No soy más tonta porque no quiero Capítulo 38
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Capítulo 38

Silvia

Salimos temprano de la casa de mis abuelos y nos dirigimos al centro.

Me pareció ver a Marta con la niña saliendo de la casa en la que vivían, esa que compraron en cuanto que Francis aceptó el traslado a Marbella, pero no me quise parar, porque eso conllevaría tener que ponerme delante de Guillermo, y no estaba preparada todavía.

Dejé mi coche aparcado en el aparcamiento que había cerca de la sucursal bancaria, y fuimos a saludar a mis compañeros, a los que había echado tanto de menos, sobre todo a Susana, con la que no había hablado desde el día en el que me marché a Madrid.

En cuanto que entré, y ella me vio, dejó al cliente que estaba atendiendo y vino a abrazarme, con lágrimas en los ojos, que compartimos las dos. Justo en ese momento, entró Francis en la sucursal que se quedó desconcertado de verme allí.

—Jefe, mira quién ha venido a vernos —le dijo Rafa, que no sabía la historia.

—Silvia… ¿podemos hablar en mi despacho, a solas? —me preguntó Francis.

—Ve, yo me quedo con tu amigo. Que hija, si estos son los especímenes que hay en Londres, me parece que le voy a decir a Santi que me lleve, a ver si encuentro alguno y que haga un trío con nosotros —soltó Susana, y provocó que Paul soltara una carcajada.

—Ya te habrás dado cuenta de que habla y entiende español perfectamente. Paul, te dejo en buenas manos, no tardo.

—Ve, preciosa, que no tenemos ninguna prisa.

Paul sabía de quién se trataba el hombre que me pedía ir a su despacho, y me animó a que fuera tranquila, y me guiñó un ojo, gesto que no pasó desapercibido por el que había sido mi suegro hasta hacía unos meses.

Entramos en su despacho y, lo primero que hizo fue darme un abrazo, uno de esos de padres que te hacen sentir bien, en casa, protegida, y que le correspondí con gusto. Después, me miró a los ojos fijamente, y me dejó un beso en la coronilla.

—Lo primero, cuéntame cómo te encuentras.

—Ni tan bien como desearía, ni tan mal como otros quisieran que me sienta, la verdad.

—Esa respuesta es muy ambigua, Silvia. Creo que me merezco una explicación un poquito más detallada.

—Hecha una mierda por lo de Guillermo, pero intentando respirar y disfrutar de los míos. Por cierto, quiero que revoques mi excedencia, me incorporaré en cuanto que pasen las fiestas, si es que eso es posible.

—Por supuesto que es posible, yo me he encargado de tus labores para que no contrataran a nadie y que te vieras abocada a marcharte a otra sucursal cuando te incorporaras.

—Gracias, Francis, una vez más, has demostrado el cariño que me tienes.

—No lo dudes nunca, para mí, eres como otra hija más. Por cierto, ¿vas a hablar con Guille de una puñetera vez? No te creas que él está mucho mejor que tú. Al menos a ti no se te nota la pérdida de peso.

—Ya, pero eso tiene una explicación…

—Pues dímela, y así veo si le viene bien a mi hijo, que está hecho una pena.

—Uy, pues eso sí que va a ser difícil, todavía no conozco a ningún hombre que haya podido hacerlo. Te prometo que, si lo hace, lo llevo de gira por todos los programas de la televisión.

—¿Perdona? No tengo ni idea de a lo que te refieres.

—Si te lo digo, me tienes que prometer que no le dirás nada a Guille, que me dejarás a mí que hable con él.

—Te lo prometo, Silvia, tienes mi palabra.

—Estoy embarazada.

De momento, el rictus de Francis cambió por completo, era como si lo que dije le hubiera dolido en el alma, y eso me hizo sentir mal. No entendía que me mirara de esa manera, como si lo hubiera traicionado, hasta que habló de nuevo.

—¿Ese hombre es tu nueva pareja, el padre de tu hijo?

—¿De qué estás hablando? Paul es mi amigo, la persona que me ha ayudado en estos dos meses, quien me abrió las puertas de su casa y me prestó su hombro para llorar. Y no, no es el padre de mi hijo.

Lo escuché como soltaba todo el aire que estaba aguantando mientras que yo hablaba, y como el gesto de su cara volvía a ser el de antes. No dudé ni un instante en decirle quién era el padre de ese niño, para que no me prejuzgara más.

