No soy más tonta porque no quiero Capítulo 26
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Capítulo 26

Guillermo

Cuando vi a Mía hablando con Silvia y vi la cara que llevaba, con las lágrimas saltadas, lo cierto es que me descompuse. Estaba seguro de que había visto a Marta dormir en nuestra cama y, como era lógico, había pensado algo que no era, como que Marta era mi pareja y la niña mi hija.

Al final, y después de mucho intentarlo, pude aclarar todo con ella. Cuando comprendió lo que pasaba, cuando fue consciente de que había metido la pata hasta el corvejón, puso una cara que me provocó una carcajada.

Tuvo una conexión con mi hermana y con Marta que me encantó. En ningún momento se cuestionó mi relación y mi forma de tratar a la mujer de mi padre, todo lo contrario, nos miraba sonriente, como si fuera lo más normal del mundo.

A las cinco de la tarde, después de que hubiéramos comido y cuando nos estábamos tomando un cafelito, llamaron a la puerta y llegó mi padre, con cara de cansado y arrastrando una maleta de fin de semana. Cuando mi hermana lo vio, salió corriendo a recibirlo y mi padre la levantó en alto.

—¡Papi! ¿Sabes que Guille me va a comprar un perrito para tenerlo en su casa y que juegue conmigo los fines de semana que venga?

—Eh, eh, enana, que todavía no te he dicho que sí.

—Bah, me dijiste que lo que te dijera Silvia, y a tu novia me la meto yo en el bolsillo con unas cuantas carantoñas.

Solté una carcajada por la manera en la que lo dijo, mientras que mi padre me miraba con una ceja arqueada, sin saber si creer lo que le había dicho la niña o no.

Por eso, dejamos a la niña allí, en el salón, viendo los dibujos animados, y salimos al jardín, donde estaban Silvia y Marta, riendo por algo que tan solo ellas sabían.

Cuando fui a presentarle a mi padre a mi novia, vi cómo ambos se sorprendían de verse. ¿Sería que se recordaban de aquel día? ¿Se conocían de algo más? Sé que fue algo irracional, pero sentí unos celos terribles, sobre todo por la sonrisa que ambos pintaron en sus labios.

—No me lo puedo creer, de verdad. Ahora entiendo que el mundo es un pañuelo —dijo mi padre.

—Ni que lo diga, señor Suárez.

—Uy, eso de señor Suárez nada más que en el trabajo, que aquí soy Francis, tu suegro.

Marta y yo nos quedamos mirando, sin entender nada de lo que hablaban, y asombrados por el abrazo que ambos se dieron. ¿Qué estaba pasando aquí? ¿Trabajaban juntos? No, no podía ser porque en el trabajo de Silvia tan solo estaban Javier y Susana, aparte de Silvia.

—Bueno, ¿nos explicáis de qué os conocéis? —Pregunté yo.

—Hemos estado en el mismo hotel y en el mismo trabajo de negocios. Tu padre es el director de zona de mi banco, al que fui a contarle lo que me pasaba con Javier.

—No me jodas, papá. Anda que si lo llego a saber antes…

—Bueno, ahora que ya estamos tranquilos y a solas, quiero que me cuentes todo lo que te ha sucedido con el director de tu sucursal, pero antes, quiero que me cuentes cómo os habéis conocido, porque ha sido todo demasiado rápido, ¿no?

—¿Rápido? Pero si nos conocemos de toda la vida, papá. Ella es Silvia, mi primera novia, la que dejé aquel día…

Mi padre soltó una carcajada porque de verdad que a quien le contáramos nuestra historia, podía pensar que estábamos de cachondeo porque era digno de una telenovela.

Al final, se quedaron todos a dormir en mi casa, los tres en nuestra cama y nosotros dos en la cama pequeña. Definitivamente, teníamos que amueblar la habitación que teníamos libre y convertirla en otro dormitorio de matrimonio, para cuando llegara mi padre con su familia.

Pedimos la cena en uno de los restaurantes de la urbanización y, mientras que no llegaba, mi padre se puso a indagar sobre la relación de Javier con Silvia, y ella no dudó en contarle lo que ocurría. Entre los dos prepararon una encerrona para el director y yo me partía de la risa.

—Vamos a ver, Silvia, nadie tiene que saber que soy tu suegro. Como me voy a quedar aquí, el martes te vas a ir al trabajo, como cualquier día, y yo haré una visita sorpresa.

