No soy más tonta porque no quiero Capítulo 33
79%

Capítulo 33

Guillermo

Los días siguientes fueron, igualmente, un infierno.

Por un lado, tenía a los padres de Cristina haciendo planes de una boda que no se iba a llevar a cabo.

Por el otro, estaba ella misma, haciéndome creer que podíamos hacerlo y, más tarde, divorciarnos, que esa sería la única manera de que sus padres le permitieran volver a casa.

—Lo siento, pero no, por ahí no pienso pasar.

—Guille, por favor, entiendo tu postura, pero entiende también la mía.

—Me da igual, Cristina, no es mi responsabilidad. Demasiado he hecho ya con haber venido a echarte un cable, pero que te quede claro que estoy aquí por el cariño que te tengo de estos años que hemos estado juntos.

No había hablado con Silvia en estos tres días, porque no me encontraba con ánimos y fuerzas para hablar con nadie y, para hablarle en un mal tono, como el último día que hablamos, prefería no hacerlo.

Ni siquiera con mi padre, que me había llamado varias veces, le contestaba para que viera que seguía con vida, y le decía que estaba ocupado, que ya lo llamaría.

Estábamos sentados en el sofá, con una película puesta, cuando empezó a llorar. No sé el motivo, pero le eché el brazo por encima y la pegué a mí, en un intento por consolarla, pero ella, levantó la cabeza y me besó. Os prometo que me dejó en shock, no supe cómo reaccionar.

Escuché un ruido en la puerta, y eso fue lo que me hizo salir del estado en el que me había sumido. Me separé de ella, miré hacia dónde venía el ruido, que era la puerta, y estaba cerrada, pero la rabia se apoderó de mí, pues no debía de haber hecho eso.

—Lo siento, Guille. Creo que ha sido la situación, la cantidad de veces que has hecho eso de abrazarme cuando éramos pareja.

—No tiene justificación eso que has hecho. Me voy a la cama. Ah, y ve preparando tus cosas, porque en dos días me vuelvo a mi casa, a mi trabajo y a mi vida, y tú tendrás que salir de aquí.

—No puedes hacer eso, no me puedes dejar en la calle, embarazada y sin trabajo.

—Como ya te he dicho con anterioridad, no es mi problema. Has tenido tiempo de encontrar un trabajo y una casa en la que vivir. Llama a alguno de tus amigos, o habla con tus padres, al final, es su nieto y ellos tendrán que ayudarte.

—Déjame ir contigo, te prometo que, en unos días, me busco un trabajo y un sitio donde dormir allí, por favor.

—Ni lo sueñes, me marcho solo y no quiero que me vuelvas a llamar más.

Enfilé el pasillo que me llevaba hasta la habitación principal, que era dónde estaba durmiendo yo, con los nervios de punta, cuando mi teléfono sonó de nuevo.

Vi que era mi padre el que me llamaba, y no contesté a la llamada.

A continuación, volvió a sonar y, en esta ocasión, era Marta, su mujer, y me preocupé, porque algo había tenido que ocurrir si ella me llamaba.

—¿Qué pasa? —contesté.

—¿Qué pasa? ¿Eso es todo lo que se te ocurre decir?

—Mira, Marta, ahora no, que no tengo el horno para bollos.

—¿Qué demonios has hecho, Guillermo?

Cuando ella me llamaba por mi nombre completo era porque había hecho algo que la había hecho enfadar, y bien, y eso era muy extraño que ocurriera, la verdad.

—Marta, habla claro, no tengo ni tiempo ni ganas para adivinar acertijos.

—¿Cómo has podido engañarnos a todos de esa manera? Pensé que, de verdad, eras feliz con Silvia, y que no tenías necesidad de volver con Cristina.

—No he vuelto con ella, si he venido ha sido porque necesitaba ayuda.

—Claro, se estaba ahogando y le has hecho el boca a boca en el sofá, ¿no?

—Yo no la he besado… Espera, ¿cómo sabes tú eso? ¿Habéis activado las cámaras de seguridad?

—Ojalá hubiera sido eso. Nos ha llamado Silvia para contárnoslo.

—¿Cómo que os lo ha contado Silvia? ¿Cómo lo sabía ella?

—Ha ido a darte una sorpresa, Guille, y se la ha llevado ella. Y ahora, no sabemos dónde está. Tu padre está como loco, buscándola por todas partes, pero no da con ella.

