Capítulo 27
Silvia
No sabía si reírme o llorar ante las palabras que estaba pronunciando Javier.
Desde luego, no sabía quién era la persona que lo estaba informando, pero no estaba dando ni una.
Vamos, que mejor que no le hiciera caso si le decía que echara una primitiva, porque, como adivina, no se iba a ganar la vida; no le iba a salir ni el reintegro.
—Mira, Javier, hazme el favor y déjanos desayunar tranquilos, que ya bastante tengo con aguantarte en el trabajo, como para tener que hacerlo también aquí.
—En cuanto a lo del trabajo, siento decirte que tus quejas al director de zona no te han servido para nada; ya le he contado yo mi versión y me ha creído.
—Perfecto, entonces, pero déjame en paz.
Giré la cara y me puse a hablar con Guille, ignorándolo por completo.
Pero estas últimas palabras me habían calado hondo.
Sabía lo que me había contado Francis de este hombre, así como mi chico me había asegurado de que su padre me defendería, pero yo no lo conocía tanto como para saber si era cierto o no.
Era lógico que tuviera ese miedo, que desconfiara de todo el mundo, sobre todo si llevaban el apellido Suárez, pues ya me había llevado demasiados palos en esta vida como para que me fiara de todo el mundo.
Lo mismo y no tenía sentido, pero no podía evitar albergar ese sentimiento de desconfianza y miedo. Me había costado mucho llegar hasta dónde estaba como para perderlo por una gilipollez y cabezonería de un hombre que se había obsesionado conmigo.
Guille me dejó en la puerta de la sucursal y se marchó para su trabajo.
Quedamos en que sería yo la que lo recogiera, puesto que habíamos venido en mi coche; el suyo se lo llevó su padre el día anterior y lo traería de nuevo el sábado, cuando vinieran a casa, ya que íbamos a hacer una barbacoa con todos nuestros amigos, además de nuestros padres, que también asistirían.
Todavía no habíamos decidido en cuál de las tres casas la haríamos, aunque todo parecía indicar que nos reuniríamos en la casa de mis abuelos, ya que era la que tenía el jardín más grande, además de la piscina cubierta y climatizada, en la que Mía disfrutaría muchísimo; estábamos seguros de eso.
En cuanto que entré en mi trabajo, saludé a Susana y me metí en mi despacho. No sabía a qué hora vendría Francis, pero esperaba que no fuera demasiado tarde, entre otras cosas porque me acababa de enterar de que tenía cita en notaría a última hora de la mañana.
No habían pasado ni quince minutos cuando Francis entró por la sucursal. Venía con su traje de chaqueta y su maletín en la mano. Susana, que todavía no lo conocía, porque llevaba muy poco tiempo en ese puesto de trabajo, le preguntó en qué podía ayudarlo.
—Buenos días, caballero. ¿En qué puedo ayudarlo?
—Buenos días, señorita. Soy Francisco Suárez, director de zona, y venía a hablar con el señor Mendoza, el director de la sucursal. ¿Es usted tan amable de avisarlo, por favor?
—Ahora mismo, deme un minuto, que lo contacto.
Susana envió un mensaje a Javier por el canal interno de comunicación y este salió de manera inmediata. Lo hizo con una sonrisa en los labios y como si se conocieran de toda la vida, cosa que no me gustó absolutamente nada.
—Hombre, Francis, qué sorpresa. No te esperaba por aquí.
—Buenos días, Javier. Te rogaría que no actuaras como si nos conociéramos de siempre y vayamos a tu despacho, que tenemos mucho de lo que hablar.
—Perdón, pensé que teníamos un trato cordial.
—Y lo tenemos, pero la cordialidad no tiene que ir emparejada con la confianza y, mucho menos, con la familiaridad.
Javier me echó una mirada de odio, pues, no sabía cómo, había descubierto que Francis estaba ahí por mí, y todo lo que había intentado aparentar, se le estaba yendo a la mierda. Yo, por el contrario, le solté una sonrisa de suficiencia, que no sabía por dónde me iba a salir, dicho sea de paso.
En cuanto que Francis desapareció en el despacho de Javier, Susana no dudó en venir a mi despacho, haciendo gestos con las manos.
Lo cierto es que mi suegro, para la edad que tenía, estaba muy pero que muy bien.
Entendía cómo su mujer, siendo mucho más joven que él, se había enamorado de él, pues, además, era simpático y muy inteligente.
