No soy más tonta porque no quiero Capítulo 35
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Capítulo 35

Silvia

Dos meses habían pasado desde que llegué a Londres y, a pesar de que echaba mucho de menos a mis amigos y a mi familia, cada día estaba más integrada y a gusto en esta ciudad, y todo se lo debía a Paul, que había sido el responsable de todo.

Los primeros días me alojé en el hotelito que había frente a su casa, pero, cuando me di cuenta de que el ofrecimiento de Paul era realmente sincero, trasladé todas mis cosas a su casa. Vamos, que cogí la maleta con lo que llevaba, porque no tenía nada más que coger.

Paul vivía en una casita de dos plantas en el barrio de Notting Hills, junto a dos compañeros más, y era director de marketing de una empresa internacional, a pesar de su juventud.

Tenía el suficiente dinero para tener una casa para él solo, pero decía que estaría muy aburrido, que no lo consideraba necesario.

Y era cierto, puesto que, en la casa, si querías intimidad, no tenías más que quedarte en tu habitación, que era enorme, y con todas las comodidades.

Eran como pequeños apartamentos, en los que lo único que había en común era un salón enorme y una cocina grande, pero que también contabas con algo igual en tu habitación, excepto en el tamaño.

Paul tenía una relación con una chica, Sophie, pero llevaban cinco meses separados, ya que ella era maquilladora profesional y había aprovechado una oferta de trabajo para una gira de un grupo de música bastante famoso.

Se hablaban todas las tardes por videollamada, y se mostraban de lo más enamorado.

Estaba deseando que tocaran en la ciudad para poder conocerla en persona.

Una de las asistentes de su empresa se había dado de baja por maternidad, y Paul no dudó en ofrecerme su puesto a mí.

No era nada definitivo, pero tampoco lo era mi estancia en la ciudad y, además me serviría para distraerme y no agotar con mi reserva de dinero, ese que tenía ahorrado desde que empecé a trabajar.

Ni que decir tiene que ya se me había ido un buen pico en ropa, pues no quise llamar a Guille ni pedirle a nadie que me enviaran la que tenía en su casa, porque, entonces, sabrían mi localización exacta y, ellos tan solo sabían que estaba en Londres, nada más.

A los dos o tres días de llegar, mi primo Antonio se puso en contacto conmigo, para pedirme que, por favor, desbloqueara a Guillermo y que lo dejara hablar, pero no me encontraba con fuerzas para hacerlo.

Esa mañana me levanté regular, tanto de ánimos como físicamente, y no dudé en avisar a mi amigo, que se encontraba en su habitación. No paraba de llorar y tenía una sensación de fatiga, un asco en la boca que no podía soportar ni un minuto más.

—Chica, qué mala cara tienes. ¿Qué te ocurre?

—Paul, no me encuentro bien, debo estar incubando algo…

—Pero ¿por qué lloras?

—No lo sé.

—¿Te duele algo?

—Tengo fatiga, pero no puedo vomitar, y me siento mal…

No podía parar de llorar, y eso era lo que más me preocupaba. Quería volver a mi casa, con los míos, pero me daba miedo de que todo se hubiera ido a la mierda, de que mi ropa estuviera ya en casa de mis abuelos y que esa mujer estuviera ocupando mi lugar.

Paul me miró, muy serio, me levantó de la cama y me llevó al baño, donde me echó agua fría en la cara y el cuello, como si quisiera refrescarme los ojos, que los tenía como un besugo, rojos e hinchados, pero que no sirvió para nada.

—Vístete, que nos vamos al hospital.

—No quiero ir al hospital, quiero volver a mi casa…

—Hija, pues vuelve, nadie te está reteniendo aquí, pero antes, vamos al médico. No pienso dejar que te montes en un avión en este estado.

—Está bien, pero quiero hablar con mi primo, en cuanto que vuelva del médico.

—Cariño, estás haciendo un mundo de un granito de arena, y tengo la impresión de que, todo este episodio, tiene su origen en las hormonas, pero no sé si porque la menstruación viene pronto o porque no va a venir.

Esas palabras me dejaron en shock, me puse a hacer un cálculo mental del tiempo que hacía que no me bajaba la regla, y hacía más de tres meses que no la había visto.

De momento, empecé a temblar, no podía ser, tenía que ser un problema de estrés o del impacto que me llevé cuando vi a Guillermo besándose con esa mujer. Sí, tenía que ser eso.

Me puse unos leggins, una sudadera gorda y unas zapatillas de deporte, y cogí mi bolso, dispuesta a ir a que me viera el médico. Se acercaba la navidad, y estar lejos de los míos me estaba afectando muchísimo.

El médico nos atendió enseguida y, después de hacerme una serie de pruebas médicas, me confirmó aquello que tanto me preocupaba, la peor de las noticias que podían darme, y no por la noticia en sí, que me hacía mucha ilusión, sino por el momento en el que me encontraba.

—Señorita Medina, está usted embarazada de catorce semanas…

Ya no escuché nada más. El médico seguía hablando, pero yo no oía nada, tan solo lo veía mover la boca, menos mal que mi amigo se encontraba conmigo y se enteraba de todo lo que me estaba diciendo, porque yo no me enteraba.

Me pasó a una habitación, me pidió que me acostara en una camilla y vertió un gel por mi vientre, para realizarme una ecografía.

El momento en el que escuché el latido de su corazón por primera vez, se me quedaría grabado en la memoria para siempre, y no pude evitar que mis lágrimas cayeran de nuevo, pero esta vez, eran de felicidad.

—¿Queréis conocer el sexo del bebé? —nos preguntó el doctor.

—Uy, yo no tengo nada que ver, tan solo somos amigos. Esa es una decisión de ella —le contestó Paul, con una sonrisa.

