Capítulo 25
Silvia
Estaba como loca por volver a casa, porque las reuniones en cuestión resultaron ser un coñazo, además de que Javier también estaba allí.
Me dijo que era para todo el puente, pero no, el sábado por la tarde terminó todo, y no dudé en coger el billete de mi vuelo para el domingo a las siete de la mañana.
Ahora sí que tenía claro que lo había hecho para putearme, pero no me iba a quedar de brazos cruzados y, en uno de los descansos, no dudé en acercarme al director general de la zona sur para plantearle mi caso.
Me dio un correo electrónico y me comunicó que le pasara en un informe todas las fechorías que me había hecho.
—¿Ya te vas, Silvia? ¿Temes que tu novio te esté poniendo los cuernos? —Me dijo, delante de un montón de gente, a modo de gracia.
—Uy, para nada, es que ya estoy harta de ti. Vale que te tenga que soportar de lunes a viernes, pero los fines de semana y los puentes, son para mí. Por cierto, esta semana no te veo, que la tengo libre.
—¿Dónde está eso escrito? Que yo sepa, todos los que estamos aquí iremos a trabajar el martes, y no vamos el lunes porque es festivo.
Me entraron ganas de cruzarle la cara, pero bien, de esos guantazos que se dan con la mano abierta y que te dejan más a gusto que un arbusto, pero no quería montar un numerito allí en medio, por lo que preferí darme la vuelta y seguir mi camino, ya que había recibido el mensaje de la aplicación de los taxis de que me estaba esperando en la puerta.
Durante el viaje intenté dormir un rato, pero me fue imposible. Era demasiado temprano cuando me levanté, tanto que cuando me crucé con Javier y los demás, ellos venían de marcha. Los nervios no me dejaron hacerlo.
¿Por qué me había dicho eso Javier? ¿Acaso sabía él algo que yo no sabía? No, no podía ser; seguro que lo había hecho para molestarme, para sembrar la duda en mí, y no es por nada, pero lo había conseguido.
En cuanto que aterrizó el avión, encendí el teléfono para llamar a Guille y decirle que había vuelto, pero recibí un mensaje de un número que no conocía y, al abrirlo, me quedé medio sorprendida, pero, aun sin saber de quién era, decidí seguir su consejo.
Número desconocido: No avises a tu novio de tu vuelta y ve corriendo a tu casa; lo mismo te encuentras con algo que no te va a gustar.
Un nudo se formó en mi estómago y, de repente, me entraron unas ganas enormes de vomitar, por lo que salí corriendo hasta el primer baño que encontré, donde vacié lo poquito que había desayunado.
Salí y me monté en el primer taxi que había en el aeropuerto y le di la dirección de mi casa.
Todavía me quedaba un buen rato de carretera por delante y aproveché para ir tranquilizándome.
No avisé a nadie de que llegaba, por lo que todo el mundo me esperaba esta noche o al día siguiente, nunca tan temprano.
Entré en la casa en la que había empezado a vivir con Guille y me extrañó ver un coche que no conocía, pero no dije nada; guardé silencio. Metí la llave de manera sigilosa, por si acaso había alguien más dentro y estaba durmiendo.
Cogí el pasillo que me llevaba hasta las escaleras que daban a la planta de arriba, en la que se encontraban los dormitorios. Abrí lentamente la puerta de la habitación que compartíamos Guille y yo, y me encontré a una mujer morena, guapísima, durmiendo en ella.
Me entraron ganas de gritar, de sacar a esa mujer por los pelos de la habitación, de esa cama en la que hacíamos el amor cada noche Guillermo y yo, pero no me merecía la pena.
Si él no había sabido respetarme y había metido a una mujer en nuestra cama a las primeras de cambio, no sería yo la que se quedara en esta casa.
Bajé las escaleras, llorando sin poderlo evitar, cuando me encontré a una niña de unos cuatro años que me miraba sonriendo. Era preciosa y se parecía muchísimo a Guillermo, por lo que deduje que sería su hija, y no sé qué me dolió más.
—Hola, soy Mía. ¿Mamá sigue durmiendo?
