No soy más tonta porque no quiero Capítulo 24
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Capítulo 24

Guillermo

Esa tarde, en cuanto que llegamos a casa, nos dimos una ducha y nos pusimos el pijama para, después, meternos en mi despacho y revisar toda la documentación que Javier le había dado a Silvia para que preparara la operación.

No dudé en sentarme con ella para que, entre los dos, lo termináramos lo antes posible. Pero no contábamos con una cosa: que faltaban datos, faltaba documentación y, sin eso, mi chica no podía terminarlo.

Teníamos claro que lo había hecho a propósito, para volverla loca y para que ella no supiera cómo seguir, pero encontré la manera de hacerlo, de darle con todo en los morros. Se creía muy listo, pero no contaba con que yo lo era más que él.

—No te preocupes, que con lo que tenemos, podemos hacer un análisis bastante completo de toda la situación.

—Espera, que lo pienso llamar y ponerlo verde…

—No, eso es lo que él está esperando, que tú lo llames y le digas que no puedes trabajar porque te faltan datos y, de ese modo, poder echarte la bronca. No le des lo que está buscando.

—¿Y cómo lo hago? No podré hacerlo de manera exhaustiva.

—Sí que se puede hacer; déjame que te ayude.

—Está bien, a ver si tú me puedes aclarar mis dudas…

Con toda la documentación encima de la mesa, anotando datos en una libreta y cruzando datos, pudimos sacar todo lo que ella necesitaba. Nos costó mucho más trabajo que si el cabrón de Javier le hubiera facilitado todo lo necesario.

Sabía que ella no iba a comprobar nada hasta que llegara a casa y que, de este modo, no le podría decir ni reclamar nada. Más de dos horas tardó Silvia, después de tener todo claro, en preparar la propuesta de financiación, pero, por fin, habíamos terminado.

Nos sentamos en el sofá a ver una serie, con chuches y patatas fritas, pues todavía era temprano para cenar y estábamos de lo más a gusto.

Mientras que mi chica trabajaba, yo fui a casa de sus abuelos para traerme toda la ropa y la mayoría de sus efectos personales, que Pepe y Antonio me habían preparado ya.

En ese intervalo entre mi casa y la suya, me llamó Marta, pues el día anterior le envié un mensaje para decirle que ya volvíamos hoy a casa y que todo estaba bien, que tan solo había sido un susto.

—Guille, ¿te viene mal que vayamos a pasar el puente a tu casa?

—Para nada, estoy como loco por ver a Mía; además, quiero contarte algo cuando vengas.

—No, no, me lo cuentas ahora, que no puedo esperar a que llegue el viernes.

—Pues lo siento por ti, pero no te pienso decir nada. ¿Mi padre también viene?

—Tu padre tiene que salir de viaje a Barcelona, a una reunión de su empresa, y no volverá hasta el domingo, como muy pronto.

—Joder, me hubiera gustado que vinierais los tres.

—Lo sé, pero seguro que él se nos une cuando vuelva.

—Eso espero. Bueno, te dejo, que tengo mil cosas que hacer.

—Cuídate, te quiero.

—Yo también os quiero. Un beso.

La semana pasó demasiado rápido, pero no de manera tranquila, porque Javier continuó puteando a Silvia en el trabajo, día tras día, hasta el punto de que, el miércoles, salió llorando de la sucursal.

Poco me faltó para ir a buscarlo y partirle la cara al gilipollas ese, pero me frenó ella, que dijo que iba a aprovechar la reunión para exponer sus quejas ante un superior.

Y había llegado el momento de que ella se fuera para tomar el vuelo hasta Barcelona. Quise acompañarla al aeropuerto de Málaga, pero no me dejó; me dijo que, ya que iba a estar jodida todo el puente, que fuera el banco el que se hiciera cargo de los gastos.

Según me comentó, tenía que ir pidiendo facturas de todo y, cuando estuviera de vuelta, lo pasaba por la caja de la sucursal como gastos de representación, y se lo abonaban en la cuenta.

La entendí, aunque me hubiera encantado acompañarla, entre otras cosas, porque hoy era festivo y Marta y mi hermana no vendrían hasta por la tarde.

La besé de la manera en que a ambos nos gustaba, para que no se olvidara de mí, para que supiera que la iba a echar de menos tanto o más que ella a mí.

En un principio, pensé en decirle a la mujer de mi padre que dejara la visita para el siguiente fin de semana y marcharme con ella, pero me daba cosita por la niña, que estaba como loca por verme.

La realidad es que, desde que nació, nunca habíamos estado tanto tiempo separados. Aunque viviéramos en casas diferentes, siempre encontraba un hueco para ir a verla, ya que Cristina no quería que la niña viniera a casa; decía que ella no estaba preparada para cuidar a nadie más que no fuera ella.

Cuando Silvia se montó en el taxi y salió de mi campo de visión, entré de nuevo en mi casa, bueno, en nuestra casa.

Me puse a organizar todo, a ponerles las sábanas limpias a Marta y a la niña en mi cama, pues tan solo teníamos una habitación grande; en la de invitados teníamos una cama individual, y en la otra, tenía el despacho.

También preparé la comida preferida de Mía, que se moría con mi tortilla de patatas y con mis pimientos fritos. La muy granuja decía que ni su madre, ni nadie, le daba el punto de sabor y de sal que yo le daba. Tendría cara, ni que fuera algo que requiriera una elaboración especial.

Casi sin darme cuenta, se pasó toda la mañana y me di cuenta cuando recibí la llamada de Silvia para decirme que ya había llegado y que tenían la primera reunión a las cinco, sin saber a qué hora terminaría.

