Capítulo 37
Guillermo
Dos meses había pasado ya desde que Silvia abandonó el país para irse a no sé dónde, y en este tiempo, no había conseguido levantar la cabeza. Cada vez estaba más delgado y demacrado, y me había refugiado en el trabajo, hasta el punto de que mi padre ya empezaba a preocuparse.
—Guille, no puedes seguir así, vas a caer enfermo.
—Si eso es motivo para que vuelva Silvia, lo tomaré como bien empleado.
—No me seas gilipollas, por favor.
—Estoy titulado en gilipollogía desde el momento en el que le contesté esa llamada de teléfono a Cristina y dejé mi vida aparcada para ayudarla.
—¿Vas a seguir martirizándote por ello toda la vida?
—Hasta que pueda perdonarme, sí.
—Venía para proponerte una cosa.
—Si es un viaje en navidad, desde ya te digo que no, ni me apetece ni tengo ánimos para fingir delante de los demás.
—Sería uno a cualquier estación de esquí, siempre te ha gustado esquiar, podríamos volver a hacerlo como cuando eras adolescente.
—La adolescencia quedó muy atrás, papá. Date con un canto en los dientes si me siento a la mesa con vosotros el día de navidad.
—Eso sí que no te lo voy a permitir. En nuestra familia, hasta en los peores momentos, siempre hemos cenado juntos en nochebuena y hemos puestos los regalos bajo el árbol, para abrirlos al día siguiente.
—Si lo hago, es por la niña, que también la echa de menos. Pero, es que tienes que entenderme, me parte el corazón cuando la escucho preguntarme por ella.
—Claro que te entiendo, Guille, pero no puedes estar sobreviviendo de esa manera, porque eso es lo que haces, sobrevivir, que es muy diferente a vivir. Si hasta Alex, tu jefa, me ha llamado en varias ocasiones para preguntarme por ti.
Desde aquel día, no solía ir a la oficina, sino que tan solo acudía una vez en semana, dejaba la documentación que había analizado y de me llevaba a casa la que tenía que analizar, y así, durante todo este tiempo.
Me molestaba que la gente me hablara, que me preguntara si sabía algo de ella, y por eso, acordé con Alex que trabajaría de esa forma.
Ella, al ver mi estado, no me puso ningún inconveniente, pero ahora, cuando llevaba la documentación, no dudaba en preguntarme cuando iba a salir del hoyo en el que estaba metido. Mi respuesta era siempre la misma, cuando la tenga delante y le pueda decir que es la mujer de mi vida.
En ese momento, llegó mi hermana a mi casa, con su madre, pero traía una sonrisa que no le veía desde hacía mucho tiempo. Marta también sonreía mientras que me miraba, y supe que algo me escondía.
—¿Se puede saber a qué viene esa sonrisilla que me traes?
—Hijo, deja de tomar limones para desayunar, que te están agriando el carácter —me soltó mi hermana, haciendo aspavientos con la mano.
Antes, me hubiera causado una carcajada, pero ahora, es que hasta eso había perdido. No era capaz de articular más que una leve sonrisa, que no me llegaba a los ojos, para que os voy a mentir.
—Guille, lo que te voy a decir no sé cómo te lo puedes tomar, pero hemos visto a Silvia salir en un coche de casa de sus abuelos… —me dijo Marta.
—Sí, iba con un chico muy guapo —sentenció Mía, con toda la inocencia del mundo.
—¿Perdona? ¿Es cierto eso que ha dicho la niña?
—Sí, pero no adelantes acontecimientos, que se puede tratar de un amigo.
—Ella no traería a nadie a su casa, en estas fiestas, si no fuera importante en su vida.
—Y lo puede ser. Lo mismo y es alguien que la ayudado en estos meses, no te pongas en lo peor.
—¿Le habéis preguntado a qué hora vuelve?
—No nos ha dado tiempo, ni siquiera nos ha visto…
—Me marcho ahora mismo a la casa de los abuelos, ellos me informarán de todo, tanto de quién es ese hombre como de a la hora en la que volverá.
—Guillermo, por favor, tómatelo con calma.
—No me lo puedo tomar así, tengo que verla, tengo que decirle lo que siento, y me da igual quién es ese tipo, no me pienso marchar de allí sin hablar con ella.
