Capítulo 40
Silvia
Al salir de aquella habitación y llegar a la cocina, ya estaba Paul sentado a la mesa, con mis primos y el resto de mi familia, riendo por algo que había dicho mi abuela.
La señora Angelita, que desde que se enteró de lo que había hecho Guille, le declaró la guerra.
Yo sabía que tendría que hacer un gran esfuerzo para que lo perdonara, pero también sabía que lo conseguiría, pues siempre había tenido una especial debilidad por él.
—Hi, Paul. I am Guille, the boyfriend…
—No te preocupes, hablo español a la perfección. Encantado, Guillermo.
Paul se levantó de la silla y le ofreció la mano, pero Guille jaló de ella y le ofreció un abrazo de lo más sincero, que mi amigo correspondió, sin ninguna duda.
—Gracias, Paul, por cuidar de ella todo este tiempo, por hacer que no se sintiera tan sola y por brindarle todo tu cariño y apoyo, sin apenas conocerla.
—No hay de qué. Estoy seguro de que, cualquiera que la hubiera visto en el estado en el que llegó, hubiera hecho lo mismo que yo.
—No, amigo, no cualquiera me hubiera ayudado como tú lo hiciste, convirtiéndote en una de las personas más importantes de mi vida —le dije.
Me acerqué a él y le di un abrazo, que me correspondió, dejándome un beso en la cabeza, como hacía siempre, ya que él era mucho más alto que yo.
Antonio y su chico bajaron en ese momento.
Pepe, cada vez que lo veía, se ponía a decirle cosas, mi primo, como ya lo conocía, no le tomaba importancia, y ahí estaba, de nuevo.
—Chica, me tienes que decir dónde encontrar semejantes bombones de chocolate con leche, para ir a por uno —me dijo, refiriéndose a Paul.
—No vayas a empezar ya, hazme el favor.
—¿Qué quieres que haga? Si es que, es para mirarlo, cariño, hasta que uno se quede ciego o se le caigan los ojos.
—Ya te he dicho que tiene novia, una chica encantadora.
—Y yo me voy a casar con mi pareja, pero eso no significa que ni me haya quedado ciego, ni haya perdido el mal gusto.
Así continuamos un buen rato, mientras que Paul se doblaba de la risa. Para él también había una sorpresa de Navidad, y por eso le había dicho a Guille que se quedara en casa de mis abuelos, para que no se sintieran ni fuera de lugar ni incómodos, sí, sí, en plural.
Su novia me había llamado el día anterior, ya que la gira del grupo de música para el que trabajaba se había suspendido hasta el día ocho de enero, por el tema de las fiestas y una afonía del cantante, y quería pasarla con él.
Le dije que iría a recogerla al aeropuerto, pero me aseguró que no, porque entonces Paul se daría cuenta y quería que fuera una absoluta sorpresa. Por eso, le di la dirección de la casa de mis abuelos, y tendría que estar a punto de llegar.
Avisé a mis padres, por si teníamos que comprar algo más, pero no, en la nevera había comida para celebrar diez navidades con toda la urbanización.
Mis padres habían avisado al padre de Guille, para que vinieran junto a su mujer y a su hija y, en ese momento, llamaron al timbre de la verja exterior.
—Debe de ser tu prima María, que llega con David y sus padres —dijo mi abuelo.
—Verás tú, que al final nos va a faltar mesa y salón para celebrar la Navidad —dijo Pepe, en tono de broma.
—Cosas peores hemos hecho aquí, y no con la ampliación de la casa, sino cuando estaba la otra, la pequeña —contestó mi abuela.
Pero no, no eran ellos, eran Francis con Marta y con Mía de la mano. Esta última, en cuanto que me vio, abrió mucho los ojos y salió corriendo a mis brazos. Yo me agaché para quedar a su altura y, cuando llegó hasta mí, la abracé fuerte, como deseaba hacer desde que me marché, y me la comí a besos.
Cuando Francis vio a su hijo detrás de mí, con una sonrisa en los labios, no dudó en acercarse a él y ofrecerle un abrazo, para luego dedicarle unas palabras.
—Enhorabuena, hijo. Ahora vas a conocer el amor más puro que existe —le dijo.
—¿Perdona? ¿Me estoy perdiendo algo? —preguntó Marta, al ver a su marido y a Guille llorar de la felicidad.
Guille me miró, sorprendido porque su padre lo supiera, pero le aclaré que le hice prometer que sería yo la que se lo diría, así como que también mis padres y mis tíos lo sabían, como Paul, que había sido el primero, ya que me acompañó al médico aquel día.
—Marta, Silvia y yo vamos a ser padres —le dijo a la mujer de su padre y su mejor amiga.
—¡No! ¿En serio? Esa es la mejor noticia que nos podíais dar. Por favor, abuela, a mis años, porque, aunque no sea de sangre, para mí será mi nieta, porque a ti, Guille, te quiero como si fueras mi hijo.
—Lo sabemos, Marta, y tenemos claro que este bebé va a crecer con todo el amor del mundo —le dije, abrazándome a ella.
—Vamos dentro, que tenemos que contárselo al resto de la familia, incluidos mis abuelos, que tampoco lo saben.
—A tu abuela le temo más que a un toro de Miura. Veremos a ver por dónde nos va a salir esa buena mujer. Yo, por si acaso, me voy a quedar cerquita de la puerta —me dijo Guille, haciendo reír a todos.
Entramos en la cocina, donde seguían todos, y sin ningún tipo de ceremonias, lo soltamos, así, como el que dice que hay que quitar la ropa del tendedero porque va a empezar a llover.
Mi abuelo fue el primero en reaccionar y se levantó y me abrazó, agradeciéndome por la oportunidad de conocer a un bisnieto. Mi abuela también se acercó, pero con otras intenciones que hicieron que Guille casi saliera corriendo.