—Creo que me podré volver el domingo por la noche o el lunes por la mañana. El vuelo que he cogido es abierto, por lo que, en cuanto que termine, me largo para Marbella.

—Te estaré esperando con los brazos abiertos. Hace unas horas que te has ido y ya te echo de menos.

—Esta noche no sé si me dará tiempo a llamarte, pues me acaban de indicar que tenemos una cena a las nueve, para inaugurar no sé qué historia.

—No te preocupes, me llamas mañana por la mañana o cuando puedas. Eso sí, cuando llegues de nuevo a la habitación, me envías un mensaje, por favor, para quedarme tranquilo.

—Lo haré; pierde cuidado. Ahora, te dejo, pórtate bien y échame de menos.

—Eso, por descontado. No me pienso mover de la casa en todo el fin de semana. Tu primo ha venido para decirme que se van a ir a la sierra, por si nos apuntábamos, pero, como no estabas, les he dicho que no.

—Joder, el primer plan todos juntos y lo tengo que fastidiar yo.

—Tú no has fastidiado nada, y tenemos por delante mucho tiempo para disfrutar en pandilla, tanto como para que lo hagamos también a solas, los dos.

Me despedí de ella, pues alguien la estaba llamando para ir a la primera reunión, y antes tenía que comer, justo cuando llamaron a la puerta de mi casa, ya que la verja la había dejado abierta para que Marta pudiera meter el coche dentro y no tuviera que esperar fuera.

En cuanto que mi hermana me vio, salió corriendo para abrazarme. Marta no le quiso decir a dónde venían, por lo que la sorpresa fue total para ella, que se me colgó del cuello como si fuera un mono. Por suerte, no pesaba demasiado y la pude coger al vuelo.

—¡Guille! Mamá no me dijo que veníamos a verte.

—Mucho mejor que eso, enana, vas a pasar aquí, conmigo, todo el puente.

—Hola, Guille. ¿Qué tal va todo? Por la cara que tienes, me parece que estás mejor de lo que me podía imaginar.

—Hola, Marta, ven aquí y dame un abrazo. Tengo tanto que contarte…

—Eso digo yo, que me has tenido toda la semana dándole vueltas a la cabeza. Vamos, tanto, que tu padre todavía no había salido por la puerta para ir al aeropuerto, y ya estábamos las dos montadas en el coche.

Solté una carcajada porque a cotilla no la ganaba nadie. Entramos en la casa abrazados, con mi brazo por encima de sus hombros y el suyo por mi cintura. Siempre hacíamos lo mismo; ya mi padre estaba acostumbrado a vernos así.

La mesa ya estaba puesta, y Mía ya les había metido mano a los pimientos fritos, provocando la risa tanto de su madre como la mía.

Saqué el móvil y le hice una foto, que le envié a mi padre.

Ya la vería en cuanto que encendiera el teléfono, porque no me daban los dos palitos como que le había llegado.

Mi hermana comía como una lima sorda; en eso, me recordaba mucho a Silvia, que no tenía fin. Aparte de la tortilla y de los pimientos, también comió ensalada y un helado. Cuando terminó de comer, no podía ni con su cuerpo, por lo que se sentó en el sofá y se quedó frita.

—Venga, que me tienes que contar, que me muerdo las uñas de la impaciencia.

—Me he reencontrado con Silvia, de la manera más casual que podía haber, y estamos viviendo juntos.

—¿Perdona? No puede ser, tan solo hace como una semana y media que estás aquí… ¿Has viajado en el tiempo o algo?

Solté una carcajada y le conté todo lo que había pasado y cómo la tormenta y el desalojo nos habían unido. Ella me miraba completamente asombrada, como si le estuviera contando el argumento de una película de esas de los sábados por la tarde.

—De verdad, compra un cupón, porque no lo puede haber con más suerte que tú, chico.

—Lo sé y me siento tan bien, tan completo…

—Es normal; a mí me pasa con tu padre: lo miro y siento que no he podido encontrar un hombre mejor. Espero que me hagas la madrina de tu boda, que estoy como loca por ponerme una mantilla.

—Uy, uy, no corras mucho, que, para eso, todavía queda…

—Al paso que vais, voy encargando el vestido, porque os casáis antes de que llegue el verano.

Ella lo dijo con tanta seguridad y mirándome de una manera que solté una carcajada de tal calibre que desperté a la niña. Como el día estaba soleado, decidimos salir al jardín para que Mía pudiera jugar con la pelota conmigo y con su madre.

—Venga, Mía, que ya hace frío. Vamos a darte un baño y a ponerte el pijama antes de cenar.

—Mami, pero si todavía es muy temprano; además, quiero pedirle algo a Guille.

—¿Qué quieres pedirme, enana?

—Ay, no me digas así, que ya he crecido.

—Es verdad; usted perdone, señora alta. ¿Qué me vas a pedir?

—Un perrito, para que, cuando venga a tu casa los fines de semana, pueda jugar con él. Es que papá no me lo quiere comprar; dice que ya tiene bastante con tener que sacarme a mí de casa, como para también pasear al perro.

Solté una carcajada porque a mí me decía lo mismo de pequeño y nunca me lo compró. No estaba muy en desacuerdo con ella, pero antes tendría que hablar con Silvia; no sabía si ella estaría dispuesta a convivir con un perro.

Por un momento, pensé en mi hermana con ella, jugando en el jardín los fines de semana, y una sonrisa se me pintó en los labios. No es que pensara traerme a la niña todas las semanas, pero sí que lo haría alguna más que otra.

—Bueno, ya veremos cómo se portan los reyes.

—Hijo, pídeselo a Papá Noel, que viene antes.

—No te preocupes, Guille, que ella siempre tiene que decir la última palabra —me dijo su madre, negando con la cabeza.