Capítulo 32
Silvia
Llevaba dos días sin hablar con Guillermo y, aunque en más de una ocasión tuve la tentación de llamarlo o de enviarle un mensaje, me contuve. Ya estaba bien de mendigarle amor o atención, si no era importante para él hablar conmigo, pues tenía que entenderlo y aguantarme.
Eso sí, lo mismo y el día que me llamara, sería yo la que no quisiera hablar con él y no le descolgaría la llamada, a ver cómo se sentía él. Estaba pensando en eso, cuando Francis entró en mi despacho, y pensé que sería por algo del trabajo, pero me equivoqué.
—Silvia, vengo a proponerte una cosa, porque no podéis seguir así, de este modo.
—Supongo lo que me vas a proponer, y desde ya te digo que no pienso llamar a tu hijo.
—No te estoy diciendo que lo llames, aunque tengo que reconocer que conmigo tampoco ha hablado, cuando lo llamo, siempre me dice que no puede atenderme, que me llamará cuando pueda. Por lo que debe estar muy ocupado con el trabajo.
—Entonces, ¿qué es lo que me vas a decir?
—Que te cojas el resto de la semana libre y te vayas a Madrid, a buscarlo.
—¿Cómo me voy a plantar allí? ¿Qué le digo cuando me abra la puerta? Hola, Guille, mira que, como no me has llamado, pues he venido a ver lo que estabas haciendo. Si hago eso, quedaré como una histérica.
—No te tendrá que abrir la puerta, porque te voy a dar mis llaves, y la dirección de la casa. No le digas nada y vete a verlo, dale esa sorpresa, que seguro que te lo agradecerá.
—No lo sé yo…
—Venga, mujer, ¿quién dijo miedo? Eres una mujer valiente, del siglo veintiuno, además, si la montaña no va a Mahoma, pues tendrá que ir Mahoma a la montaña —me dijo Susana, que venía con una carpeta para mi firma.
Ella y sus refranes, para todo encontraba un dicho o un refrán, y lo peor es que tenía razón.
Cogí una bocanada de aire y asentí con la cabeza.
Lo que no me esperaba es que Francis ya me había sacado los billetes del tren y que me marchaba en unas horas, de manera que estuviera en la capital antes de las diez de la noche.
Al final, con toda la ilusión del mundo, me marché a mi casa, donde preparé una pequeña maleta de viaje con cuatro cosas, porque tampoco es que fuera a estar allí mucho tiempo. Como mucho, me volvería el domingo, y esperaba que él también se volviera conmigo.
A las tres de la tarde ya estaba yo montada en el tren, que salía a las tres y media. El trayecto se me hizo eterno, no voy a decir lo contrario, porque me moría de ganas de llegar a Madrid y abrazar a mi chico. Lo había echado tanto de menos…
Y por fin el tren llegó a la estación de Atocha, que era en la que, según me dijo Francis, me tenía que bajar, ya que era la más cercana a su casa.
Tomé un taxi y le di la dirección de la casa.
No había mucha distancia y, si hubiera conocido la ciudad, incluso podría haber ido dando un paseo, pero sin conocerla, no me hubiera atrevido a hacerlo.
En menos de cinco minutos, ya estaba en el portal. Aboné la carrera y cogí mi maleta dispuesta a darle a mi chico la sorpresa de su vida, pero terminé por llevármela yo, como siempre que había querido sorprender a alguien.
Subía nerviosa en el ascensor, un nudo en la boca del estómago me impedía respirar bien, no sabía si era anticipación a lo que me iba a encontrar o los típicos nervios de la situación, pero me temblaban las piernas que daba gusto.
Llegué al rellano y busqué las llaves en mi bolso, la introduje en la cerradura y abrí la puerta lentamente, para que no me oyera si estaba cerca de la puerta. Francis me dijo que, nada más entrar, te encontrabas con el salón y la cocina que era de concepto abierto.
Pero no, lo que me encontré fue a mi novio abrazado a otra mujer, que estaba embarazada y besándose. Dos lágrimas me cayeron por el rostro, pero no dije nada. Ni siquiera se dieron cuenta de que yo estaba allí, por lo que, me di la vuelta y me marché, entrando de nuevo en el ascensor.