—Madre del amor hermoso. ¿Has visto a ese hombre?
—Sí, ¿por qué?
—Ay, hija, no te hagas la tonta, que está para ponerle un piso y pagarle hasta la comunidad.
Solté una carcajada porque ella, para darle más énfasis al asunto, se abanicó hasta con la mano para demostrarme lo que le provocaba mi suegro, pero yo seguí en mi posición, como si no fuera conmigo.
—Bueno, es guapo, sí. Pero podría ser mi padre.
—Mejor mi padrastro, para poder quitárselo a mi madre.
Esta mujer era de lo que no había, a pesar de que era mucho más mayor que yo, porque calculaba que podía tener un poco menos de edad que mis padres y mi suegro; era como si tuviera quince años, os lo prometo.
—Susanita, cada vez estás más desesperada, hija.
—El divorcio es lo que trae, que después, cuando pasa la euforia, vienen la necesidad y las carencias.
—Claro, como que tú no eres capaz de satisfacerte sola…
—Por supuesto que sí, que tengo el cajón de la mesilla de noche como el muestrario de una comercial de táper sex, pero no es lo mismo, chica.
—Pues nada, entra en el despacho y seduce al jefe, pero a Javier, eh, que me da que al otro no vas a poder, y no te vayas por donde estás pensando, que lo decía porque se ve un hombre serio y seguro que está casado, o tiene pareja…
—Para, para, para, que pareces una metralleta, chavala.
—Uy, eso me ocurre cuando me pongo nerviosa.
Justo en ese momento, se abrió la puerta del despacho de Javier y apareció la cara de Francis, que me guiñó un ojo sin que nadie lo viera y que me sacó una sonrisa. Por suerte para mí, cuando hizo eso, Susana estaba de espaldas a la puerta, o me habría buscado un interrogatorio.
—Señorita Medina, es usted tan amable de venir, por favor.
—Ahora mismo, señor Suárez.
—¿Cómo sabes tú cómo se llama el buenorro del jefe supremo? —Me murmuró Susana entre dientes.
—Porque lo he conocido en la reunión de Barcelona.
Uf, me había librado por los pelos, porque si llega a descubrir de qué lo conocía, se me hubiera caído el pelo. Caminé hasta el despacho; iba nerviosa, a pesar de que la cara de Francis me decía que todo estaba saliendo tal y como lo habíamos planeado.
—Aquí estoy, señor Suárez.
—Siéntese, por favor.
—Gracias.
—Señorita Medina. ¿Podría explicarme las diferentes situaciones a las que se ha visto sometida por parte del señor Mendoza?
—Ahora mismo…
Empecé a explicarle todo lo que había sucedido desde que llegué, cómo se había insinuado y mi constante negativa a mantener algo más que una amistad con él. También cómo, reiteradamente, había recurrido a los insultos, tanto hacia mí como hacia mi pareja.
Javier no levantaba la cabeza del suelo; era como si quisiera mostrarse arrepentido delante de su jefe, pero nada más lejos de la realidad. Era otro papel el que estaba interpretando, como la intención de salir sin daños de todo este entuerto que había mantenido él.
—Bueno, como no queremos enfrentarnos a una demanda por acoso laboral, vamos a tomar medidas al respecto —dijo Francis.
—¿Qué tipo de medidas? Porque no creo que sea justo que sea yo el que me tenga que mover, cuando ha sido ella la última en llegar —protestó Javier.
—Sí, pero da la pequeña casualidad de que no ha sido ella la que te está molestando a ti; eso sin contar con que su pareja, esa a la que te has hartado de insultar, es mi hijo y, por lo tanto, ella es mi nuera —aclaró Francis.
—¡No me jodas, Francis! ¿Todo esto va de favoritismo familiar? Porque, como sea yo el que me tenga que marchar, no dudaré en ir a donde tenga que ir para conseguir que anulen mi traslado.
—Entonces, seré yo la que nos cubra las espaldas, presentando una demanda por acoso y ya no es que te trasladen, sino que te pondrán de patitas en la calle.
Javier me miró como si no se terminara de creer lo que estaba diciéndole, pero no me importó; saqué mi teléfono y llamé a mi primo Antonio, que era abogado en una gran empresa y que no dudaría en representarme si era necesario.
Cuando vio que estaba hablando en serio, bajó los humos y le pidió a Francis que no lo enviara lejos de la ciudad, porque ahí tenía su casa y a su familia, y mi suegro aceptó sin problema.