.
—¿Vas a hacerte pasar por la vergüenza de que tus padres descubran que este niño no es mío?
—Eso es algo que también venía a tratar contigo. Reconoce al niño, págale la manutención y te desharás de mí para siempre.
—¿Te has pensado que mi hombre es gilipollas, Cristina? Lárgate de aquí a la voz de ya, antes de que te denunciemos nosotros a ti por acoso y por intento de chantaje —le dijo Silvia, con un tono que ponía los vellos de punta.
Cristina salió de allí con la cabeza baja, después de todo lo que le dijimos, pero lo que no nos esperábamos era lo que nos dijo antes de atravesar la puerta de la oficina.
—Javier me engañó, me dijo que si me quedaba embarazada de él, podría llamarte y que eso haría que la relación entre Silvia y tú se rompiera, y que saldríamos ganando los dos, porque tú volverías conmigo y ella se apoyaría en él, y terminaría por conquistarla.
—¿Me estás hablando de Javier Mendoza? —le preguntó Silvia.
—El mismo, y ahora no quiere hacerse cargo de mí. Me dice que me deja vivir en su casa por el bebé, pero que, en cuanto que nazca, si quiero seguir ahí, tendré que convertirme en una mujer sumisa, porque él se acostará y llevará a casa a todas las mujeres que quiera.
—Vuelve a tu casa, Cristina, habla con tus padres y cuéntales la verdad. Como mucho, se enfadarán contigo un tiempo hasta que vean la carita de su nieto.
—Sí, tendré que hacer eso; no me queda otra opción.
En realidad, me dio mucha pena por ella, porque no se lo merecía.
Sí, era cierto que era una mujer controladora, pero cuando amaba, se entregaba en cuerpo y alma, y ese malnacido la había engañado a base de bien, matando dos pájaros de un tiro, pues se había estado acostando con ella hasta que se quedó embarazada e intentó separarnos a Silvia y a mí.
La semana transcurrió demasiado rápido y había llegado el día que tanto nos gustaba a todos, la víspera de Reyes. Todos en tropel, excepto los abuelos, que ya no estaban para eso y se quedaron en casa, nos marchamos a ver la cabalgata.
Mía iba exultante y nos dijo que teníamos que ponernos en primera fila, porque, si no era así, ni cogía caramelos ni les podía decir a los Reyes Magos lo que quería, y no se iban a enterar.
Por eso, estuvimos andando hasta que encontramos un hueco lo suficientemente grande como para que cupiéramos todos.
Ella se plantó pegada a la valla de protección que había y fue la protagonista de una anécdota muy graciosa, y que le recordaríamos durante toda su vida. En un momento dado, venía el carbonero, que se suponía que les daba carbón a los niños que se portaban mal.
Cuando menos se lo esperaba, le plantó un trozo enorme en sus manos, lo que provocó que se quedara congelada por un momento, hasta que, con todo su desparpajo, se volvió y se lo dio a Pepe.
—Toma, Pepe, que la ayudante de los reyes me ha dicho que te lo dé a ti, que ella no llegaba.
Todos estallamos en carcajadas, sobre todo Paul y Sofía, cuando vimos cómo se comportaban Antonio y su chico. Del primo de mi chica no podía decir nada, porque no lo sabía, pero Pepe siempre se había comportado así en ese día; daba igual la edad que tuviéramos.
Era muy curioso ver a un tío de un metro ochenta y cinco tirado en el suelo buscando y cogiendo caramelos como si no tuviera suficiente dinero para comprárselos. Pero, como bien decía, no sabían igual los caramelos que se compraban que los que se cogían en las cabalgatas.
Nos esperaban una noche y el día siguiente muy emotivos, ya que todos, sin excepción, se habían acordado de comprarles a mis hijos un detallito, pero Silvia no lo sabía.
Además, yo le había encargado una pulsera de oro blanco con los nombres de todos los miembros de nuestra familia, y que le iba a encantar.