—Joder, joder, eso no ha sido así. Fue ella la que me besó, y yo la rechacé. Ha debido entrar en el momento en el que se lanzó a mí.

—¿No te has parado a pensar en que puede que ella se lanzara a ti cuando la ha visto u oído entrar?

—¡Me cago en la puta! ¿Por qué mi vida no puede ser normal, como la de todo el mundo?

—Porque tú, con tus mentiras, te la complicas. Haz algo, llama a quién sea, porque le ha pedido a tu padre un tiempo de excedencia y dice que está fuera del país, sola y sin más equipaje que el que llevaba para pasar contigo el fin de semana.

Marta me cortó la llamada, y un sudor frío me recorrió la espalda. ¿Dónde estaría? Como le pasara algo, me moriría. Pero ahora, lo que más me incumbía era solucionar el tema de Cristina, sacarla de mi casa y de mi vida para siempre, y no dudé en ir hasta su habitación.

—Eres una hija de puta. ¿Has visto llegar a mi novia y te has lanzado a besarme?

—No sabía que era tu novia, pensé que era alguna amiga de tu padre, te lo prometo…

—Recoge tus cosas y sal de aquí ahora mismo.

—No me puedes echar ahora, está nevando y son las doce y media de la noche…

—Me importa un carajo. He venido hasta aquí para ayudarte, y tu… ¿me lo pagas así?

—Yo no he hecho nada, si le hubieras dicho la verdad a tu novia, ella no se hubiera atrevido a venir hasta aquí. Si no se lo has dicho, ha sido porque, por un lado, querías ocultarle que sigues sintiendo por mí, y, por otro lado, porque albergabas la esperanza de liarte de nuevo conmigo.

—Más vale que cambies de camello, Cristina, porque, sea lo que sea que te están dando, es de mala calidad. ¿Cómo coño te atreves a decirme algo así?

—Porque es lo que pienso, y ya estoy harta de mentir.

—¿Harta de mentir? ¿En qué más me has mentido?

—En el padre de mi hijo, sé perfectamente quién es, pero no quiere saber nada, ni de mí, ni del niño. Ya se lo he comunicado.

—Mira, lo siento de verdad, pero todo lo que pensaba sobre que podíamos ser amigos y de que te podía ayudar, ahora mismo es completamente inviable.

—Déjame, al menos, pasar aquí la noche. Te prometo que mañana, a primera hora, me marcho.

—Si no te marchas, llamo a la policía y te saco de aquí a patadas. ¿Te ha quedado claro?

Cristina me miró de una forma que no me gustó nada, era como si estuviera satisfecha con lo que había hecho, como si hubiera cumplido con su cometido, y tuve que salir de allí, o iba a terminar en la cárcel, y tenía muchas cosas que hacer todavía.

Lo primero que hice fue marcar el número de teléfono de Silvia, pero no me daba tono. Podían ser dos cosas, o había apagado el móvil, o me había bloqueado, por lo que, para comprobarlo, le envié un mensaje de WhatsApp.

Guillermo: Silvia, por favor, déjame que te explique todo, no es lo que tú piensas. Dijimos que, cuando pasara algo de esto, lo íbamos a hablar. Llámame, por lo que tú más quieras, que estoy muerto de la preocupación.

Esperé un buen rato, pero no aparecía como que le hubiera llegado, y ahí supe que me había bloqueado, porque ni siquiera me salió su foto en el perfil de la aplicación, una que nos habíamos hecho los dos en la cama, y en la que salía absolutamente preciosa.

Lo siguiente que hice fue llamar a su primo Antonio. Si alguien sabía dónde estaba, ese era él, porque tenía una relación muy estrecha con mi chica. Me temblaba la voz, sobre todo cuando me contestó la llamada de esa manera en la que lo hizo.

—Te lo advertí, Guillermo, que como le hicieras daño otra vez, te la verías conmigo.

—Te juro por la vida de mi hermana pequeña, que es lo que más quiero en el mundo, que no es nada de lo que estáis pensando.

—Claro, eso decís todos los infieles.

—Dime dónde está, necesito explicarle todo, por favor.

—Ni, aunque me mataran te lo diría. Déjala en paz de una vez, ella se merece un hombre que la quiera y que la valore, no que le parta el corazón a cada dos por tres.

Me cortó la llamada y no supe a quién más llamar, por eso, hice mi maleta y busqué un vuelo directo a Málaga para primera hora de la mañana, tenía que hablar con todos, cara a cara y contarles lo que había pasado.