No soy más tonta porque no quiero Capítulo 21
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Capítulo 21

Silvia

Después de un maratón sexual, caímos rendidos en la cama.

No sabía cómo me sentía, o bueno, en realidad sí que lo sabía, pero no quería pensar en ello.

Por una parte, estaba feliz, porque el hombre del que llevaba toda mi vida enamorada estaba durmiendo a mi lado, abrazado a mí, después de haber disfrutado cada uno del cuerpo del otro.

Pero, por otro lado, me sentía de lo más confundida y temerosa.

Confundida porque no sabía si él tenía por mí los mismos sentimientos que yo por él.

Porque no me había quedado claro si esto que había ocurrido era algo de una noche, o algo provocado por la situación, y yo quería que fuera más que eso.

Cuando abrí los ojos, Guille no estaba en la cama y, aunque había pensado que estaba en la ducha, no se escuchaba el agua correr. Me levanté algo decepcionada, porque me hubiera gustado despertarme entre sus brazos, pero no fue así.

Me dirigía al baño, cuando lo escuché hablar en la terraza de la habitación. No sabía con quién lo hacía, pero algo de lo que dijo me puso en alerta. ¿Por qué no podía confiar en él? ¿Sería siempre así? Esperaba que no, porque me podría volver loca.

—No te preocupes, cariño, que estoy bien. Te prometo que, en cuanto que vuelva a mi casa, te aviso para que vengas a pasar unos días conmigo. Muchos no, porque tengo trabajo, pero, por lo menos un fin de semana.

Lo escuché que le decía a alguien. En cuanto que me vio allí, despierta, se despidió de esa persona y vino hasta dónde yo estaba. Se acercó a mí, y me dejó un beso en los labios.

—¿Te he despertado? Lo siento, me salí a la terraza a hablar, para no hacerlo…

—No, no, tu llamada no me ha despertado.

—¿Te ocurre algo, Silvia?

—Sí, que estoy hecha un lío. No sé lo que quieres de mí, Guille, y eso me está volviendo loca.

—Lo quiero todo, Silvia. Quiero que sigas siendo mi amiga, pero también mi pareja, mi confidente y todo lo que tú quieras conmigo.

—¿Estás seguro de eso qué estás diciendo? Te advierto que no pienso soportar una desilusión más. Si ves que no eres capaz de hacerlo, te ruego que me lo digas ya, y no hables en vano.

—Estoy tan seguro como que me llamo Guillermo Suarez. Pero también entiendo tu postura, y te aseguro que te demostraré que lo que digo es cierto.

—Eso espero, porque si me rompes el corazón de nuevo, no sé cómo voy a ser capaz de recomponerme.

—A riesgo de que pienses que voy muy deprisa o de que estoy loco. Te quiero, Silvia, estoy completa y absolutamente enamorado de ti.

—Yo también te quiero, Guille, y tan solo espero que, en esta ocasión, las cosas nos vayan mejor que en la anterior.

—En la otra ocasión, no nos fue mal, fui yo el que metió la pata, y eso, ahora, no va a suceder.

Con todo aclarado entre nosotros, nos metimos de nuevo en la ducha, para vestirnos y bajar a desayunar, aunque, por la hora que era, más bien nos tomaríamos el aperitivo. Esperaba que los demás estuvieran en el restaurante, porque afuera tronaba que daba gusto.

Efectivamente, allí estaban los cuatro, y por lo que había encima de la mesa, no es que se hubieran levantado mucho antes que nosotros, porque estaban desayunando.

Al vernos llegar cogidos de la mano, las reacciones fueron de lo más diversas, desde la sonrisa de mi prima María, la señal de la victoria de Pepe, hasta la ceja arqueada de mi primo Antonio.

El único que no reaccionó fue David, que continuó comiéndose su tostada sin levantar la vista.

—¡Me debes cien euros! —exclamó Pepe, dirigiéndose a mi prima.

—De eso nada, que todavía no hay nada confirmado —le contestó ella.

—¿Habéis hecho una apuesta sobre nosotros? No me lo puedo creer, de verdad… —les dije, negando con la cabeza.

—Pero todavía no sabemos quién ha ganado de los dos —sentenció Pepe.

—A ver, chicos, sin entrar en detalles. ¿Os habéis acostado juntos? Y no me refiero a compartir lecho para dormir —preguntó María, para salir de dudas.

—¿No os parece que os estáis pasando? Eso forma parte de su intimidad, y no tienen por qué contárselo a nadie —dijo David, visiblemente enfadado.

