No soy más tonta porque no quiero Capítulo 31
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Capítulo 31

Guillermo

Por suerte, Silvia no me preguntó demasiado lo que iba a hacer a Madrid, porque, si supiera el motivo real de esta visita, podría terminar con nuestra relación.

Hablé con Alex, que fue la única a la que le conté el motivo real de lo que iba a hacer allí, y que me dio carta libre para teletrabajar desde casa, y que volviera cuando todo se hubiera solucionado.

Sí, tal y como estáis pensando, el motivo era Cristina, que me llamó el día anterior para decirme que estaba embarazada y que su familia la había echado de su casa, pues eran católicos extremistas, de esos para los que un embarazo sin pareja era poco menos que un sacrilegio.

No me aclaró si ese niño era mío o no, pero, aun así, no pensaba dejarla tirada, la ayudaría en todo lo que pudiera.

Si era mi hijo, lo reconocería, que no significaba que fuera a volver con ella y, si no lo era, intentaría que su madre tuviera la estabilidad suficiente como para poder hacerse cargo de ese bebé.

Llegué a Madrid casi a las nueve de la noche del sábado, pues hubo un problema con el tren y se retrasó casi siete horas, ya que habíamos salido desde Málaga muy temprano.

Iba agotado y, encima, en la puerta de la casa de mi padre, estaba Cristina esperándome, ya que le dije que viniera a esta hora, para que me diera tiempo a descansar, pero ni a poner un pie me había dado.

—Creo que llego demasiado temprano, ¿no?

—Acabo de bajarme del tren, como aquel que dice. Pero no pasa nada, sube, que me doy una ducha y hablamos.

—Si quieres, puedo volver mañana. Estoy durmiendo en un hostal, y tengo pagada hasta esta noche.

—No te preocupes. Si quieres, ve a buscar tus cosas mientras que yo me doy esa ducha que tanto necesito.

—Las tengo todas conmigo, en esa maleta.

Iba tan cansado que ni me di cuenta de que llevaba una maleta arrastrando, por lo que ya no tuve más excusa para alejarla un rato y poder hablar con Silvia. Por ese motivo, opté por enviarle un mensaje de WhatsApp, que esperaba que entendiera.

Guillermo: Silvia, acabo de llegar por un problema con el tren, y no tengo fuerzas ni para hablar. Me voy a dar una ducha y a meterme en la cama, por lo que será mejor que te llame mañana. Te quiero.

Silvia: No te preocupes, que descanses. Mañana hablamos. Yo también te quiero.

Por ese lado, me quedé tranquilo. Sabía que Silvia no era de esas mujeres posesivas o controladoras, que querían saber en todo momento donde estaba su pareja o qué estaba haciendo.

Pero, por supuesto, le dije a Alex que no le comentara a nadie, que, si alguien preguntaba, había marchado a Madrid por un tema laboral.

Me senté en el sofá con Cristina, que ya había organizado sus cosas en la habitación de invitados, y le pedí que me dijera la verdad, si ese bebé era mío, aunque por el tamaño de su vientre, no podía ser, a no ser que llevara en sus entrañas a garbancito, porque apenas se le notaba el embarazo.

—No, no es tu hijo, es de un hombre que conocí en una discoteca, y del que nada más que sé el nombre.

—¿No tomaste precauciones, Cristina?

—Tomaba la píldora, como cuando estaba contigo, y me confié, sin saber que los antibióticos anulaban su efecto, y los tuve que tomar durante diez días por una infección de orina que tuve.

—No solo es el embarazo, bonita. Te podía haber contagiado cualquier cosa, una enfermedad de transmisión sexual, por ejemplo.

No pude evitar acordarme de mi madre, de cómo le habían contagiado esa maldita enfermedad que se la llevó, porque el hombre con el que se acostó ni siquiera sabía que era portador de ella, y un escalofrío me recorrió la espalda.

—Estaba mal, me sentía una mierda por tu rechazo, y sentirme de nuevo deseada, para mí, fue un revulsivo a todo lo que estaba sintiendo.

—Lo siento, de verdad. Siento haber terminado contigo de esa forma, y me gustaría que tuviéramos una relación cordial, Cristina, dejando nuestro pasado atrás.

—Yo también, y siento haber irrumpido en tu vida de nuevo, y de esta manera, pero no tenía a nadie a quién recurrir. Sabes que mis amigos son todos del mismo círculo y, si mis padres me repudian, ellos también.

—Ahora tengo pareja, quiero que te quede claro. He recuperado al amor de mi vida, por eso, me gustaría que entendieras que, si estoy aquí, es porque quiero que te sientas apoyada, pero nada más.

