Epílogo
Quince años después…
Silvia
Quince años habían pasado desde que nos dimos aquella segunda oportunidad, y nuestras vidas habían cambiado demasiado, teníamos ausencias importantes, pero también incorporaciones de nuevos miembros en nuestra familia, que resultaron sabia nueva.
A mis cuarenta años, seguía trabajando en el mismo banco, pero ya no era la directora; ahora de eso se ocupaba mi amiga y compañera Susana. Yo ahora estaba ocupando el lugar que dejó mi suegro cuando se jubiló hace ya un par de años.
En mi sucursal también se había incorporado mi marido, Guille, en cuanto que la empresa en la que trabajaba cerró. Pero no vayáis a pensar que era un simple empleado más a mis órdenes, sino que era un consultor ejecutivo independiente.
Pero será mejor que os lo explique todo desde el principio, o no os vais a enterar de nada.
Alex y Cata, la jefa y compañera de mi marido, que además eran pareja, decidieron ampliar la familia y se sometieron a una inseminación artificial. Lo hicieron las dos a la vez, por si no le cuajaba a una, pues le cuajaba a la otra, pero ambas quedaron embarazadas.
Alex tuvo mellizas, Sonia y Samantha, y Cata tuvo un niño, Sergio, que era una preciosidad de niño, bueno, en realidad, los tres lo eran.
En un principio, se vieron un poquito desbordadas y dejaron la empresa en manos de mi marido hasta que terminaran la baja por maternidad, pero, en un golpe de suerte, fueron agraciadas con un buen pellizco en la lotería, tanto que desde ese mismo momento decidieron cerrar la empresa y dedicarse en cuerpo y alma al cuidado de sus hijos.
Mi marido, viendo que podía quedarse con todos los clientes que tenía la empresa, se decidió a emprender, fundando la suya propia, que subió como la espuma en un par de años.
Ese fue el motivo por el que el banco en el que yo trabajaba quiso asociarse con él, y por eso tenía su oficina en el mismo lugar que yo, salvo que él estaba en la primera planta.
En cuanto a lo laboral, nos iba de escándalo, pero no menos que en lo personal. Nos casamos al año siguiente de nacer los niños, en una bonita ermita que había en un pueblo cercano, con vistas al mar y rodeados de todos nuestros amigos y familiares.
Aunque teníamos pensado esperar un poco más para tener otro hijo, volvimos embarazados de la luna de miel. Pepe, cuando se enteró, decía que mi marido era campeón el olímpico de embarazadores, pues siempre daba en la diana.
De ese embarazo nacieron Alba y Alejandro, que se llevaban dos años con sus hermanos.
Sí, hija, tal como lo estás leyendo, mi marido hacía los hijos como los paquetes de Donuts, de dos en dos.
Por eso, en cuanto que entré al paritorio para que me hicieran la cesárea, pues el niño venía sentado, le pedí que me hicieran también una ligadura de trompas, y así ya no tendríamos más sustos.
Con cuatro hijos ya teníamos suficiente, y eso fue algo que entendimos en cuanto que supimos que el segundo embarazo también era múltiple. Al parecer, y según nos dijo el ginecólogo, nuestras células tenían no sé qué compatibilidad que hacía muy probable que las gestaciones fueran así.
La ausencia más grande que teníamos era la de mis abuelos, que habían fallecido hacía unos años: ella con ochenta y nueve y mi abuelo con noventa y dos, con meses de diferencia entre uno y otro.
Estaban tan acostumbrados a estar juntos que mi abuelo no soportó la idea de tener que vivir sin mi abuela.
Mis padres y mis tíos seguían viviendo en Granada, aunque de vez en cuando pasaban largas temporadas en la casa de mis abuelos, esa de la que salieron Antonio y Pepe en cuanto encontraron una que pusieron a la venta en la misma urbanización nuestra, al igual que hicieron María y David.
Al final, y a excepción de la casa en la que vivían mis suegros, todo el resto de la urbanización terminó en manos de los Medina, ya fuera por sucesión directa o por adquisición, y eso era muy reconfortante. Lo que en un principio había sido el terreno de mis abuelos había vuelto a nosotros.
Como os iba diciendo, Antonio y Pepe, en cuanto que encontraron su casa, pasaron por el altar, pero lo de ellos fue una ceremonia más íntima, pues tan solo estuvimos nosotros.
Se realizó en la playa de la urbanización, en un altar de flores a pie del mar, y resultó de lo más bonito, con sus madres actuando como testigos y mis hijos mayores como portadores de los anillos y de las flores.
