Capítulo 28
Silvia
Francis redactó un acuerdo de traslado de forma amistosa, alegando diferencias irreconciliables entre los dos.
De esta manera, dejaba claro que no podíamos volver a coincidir en ninguna de las sucursales, haciendo ver que no podría reclamar a ninguna estancia superior dentro de la jerarquía del banco.
—Bueno, pues, señor Mendoza, puede empezar a recoger sus cosas, ya que mañana mismo empieza usted en la sucursal de la avenida principal, sustituyendo al director, que se jubila en dos semanas. Esas se las daremos de vacaciones al pobre —le dijo mi suegro.
Javier me miró con rabia, pero también con un odio que no supe interpretar si era por lo que había ocurrido con el trabajo por el tema de que Francis fuera mi suegro.
Afortunadamente, ya no tendría que verlo más a diario, y eso, para mí, era un descanso, después de cómo me había tratado y como se había portado conmigo en los últimos días.
Aun así, quise saber qué iba a pasar conmigo, y no dudé en preguntárselo a mi futuro suegro.
—Francis, ¿qué va pasar conmigo ahora?
—En cuanto a ti, he pensado que te quedes aquí como directora de la sucursal. De todos modos, tendríamos que contratar a alguien para ese puesto, pues mejor tú, que ya sabes el funcionamiento.
—¿Yo como directora? ¿Estás seguro de eso?
—Por supuesto, así como, a tu compañera, la pasaremos a gestora, mientras que en la caja tengo al chico ideal, amable, simpático y con muchas ganas de trabajar.
Javier terminó de meter todas sus cosas en una caja, y salió de ese despacho, junto con Francis, que iba a acompañarlo a la puerta.
Con todo este jaleo, tuve que llamar a notaría y a los clientes y aplazar la cita para el día siguiente.
No me pusieron ninguna objeción, todo lo contrario, pero es que entendieron que habíamos tenido cambios en la sucursal y que no me daba tiempo a llegar.
Cuando Francis salió de la sucursal para hablar con Javier fuera de allí y de manera privada, Susana, que lo había estado oyendo todo, pues la puerta se encontraba abierta, no dudó en venir hasta mí, con la boca abierta.
—Asquerosa. ¿este es el padre de tu chico?
—El mismo que viste y calza.
—Anda que, bien calladito que te lo tenías, guapa.
—Él me advirtió el domingo, cuando estuvo en casa, que nadie debía saberlo hasta que él no lo dijera.
—Y encima va hasta tu casa, eso es un chollo, chica. ¿Te has planteado hacer un trío con los dos?
El sorbo de agua que me acababa de tomar salió de mi boca como si fuera un aspersor, de lo que esa burra había soltado por la suya. Pero eso no fue nada cuando escuché a Francis hablar por detrás de mí.
—No creo que, ni a mi mujer ni a mi hijo, le hiciera ninguna gracia, la verdad. Por cierto, Susana, ¿verdad?
—Sí, esa soy yo. Y todo es plantearlo, yo me he sorprendido de las respuestas que me han dado las personas que menos me podía imaginar, desde luego.
—Anda, entra conmigo en el despacho, por favor. Silvia ¿te importa quedarte en la caja mientras que hablo con ella?
—Para nada, pero te advierto que esta mujer no conoce la vergüenza, y te lo digo por lo que te puede soltar cuando estéis a solas.
—Hija, que me pintas como si me fuera a desnudar en cuanto que cerrara la puerta… —dijo mi compañera, negando con la cabeza.
—Bueno, por si acaso, dejaré la puerta abierta —dijo Francis, sonriendo, y yo solté una carcajada.
El resto de la mañana resultó ser muy tranquila, mientras que organizábamos todo, Francis se metió en el despacho de dirección para coordinar la incorporación de ese nuevo compañero y avisar a la otra sucursal de que, al día siguiente, llegaría Javier como nuevo director en la oficina a la que lo habían destinado.
—Silvia, he llamado a mi hijo y a Marta para que vengan a comer con nosotros, de ese modo, también le devuelvo el coche a Guille, mi mujer vendrá con la niña en nuestro coche.
—Me encanta la idea de comer todos juntos, estoy deseando de ver a Mía.
—Ay, esa enana nos tiene el corazón robado a todos, a mí el primero.