—Lo entiendo, y no sabes cuanto te lo agradezco, de verdad. Tenía claro que no volverías conmigo, mucho menos cuando supieras que estaba embarazada de otro hombre.

—Para mí, si estuviera realmente enamorado de ti, eso no sería ningún problema, porque no sería el fruto de una infidelidad. Pero no es el caso.

—De todas maneras, gracias, de verdad.

Calenté leche y nos hice dos tazas de leche con cacao, y nos fuimos a la cama. Cuando apoyé la cabeza en la almohada, me quedé frito al momento. El día siguiente fue un cúmulo de cosas que me dejaron destrozado, tanto física como anímicamente.

Lo primero que hice fue acompañar a Cristina a una clínica privada, a que le hicieran una ecografía y la revisara un buen ginecólogo. Le dijeron que todo iba bien, y que se trataba de un niño, a la que ella no dudó en llamar Guillermo, porque decía que yo era su ángel de la guarda.

Nada más salir de esa clínica, nos dimos de bruces con sus padres, que venía para una revisión de la próstata de su padre, y que, al verme, pusieron una cara de ilusión que no era ni medio normal, y que me decía que ellos pensaban que el niño era mi hijo.

—Menos mal que mi hija ha recapacitado y ha hecho las cosas bien —me dijo su madre.

—Y qué él ha sido un hombre, y ha vuelto para responsabilizarse de sus actos —dijo el padre.

—Mamá, papá, no es lo que estáis pensando. Guillermo ha venido para apoyarme, nada más, porque él tiene su vida en el sur…

—Pues te marchas al sur con él, y listo. Mañana mismo hablo con el cura de la parroquia para que os eche las bendiciones antes de iros. No tiene que ser una fiesta multitudinaria ni nada por el estilo, nosotros, y listo.

—Me parece que os estáis equivocando, yo no me voy a casar, al menos no Cristina. Si lo hago algún día, será con Silvia, mi novia.

—De eso nada, sinvergüenza. Te casarás con mi hija, que se marchará contigo, para no avergonzar más a la familia. Ya te llamaré para decirte cuándo y dónde será la boda —sentenció el padre.

Cristina me dio un apretón en el brazo para que no siguiera hablando, pero yo la miré de una manera que la tuvo que estremecer. Había perdido a mi chica una vez por una mala decisión, no la perdería dos veces, así tuviera que echarme atrás en mis palabras con respecto a ellos.

Me giré y me di la vuelta, subiendo en el primer taxi que encontré, y Cristina me siguió. En cuanto que llegamos a mi casa, no me pude callar, y le dije cuatro cosas que la hicieron romper en un llanto.

—Podemos marcharnos al sur, y allí yo empezar una vida nueva, lejos de mis padres…

—No, Cristina, yo no te voy a llevar conmigo al sur. Cuando me vaya, me iré solo. Ya eres mayorcita para poder responsabilizarte de tus actos, buscar un trabajo y una casa en la que ver crecer a tu hijo.

—No puedo hacerlo sola, te necesito cerca…

—Eso se llama dependencia, Cristina, y te ayudaré a eliminarla, pero no puedo estar pendiente de ti durante toda mi vida.

Sé que no lo dije en el mejor tono, pero no podía dejar que esta mujer me organizara la vida de nuevo, mucho menos, que se me acoplara y tener problemas con mi novia.

En ese momento recordé que, cuando entramos en el consultorio, había apagado el móvil, y no lo había vuelto a encender, ni tampoco había llamado a Silvia, por lo que, antes de meterme en la ducha, lo encendí.

Leí el mensaje que me había enviado, y no dudé en marcarle. Lo mismo, si escuchaba su voz, me podía tranquilizar, pero ocurrió todo lo contrario. No fue el tono en el que me lo dijo, ni siquiera sus palabras, pero, cuando me preguntó dónde había estado metido durante todo el día, estallé.

—Mira, Silvia, llevo un día muy jodido hoy, si no te he contestado al mensaje o no te he llamado, es porque no he podido. No estoy para reproches, si vas a hablarme de ese modo, será mejor que hablemos mañana.

—Pues mira sí, porque no creo que me merezca que me contestes de ese modo cuando no te he dicho absolutamente nada. Si para ti, mi preocupación es un reproche, no te preocupes que no te molestaré más.

Me colgó, pero yo tampoco me encontraba con el humor de volver a llamar, ya lo haría al día siguiente, cuando estuviera más tranquilo.