No soy más tonta porque no quiero Capítulo 23
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Capítulo 23

Silvia

La mañana en el trabajo fue demasiado incómoda; no era a lo que estaba acostumbrada; había una tensión que no era ni medio normal, y mi compañera de caja lo notó, sobre todo porque nuestro jefe entró y no me dijo ni hola.

A la hora del desayuno, tampoco me avisó y se marchó solo. No quería coincidir conmigo, pues ya iría yo cuando él volviera, porque no pensaba cruzarme con él en el bar ni tenía intención de irme al otro que estaba a tres calles más allá.

Pasó su hora y, viendo que no volvía, salí de mi despacho y me dirigí a mi compañera Susana, que estaba terminando de atender a un cliente de toda la vida, que nos trataba como si fuéramos sus nietas, y eso me encantaba.

—Susi, ¿sabes si Javier tenía que hacer alguna gestión cuando terminara su hora del desayuno? —Le pregunté, pero no le dio tiempo a contestar porque, en ese mismo momento, llegaba él.

—Si tengo que hacer alguna gestión o no, fuera de aquí, no es de la incumbencia de ninguna de las dos —me contestó.

—¿Perdona? Por supuesto que es de nuestra incumbencia, porque somos un equipo y el trabajo se saca en conjunto.

—No, aquí soy yo el director y no tengo que darle explicaciones a nadie. ¿Ha quedado claro? Pues, ahora, todo el mundo a trabajar.

—De eso nada. Ahora voy a ir a desayunar y cuando yo vuelva, irá Susana.

—A ti ya se te ha pasado la hora. Susana, te vas tú y Silvia te cubre.

—¿Ahora tengo una hora específica para salir a desayunar?

—Siempre la has tenido de nueve a nueve y media. Otra cosa es que yo te haya permitido que salieras y entraras cuando te diera la gana, pero se terminó.

—De verdad… Será mejor que me meta en mi despacho, que no quiero decir cosas de las que luego me pueda arrepentir.

—No, dilo. Te aseguro que, después de lo de este fin de semana, ya no me sorprende nada de ti.

—Vete a la mierda, Javier.

—No te olvides de con quién estás hablando, Silvia. Sigo siendo tu jefe y te puedo abrir un expediente.

—Ábrelo. Por mí, como si en vez de un expediente quisieres abrir la ventana, me la trae al pairo. Lo que tienes que hacer es ser un profesional y no mezclar las cosas.

—Ahora es cuando estoy siendo profesional, no antes, cuando actuaba de manera completamente arbitraria contigo, dejándome llevar por nuestra amistad.

—¿Amistad? ¿Llamas amistad a eso que hemos tenido? No, querido, eso no era amistad, era interés, por tu parte, por supuesto.

—Piensa lo que quieras; ya me da igual. Te veré caer y llorar cuando ese tío te vuelva a dar la patada, y entonces, me reiré de tus decisiones y de tus lágrimas.

Con esas palabras me dejó claro que no se trataba de una buena persona, que tenía mucha maldad y rencor guardados en su interior. No era la persona que yo pensaba que era y, con él, sí que me había equivocado, de todas, todas.

Cubrí a mi compañera, que, al volver, no dudó en traerme un café y un montadito de jamón, porque no me iba a quedar sin comer nada hasta la hora de salida del trabajo, porque me podría dar algo, con lo que yo tragaba, madre mía de mi alma.

Entré en mi despacho y, como no había clientes, Susana entró detrás de mí, eso sí, con la puerta abierta, por si entraba algún cliente, poder atenderlo. No entendía nada porque, la última vez que nos vio juntos, estábamos bien y ahora, se encontraba con esto.

—¿Me puedes explicar qué ha pasado entre vosotros? Porque estoy completamente contrariada, de verdad.

—Es una historia muy larga, pero, resumiendo, Javier se pensaba que yo iba a tener algo con él y se ha dado cuenta de que no lo habrá nunca. Entre otras cosas, porque me he reencontrado con el amor de mi vida.