—Seguro que se comporta como el ser más adorable del mundo.

—No, porque conmigo no tiene secretos. Ya me había contado que había llegado una nueva gestora a la oficina y que no pararía hasta que pasara por su cama, que se convertiría en la persona más adorable del mundo con ella.

—Será cabrón… —dije, sin poderlo remediar.

—Guillermo, te pido, por favor, que lo dejes en mi mano, que no interfieras, por mucho que tengas la tentación.

—Una preguntita… ¿Sabes si ha sido él quien me ha enviado este mensaje?

—A ver… no, ese número no es el suyo, pero sí que es de alguien del banco, porque todos van correlativos. Déjame que lo anote y lo compruebe mañana.

—Si ha sido él, ha tenido que poner vigilancia en tu casa, porque si no, no lo entiendo, de verdad —dijo mi chica.

—Pues no he visto a nadie rondando por aquí —le contesté a Silvia.

Cuando mi padre y su familia se marcharon el lunes por la tarde y Silvia y yo nos quedamos a solas, noté cómo mi chica se vino abajo. Sabía el motivo por el que lo estaba haciendo e intenté quitarle hierro al asunto. No es que no me hubiera dolido su desconfianza; simplemente era que la entendía.

—Silvia, no tienes que sentirte mal; si hubiera sido al revés, créeme que me hubiera puesto como los locos.

—Es que me siento mal; debía haber preguntado antes, pero el dolor me cegó.

—Te entiendo, pero quiero que me prometas una cosa.

—Dime, pero que no sea muy difícil.

—En el momento en el que desconfíes de algo, que cualquier cosa que yo haga te produzca dolor, por favor, dímelo, abofetéame la cara si te vas a sentir mejor, pero nunca más te marches de mi lado.

—Te lo prometo, pero, por favor, si vas a meter a una mujer en tu casa, dímelo antes y así no me llevaré estos disgustos.

—La única mujer que va a entrar en esta casa, que no es mi casa, sino la nuestra, porque vivimos los dos, será la mujer de mi padre o tú; absolutamente nadie más.

Esa noche volvimos a hacer el amor. Dios, la había echado tanto de menos estos días que no entendía cómo había podido vivir sin ella durante todos estos años que hemos estado separados. Me encantaba dormir abrazado a ella, oliendo su cabello; para mí, era como el mayor de los elixires.

Esa mañana nos levantamos para ir al trabajo y la noté especialmente nerviosa y sabía el motivo de esos nervios. Lo primero que hice fue darle un beso para intentar tranquilizarla y hablé con ella.

—Todo va a salir bien, cariño. Mi padre está detrás de todo esto.

—Eso es lo que más me preocupa, que tu padre se ponga de su lado y ya no solo me afecte en el tema laboral, sino también en el personal.

—Eso no va a pasar nunca, Silvia. Mi padre te adora por cómo eres con su hija y conmigo, por cómo eres como persona y por el amor que ha visto que nos tenemos.

—Es inevitable tener miedo.

—Venga, vámonos ya y desayunamos juntos en el bar en el que lo haces todos los días.

Nos subimos al coche y pusimos rumbo hasta el trabajo, donde encontré un aparcamiento a la primera. Entramos en el bar y nos sentamos en una de las mesas que había libres, donde nos pedimos un desayuno completo para los dos.

Todavía no le habíamos dado el primer bocado a la tostada, cuando entró el cabrón de Javier, que nos miró con una sonrisa de suficiencia, como si se estuviera riendo de Silvia, y lo confirmaron las palabras que pronunció a continuación.

—Vaya, no solo eres facilona, sino que también acabo de descubrir que no tienes ni una pizca de dignidad. Vamos, que eres una joyita, Silvia.

—No le hables así a mi mujer, porque te juro que no respondo —le dije en tono amenazante.

—¿A tu mujer? Ja, ja, ja, ja. La tienes como un entretenimiento; no mientas más. Si hasta tienes una esposa y una niña…

—Ah, ¿sí? ¿Dónde se supone que están y quiénes son? —le preguntó Silvia, sabiendo por dónde iban los tiros.

—Vivían con él en Barcelona y ahora se las ha traído a Málaga, donde viven en una urbanización de lujo. Te aseguro que, dentro de unos días, te dirá que tiene un viaje de trabajo para ir a verlas, al igual que han estado en su casa este fin de semana, aprovechando que tú no estabas.