—Tengo que decirte que me duele que me prejuzgues, Francis. Pensaba que tú eras diferente a todos los demás. Y sí, el padre de este bebé es tu hijo, vas a ser abuelo.

—Te pido disculpas por haber pensado eso, tienes razón. No puedo decirte que has hecho mal de pensar que esa mujer y mi hijo tenían una relación, cuando yo he dado por hecho lo mismo contigo.

—Bueno, tengo que marcharme ya, que debo ir a comprar los regalitos de reyes. Por cierto, ¿qué le compro a Mía? No sé lo que habéis encargado vosotros y no me gustaría que tuviera los regalos repetidos.

—Pues, de todo lo que ha pedido, lo único que le falta es la bicicleta, pero no quiero que te gastes tanto dinero, cómprale lo que te parezca, ya sabes lo que le gusta.

—No, cuenta con qué la bicicleta se la pondrán los reyes en mi casa, para Papá Noel, ya veré lo que le pillo.

—Ella también te ha echado de menos, Silvia.

—Estoy deseando de verla, pero ya lo haré mañana, porque tengo un día muy largo por delante.

—Marta y ella van a venir a recogerme, podríamos quedar para comer.

—No lo sé, Francis, la verdad. Me gustaría poder hablar con Guillermo antes.

—No te preocupes, ya comeremos juntos en otra ocasión. Eso sí, Silvia, no dejes mucho esa conversación, os la debéis para dejar de haceros daño.

Nos despedimos de todos, y salimos de la sucursal del banco, para dirigirnos al centro comercial. Hice algunas compras, en especial las de navidad, que no eran grandes cosas, pero que me gustaba que siempre hubiera un detallito para todos debajo del árbol.

De las cosas de reyes, tan solo compré las de la niña y las de mis abuelos, los demás lo dejaríamos para después de comer. Mientras que yo buscaba lo que quería comprarle a Paul, este fue a llevar todas las bolsas y la caja de la bicicleta de la niña al coche.

Justo estaba en una de las tiendas, cuando vi a esa mujer, que cogía una camisa de las que solía utilizar Guillermo, y mi corazón me dio un vuelco. Ella también me había visto, seguro que Guille le había enseñado alguna foto o algo, porque se vino directamente hasta dónde yo estaba.

—Hola, Silvia. ¿Ya has vuelto?

—Perdona, pero creo que no nos conocemos.

—Claro que sí, yo soy Cristina, la prometida de Guillermo, y la madre de su futuro hijo. Nos vimos en el apartamento de Madrid, pero no me dio tiempo a saludarte.

—Creo que esta conversación sobra. Si no te importa, déjame en paz, que tengo que comprar un regalo.

—¿Es para el chico que venía contigo? No puedo decir que tengas mal gusto eligiendo hombres, porque es innegable que está buenísimo.

—No tengo que darte explicaciones de nada y ahora, será mejor que me marche.

Justo en ese momento, llegó Paul, que se quedó parado al ver la cara que yo tenía. Pensaba que me ocurría algo con el embarazo hasta que vio a esa mujer y ató cabos, por lo que, de dos zancadas, se plantó a mi lado.

—¿Todo bien? —Me preguntó en inglés.

—Sí, pero sácame de aquí.

—Vamos, ni siquiera mires atrás.

Por suerte, me dio tiempo a comprar el regalo antes de que Paul llegara y esa mujer se acercara a mí para decirme lo que me dijo. Mostró un anillo de pedida del tipo de los que compraría Guillermo; era sencillo y elegante, valioso sin ser ostentoso.

—Dime qué te ha dicho esa mujer.

—Que es la prometida de Guillermo y la madre de su futuro hijo.

—¿La crees?

—No lo sé. Por un lado, mi corazón me dice que no todo el mundo puede decirme que hable con él, que le cuente lo que ocurre, cuando él está prometido y va a ser padre. Pero, por otro, mi mente me dice que no entiende que hace esa mujer aquí y diciendo eso si no fuera verdad.

—Cómo tú misma has dicho, no tiene sentido, cariño. Es algo que, tarde o temprano va a salir a la luz.

—Me voy a volver loca. Mejor, vamos a comer que tengo hambre, ya cruzaré ese puente mañana, cuando tenga a Guille delante.

—Sí, que nos queda mucha tarde por delante para seguir haciendo de Papá Noel. Por cierto, no veas como pesa la dichosa bicicleta…