—¿En serio? ¿Ha sido tan poco maduro como para tomárselo así?

—No sé si es falta de madurez, rencor o que le han salido mal los planes, pero el caso es que me montó un numerito el domingo en el hotel en el que estábamos alojados, y hoy me he encontrado con esto.

—Dale tiempo, seguro que se le pasa.

—Y si no se le pasa, tiene dos trabajos: seguir así y beber agua para tragarse la situación.

Susana soltó una carcajada por mi manera de decirlo, porque, además, me encogí de hombros. No pensaba renunciar a mi trabajo; eso estaba claro, y si él tenía un problema por tenerme cerca, que se aguantara o pidiera el traslado, porque yo no pensaba marcharme de allí.

Mi compañera se marchó a su puesto de trabajo, pues no queríamos que fuera ella la que pagara el pato de nuestro enfado.

Yo, por el contrario, me levanté y cerré la puerta, dispuesta a ponerme manos a la obra con todo el trabajo que tenía pendiente, pues mientras que hablaba con Susana, me había comido el montadito y me había tomado el café que me había traído ella.

El resto de la mañana no volví a saber nada de Javier, pues como tenía muchas citas agendadas, los clientes se fueron sucediendo uno tras otro. No veía la hora de salir de aquí y de verme con Guillermo.

Su propuesta del día anterior me cogió completamente por sorpresa, pero no puedo negar que me hacía la misma ilusión que miedo tenía de que saliera todo mal. Pero no podía negarme a ser feliz; no me podía permitir que esa fuera la causa de que se frenara mi vida.

Estaba terminando de apagar el ordenador, cuando recibí un mensaje de Guillermo, para avisarme de que ya estaba saliendo de su trabajo, y no dudé en coger mis cosas para esperarlo en el mismo lugar en el que me había dejado esta misma mañana.

Podría esperar a que aparcara y viniera a recogerme a la sucursal, pero no me apetecía que se cruzara con Javier, porque tenía claro que iban a saltar las chispas. Justo estaba cerrando la puerta de mi despacho cuando el director salió del suyo.

—Silvia, ven a mi despacho, por favor; hay algo que quiero comentarte.

—¿No se puede esperar a mañana?

—¿Me ves cara de que pueda esperar? ¿Acaso te piensas que soy tan gilipollas como para decirte algo si no fuera urgente?

—Está bien, déjame que haga una llamada y enseguida voy.

—Envía un mensaje porque no me pienso llevar toda la tarde esperando; estoy cansado y tengo hambre.

Saqué mi móvil de mi bolso y le envié un mensaje a Guillermo. No sabía lo que iba a tardar en salir, porque tenía claro que lo único que pretendía Javier era putearme.

Silvia: Guille, me ha salido una reunión de última hora y no sé cuánto puedo tardar. ¿Te vas y nos vemos en casa?

Ni dos segundos después, recibí la contestación, señal inequívoca de que ya había llegado y me estaba esperando en el interior del coche.

Guillermo: De eso nada, cuando me marche, será contigo. Meto el coche en el aparcamiento y te espero en el restaurante de la calle de detrás, ese italiano que te gustaba tanto.

Silvia: Está bien. No sé cuánto tardaré; ve tomándote una cervecita.

—¿Te vas a pasar ahí toda la tarde? —me gritó Javier desde su despacho.

—No, ya mismo voy.

Guillermo: No tengas prisa. Que te sea leve. Te quiero.

Silvia: Te quiero, hasta el infinito y más allá, como siempre.

Me lo imaginé soltando una carcajada, porque era lo que siempre le decía yo cuando éramos adolescentes, ya que esa película de Toy Story era una de mis preferidas; me encantaban los valores de la amistad que se reflejaban en ella.