—No, no es el momento. Ya lo sabré en mi ciudad, con mi familia. No te lo tomes a mal, Paul, pero quiero compartir esto con mi madre, al menos.

—Cariño, no te preocupes por mí, lo entiendo perfectamente.

—Bueno, pues entonces, tan solo tengo que decir que todo va a la perfección, y que tendrías que hacerte una revisión en dos semanas.

—Gracias, doctor.

Pagamos la consulta, y lo digo en plural porque, lo que no cubría el seguro médico que tenía en el trabajo, lo abonó Paul, que no permitió que yo abriera ni el monedero, y nos sentamos en una cafetería, no sin antes pasar por una farmacia a recoger la medicación que me había enviado el médico.

—¿Qué tienes pensado hacer, Silvia?

—Quiero volver a casa, pero, no a Marbella, donde están todos, sino a Granada, a casa de mis padres, al menos, por un tiempo.

—Eso ya lo tenía claro, me refiero con el padre del bebé.

—No tengo ni idea. Supongo que se lo tendré que decir, que tendré que hablar con él en algún momento, pero no sé ni cómo ni cuándo.

—No lo dejes pasar mucho más tiempo, cuanto más tiempo pase, más trabajo te va a costar decírselo.

—No te lo vas a creer, pero cuando me ha preguntado si quería saber el sexo del bebé, he pensado en Guille, y en cómo me gustaría saberlo con él a mi lado, pero no sé si eso será posible, no después de lo que pasó.

—¿Tan complicado o fuerte fue la pelea como para que salieras huyendo?

—Eso es lo peor, que ni siquiera discutimos.

No le había contado a Paul nada de lo que pasó, tan solo que había venido huyendo de una relación que me había resultado muy dolorosa, pero entendí que era el momento justo para contarle todo, y así lo hice.

—¿Me estás diciendo que dejaste tu país porque viste a tu novio como besaba a otra chica?

—Como si ese no fuera suficiente motivo…

—¿Te has parado a pensar que fuera ella la que se lanzara a sus labios? ¿Te quedaste el tiempo suficiente como para saber si él la rechazó o continuó con el tema?

—Yo…

—Perdona que te lo diga, pero tú eres gilipollas.

—No, soy una mujer dolida y embarazada.

—¿Espero que, al menos, lo hayas llamado y sepa dónde estás?

—Sabes que no, que no tiene ni idea del lugar en el que me encuentro.

—Querida, te acabo de comprar ahora mismo un billete de avión para España, como tan solo sé que eres del sur, lo he adquirido para el aeropuerto de Málaga…

—Si lo llegas a querer hacer a propósito, no te sale mejor, vivo en Marbella. Aunque, como te he dicho antes, no iré para allá, sino que me quedaré en Granada, junto a mis padres.

—Venga, vamos a casa, que el vuelo sale a las cuatro de la tarde y tienes mucho que preparar. Por el trabajo, no te preocupes, yo me encargo de todo, porque deduzco que no volverás, eso sí, como no me llames por teléfono para contarme todo y no me avises cuando el bebé haya nacido, te mato.

—Joder, ¿cómo lo has cogido tan pronto?

—Porque no quiero que te dé tiempo a pensar en nada.

—Dame tu teléfono, que te voy a anotar mi dirección de Granada, la de Marbella te daré la de la casa de mis abuelos, porque todavía no sé si mis cosas continúan en la de Guille o no.

—¿Lo dudas? Aunque tengo claro lo que haría yo, que te mandaría a la mierda a la voz de ya, sé que ese chico sigue esperando a que vuelvas, con las manos abiertas.

—No lo tengo yo muy claro, la verdad.

Emprendimos de nuevo el camino a su casa, en la que me ayudó a recoger todo para salir para el aeropuerto. Llamé a mi padre, pues quería que supiera que volvía a casa, y no dudó en contestar a mi llamada al segundo tono.

—Dime, mi niña. Por favor, que sea la buena noticia de que estarás aquí en Navidad.

—Papá, es mucho mejor que eso, vuelvo a casa hoy mismo.

—¿Has hablado con Guillermo? ¿Habéis aclarado todo?

—No, papá, pero ya no quiero estar más tiempo separada de vosotros, tengo algo que contaros, y espero que me apoyéis y me entendáis.

—Me estás asustando, ¿te ha ocurrido algo?

—Sí, que me ha ocurrido, pero es una buena noticia.

—Dios, me pondré a rezar para que no hayas hecho una locura y no vengas casada con un inglés.

Solté una carcajada, porque el que mi padre hubiera pensado que lo que tenía que decirle era que, en dos meses, me había olvidado de Guille y me había casado con otro, lo único que me decía era que pensaba que era una inconsciente o una loca.

Le dije a mi padre que la hora en la que el avión aterrizaría en Málaga y, como tan solo quedaban tres días para las fiestas, me dijo que me recogían allí e iríamos a Marbella.

Por mucho que le insistí de que nos quedáramos en Granada, mi padre no claudicó. Era como si el destino, por todos los medios, quisiera que me encontrara con Guille y que hablara con él, y a mí eso me daba pavor.

—Amiga, échale valor y pon las cosas en su sitio.

—No tendré más remedio que hacerlo, nos vamos a Marbella. Por cierto, ¿con quién vas a pasar tú las navidades?

—Pues en casa, solo. Ya sabes que Sophie está en los Estados Unidos, y mis padres se van de crucero. Ellos nunca han celebrado la navidad, y no lo ven como una fiesta para pasarla en familia.

—Te vienes conmigo, busca ahora mismo otro billete, que tenemos tiempo. Yo te ayudo a preparar la maleta.