No soy más tonta porque no quiero Capítulo 39
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Capítulo 39

Guillermo

Llamé a la puerta de la casa de los abuelos y, en esta ocasión, fue la madre de Antonio la que me abrió la puerta. Sabía que era demasiado temprano, pero es que ya no podía aguantar más, los nervios se me habían acogido al estómago y no había manera de que me pasara ni un simple café.

—Hola, Guille, te estábamos esperando.

—Hola, Mónica, ¿quiénes me estaban esperando?

—Tus suegros y nosotros, porque Silvia sigue durmiendo, anoche llegó demasiado tarde como para ir a visitar a nadie…

—Lo sé, los vi pasar y eran más de las doce de la noche.

—Entonces, no tengo que explicarte nada. Pasa, estamos en la cocina, desayunando, ¿te apetece tomar un café?

—Gracias, pero ahora mismo, no podría tomar ni agua.

Entramos en la cocina, y el padre de Silvia se levantó para darme un abrazo, al igual que su madre, que, además, me dejó un beso en la mejilla. Los abuelos estaban muy bien, hasta entonces no había tenido la posibilidad de verlos, y también se alegraron mucho de mi presencia.

—Chico, estás igual que cuando tenías veinte años, solo que más maduro.

—Abuelo, tenía dieciocho, y es lo normal, que parezca más maduro ahora que ya tengo veintisiete. Tú sí que estás igualito que antes.

—Uy, que va, si ahora necesito ayuda para todo, pero bueno, no puedo pedir más teniendo casi noventa años.

—Estás hecho un chaval. Yo firmo ahora mismo llegar a tu edad así, rodeado de toda mi familia y con esa energía que tienes.

A los abuelos de Silvia no le gustaba que le hablaran de usted, nunca le había gustado, y por eso, todo el mundo, tuviera la edad que tuviera, los tuteaban, no es que yo fuera un desvergonzado que no mirara la edad que tenían.

—Ven, siéntate, que te preparo una infusión de tila, porque te tiemblan hasta las pestañas —me dijo Marina, la madre de Silvia.

—Tal cual, Marina. Será mejor que me siente antes de que las piernas me jueguen una mala pasada y termine en el suelo.

—Por cierto, ¿qué vais a hacer esta noche? He ido a hablar con tu padre un par de veces, pero no había nadie y, con todo el lío que hemos tenido, luego no me he acordado.

—Pues no tengo ni idea, supongo que cenaremos los cuatro en su casa, porque, la verdad, no me apetece nada más que estar en mi casa, tapado con una manta y que el tiempo pase.

—He pensado que podíamos cenar todos juntos y poner los regalos debajo de este árbol, que mi marido se ha pensado que era el del Rockefeller Center.

—Háblalo con ellos, de verdad, yo ya veré lo que hago, todo depende de lo que hable con Silvia.

—No puedes estar así, Guillermo. Todo en esta vida tiene solución menos la muerte.

—Eso espero, porque si no, de verdad que me moriría de pena.

—Nadie muere de pena, Guillermo, o mi nieta hubiera muerto en el momento en el que tú la dejaste aquí, tirada y sola, como si fuera un perro —me dijo la abuela, que todavía no se había dirigido a mí.

—Mamá, por favor. Eso es algo que ya está superado, no metas más el dedo en la llaga —le dijo Lucas a su madre, a modo de riña.

—No importa, tiene razón, Lucas, pero, como tú bien has dicho, eso ya lo superamos. Ahora nos toca superar otro de los obstáculos que nos ha puesto la vida…

—No, la vida, no, nos los has puesto tú —me dijo Silvia, que acababa de entrar por la cocina.

Estaba preciosa, no podía negar algo que era evidente, como también era evidente la curvita que se podía apreciar en su vientre, y que me hizo que abriera los ojos de par en par.

No quería sacar conclusiones precipitadas, porque le prometí que, cuando tuviera alguna duda, no huiría, sino que le preguntaría a ella.

—¿Podemos hablar a solas?

—Sí, nos lo debemos si queremos seguir viviendo sin hacernos daño.

—Yo te quiero a mi lado, Silvia, y me da igual exactamente todo.

—Será mejor que entréis al despacho, allí hablareis tranquilo. Yo me encargo de ponerle el desayuno a Paul cuando baje.

