Capítulo 22
Guillermo
Cuando la escuché decirme eso, os prometo que el mundo se me vino encima.
¿Cómo podía, si quiera, plantearse algo así?
Por un lado, mi cabeza me decía que era lo lógico, que tuviera miedo de volver a sufrir, pero mi corazón me decía que se lo estaba demostrando, que, en cada beso, le dejaba claro que no iba a volver a pasar.
—No te haré daño, te lo juro por mi vida. No es de mí de quién debes tener miedo, sino de tu jefe.
—¿De mi jefe? ¿A qué te refieres?
—A que, estando en el estado en el que se encuentra, puede ponerte zancadillas en el trabajo, y eso sí que no lo pienso permitir, te lo aseguro.
—No creo que sea así. Puede haberse mostrado como un gilipollas, pero en el trabajo, no es de esta manera, al menos, no lo ha hecho hasta ahora.
—Tú lo has dicho, hasta ahora.
Estuvimos un buen rato más hablando de todo esto, pero, sobre todo, quería que supiera que no iba a suceder lo que tanto temía, que siempre estaría ella por delante de todo, y que, por supuesto, cualquier cosa que me doliera, lo íbamos a hablar, sin tomar decisiones drásticas.
Nos cambiamos de ropa y nos sentamos a ver la televisión. Habíamos decidido que no bajaríamos a comer al restaurante, pues hacía muchísimo frío y continuaba lloviendo, además de que, la situación de incertidumbre que sentíamos sobre nuestras casas nos quitaba las ganas de salir de la habitación.
Cuando llegó la hora de comer, llamaron a la puerta. Pensamos que era el servicio de habitaciones, pero nos equivocamos, eran los chicos, que venían con un montón de pizzas que habían salido a comprar a un restaurante italiano cercano, y que estaban dejando un olor que alimentaba.
—Traemos calorías para matar el gusanillo del hambre —dijo Pepe, en cuanto que entró en la habitación.
—Cariño, más que un gusanillo, con esa cantidad de pizza que habéis traído, podemos matar dos o tres dragones —le contestó Silvia, provocando la risa de todos.
—Venga, poned la mesa para que quepa todo, y vamos a sentarnos a comer antes de que se enfríen —dijo David, frotándose las manos.
Por un momento, fue como si hubiéramos retrocedido un montón de años, como si fuera un domingo de invierno para ver el fútbol en su casa, con el añadido de que también estaban las chicas y Antonio.
Durante la comida nos pusimos a contar cosas sobre nuestra niñez, la manera en la que nos conocimos y como conectamos desde el primer momento. Mi vida no siempre había sido una desdicha, porque tuve una infancia muy feliz, hasta los primeros años de adolescencia lo fueron.
En mis peores momentos, siempre pude contar con ellos, hasta el día en el que decidí echarlos de mi lado. Ahora que estaban todos juntos, sentía la necesidad de pedirles perdón, y no dudé en hacerlo.
—Chicos, quiero aprovechar este momento para pediros perdón, a todos. No debí marcharme de esa manera, ni culparos de algo de lo que no erais responsables. Ha sido ahora cuando me he dado cuenta de todo lo que perdí por mi inmadurez…
—Teníamos dieciocho años el más mayor, era normal que fuéramos unos inmaduros —me dijo Pepe.
—Sí, pero yo dejé todo atrás, hasta al amor de mi vida, y no os podéis imaginar de todo lo que me arrepiento de haberlo hecho.
—Bueno, piensa que, a ese amor, lo has recuperado —me dijo David, cogiendo mi mano.
—No del todo, amigo. Tengo mucho que demostrar, me queda mucho camino por recorrer para que volviéramos a ser los de antes, pero no dudo que lo conseguiré.
Al final, cuando terminamos de pizza hasta las cejas, nos pusimos a jugar a verdad, beso o atrevimiento, y pasamos una tarde de risas de lo más divertida.
Sobre todo, cuando Pepe, al elegir atrevimiento, le tocó salir a la calle, en calzoncillos a gritar a Antonio que lo quería, mientras que este lo esperaba en la terraza.
Os prometo que, hasta ese momento, no había descubierto todo lo que los había echado de menos, todas las locuras de las que éramos capaces de hacer y la piña que siempre habíamos sido.
No quería perder esto nunca más, no quería que mi chica sustituyera esas risas, que tanto me gustaban, por lágrimas de dolor, y me iba a dejar la piel en conseguirlo.
