No soy más tonta porque no quiero Capítulo 29
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Capítulo 29

Guillermo

Mi padre me llamó para decirme que todo había salido tal y como estaba planeado, y que, para celebrarlo, nos íbamos a comer todos juntos a un restaurante de la localidad. Su mujer y mi hermana también vendrían, por lo que estaríamos la familia al completo.

Cuando llegué al restaurante, todavía no habían llegado ellos, por lo que me quedé en la barra y me pedí una cerveza, total, si bebía algo más, dejábamos el coche en el aparcamiento, y listo.

Minutos más tardes llegaron mi padre, Silvia y otra mujer que yo no conocía, pero que, al parecer, el día que repartieron la vergüenza ella estaba en la peluquería, porque por su boquita salieron todo tipo de lindezas dirigidas a mi padre y a mí.

Ellos sí que deberían conocerla bien, porque ambos estaban doblados de la risa, mientras que yo no sabía ya donde meterme y, justo cuando mi chica decidió que tenía que ir al baño, mi padre decidió salir a buscar a su mujer y a mi hermana, que estaban en el aparcamiento del restaurante.

—No te asustes, hombre, que no te voy a morder ni nada parecido.

—Pues, fíjate, que después de oírte decir todo lo que has dicho, no estaría yo tan seguro.

—Todo es fachada. Digamos que yo me tomo la vida de otra manera, porque, si a mis cuarenta años, sola y con un divorcio a mis espaldas, no me tomo así, terminaría loca del todo.

—¿Estás divorciada?

—Pues sí, y tengo un hijo de quince años que, como su padre tiene más dinero que yo y lo puede llevar de viaje, comprarle los caprichos y darle una vida más permisiva, en el momento en el que se le preguntó sobre si estaba de acuerdo con la custodia compartida, contestó que no, que él prefería vivir con su madre.

—Joder, pero bueno, supongo que lo verás.

—Supones mal. Su padre, en cuanto que obtuvo la custodia, decidió que se marchaba a trabajar al extranjero, y se marchó con él a Londres. Cuando le toca venir a pasar unos días conmigo, o está malo, o tienen un viaje programado o cualquier otra excusa.

—¿Ni siquiera en Navidad, os veis?

—El día de Navidad, una videollamada desde el lugar dónde estén esquiando con la nueva mujer de su padre, o novia, o yo qué sé.

—Ahora te entiendo esa manera de ver la vida, porque si te pones a analizarlo todo, terminarías en una esquina llorando.

—Como hago cuando estoy a solas en mi casa. Pero he decidido que se acabó, que ya tiene edad suficiente como para llamarme o venir a verme, al menos, una semana al año. Si yo no soy importante para él, entonces, tampoco le daré yo la importancia que le daba.

—Es muy duro eso que estás diciendo. Al fin y al cabo, sigue siendo tu hijo.

—Por supuesto que es mi hijo y, si me necesita alguna vez, aquí estaré. Pero será él quien venga a mí, yo no me pienso arrastra más, mendigando su cariño.

En ese momento llegó Silvia del baño, y lo hacía con una sonrisa en los labios. Susana, que así se llamaba su compañera, cambió de registro de manera automática, y empezó de nuevo con las bromas. Tengo que decir que, después de conocer su historia, ya no estaba tan tenso.

Mi novia le había comprado a mi hermana un regalo, pero no me pudo decir qué era, porque no le dio tiempo, ya que, cuando iba a hacerlo, llegaron las dos, Mía y Marta.

Mi hermana no dudó en salir corriendo hasta dónde estábamos nosotros, pero, en vez de darme un abrazo a mí primero, se lo dio a Silvia, que la levantó en brazos, comiéndosela a besos.

Me encantaba la relación que se había creado entre ellas, porque me dejaba claro que mi niña se sentía querida por ella.

En los tres años que estuve con Cristina, jamás en la vida hizo algo así.