Me di una ducha rápida y me cambié de ropa. Por primera vez en muchos días, me preocupé de afeitarme y me quité el chándal que se había convertido en el uniforme de mi vida desde que Silvia se marchó.
Tampoco vayáis a pensar que me puse el esmoquin para ir a esperarla, pero sí que me vestí con un pantalón tejano y un jersey de lana de cuello a la caja, que acompañé con mis zapatillas deportivas y mi chaquetón. En cuanto que estuve lista, salí de mi casa.
Mis padres ya se habían marchado, querían ir con la niña al centro para ver las luces y los espectáculos infantiles que se daban en las plazas, como todos los años en esta época y desde que los niños cogían las vacaciones.
Llamé a la puerta, estaba nervioso, y mis manos se retorcían bajo la manga de mi chaquetón. No había vuelto a ir desde que Antonio me golpeó y me echó de la casa, pero ahora, me daba igual que me echaran, no me pensaba mover de allí.
—Guillermo, ¿qué haces aquí? —me preguntó Lucas, que fue el que me abrió la puerta.
—Tengo que hablar con Silvia, y no me vayas a mentir, que mi hermana y su madre la han visto salir de aquí con el coche.
—Sí, es cierto que está aquí, que ha vuelto, pero en estos momentos no se encuentra, ha salido al centro con…
—¿Quién coño es ese tío, Lucas?
—Guille, no soy yo el que te debe decir nada, será mejor que esperes a que ella venga y hable contigo. Te aseguro que, en cuanto que ponga un pie en esta casa, yo mismo la llevaré hasta la tuya. Os debéis una conversación.
—¿Es importante para ella?
—Sí que lo es, pero no en el plano sentimental como tal, no sé si me entiendes.
—Es muy sencillo. ¿Ese hombre es su pareja o tiene intención de serlo?
—No, y es una negativa rotunda, te lo aseguro. Ese hombre es un buen amigo, alguien que la ha ayudado mucho en estos meses, y ya estoy hablando más de la cuenta.
—Gracias, Lucas. Al menos, me has tranquilizado un poco.
—Por eso lo he hecho, porque cada día te veo un poquito peor, y no puedo permitir que sigas sufriendo. Eso sí, tenle mucha paciencia y ábrele tu corazón, deja que todo fluya, por favor.
Me marché de aquella casa con la promesa por parte de Lucas de que Silvia iría a mi casa para hablar conmigo, pero las horas pasaban y no llegaba. Así me pasé todo el día, hasta que escuché un coche por el camino de entrada a la urbanización.
Eran más de las doce de la noche, y la escuché reír desde la puerta de mi casa. No pude verla, porque los setos que pusimos para tener intimidad me lo impedían. Pensé en ir hasta la casa de sus abuelos, pero, viendo la hora que era y sin saber si los demás estarían durmiendo, no lo hice.
Tal y como me pidió su padre, esperaría a que viniera ella hasta mi casa para hablar conmigo, y esperaba que lo hiciera al día siguiente a primera hora, porque mi corazón no aguantaba ni un minuto más.
Esa noche no dormí, me dediqué a dar vueltas hasta las cinco de la mañana, que fue el momento en el que me levanté, parecía que, en vez de un colchón ergonómico, lo que tenía en la cama era una de esas camas de pinchos que usan los faquires.
Me senté en el sofá del salón, con la televisión apagada, pues ni eso me interesaba, y cogí mi móvil para entrar en la galería de fotos, como hacía miles de veces al día desde que Silvia no estaba, y me puse a revisar las fotos que nos habíamos hecho en el tiempo que estuvimos juntos.
Se nos veía felices, tanto que, días antes de marcharme a Madrid, entré en una joyería y le compré un anillo de compromiso. Tenía pensado pedirle matrimonio en cuanto que volviera, y dejarle claro que ella era lo primero para mí.
Siempre lo llevaba en mi bolsillo, pero, al volver de Madrid, no lo encontré. Quizás se me cayó en el taxi que me llevó al aeropuerto, o en el mismo avión, no lo sé, pero eso me daba igual, pues fui a comprarle otro en ese mismo momento.
A las nueve de la mañana, ya mi paciencia se había agotado, por lo que, cogí el chaquetón, me puse las zapatillas de deporte y, con el chándal de estar en casa, salí para la casa de sus abuelos, tenía que hablar con ella, y tenía que hacerlo ya.