—Pues, anda que a su hermano…
—Guille se enamoró de ella desde el mismo momento en que la tuvo en sus brazos y, si no ha pasado más tiempo con ella, fue por culpa de Cristina, su exnovia. No sé si te ha hablado de ella.
—Algo me ha contado, pero tampoco mucho. La verdad es que he preferido no saberlo, lo pasé muy mal cuando me dejó de aquella manera.
—Lo supongo, no fue justo para ninguno. Ana debió explicarle a su hijo lo que ocurría, y no hacerle el vacío como le hizo, mucho menos, terminar con su vida de aquella manera.
—¿Cómo encontraste a Marta?
—Eso, eso, dime dónde te encontró Marta que voy a ir yo a ver si hay más hombres como tú —le soltó Susana, y Francis soltó una carcajada.
—El típico cliché de la secretaria y el jefe, pero me costó mucho tiempo admitir que me había enamorado de ella. Fue mi hijo el que nos sentó y nos dijo que no podíamos seguir de esa manera, que, si queríamos comprobarlo, que nos fuéramos a cenar juntos y a solas.
—Yo te hubiera aconsejado que echarais un polvo, nada como el sexo para saber si esa persona es el amor de tu vida. Si a mí me lo hubieran dicho antes… iba a estar divorciada ahora, por los cojones —afirmó Susana, como si hubiera dicho la verdad más absoluta.
Francis no paraba de reírse con esta mujer, incluso la invitó a que viniera a comer con nosotros, y ella aceptó de inmediato. Se enganchó al brazo de mi suegro para ir hasta el restaurante en el que ya nos estaba esperando Guille y al que no tardaría de llegar Marta con la niña.
Antes de llegar vi una juguetería abierta, y no me pude resistir a entrar y comprarle una cosa que sabía que le iba a encantar, pero a ella, porque su madre no sabía yo si se pondría demasiado contenta.
Cuando Francis me vio salir de allí con un maletín de maquillaje para niñas, de lo más completo, pues venía con purpurina para el pelo, accesorios para las uñas, y todo tipo de maquillaje, soltó una carcajada que no pudo reprimir.
—¿Sabes que, en cuanto que le des eso a mi hija, te convertirás en tu persona favorita?
—Eso es lo que pretendo, que tengo mucho cariño que reclamar que os ha dado a vosotros y a mí no.
—Gracias, Silvia. Y no te lo digo por el regalo, que también, sino porque has demostrado un cariño verdadero por mi hija, y eso dice mucho de ti, y de lo que amas a mi hijo.
—Francis, esa niña es un amor, y no se merece menos y, en lo respecta a tu hijo, por supuesto que lo amo, desde que éramos dos adolescentes, y espero hacerme viejecita a su lado.
—Seguro que sí, porque él te quiere de la misma manera.
—Chiquillos, haced el favor de callaros ya, que al final, llego al restaurante con el rímel corrido y no me voy a poder ligar al camarero si está bueno —dijo Susana, haciéndonos reír de nuevo.
Si con mi suegro tenía esas salidas, no os podéis imaginar cuando le presenté a mi novio. A Francis le dolía la mandíbula ya de reír, y Guille, que no la conocía más que de vista, no sabía dónde meterse.
—Mira, jefe, si me dices que vas a tener otro hijo como este, me congelo como Walt Disney para esperarlo.
—¿Qué estás diciendo, loca?
—Chica, que, si el padre está bueno, el hijo es la versión 3.0 de este hombre. Virgencita del Carmen, ¿por qué no me envías a mí uno como estos? Si lo haces, te prometo que salgo descalza detrás de tu paso en la procesión del año que viene.
Cuando soltó eso, tuve que salir corriendo para el baño, porque os prometo que me hacía pis encima de tanto reírme. Guille me miraba suplicante, como diciéndome con su mirada que no tardara, que no lo dejara a solas con esa mujer, porque Francis había salido a recoger a Marta.
Estaba completamente segura de que Marta congeniaría muy bien con Susana, porque ella no era de esas mujeres posesivas e inseguras que tenían que controlar en todo momento con quién estaba su marido o quienes eran las mujeres que pululaban a su alrededor.
En ese sentido la envidiaba mucho, ya que yo no era nada segura con Guille, a pesar de que sabía que estaba enamorado de mí, pero en mi cabeza todavía resonaban aquellas palabras que pronunció en el pasado.