Capítulo 34
Guillermo
No pude dormir en toda la noche. Mi padre me había dicho que había salido del país, por lo que no podía haberlo hecho de otro modo que no fuera en avión.
Por eso, y mientras esperaba la hora de marcharme, llamé al aeropuerto, preguntando si alguien me podía decir el número de vuelo que había cogido Silvia Medina, pero no conseguí nada.
—Señor, lamentamos decirle que, por la ley de protección de datos, y no tratándose de un menor, no podemos facilitarle ningún dato.
—Se lo ruego, es mi mujer, y es una cuestión urgente, tengo que localizarla inmediatamente.
—Entonces, acuda usted a la policía, y que ella haga las averiguaciones necesarias.
—No puedo, no tengo tiempo para hacer eso.
—Insisto, caballero, no puedo facilitar datos. ¿Le puedo ayudar en otra cosa?
—No, gracias.
—Qué tenga usted una buena noche.
Me cortó la llamada y me quedé allí, sentada y sin saber que más podía hacer para localizarla, me senté en el sofá, con una infusión tranquilizante para esperar a que llegara la hora.
A las seis y media, fui hasta la habitación donde dormía Cristina y la desperté. Era la hora de salir de allí, y no iba a perder el avión por su culpa, me daba igual que hiciera frío o que no tuviera dónde ir. Intenté ayudarla mientras que ella me clavaba el puñal por la espalda.
—¿Estás de broma? ¿Sabes la hora que es?
—No y sí, por este orden. Levanta que tengo que marcharme.
—Hijo, pues déjame aquí y, cuando tenga ganas de salir, ya me iré.
—Te he dicho que te levantes, tengo que coger un avión, que no pienso perder. Tienes dos minutos para levantarte y vestirte, así como para coger tus cosas, si pasado ese tiempo, sigues aquí, te saco a la calle tal y como estés.
Lo dije en un tono que ella sabía que no estaba tirándome un farol, por lo que no dudó en hacer lo que le había pedido.
Mientras que no salía, fui cerrando todas las ventanas, cortando la llave del agua y bajando los interruptores de la luz, por si había algún problema, que tuviéramos que lamentar los daños mínimos.
Cinco minutos después, salía de la habitación, arrastrando su maleta por el pasillo. Me miraba con rabia, con odio, pero me daba exactamente lo mismo, lo único que quería en estos momentos era localizar a Silvia y explicarle todo lo que había pasado.
—Quería pedirte un último favor…
—¿Qué quieres ahora?
—¿Me podrías dejar algo de dinero para llegar hasta la ciudad donde vive el padre de mi hijo?
—¿Por qué no se lo pides a él?
—Porque, como ya te he dicho, no quiere saber nada de mí, ni del niño. A veces pienso que es un hombre casado, pero me da igual. Voy a presentarme allí y tendrá que hacerse cargo de nosotros.
—De lo único que tiene que hacerse cargo es de su hijo, nada más. A ti no te debe nada, pero bueno, no es asunto mío. Te dejaré el dinero… no, mejor te lo regalo, así no tienes que ponerte en contacto conmigo, de nuevo.
Saqué mi cartera, en la que llevaba unos mil euros en efectivo, y se los di. Tan solo me quedé con unos cien euros para mí, por si mi tarjeta no funcionaba o algo así, y le dije que saliera de la casa.
Antes de salir yo, revisé todo de nuevo, para asegurarme, encendí las cámaras de seguridad que mi padre había instalado, y me marché. Ya tenía un taxi esperándome en la puerta, que me llevaría directo al aeropuerto. Ojalá y fuera capaz de conseguir que Antonio me dijera su paradero.
Una vez en el aeropuerto, el vuelo venía retrasado, y tuve que esperar más de una hora para poder embarcar y otra media hora más, para que el avión despegara. Se me hizo eterno, a pesar de que no tardaba más de cuarenta y cinco minutos.
En cuanto que llegué, me fui directamente a la casa de mi padre, necesitaba que me explicara todo lo que le había dicho Silvia, así como, que me acompañara hasta la casa de Antonio, para que me ayudara a convencerlo de que me dijera dónde estaba mi mujer, porque, aunque no estábamos casados, yo la consideraba así.
—¿Qué has hecho, hijo mío?
—Papá, te juro que, entre Cristina y yo, no ha pasado nada.