Ellos decidieron adoptar a un par de hermanos de siete y tres años, que se llamaban Andrés y Juan Carlos, y estaban a la espera de que los avisaran para la adopción de su hermana también, pues su madre biológica había dicho que quería que estuvieran los tres juntos, y ellos se lo podían permitir.
María y David no se habían casado ni habían tenido hijos. Ellos argumentaban que ya tenían a los nuestros para salir del capricho cuando les apetecía un plan con niños, pero sin tener que aguantar pataletas ni nada parecido, que ellos querían seguir viviendo de esta manera.
Más tarde, y en un arrebato de sinceridad, mi prima nos contó que ella no podía concebir y que, después de hablarlo, decidieron que tampoco querían adoptar, y por eso, su prioridad era disfrutar el uno del otro, viajar y vivir en tranquilidad.
En cuanto a mis suegros, seguían tan enamorados como siempre, viviendo la primera etapa como adulta de Mía, que, la verdad, tampoco había sido demasiado rebelde en su adolescencia.
Mi preciosa cuñada tenía ya casi veintiún años; estaba terminando la carrera de pedagogía, pues quería dedicarse a los niños con necesidades específicas de aprendizaje.
Seguía tan cariñosa como siempre y no dudaba en colgarse de mi cuello o del de su hermano en cuanto que tenía oportunidad. La noche anterior me comentó que estaba conociendo a un chico, pero que le daba miedo comentárselo a su hermano porque era conocido.
¿Sabéis quién era ese chico? Pues el hijo pequeño de Santiago, el marido de mi amiga Susana, uno que apareció casi de repente en sus vidas, pues no sabían nada de él, y que lo buscó a escondidas de su hermano mayor, cuando su madre los abandonó a su suerte.
Hablando de Santiago, os cuento lo que sucedió con él y mi mejor amiga. Pues sí, se casaron y reunieron a toda la familia. Según ella, porque esos niños necesitaban a una madre, y no iba a permitir que asuntos sociales se los llevaran.
Su propio hijo, al ver que su madre había formado su propia familia, se arrepintió de todo lo que había hecho y volvió a su casa con una maleta y lágrimas en los ojos para pedirle perdón. Desde entonces, mantiene una relación preciosa con ambos progenitores.
De Cristina no volvimos a saber nada más, al igual que de Javier, que se marchó fuera de España en cuanto que vio que no iba a conseguir lo que pretendía, dejando a su hijo aquí, sin ningún tipo de protección.
De la madre, lo último que supimos fue que había vuelto a Madrid y que trabajaba como dependienta en una tienda de ropa.
¡Por Dios, que me olvidaba de alguien! Paul y Sophie, mis grandes amigos. Al final, terminaron viviendo en España, aunque iban asiduamente a Londres para ver a su familia.
Sophie se cansó de ir dando tumbos de un lado a otro con el grupo que, aunque fue una experiencia fantástica, ella ya no aguantaba ese ritmo. Por eso, en cuanto que terminó aquella gira, habló muy seriamente con Paul, tenía un sueño, y lo quería vivir en nuestra ciudad.
En cuanto que Marta se enteró de lo que quería hacer, y viendo que Mía ya era más autónoma y estaba en el colegio, no dudó en ofrecerle su ayuda. Hoy en día tienen el centro de belleza y estética más grande de toda la ciudad, donde hay listas de espera de más de tres semanas.
Paul, como podía teletrabajar, pidió en su empresa poder hacerlo e ir una vez al mes a la oficina, y así lo estaba haciendo desde entonces.
Como no pudieron comprar nada en nuestra urbanización, entre otras cosas porque ya no había casas, se compraron una de las que había cerca de la nuestra, aunque pasaban más tiempo aquí que allí.
Hoy era nuestro aniversario y habíamos preparado algo para toda la familia.
Nuestros hijos ya tenían catorce años los mayores y doce los más pequeños.
Se peleaban entre ellos como nadie, pero me encantaba cuando unos les pedían perdón a los otros, cuando los escuchaba reír a carcajadas viendo cualquier cosa en la televisión, o cuando se protegían ante cualquier peligro.
—¿En qué piensas, mi amor?
—En la suerte que tengo de tener esta familia.
—No, la suerte la hemos tenido nosotros de que nos toque una mujer como tú para llevar el mando, porque, por mucho que se diga, la mujer no es el sexo débil en ninguno de los casos.
Mis lágrimas empezaron a caer por mis mejillas y Guille me las limpió con amor, con besos que me supieron a gloria.
—¿Por qué lloras?
—No sé, pero desde luego no soy más tonta porque no quiero.
Guille me besó, esta vez de verdad, y salimos al jardín, donde ya nos esperaban todos para celebrar nuestro aniversario, tal y como a nosotros nos gustaba, rodeados de amor y de lealtad.