Es más, la mayoría de las veces en las que coincidíamos, ni siquiera eran capaces de saludarse, y eso que Mía tenía alrededor de dos años cuando empezamos.

—Pero bueno… ¿Has crecido de ayer a hoy? —le preguntó Silvia, fingiendo asombro.

—Eso cómo va a ser, chiquilla. Será que hoy me he puesto estas botas, que tienen plataforma —le contestó ella, haciendo aspavientos con la mano.

Todos soltamos una carcajada, porque la enana esta, con cinco años, sabía más que todos los adultos que estábamos allí, juntos. La miré, frunciendo el ceño, como si estuviera enfadado con ella, y puso carita de no haber roto un plato.

—Espera, Silvia, que mi hermano me está mirando que, como tenga que dormir esta noche en vuestra casa, me pone un colchoncito en el porche, al lado de la mesa en la que desayunamos —le dijo a mi novia, que ya no podía parar de reír, hasta las lágrimas tenía saltadas.

—Y eso que todavía no le has dado el regalo, Silvia. Cuando lo vea, se te pega al brazo como si fuera una calcomanía de esas que dan en los pastelitos —le dice mi padre, en un susurro.

—Anda, agáchate que te dé un beso, o cógeme en brazos, que por mucho que tu novia diga que he crecido, no te llego ni a la cintura, chavalote —me dijo a mí mi hermana.

La cogí en brazos y empecé a darle besos en la cara, en el cuello, y en todos los lugares de su cuerpo dónde sabía que tenía cosquillas, haciendo que se retorciera de la risa, hasta que vi que ya no podía más.

Mientras que yo hacía eso, mi padre le presentó Marta a Susana, que volvió a decir los mismos disparates de antes, y que hacía que la mujer de mi padre tuviera hasta las lágrimas saltadas por las barbaridades que esta mujer estaba soltando por la boca.

En cuanto que nos sentamos a la mesa, mi novia le dio a mi hermana el regalo que le había comprado y que, cuando lo vio, parecía que le había tocado la lotería, porque era justo lo que ella llevaba pidiendo un montón de tiempo y que ninguno habíamos querido comprarle.

—Que sepas que, como se manche la ropa, te la voy echando en una bolsa y te la mando a ti los fines de semana —le dijo Marta a mi chica.

—Uy, eso ha sido lo primero que he mirado antes de comprarlo, que no manchara los tejidos permanentemente. Así que, yo encantada de lavarle la ropa a la princesa.

—Silvia, ¿me puedo ir el fin de semana a vuestra casa?

—Claro que sí, preciosa. Siempre que quieras, le preguntas a tu hermano, por si tiene trabajo o algún viaje de trabajo, y te vienes.

—Bueno, sí él se va por trabajo, me puedo quedar contigo. Total, si eres tú la que vas a jugar conmigo más que él.

—Estarás tu quejosa de lo que juego contigo, enana —le dije, fingiendo indignación.

—No, pero, desde que está Silvia, ella juega más que tú.

En un momento de la comida, mi padre se levantó de la mesa, y supimos que algo importante nos tenía que contar, tan solo esperaba que fuera igual de bueno que cuando nos dijo que le habían ofrecido un trabajo aquí.

—A ver, me gustaría contaros algo y preguntarle a mi mujer si está de acuerdo conmigo —dijo mi padre.

—Si le vas a pedir otro hijo y ella te dice que no, yo me ofrezco voluntaria, pero de fecundación artificial nada, eh, aquí se fecunda como toda la vida —le dijo Susana, provocando que todos riéramos de nuevo.

—Si hombre, para otro hijo estoy yo. No quiero ni perro —dijo mi padre.

—Venga, papá, no divagues que no tenemos toda la tarde —le pedí a mi padre, porque como esa mujer empezara con una de sus habituales retahílas, terminaríamos cenando en esa misma mesa.

—Bueno, al lío. Como en Marbella no hay oficina de zona, y en Málaga hay tres, me han ofrecido venirme aquí y, si estáis todos conformes, me gustaría que así fuera.