—Tú, mocoso descarado, ¿cómo te atrevas a hacer sufrir a mi nieta una vez más? Este va a ser el único hijo que tendrás, porque te dejaré sin el aparato que hace posible la continuación de tu apellido. ¿Te ha quedado claro?
—Vamos, amigo, que te va a cortar los huevos —dijo Pepe, sin parar de reír.
—Como el agua de la piscina de claro me ha quedado, abuela —respondió Guille.
—Entonces, ven aquí y dame un abrazo, que me cuesta mucho estar enfadada contigo. Lo siento por los demás, pero tú siempre has sido mi preferido.
—¡Mamá, no digas eso! No, al menos, delante de todos los demás —le dijo mi padre, riendo.
—Ay, hijo mío, a esta edad ya no me callo nada, no vaya a ser que estire la pata y me quede con eso dentro.
Reímos mucho durante toda la mañana y, de repente, volvieron a llamar a la puerta y yo sabía quién era; por eso, no dudé en saltar para ir a abrir la puerta. Mi madre me miraba sonriente, mientras que los demás lo hacían con desconcierto, porque no sabían el motivo de mi repentina alegría.
Efectivamente, era ella, era Sophie, que bajaba de un taxi con una gran maleta, que no dudó en dejar a un lado y correr para abrazarme. Era la primera vez que nos veíamos en persona, pero parecía que nos conociéramos de toda la vida.
—Mi niña, qué ganas tenía de poder abrazarte, de verte en persona —me dijo en un perfecto castellano.
—Yo también. Venga, vamos dentro, que verás la alegría que se lleva tu chico.
—Eso espero, porque me he hecho miles de kilómetros para pasar las fiestas con él. Hace tanto tiempo que no nos vemos…
Entramos en la cocina, donde, como si algo le hubiera dicho que se girara, Paul se dio la vuelta y dejó lo que estaba haciendo para ver quién había llegado. En cuanto que vio de la persona que se trataba, cayó de rodillas, llorando como un niño pequeño.
Estaban tan enamorados el uno del otro que no sabía cómo habían podido estar tanto tiempo separados. Se abrazaron y se comieron a besos, ante la atenta mirada de todos los que estábamos allí, presenciando tan bonita escena.
Guillermo se acercó a mí y me abrazó por la espalda, posando sus manos en mi vientre y dejando un beso en mi cuello, antes de susurrarme al oído un te quiero que me llegó al alma.
Esa tarde la pasamos todos en la casa, algunos cocinando, otros jugando con la niña y yo leyendo, sentada en el sofá del porche, apoyando mi cabeza en las piernas de mi chico. Me sentía feliz por todo lo que tenía y no quería cambiarlo por nada en el mundo.
Al final, Paul me dijo que no me preocupara por él, que se quedaría a dormir en la casa de mis abuelos junto con Sophie, que se sentía en familia por primera vez en su vida, y que volviera a mi casa, junto a mi chico, que era donde debía estar.
Guillermo me ayudó a guardar toda mi ropa y a llevarla a su casa, donde nos quedamos para ducharnos y vestirnos para acudir a la cena. No éramos de esas familias que se vestían de gala para la ocasión; preferíamos estar cómodos y calentitos antes de pasar un mal rato.
Por eso, habíamos decidido que iríamos todos con unos jerséis navideños y un pantalón cómodo.
De la compra del atuendo se había ocupado mi madre, repartiéndonos a todos nuestras tallas.
Había llamado a una amiga que tenía una tienda en el centro comercial y nos los enviaron a casa en menos de un par de horas.
Cuando Paul y Sophie vieron los jerséis que nos pondríamos esa noche, se doblaron de la risa, sobre todo al imaginar a mis abuelos vestidos así. Lo que ellos no sabían era que mis abuelos se apuntaban a todo, hasta a una ronda de aspirinas.
En cuanto que entramos en la casa, en nuestra casa, Guillermo se acercó a mí. Primero, con cautela, como si le diera miedo un rechazo por mi parte, pero lo cierto era que no me aguantaba más las ganas de estar con él.
Por eso fui yo la que lo cogió de la parte superior de su sudadera y lo acerqué a mí, devorando su boca. Tengo que reconocer que, al principio, lo cogió por sorpresa, pero que todavía no habían pasado ni dos segundos cuando puso sus manos en mis nalgas, amasándolas y levantándome en brazos.
Así nos dirigimos hasta la habitación, desnudándonos por el pasillo, de manera que, cuando llegamos a la altura de la cama, ya estábamos completamente desnudos.
Guille me depositó en la cama con mucha suavidad, dejando un reguero de besos por mi cuerpo, hasta pararse en mi vientre. Desnuda se notaba mucho más lo abultado que estaba, y eso me hizo sentir insegura, pues no sabía si le gustaba ya mi cuerpo o no.
—No pienses eso; me gustas, incluso más que antes. ¿Sabes por qué?
—No tengo ni idea.
—Porque aquí, en este precioso vientre, se está gestando la vida de nuestro bebé, ese que vendrá para colmarnos de felicidad, para hacer realidad nuestro deseo de formar una familia, como queríamos desde siempre.
Era verdad, desde que éramos unos niños, desde el primer beso que nos dimos como pareja, siempre habíamos hablado de eso, de tener una gran familia, porque, por aquel entonces, ambos éramos hijos únicos, y extrañábamos la relación de un hermano.
Guille siguió bajando con sus besos hasta llegar a mi centro del placer, donde se recreó con su lengua, saboreándome y haciéndome gritar, gemir y jarear como nunca. Él conocía mi cuerpo como nadie y sabía las teclas que tenía que tocar para hacerme ver las estrellas.
La noche prometía mucho y pensaba aprovecharla.