No soy más tonta porque no quiero Capítulo 36
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Capítulo 36

Silvia

Mi amigo me miró como si estuviera loca, pero lo necesitaba a mi lado. Había sido un pilar imprescindible en mi vida, y no pensaba dejar que pasara las navidades solo, por mucho que me dijera que en su vida había las había celebrado.

Como le debían días de vacaciones, le dije que se las tomara hasta el día siete de enero, pues tenía que vivir lo que era una cabalgata de reyes con mi primo y su pareja, que se ponían en primera fila y se peleaban con los niños por coger los caramelos.

Cuando le contaba esas cosas, él se partía de risa y, si el vuelo de ida me resultó eterno y de lo más incómodo, el de vuelta fue todo lo contrario. Las risas y la ilusión iban conmigo en mi equipaje de mano, y tenía unas ganas horribles de ver a mi familia y de darles un abrazo.

En cuanto que el avión aterrizó, salí volando, literalmente, hacia la cinta de equipajes y, por suerte, mis maletas salieron las primeras, al igual que la de Paul, que, aun viniendo para dos semanas y media, había cogido una grande y había metido absolutamente de todo.

Al llegar a la puerta de salida, allí estaban mis padres y mis tíos, que, si bien se alegraron mucho de verme, en cuanto que se dieron cuenta de que no venía sola, empezando por mis padres, todos mostraron cierto desconcierto.

—Amiga, creo que a tu familia no le ha gustado mi presencia.

—No digas tonterías, lo que ocurre es que se piensan que eres mi pareja.

—¡No! ¿Me lo dices en serio?

—Por supuesto, pero te aseguro que, en cuanto que les explique que eres un amigo y que tienes pareja, te acogerán con los brazos abiertos.

—Eso espero, porque, de lo contrario, me veo comiendo el turrón ese que dices que está tan bueno, en un banco de la plaza.

Solté una carcajada, pero, en cuanto que llegué a la altura de mis padres, lo tiré todo y salí corriendo a abrazarlos. Ni siquiera me di cuenta de que estaba llorando hasta que mi padre me limpió las lágrimas de la cara. Las mierdas hormonas me tenían de lo más revolucionada.

—Mamá, papá, os presento a Paul, un buen amigo que me ha hecho la vida más fácil todos estos meses.

—Buenas noches, señores Medina, un placer —le contestó Paul, dándole la mano.

—Hija, ¿podemos hablar un momento a solas?

—Mamá, lo que tengas que decirme, puedes hacerlo delante de Paul, entre nosotros no hay secretos.

—No te preocupes, Darling , aprovecho y llamo a Sophie para decirle que hemos llegado —me dijo Paul.

Mientras que mi amigo se alejaba un poco, todos los demás me miraban como si yo hubiera sido la culpable de la muerte de Manolete, y eso me hizo muchísima gracia, por lo que no pude evitar que una carcajada saliera de mi interior.

—Hija, no entiendo como has podido olvidar tan pronto a Guille, y pienso que estás actuando con este muchacho por despecho, y creo que no se lo merece…

—Para, para, he dicho que Paul es mi mejor amigo, no que tenga nada con él.

—¿Entonces? Porque yo, que soy tu madre y te conozco como a la palma de mi mano, te diré que tienes un brillo en la mirada que no tiene nada que ver con qué hayas hablado con Guille, porque él va como alma en pena.

—Pues no, no he hablado, aunque no dudo en que tendré que hacerlo, pero no hoy y no ahora. El brillo de mi mirada se debe a que estoy embarazada, y me hace muchísima ilusión este bebé.

—¿Te has quedado embarazada de tu amigo? ¿Es que te has vuelto loca? —me reprochó mi padre.

—Paul no es el padre, relájate.

—Pues, entonces, todavía me lo pones peor, chica.

—¿Me vais a escuchar o vais a seguir especulando sobre mi vida? Porque, si no queréis escucharme, yo cojo ahora mismo un taxi y me voy para un hotel a pasar la navidad con mi amigo.

Me estaban haciendo enfadar y, si a eso le sumamos la revolución hormonal que había en mi cuerpo, pues era una bomba de relojería. Mi madre miró a mi padre, que asintió con la cabeza, mientras que mis tíos no sabían a dónde mirar.

—Vamos a ir a la cafetería y comemos algo, que ya es muy tarde y tendrás hambre. Allí, ya nos cuentas todo lo que nos tengas que decir —dijo mi padre, pero no muy convencido.