—No sé si seguirá durmiendo, anoche nos quedamos hablando hasta bien tarde, pero yo no podía seguir en la cama, creo que mi cuerpo me estaba avisando de lo que me esperaba —le dijo a su madre.

Nos dirigimos hasta el despacho y, al entrar, ya no pude aguantarme más, y empecé a contarle el motivo de mi viaje a Madrid, y como no había vuelto a ver más a esa mujer, de la que ni siquiera sabía dónde vivía ahora. Ella me escuchaba, muy atenta, pero con una distancia prudencial entre los dos.

—Si eso que me cuentas es en serio… ¿Por qué me la he encontrado en el centro comercial, ayer mismo, y con un anillo en su dedo, diciéndome que era tu prometida?

—¿Perdona? Te juro por mi vida que lo que te digo es la verdad. Silvia…

—No quiero más excusas, y por la cara que acabas de poner, está claro que estás pensando en una.

—No, te equivocas, estoy pensando que Cristina es una hija de puta, y ahora entiendo lo del anillo…

Le conté todo, que ese anillo lo compré para ella, para pedirle que se casara conmigo, y que me despareció cuando me vine, pero que pensé que lo había perdido, cuando todo era parte del plan que ella había trazado.

—Silvia, tengo que preguntarte algo, y quiero que no te lo tomes a mal, pero necesito saberlo…

—Sí, Guillermo, este hijo es tuyo, pero eso no nos obliga a tener una relación juntos; podemos ser amigos y padres de este bebé.

—No es eso lo que quiero, Silvia; yo sigo enamorado de ti como el primer día, pero si eso es lo que tú quieres, me tendré que aguantar y respetarte. Por cierto, ¿es niño o niña?

—Todavía no lo sé; no he querido que me lo digan hasta que no hablara contigo, por si querías saberlo a la misma vez que yo, no me parecía justo.

—Por supuesto que quiero; este es mi mejor regalo de navidad, y ya sería completo si me dijeras que quieres volver a casa, a tu casa, como estábamos hasta que me marché a Madrid.

—Déjame que procese todo. De momento, y hasta que Paul se marche, me quedaré aquí, luego, ya veremos lo que hacemos.

Nos quedamos mirándonos a los ojos. Era increíble la conexión que sentíamos, sin darnos cuenta, nos habíamos ido acercando poco a poco, hasta que nuestras rodillas se rozaron. Esa mirada fue suficiente como para que me atreviera a dar un paso, y puse mi mano en su cuello.

Ella, casi por inercia, la acarició con su cara, y ya no pude aguantar más, la besé. Al principio fue un leve roce de labios, para darle la oportunidad de que se retirara si no estaba a gusto. Pero, en el momento en el que vi que ella no se iba a apartar, profundicé el beso.

—Me da igual que tu amigo se venga a casa, que duerma en la habitación de invitados, pero vuelve conmigo, por favor. Te amo.

—Paul es una persona muy importante para mí, pero no en el sentido de que lo quiera como pareja, pero me he sentido muy arropada por él en estos meses.

—Por eso te lo digo, no me molesta esa amistad, más bien todo lo contrario. En cuanto que lo vea, le pienso agradecer todo lo que ha hecho por ti.

—Está bien, pero todavía no las tengo todas conmigo en cuanto a esa mujer, Guillermo. Espero que no me estés mintiendo. Y sí, no soy más tonta porque no quiero, porque me dices cuatro cosas y caigo en tus redes.

—Eso no es ser tonta, mi vida, eso es estar enamorada. No te puedes imaginar lo mal que lo he pasado en estos meses. He dejado, incluso, de ir a trabajar, me molestaba que todo el mundo me preguntara por ti.

—¿Por qué te crees que yo tomé la decisión de marcharme?

—Maldigo el día en el que contesté a esa llamada de Cristina; si no lo hubiera hecho, ahora nos estaríamos así.

—Todo pasa por algo, Guille, a lo mejor tenía que pasar eso para que nos diéramos cuenta de todo lo que nos echábamos de menos y, en mi caso, para conocer a Paul.

—Te voy a proponer algo. Si el bebé es niño, se llamará como él, y si es niña, como tú quieras.

—Si es niña, quiero que se llame Sofía, como su novia. Si ella hubiera sido celosa, jamás habría permitido que se acercara a mí.

—Me parece un nombre precioso. Ahora, vamos a salir que tenemos que desayunar. El jueves mismo cojo cita para saber si seremos padres de una princesa o de un príncipe.