No soy más tonta porque no quiero Capítulo 30
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Capítulo 30

Silvia

El tiempo fue pasando y, tras aquella comida familiar, mis suegros se compraron una casa en la misma urbanización que nosotros, la de los señores Capdevilla, que ya estaban muy mayores para viajar en verano y no tenían hijos, por lo que, decidieron venderla e irse a un apartamento tutelado junto a la playa de Barcelona, que era dónde vivían.

Estaba completamente reformada, ya que, antes de venderla, quisieron modernizarla y amueblarla, por lo que, no tuvieron que hacer nada más que llevar sus enseres personales y decorarlas a su gusto, porque la casa estaba de dulce.

Rafa, el nuevo cajero, resultó ser un hombre de lo más agradable y simpático, pero, como decía mi queridísima Susana, era más feo que un frigorífico por detrás.

Lo que yo me reía con esa mujer, cuando se ponía a decir que San Judas tenía un tapón de cera en el oído, porque escuchó todo lo contrario de lo que había pedido.

Pero teníamos un cliente nuevo, amigo de mi suegro, que tenía cuarenta y nueve años, y que se había quedado prendado de mi compañera, tanto por su desparpajo como por su belleza, porque no he dicho nada de eso, pero era guapísima.

Ese fin de semana saldríamos todos a cenar, menos Guille, que tenía que ir a Madrid para resolver un problema que no podía demorar.

No sabía el tiempo que tardaría en volver, pero me dijo que, como mucho, estaría fuera una semana y que me llamaría a diario para hablar conmigo, y que no lo echara mucho de menos.

No me gustaba estar separada de él, pero, aunque me fuera el fin de semana, que no trabajaba, el domingo por la noche me tendría que volver, y era una paliza para nada, pues ni siquiera sabía si podría estar conmigo durante el día o no.

Francis no había vendido todavía su casa de allí, puesto que decía que la quería dejar por si, en alguna ocasión tenían que volver para algo, ya que su mujer era madrileña y tenía a toda su familia allí, y por eso, Guillermo iría a parar allí, en vez de en un hotel.

Eso me daba cierta tranquilidad, ya que no tendría que estar pendiente de un hotel, y, en el caso de que quisiera ir a verla, si es que tardaba mucho en volver, lo tendría mucho más fácil que en un hotel.

La cena con nuestros amigos fue, como siempre, risas y bromas, pero, lo que más me gustó fue el hecho de encontrarnos con Susana y Santiago, ese cliente que se armó de valor para pedirle una cita, y que ella aceptó de buen grado.

Ese día, Guille no me hizo videollamada, sino que me envió un mensaje de voz en el que me decía que acababa de llegar y que estaba tan cansado que se iba a dar una ducha y se iba a meter en la cama, que me llamaba al día siguiente.

No le di la más mínima importancia, porque, además, como sabía que yo iba a salir con nuestros amigos, pensaría que no me iba a enterar bien, ya hablaría con él al día siguiente.

Llegamos a la urbanización casi a las tres de la mañana, acompañada por mis primos y sus parejas, pero, como no quería dormir sola en la casa, Antonio me dijo que me fuera a dormir a casa de mis abuelos, y no me lo pensé.

A la mañana siguiente, Pepe, que parecía que se había acostado a las nueve de la noche, estaba pasando el aspirador y cantando, con sus auriculares puestos, como si estuviera solo y no tuviera a nadie en la casa, durmiendo.

—¿No podías esperar un poquito más para limpiar, bonito?

—Lo siento, pero yo el domingo lo utilizo para poner la casa en orden y para cocinar para toda la semana, que me da mucho coraje volver del trabajo y tener que meterme en la cocina…

—Vale, vale, mejor, me marcho a mi casa. Además, estoy segura de que Guille estará al llamarme, y así puedo hablar tranquilamente.

—No seas mentirosa, tú te vas para poder tener sexo telefónico con tu novio.

—Claro que sí, y tengo que poner a punto el satisfayer y el consolador antes de que me suene el teléfono.

—¿Tú tienes de esos? Lástima que todavía no haya encontrado yo algo así para los hombres, al succionador, me refiero, que de lo otro también tenemos nosotros nuestros juguetitos…

—Vale, vale, no me interesa saber nada de la vida sexual tuya y de mi primo, me marcho.

La noche anterior me acosté en ropa interior, pues ni pijama llevaba, así que, me había vestido con la misma ropa con la que salí y me dispuse a ir a mi casa, lo que no me puse fueron los tacones, me fui con las zapatillas de estar por casa que me había dejado allí para ocasiones como estas.

Tal y como abrí la puerta y quité la alarma, me metí en la ducha, lo necesitaba, y me planté mi pijama calentito. Me preparé un café y una tostada, y me senté en el sofá del salón, con el móvil en la mano y encendí la televisión.

No quería ser yo la que lo llamara, pues no sabía si estaría reunido o no. Ciertamente, no me había dicho para qué iba, si era un tema del trabajo o algo personal, pero, sabiendo que no sabía el tiempo que tardaría en volver, suponía que sería un tema laboral.

A las tres de la tarde, y viendo que no me llamaba, fui yo la que lo hice, encontrándome con su teléfono apagado o fuera de cobertura. Empezaba a preocuparme, por lo que le envié un mensaje que esperaba que leyera y me contestara, o me devolviera la llamada.

Silvia: Guille, estoy intentando hablar contigo, pero no me da señal tu número. Por favor, cuando leas esto, llámame o envíame un mensaje para que sepa que estás bien.