Con una sonrisa, entré en el despacho de Javier, que me miró con cara de resentimiento, pero con algo que no supe descifrar si era maldad, celos o qué coño era, pero que me puso los vellos de punta.

Respiré hondo, dispuesta a enfrentarme a lo que me tuviera que decir, porque sabía que no me iba a gustar.

—Ya estoy aquí. ¿Qué es eso tan urgente?

—Dos cosas: la primera, tenemos aquí una propuesta de financiación que tiene que estar lista para mañana a primera hora…

—¿Me lo dices en serio? Tendré que trabajar toda la tarde en mi casa.

—Lo siento, pero me acabo de dar cuenta ahora y yo no tengo tiempo de hacerlo. Esta tarde tengo una cita importante y no puedo aplazarla.

—Me lo podrías haber dicho esta mañana. No me parece justo, de verdad que no. Pero no te preocupes, que lo tendrás mañana por la mañana, así me tenga que quedar toda la noche sin dormir.

—Queda otra cosa. El viernes te marchas de viaje a Barcelona; hay una reunión de gestores y yo no puedo ir. Aprovecharán que viene el puente para hacerla y que así no se pierdan días de trabajo.

—Eso sí que no, lo siento, pero no pienso trabajar un fin de semana, además de los festivos…

—Tendrás, a cambio, el resto de la semana libre.

—Ya, pero eso no me sirve; tengo planes para esos días.

—Pues los anulas; esa decisión ya está tomada y he enviado tus datos a la central para tus credenciales.

—Si lo que pretendes es aburrirme, lo siento por ti, pero no voy a renunciar a mi trabajo. Sigue soñando.

Cogí la carpeta de encima de su escritorio y pegué un portazo en la puerta de su despacho; no me parecía justo que tuviera que ser yo la que se sacrificara siempre, y todo, por despecho, para que no estuviera con Guillermo.

Cuando llegué al restaurante, me salía el humo por las orejas, como en los dibujos animados.

—¿Se puede saber qué te ocurre?

—Que Javier es un cabrón, eso me ocurre.

—¿Te ha hecho algo? Mira que no respondo, como te haya tocado un pelo…

—No, no es nada de eso. Tan solo me ha cargado de trabajo para esta tarde, además de putearme con una reunión de gestores en Barcelona para este puente.

—No te preocupes por eso, cariño. Con respecto al trabajo de esta tarde, yo te ayudo y, en relación con ese viaje, ya tendremos oportunidad de vivir otro puente juntos, de preparar algún viaje.

Desde luego, pensé que Guillermo se enfadaría mucho más y que esto que me estaba diciendo me cogió completamente por sorpresa. Yo me había cabreado por los dos, al parecer, pues para él era como si no fuera nada anormal.

—No me mires así; no es que no me haya molestado, pero si me pongo igual que tú, lo único que conseguiremos será que se salga con la suya, que nos arruine la comida juntos y que ambos estemos incómodos.

—Bueno, visto así, tienes razón.

—Por supuesto que la tengo. Venga, olvídate de todo y vamos a comer, que seguro que te mueres de hambre.

—Ni que lo digas, el cabrón de mi jefe no me ha dejado hoy ni salir a desayunar, porque, según él, se me había pasado la hora.

—Eso sí que no me gusta, Silvia. No quiero que soportes nada que esté fuera de lo normal en el trabajo. Prométeme que, si se pasa un pelo, me lo dirás.

—Te lo prometo, pero no te preocupes: ya lo he puesto en su sitio hoy, dos veces, por cierto, y mi compañera me ha traído algo de desayunar, que me he tomado en mi despacho.

Al final, estuvimos comiendo tranquilamente y nos marchamos a casa.

Esta tarde no podríamos llevar nada de mis cosas hasta su casa, por lo que lo tendríamos que dejar para mañana.

Íbamos a aprovechar el puente para terminar de instalarme, pero tampoco podía ser, por lo que lo haría en los días que tenía libres, porque a eso sí que no iba a renunciar.