En ese momento tomé una decisión, paré el primer taxi que encontré y le pedí que me llevara al aeropuerto. Delante del mostrador de facturación de una de las compañías que allí operaban, le pregunté a la chica que atendía cuando era el primer vuelo que salía y a dónde iba.
—El primero sale en cuarenta y cinco minutos, ya están embarcando, y va a Londres. ¿Tiene billete o necesita uno?
—Necesito uno, por favor.
—Me da su documento identificativo, por favor.
—Ahora mismo. Gracias.
Compré el billete y embarqué, sin poder parar de llorar. El chico que iba a mi lado no paraba de mirarme, pero me permitió que me desahogara a gusto. Cuando ya no tenía más lágrimas que soltar, fue el momento en el que me habló.
—¿Te encuentras bien?
—Podría estar mejor, pero se me pasará.
—¿Te puedo ayudar en algo? Si quieres, te hago de guía en la ciudad, pero tendrá que ser mañana, porque a esta hora, no creo que encontremos nada abierto.
—Te lo agradezco, pero no es necesario. Lo que sí me puedes indicar es un lugar para dormir que no sea excesivamente caro.
—Te diría que te puedes venir a mi casa, pero entiendo que nos acabamos de conocer y que no es normal que aceptes la invitación de un desconocido.
—Pues, sí, piensas bien, la verdad es que preferiría hacerlo en un hotel.
—No te preocupes, que yo te llevo. Eso sí, tendremos que compartir un taxi, porque no podré darle las indicaciones desde otro vehículo.
—Gracias, de verdad. Por cierto, yo soy Silvia.
—Encantado, Silvia, yo soy Paul. Pero no te confundas, soy español, aunque de padre inglés y madre danesa.
—Joder, chico, vaya mezcla de nacionalidades.
—Así he salido, que no soy ni blanco ni de color. Yo creo que, si llego a tener un abuelo asiático, nazco a lunares.
Solté una carcajada que resonó en toda la cabina del avión. Era curioso como había pasado del llanto más absoluto a la risa más frenética. Este chico había sido el culpable de conseguirlo, y quería seguir teniéndolo como un amigo.
En cuanto que el avión aterrizó, Paul me fue guiando hasta la salida, cogimos un taxi y le indicó la dirección a la que nos tenía que llevar. Me llevó a Notting Hill , que era el barrio en el que él vivía, y en el que se encontraba un pequeño hotelito de lo más coqueto.
Nos intercambiamos los números de teléfono y quedamos en que me llamaría al día siguiente en cuanto que saliera de trabajar, para enseñarme la ciudad y conocernos un poquito más.
En cuanto que me quedé a solas en mi habitación, que era de lo más bonita y acogedora, dejé la maleta y encendí el móvil. Tal y como me esperaba, ni una sola llamada del que, hasta hacía un buen rato, era mi novio, pero sí que había una de Francis, así que, se la devolví.
—Esperaba que me llamaras tú, porque veo que mi hijo te ha dado una buena bienvenida, a juzgar por el tiempo que has tardado.
—Tu hijo ni siquiera se ha dado cuenta de que he llegado a la casa.
—¿Perdona? ¿Cómo es que no se ha dado cuenta?
—Porque, como me dijiste que el salón estaba nada más entrar, abrí la puerta con mucho sigilo, y me lo encontré abrazado y besándose con una mujer que está embarazada.
—Es mentira, me estás contando esto porque te da vergüenza contarme la verdad…
—Ojalá fuera así, pero te estoy contando la verdad.
—¿Dónde estás, Silvia? Dime dónde te encuentras y envío ahora mismo a algún amigo a buscarte, porque deduzco que no te has quedado allí.
—Pues no, pero tampoco estoy en el país. He tenido la necesidad de alejarme de todo y de todos. Quiero pedir una excedencia de unos meses, hasta que me encuentre con fuerzas para volver.
—¡Y una mierda! No pienso permitir que el orgullo os vuelva a alejar otra vez.
—No es el orgullo, Francis, son dos cuernos como dos elefantes de grandes, y eso sí que yo no lo pienso permitir.
—Silvia, por favor…
—Tengo que colgar, voy a llamar a mis padres, os iré llamando.
Corté la llamada y dos lágrimas volvieron a caer por mis mejillas.