—¿Cómo no vamos a estar conforme? Allí en Málaga estoy muy a gusto, pero no conozco a nadie. Mientras que aquí, estamos cerca de tu hijo y de nuera, además de todos los amigos de ellos —dijo Marta, completamente emocionada.

—Además, así podré estar más con la niña y, si tenéis que ir a cualquier lugar, o queréis pasar el fin de semana a solas, no necesitáis ni canguros ni coger la carretera —les dije a los dos.

—Jefe, y… ¿dónde tendrías la oficina? —preguntó Silvia, con cierto cachondeo en su tono.

—En vuestra sucursal, en el despacho del fondo, que está vacío.

—¡Ole, ole, y ole, los caracoles! Marta, chochete, tú no te enfades conmigo, pero es que, entrar a trabajar viendo semejante monumento, no es lo mismo que ver la cara de vinagre del director que teníamos antes —le dijo Susana a la madre de mi hermana.

—Uy, cariño, yo no me enfado, siempre que sea tan solo mirar…

—No te preocupes, que yo, cuando entre el primer día, le coloco un cartelito en el cuello que diga “se ve, pero no se toca”, en varios idiomas, para que se enteren también los guiris.

Marta no paraba de reírse con esa mujer, y es que iba soltando una detrás de otra, hasta el punto de que terminó por levantarse y correr al baño, porque no podía aguantar más.

—Gracias, chicos, por dejarme compartir un momento así con vosotros —dijo Susana.

—Susanita, el sábado vamos a hacer una barbacoa en la casa de mis abuelos, vendrán mis padres, nuestros amigos y alguna persona más. ¿Por qué no te apuntas y te vienes? —le preguntó Silvia.

—Dime que va algún maromo soltero y buenorro, y me voy ya y te espero en la puerta —contestó ella, levantando las cejas repetidamente.

—Bueno, ya buscaremos a alguien —dijo mi padre, riendo.

—Jefe, ¿qué edad tiene el nuevo cajero? —le preguntó a mi padre.

—Pues, creo que unos cuarenta y pocos, ¿por qué?

—Porque ahora mismo me voy a ofrecerle una novena a San Judas Tadeo, que es el abogado de los imposibles, para que el gusto no sea solo mío, sino que sea nuestro, no sé si me entendéis.

—Sí, sí, no seas tan específica, que tenemos aquí una niña de cinco años que está con la antena puesta —le dije yo, limpiándome las lágrimas de los ojos.

Esta mujer era muy divertida y me encantaba que estuviera en nuestro grupo, que se fuera integrando con nosotros y que encontrara a una pareja que fuera igual que ella y que nos complementara a todos.

Mientras que mi chica y la mujer de mi padre no llegaban, aproveché para preguntarle a mi padre por el tema de la vivienda y demás, porque, aunque se acababan de mudar, era un piso de alquiler, ya que mi padre quería buscar una casita con piscina, parecida a las nuestras.

—No te lo vas a creer, pero, en el momento en el que me ofrecieron el trabajo aquí, entré en una página inmobiliaria y he encontrado una en tu misma urbanización.

—¿La habrás reservado? Ya sabes que, son tan pocas que vuelan.

—Pues sí, hice la reserva esta misma mañana y, en cuanto terminemos de comer, llamaré a la chica para quedar con ella y verla ahora.

El único inconveniente que tenía mi casa era que no tenía acceso directo a la playa, sino que teníamos que dar toda la vuelta y entrar por un camino habilitado para ello, mientras que la de los abuelos de Silvia sí que tenía y eso era muy, muy cómodo en verano.

Mi padre insistió en invitarnos y, como Marta había venido en mi coche, Silvia y yo nos fuimos cada uno en el nuestro. Eso sí, como mis padres iban a ver la casa, la niña se montó en el coche de mi novia, tenía la impresión de que no nos la íbamos a quitar de encima ni con una manguera a presión.