—Hola, Mía, yo soy Silvia. Sí, tu mamá sigue dormida; no la despiertes…
—Claro, es que anoche se durmió muy tarde, se quedó tomando un refresco con esa otra cosa en el salón, y yo me fui a dormir antes…
—Pues mira qué bien. ¿Estás solita?
—No, pero… ¿por qué lloras?
—Mía, te he dicho que no molestes a tu madre, que anoche nos acostamos muy tarde, que la dejaras dormir… —dijo Guille, que se sorprendió al verme.
—Buenos días, venía a darte una sorpresa y, al final, la sorpresa me la he llevado yo.
—Silvia, esto no es lo que estás pensando.
—¿Por qué todos los tíos decís lo mismo? ¿Nos veis cara de gilipollas o qué?
—Hala, ha dicho una palabrota…
—Mía, cariño, ve al jardín y ponte a jugar con la pelota; enseguida vamos nosotros.
—Dirás que vas tú, porque yo, en cuanto que esa mujer se levante, recojo mis cosas y me marcho a mi casa, de la que nunca debí salir.
—Silvia, de verdad que no es lo que te imaginas.
—Claro que no, se tropezó y cayó dentro de la cama, ¿no?
—No, ella ha dormido ahí, con la niña, y yo he dormido en la habitación de invitados. No estaría bien que durmiera con la mujer de mi padre, ¿no crees?
Dios, me sentí la persona más estúpida del mundo. Había metido la pata hasta detrás de la oreja y sentía una vergüenza que me moría. Guille, que lo notó, soltó una carcajada que resonó en todo el salón, y la niña, que nos oyó, no tardó en venir hasta donde estábamos nosotros.
—Mía, mi amor, cuéntale a Silvia cómo se llama tu padre y quién soy yo.
—Ay, Guille, ¿te has dado un golpecito en la cabeza y has perdido la memoria?
—No, enana, es que es mi novia y pensaba que tu madre era mi mujer y que tú eras mi hija.
— Wualaaa , ¿eres la novia de mi hermano? ¿Tú tampoco me vas a dejar que me quede a dormir algún día con vosotros? Porque si eres igual que la otra, ya me puedo ir despidiendo del perro…
—¿Perdona? ¿Un perro? ¿Qué hablas de que no te voy a dejar dormir aquí? No entiendo nada, de verdad.
—Ven, anda, que yo te lo explico, pero antes, dame un beso, que me lo merezco —me dijo Guille, poniendo morritos.
Cogí su cara con las dos manos y le di un beso en los labios. Quise separarme, pero puso sus manos en mi cintura y no me dejó separarme de él. La niña nos miraba con una sonrisa en los labios; no parecía extrañarse de este comportamiento.
—Mi madre también le hace lo mismo a mi padre, que, por si no te has dado cuenta, es el mismo que el de mi hermano Guille.
—Con respecto a lo que ha dicho Mía…
Me estuvo contando que Cristina, su exnovia, no quería que la niña se quedara en la casa en la que vivían y que, por eso, no tenían todo el contacto que deberían. Me dio una pena horrible lo que me estaba contando y, por eso, cogí a la niña y me la comí a besos.
—Conmigo no tendrás ese problema, preciosa. Podrás venir y quedarte aquí todo el tiempo y todas las veces que quieras.
—¿Me lo dices en serio?
—Claro que sí, a mí me encantan los niños, y podemos jugar a las peluquerías, y pintarnos las uñas, y…
—Buena cosa le has dicho a mi hija. Que tengas claro que la vas a tener aquí casi todos los fines de semana, pues le acabas de describir el plan perfecto —me dijo esa mujer.
—Silvia, ella es Marta, la mujer de mi padre. A ti no te tengo que decir quién es ella.
—Encantada, Silvia, y perdona por haber ocupado tu cama. Mía, creo que nos vamos a tener que marchar a casa antes de lo pensado, que tu hermano querrá pasar un rato a solas con su novia…
—De eso nada, si sois la familia de Guille, siempre seréis bienvenidos; nosotros ya tendremos tiempo de estar a solas —le dije a Marta.
Según me dijo, su marido estaba de viaje de negocios en Barcelona, desde donde había venido yo, y no habíamos coincidido en el vuelo de milagro. No me acordaba de la cara de Francis, pues tan solo lo había visto el día de marras y, como os podéis imaginar, no estaba la cosa para presentaciones.