—No te preocupes, David, no pasa nada. Es entendible que produzca esta incertidumbre y que quieran saber —respondió Guille.

—Para que os quede claro a todos, y ya no pienso decir nada más al respecto, sí, hemos hablado, sí, hemos tenido sexo y sí, volvemos a ser una pareja —dije, con una sonrisa en los labios.

Detrás de mí, escuché como alguien tiraba algo al suelo y, al girarme, me encontré con Javier, que venía con ramo de flores que estaba estampado en el suelo, y que me miraba con una decepción que no entendía.

—Javier… ¿qué haces aquí?

—Venía a pedirte disculpas por mi comportamiento de ayer y a preguntarte si necesitabas algo, pero veo que ya has tomado una decisión, y será mejor que me marche.

—Esto no tiene ni pies ni cabeza, Javier. Siempre he sido clara contigo, te he dicho en infinidad de ocasiones que no quiero nada sentimental contigo.

—Ya lo veo, tan solo te digo que, cuando te vuelva a hacer daño, no vuelvas a mí, llorando y lamentándote…

—No le pienso volver a hacer daño, que te quede claro —le aclaró Guille.

—Y en el caso de que tenga que llorar, nos tiene a todos nosotros para hacerlo. Ahora, y como tú bien has dicho, será mejor que vuelvas por donde has venido —le dijo mi primo Antonio, que se levantó de la silla por si necesitaba echarlo de allí.

De momento, el ambiente tan cálido y tan distendido que teníamos, cambió. Era como si la tensión se hubiera hecho la dueña de toda la estancia y de toda la situación, haciendo que nos mantuviéramos todos en silencio.

Noté como por la cabeza de Guillermo pasaban mil preguntas, como tenía mil dudas, y era el momento de hacerle saber que, entre Javier y yo nunca había pasado nada, ni pasaría.

Ahora, más que nunca, tenía claro que tan solo quería tener con él una relación profesional, ni siquiera lo quería como amigo.

Javier me había demostrado que no era mi amigo ni me consideraba como tal. Para mí, la amistad era apoyar a la otra persona, aun sabiendo que se está equivocando, y poner tu hombro a su disposición para cuando se diera cuenta de su error, y tuviera que llorar.

Nos sentamos a desayunar, aunque tengo que reconocer que se me había quitado el hambre. Le di un par de mordiscos a una tostada y, sin darme cuenta, mis lágrimas iban resbalando por mis mejillas, porque recordé todas las palabras que Javier me había dicho el día anterior.

—Silvia, no merece la pena, de verdad que no —me dijo Antonio, que conocía toda la historia.

—Ese hombre es un despechado, que habla desde la tesitura de que lo has rechazado por otro hombre. Nada de lo que te dijo es cierto —añadió Pepe.

—¿Alguien me puede explicar a qué os estáis refiriendo, por favor? —pidió Guillermo.

—Yo te lo contaré, pero cuando estemos en la habitación, por favor —le dije.

Entendí que mi primo se lo había contado a su hermana y a su cuñado, por la cara que pusieron ellos dos. En cuanto que terminamos de desayunar, cosa que me costó la misma vida, volvimos a la habitación.

Nada más atravesar la puerta de la habitación en la que estábamos alojados, Guillermo me cogió la cara y me besó. Notaba el desconcierto en su mirada, las dudas, pero también el amor que me sentía y, nada más que por eso, se merecía cualquier explicación que tuviera que darle.

—¿Qué es lo que te atormenta, Silvia? Necesito saberlo para comprenderte, para saber lo que tengo que esperar contigo, en esta relación.

—Son muchas las cosas que lo hacen, pero lo principal, lo que más me ha afectado, son las palabras que Javier me dijo ayer.

—¿Qué palabras son?

Le conté a Guillermo todo lo que pasó la mañana anterior, desde que recibí las flores que él me había enviado y como mi jefe había cambiado de actitud por completo, sin darme más opciones que cortar por lo sano con él.

—Ese hombre no quiere ser tu amigo, Silvia, nunca lo ha querido.

—Sabía que le gustaba, porque me lo había dicho alguna que otra vez, pero siempre le hablé claro, le dije las cosas tal y como eran…

—Pero a este tipo de personas les da igual, cariño. Ellos tan solo quieren una cosa, y están dispuestos a hacer lo que sea por conseguirlo.

—Tengo miedo, Guillermo, mucho miedo. ¿Y si esto que hay entre nosotros es un error? ¿Y si Javier tiene razón y me vuelves a hacer daño?