Avisé a Paul de dónde estaríamos, pues quería seguir hablando con Sophie. Aunque, mientras que estábamos en Londres hablábamos en inglés, un idioma que yo dominaba, aquí decidimos hacerlo en castellano, para que mis padres no se sintieran excluidos.

Una vez que tomamos asiento, me pedí un refresco y un bocadillo de tortilla campera que tenía una pinta estupenda, y empecé a contarles a todos lo que había sucedido cuando dejé España y como había descubierto, esa misma mañana, que estaba embarazada.

—Hija, ¿qué piensa el padre sobre que te hayas venido? —me preguntó mi madre.

—Pues no lo sé, porque no he hablado con él. Lo haré cuando tenga fuerzas, porque lo que tengo claro es que me quedaré aquí, y tendré que hacerlo.

—Tú y tu puñetera manía de huir en cuanto que te encuentras con un obstáculo. ¿Cuándo vas a aprender que los problemas se miran de frente?

En mi vida había oído a mi padre hablar de esa manera. Era una mezcla de rabia, furia y desesperación, que provocó que mis lágrimas volvieran a salir. Me estaban prejuzgando y, sin saberlo, me indicaban lo que pensaban de mí, y eso me dolía.

—Para empezar, si he vuelto es para mirar a esos problemas que tú dices de frente. El padre de mi hijo es Guillermo, pero, gracias, papá, me has dejado claro lo que piensas de mí.

—Hija, yo…

—No lo empeores más, y vámonos, que tengo ganas de llegar a la casa y descansar.

Me levanté de la mesa, dejando el bocadillo casi entero, y me dirigí a la salida, donde me encontré con Paul, que acababa de terminar la llamada con su novia. En cuanto que me vio la cara, me preguntó, pero lo hizo en inglés, para que ninguno de los que estaban allí nos entendieran.

Mi padre conocía el idioma, y se defendía bastante bien, pero no era capaz de seguir una conversación como la que estábamos teniendo Paul y yo.

Mi amigo, bastante enfadado por lo que me habían dicho, no dudó en darme un abrazo y en decir que, si quería, nos quedábamos en un hotel, que no tenía que enfrentarme a nada para lo que no estuviera preparada.

Me negué a su ofrecimiento, pues tenía unas ganas enormes de ver a mis abuelos, de darles ese abrazo que hacía tanto tiempo que no le daba, pero tenía clara una cosa, mi relación con mi padre, después de esto, ya no volvería a ser la misma.

Lo que sí le dije a mi amigo es que, al día siguiente, iríamos a ver a mis compañeros de trabajo, y haríamos las compras de los regalos, porque no había comprado nada todavía. Además, me apetecía mucho pasear por las calles y ver las luces y los adornos que colgaban de sus fachadas.

Mis tíos habían venido en su coche, y metieron mis maletas, que eran tres, en el maletero, la de Paul iría en el de mis padres, y nos montamos con ellos en el coche, con mis padres, quiero decir.

Mientras que mi padre no había articulado una sola palabra, mi madre sí que me preguntó como llevaba el embarazo.

—Tengo que ir a la revisión de las dieciséis semanas cuando pasen las fiestas, pero, antes, me gustaría hablar con Guillermo.

—Eso está muy bien, cariño. Supongo que todavía no te habrán dicho el sexo del bebé, porque nos lo habrías dicho.

—No quise saberlo estando sola, bueno, aunque Paul me acompañó, tenía la ilusión de que fueras tú o su padre el que estuviera conmigo.

—Seguro que Guille estará encantado de hacerlo.

—Mis cosas…

—Tus cosas siguen dónde tú las dejaste. No consintió que saliera de allí ni un pañuelo, nos dijo que, si las querías, que fueras tú a buscarlas.

—Mamá, dime la verdad. Esa mujer, ¿sigue con ella?

—Hija, no soy yo la que te tiene que contar nada, pero, para tu tranquilidad, tan solo te diré que era Cristina, su exnovia, y no, no está en su casa ni en su vida.

Solté todo el aire que no sabía que tenía retenido en cuanto que escuché a mi madre decirme eso, y Paul me miró con una sonrisa, sabiendo el alivio que había sentido al escucharlo, pero todavía me quedaba el trago de enfrentarme a Guillermo.