Al final, terminamos cenando allí, todos juntos y, justo cuando nos íbamos a acostar, llegaron los guardias civiles para decirnos que podíamos volver a casa, que el peligro había pasado, pues, había dejado de llover y no se esperaban más lluvias en unas semanas.
—¿Quieres que nos marchemos ahora?
—Prefiero quedarme aquí, y ya volvemos mañana, cuando salgamos del trabajo.
—Entonces, nos quedamos. No me quiero separar de ti, no ahora que volvemos a tener lo que tenemos…
—Yo tampoco quiero, me da pavor perderte de nuevo.
—Lo que te voy a decir, quizás te suene a locura, pero me gustaría que te vinieras a vivir conmigo, a mi casa.
—Guille, llevamos muy poco tiempo y, si esto no sale bien…
—Saldrá bien, te lo prometo. Quiero dormir a tu lado, despertarme y poder darte un beso de buenos días. No llevamos poco tiempo, Silvia, llevamos mucho, pero separados y no quiero que lo estemos ni un minuto más.
La miré a los ojos, y pude ver la ilusión, pero también el miedo, ese que no quería volver a ver nunca más. De pronto, me dijo que sí, que se venía a vivir conmigo, y que ella tampoco quería dejar pasar más tiempo.
La besé, no podía dejar de hacerlo. Primero, de manera dulce, pero, poco a poco, se fue tornando más hambriento, como más pasional, y terminamos enredados entre las sábanas, haciendo el amor hasta caer rendidos.
Cuando Silvia se quedó dormida en mi pecho, dejándome el olor de su cabello muy cerquita de mi nariz, me sentí en casa, me sentí a salvo.
En cuanto que nos levantamos, dejamos todo listo para marcharnos, y metidas las maletas en mi coche, pues sería yo el que la dejara y recogiera del trabajo, y nos marcharíamos a mi casa.
La mudanza de sus cosas no nos costaría mucho, pues estaba justo a dos casas de la que íbamos a vivir, y las iríamos trayendo poco a poco, bien en el coche, o bien a pie, pero eso era lo de menos, lo importante era que la iba a tener a mi lado para siempre.
—Si necesitas que vaya a rescatarte de ese Neanderthal, no dudes en llamarme, amor.
—No te preocupes, cariño, que sé defenderme solita.
—Lo sé, y no es eso lo que me preocupa, sino que te acorrale e intente hacer algo que no quieres.
—No lo hará, pierde cuidado. Javier puede ser un mal amigo, pero no creo que sea un mal jefe.
—Está bien, te recojo a la salida. Me das un toque en cuanto que vayas a salir, si es que yo no te he llamado antes.
Le di un beso en los labios, que me dejó con ganas de más, pero que seguiría cuando nos viéramos más tarde, porque ahora era el momento de marcharnos al trabajo.
Vi cómo se alejaba hasta entrar en la sucursal del banco, que fue el instante en el que volví a arrancar mi coche y a dirigirme a mi oficina.
Allí, nada más entrar, Alex se vino hasta mí, y me dio un abrazo. Sabía lo que había pasado con nuestras casas, y que nos habían tenido que desalojar, porque yo mismo se lo conté, por si no podía ir a trabajar el lunes, pero, al final, tan solo había quedado en un susto.
—Menos mal que ya habéis podido volver. ¿Cómo has pasado el fin de semana? Porque supongo que habrá sido una tortura psicológica…—me preguntó mi jefa.
—Claro, y menos mal que la tormenta ha parado…—añadió Cata.
—¡Bendita tormenta!
—¿Qué dices, loco? Tener que dejar tu casa y todo por el agua, yo me moriría —dijo Cata.
—No cuando esta tormenta ha provocado que vuelvas con el amor de tu vida.
—¡¿No?! ¿Lo dices en serio?
—No hay más que verle la cara, chica. Este ha follado más en el fin de semana que en los últimos dos años —le dijo Alex a su mujer, y todos estallamos en una carcajada.
Entramos en mi despacho y me hicieron contarle todo lo que había sucedido en el fin de semana y cómo se habían dado las cosas. No solo había recuperado al amor de mi vida, sino que también había recuperado a mis amigos, a mis hermanos que no eran de sangre, y estaba pletórico; no podía evitarlo.
Cuando estuvieron saciadas de cotilleos, me dejaron trabajar, por fin. El tiempo, entre tanto documento y tanto análisis, se me pasó demasiado deprisa y, cuando quise darme cuenta, ya era la hora de marcharme, por lo que le envié un mensaje a Silvia para avisarla de que estaba saliendo.