—¿Por qué nos mentiste? ¿Qué intenciones tenías para hacer eso?
—Precisamente todo lo contrario de lo que ha terminado sucediendo.
—Ahora me siento culpable, yo fui la que la animó para que fuera a darte una sorpresa, pensando que estabas hasta arriba de trabajo…
—No, papá, la culpa es mía, que debí contarle lo que pasaba y decirle a Cristina que no.
Le conté a mi padre lo que había sucedido en el momento en el que Silvia entró en la casa, y el motivo de mi viaje hasta allí, mi duda sobre la paternidad del bebé que esperaba y mis intenciones de ayudarla.
También lo puse al día sobre las ocurrencias y planes de sus padres, así como todo lo que me había sugerido ella, y lo del padre del niño, que se había desentendido.
—Guillermo, hijo, a veces, de bueno que eres, pareces tonto —me dijo Marta, que apareció por el salón.
—Pues sí, no puedo más que darte la razón en tus palabras.
—Bueno, lo hecho, hecho está. Ahora lo que tienes que hacer es remediar los daños y, para eso, necesitas contactar con Silvia.
—También estoy aquí por eso. Quiero que me acompañes a casa de sus abuelos, para hablar con Antonio.
—Hijo, no creo que eso sea lo más conveniente para ti.
—Él es el único que lo sabe, papá, y tengo que convencerlo para que me lo diga.
—Está bien, iré contigo, pero sigo pensando que no es una buena idea.
Dejé allí la maleta y salimos para la casa de los abuelos de Silvia, en la que estaban viviendo Antonio y Pepe. Si me abría la puerta Pepe, no dudaba en que me dejaría pasar, pero como lo hiciera su pareja, no sabía a lo que podía enfrentarme.
Con todos mis santos cojones, me planté allí, delante de la puerta, y llamé al timbre. Yo creo que mi padre se esperaba algo de lo que pasó, porque se quedó un tanto retirado de mí.
En cuanto que la puerta se abrió y Antonio vio que era yo el que estaba detrás, me arreó un puñetazo en toda la mandíbula que no sé cómo no me hizo saltar el empaste que llevaba, pero que me tiró al suelo. No le respondí, no tenía derecho a hacerlo.
—Vete al carajo, Guillermo, y no vuelvas a poner un pie en esta casa.
—Antonio, por favor, quiero a tu prima con toda mi alma, necesito hablar con ella.
—No la quieras tanto y quiérela mejor, que es lo que ella se merece.
—Te juro por mi vida que no es lo que piensas. Tan solo he ido a Madrid para ayudar a una amiga en apuros.
—Claro, tirándotela en el sofá ¿no?
—Amor, ¿por qué no lo dejamos que se explique? Lo mismo, y es todo un malentendido —le dijo Pepe, acariciando su espalda para que se relajara un poco de la tensión que se notaba que estaba sufriendo.
—Por favor, dos minutos. Déjame que te lo cuente y, si no te convence, me marcharé y no te volveré a molestar más.
Antonio me abrió la puerta para que pasara al interior de la propiedad, pero no me dejó pasar dentro de la casa. Era como si pensara que me merecía pasar todo el frío del mundo, aunque él también lo tuviera que pasar.
Una vez que estuvimos sentados en uno de los bancos del jardín, empecé a contarle la llamada que había recibido por parte de Cristina y lo que había sucedido hasta ese momento. Me miró, sin saber muy bien si creerme o no, a juzgar por lo que dijo a continuación.
—Yo no te voy a decir dónde está Silvia, lo siento, pero no la voy a traicionar.
—Por favor, Antonio, me muero sin ella, me ahogo de la pena.
—Lo único que puedo hacer es decirle que hable contigo, que te escuche, y que sea ella la que decida lo que quiere.
—Me tiene bloqueado, no lo va a hacer.
—Entonces, tendrás que aguantarte con lo que suceda. No puedo ayudarte más.
—Gracias, Antonio. Yo sí que tengo acceso a ella, pero no me contesta siempre. ¿Le puedes decir que me llame en cuanto pueda? Tengo que comentarle algo sobre la excedencia que me ha pedido —le dijo mi padre.
—Espero que esto no sea una estratagema para que hable con él sin que ella lo sepa.
—Te prometo que no.
Salimos de allí prácticamente igual que llegamos, pero, al menos, su primo sabía la verdad.