En ese momento llamaron a la puerta y, al abrir, me encontré allí con Francis y Marta, que venían con la niña de la mano, muy abrigaditos los tres, porque hacía un frío que pelaba, la verdad.

—Veníamos a invitarte a comer en el restaurante de la urbanización, pero algo me dice que no has dormido mucho tú, esta noche —me dijo Francis.

—Entre que me recogí más de las tres y que he dormido en casa de mis abuelos, en la que Pepe no ha dudado en pasar la aspiradora demasiado temprano para mi gusto, pues tú me dirás.

—Entonces, te dejamos descansar. Por cierto, ¿has hablado con mi hijo? Llevo toda la mañana llamándolo y me sale el móvil apagado.

—Yo lo he intentado hace unos minutos, y me salía lo mismo. Eso sí, le he enviado un mensaje de WhatsApp para que me llame en cuanto que pueda.

—Por favor, en el momento en el que lo hagas, dile que me llame, que tengo que preguntarle una cosa.

—Pierde cuidado, que lo haré.

Durante todo el día estuve esperando esa llamada.

No quería insistir, porque no quería que pensara que era una de esas mujeres controladoras, pero me moría de la preocupación.

A eso de las diez de la noche, mi teléfono empezó a sonar, y cuando vi su nombre en la pantalla, solté todo el aire que no sabía que estaba reteniendo.

—Hola, Silvia.

—Chico, ¿dónde te has metido? Llevamos todo el día intentando contactar contigo.

No lo dije en un mal tono, más bien en uno de broma, pero él se lo tomó por donde no era, porque me contestó de muy mala forma, como si yo le hubiera dicho algo del otro mundo, cuando no había sido así.

—Mira, Silvia, llevo un día muy jodido hoy, si no te he contestado al mensaje o no te he llamado, es porque no he podido. No estoy para reproches, si vas a hablarme de ese modo, será mejor que hablemos mañana.

—Pues mira sí, porque no creo que me merezca que me contestes de ese modo cuando no te he dicho absolutamente nada. Si para ti, mi preocupación es un reproche, no te preocupes que no te molestaré más.

Corté la llamada, no me daba la gana de que me hablara así, pero él tampoco insistió en hablar conmigo, lo que me demostró que tampoco tenía mucho interés. En vez de decirle que su padre quería hablar con él, avisé a Francis de que ya me había llamado, y que se pusiera en contacto con su hijo.

—Francis, soy Silvia. Tu hijo ya tiene el teléfono operativo, acaba de llamar, pero no me ha dado tiempo a decirle nada sobre lo que me comentaste esta mañana.

—¿Perdona? ¿Cómo que no te ha dado tiempo?

—Porque estaba hoy con los cuernos revelados y no pienso consentir que pague conmigo sus problemas.

—Y haces bien. En este caso, será mejor que yo tampoco lo llame, ya hablaré con él mañana.

Me despedí de Francis y me volví al sofá. Iba a poner una serie, pero no lo hice, pues sabía que no me enteraría de nada de lo que ocurriera, así que, preferí coger mi libro electrónico y continuar con un libro que había dejado a medias.

En esa postura, me quedé dormida en el sofá y, cuando me desperté, el reloj marcaba las seis de la mañana, así que, no me fui a la cama, sino a la ducha, pues mi despertador sonaría en breve, así tendría más tiempo para arreglarme y desayunar tranquilamente en el bar junto a Francis.

Esperaba que Guillermo me llamara antes de entrar a trabajar, pero, por el camino que iba, me parecía que no. Si lo que estaba esperando era que lo llamara yo, que cogiera una silla cómoda y esperara sentado, porque no lo iba a hacer.

—Hola, preciosa. ¿Ya vas para el trabajo?

—Pues sí, quiero desayunar en el bar. ¿No vemos allí?

—¿Por qué no te vienes en mi coche y así hacemos el camino juntos?

—Pues mira, te voy a aceptar el ofrecimiento, porque no me encuentro, ni con ganas ni con capacidad para conducir, la verdad.

—Entonces, no hay más que hablar. Sube, que nos vamos.

—Vale, pero hoy invito yo al desayuno.

—Bueno, bueno, ya lo veremos.

Me subí en el asiento del copiloto y emprendimos el camino a nuestro trabajo. Francis había conseguido un acuerdo con el aparcamiento que había cercano a la sucursal bancaria, y nos hacían un descuento para poder aparcar nuestros coches allí.

Al dejar el suyo en la plaza que tenía asignada, nos encontramos con Susana que bajaba del suyo, acompañada de Santiago, del que no se había vuelto a separar desde esa noche que la invitó a cenar. La felicidad se le veía en la cara, y me alegraba un montón por ella.

—Hombre, pero si está aquí el jefe más buenorro de toda la calle —le dijo a Francis.

—Susana, ¿ni, aunque esté saliendo con uno de mis mejores amigos, vas a dejar de decirme estas cosas?

—Uy, lo siento, pero mi chico no es celoso, además, que sabe que, por mucho que te diga, yo solo tengo ojo para él.

—Y que no sea así, que te pongo en lo redondo de la calle.

—Don Francisco, en la calle, lo único que hay en la calle que sea redondo es la fuente, y yo me he duchado todos los días. Hay que ver, lo que tiene que escuchar una, cuando sabe que somos la envidia de todos los establecimientos de la zona.

Santi negaba con la cabeza, porque a esta mujer no la iba a cambiar nada ni nadie, y que así fuera, porque con lo que llevaba pasado mi compañera en la vida, hubiera terminado loca de dolor. Yo no hubiera podido soportar tanto y seguir viviendo, como hacía ella a diario.