Capítulo 20
Guillermo
En cuanto que Silvia me dio a entender que seguía enamorada de mí como el primer día, no sé lo que me entró por el cuerpo, pero me impulsó a coger su cara con mis manos y darle un beso en los labios.
Mi intención es que fuera un beso de pico, para no asustarla, pero, en el momento en el que probé el sabor de sus labios, ya no pude parar. Pasé mi lengua por todo el exterior de su boca, hasta que Silvia me dio la oportunidad de ir más allá y adentrarme en ella.
Pensé que me rechazaría, que me diría que todo esto era un error, pero me equivoqué, porque se entregó en ese beso como había hecho cuando no éramos más que unos niños.
Eso me animó a seguir, pero no sin antes, cuando nos separamos para coger aire, preguntarle si estaba segura de querer hacer esto, porque no me gustaría que, al día siguiente, ver el arrepentimiento en su rostro.
—Silvia, si me dices que pare ahora lo haré. No quiero que hagas nada que no quieras y de la que te puedas arrepentir.
—No he estado más segura de querer hacer nada, que esto. Mañana, será otro día, y ya veré si me arrepiento o no.
En esta ocasión fue ella la que jaló de mi camiseta para pegarme a ella y besarme. Yo era mucho más alto que ella, por lo que, aunque ella se pusiera de puntillas, no llegaba a mi boca. Por eso, me agaché hasta que estuvimos con nuestras bocas a la misma altura.
Puse mis manos en su trasero, y lo amasé, antes de levantarla y hacer que me rodeara la cintura con sus piernas. Siempre me había gustado tenerla así, mucho más ahora, que ambos teníamos la suficiente experiencia como para saber lo que más nos gustaba a cada uno.
Seguía sujetándola con un brazo, mientras que, con el otro, metí la mano por debajo de su camiseta del pijama, necesitaba tocar su piel, sentir su calor y, al llegar a sus pechos, noté que no llevaba sujetador, y eso me terminó de volver loco.
Con todo el esfuerzo de contención para no hacerla mía allí mismo, en el sofá, la llevé hasta la primera pared que encontré, buscando apoyo para tener mis manos libres.
Una vez que lo conseguí, no perdí el tiempo y me deshice de su camiseta, al igual que ella hizo conmigo, y me lancé a sus pechos. Había aumentado, al menos, un par de tallas desde que nos conocimos y, si antes me volvían loco, no os podéis imaginar cómo me ponía ahora.
—No puedo más, Guille, necesito sentirte.
—¿Quieres que te toque, preciosa?
—Quiero mucho más que eso.
—Tus deseos, son órdenes para mí.
La llevé hasta la cama, y la dejé caer de manera suave. Antes de irnos a la ducha, habíamos retirado el edredón y la sábana, para que estuviera lista a la hora de irnos a dormir, aunque, realmente, no tenía yo muchas intenciones de que durmiéramos.
Metí mis dedos por la liguilla de sus pantalones, y jalé hacia abajo, llevándome con ellos también sus braguitas y dejándola completamente desnuda ante mí.
Dios mío, que bien le habían sentado estos años, su cuerpo, ahora, era mucho más apetecible que cuando era una adolescente, y eso es ya decir bastante, porque con esa edad tenía un cuerpazo. Quiso taparse, pero no se lo permití, quería verla en su plenitud.
—No te tapes, no tengas vergüenza conmigo, eres perfecta.
—He cambiado mucho, Guille, ya no soy aquella niña delgaducha…
—Sí, has cambiado, ahora eres una mujer con un cuerpo que llama al pecado y yo, pienso pecar mucho contigo, y no solo esta noche.
Me lancé a su boca, de nuevo, besándola como si no hubiera un mañana, y, en cuanto que abandoné su boca, seguí bajando por todo su cuerpo, deleitándome con sus pechos, hasta llegar a su sexo. Su olor tan rico me llamaba como las abejas a la miel, y resultó ser tan dulce como ese manjar.
Ver como temblaba de placer mientras que yo devoraba su sexo, me puso duro como una piedra, hasta el punto de que tuve que parar para librarme de mis pantalones y de mi bóxer, para darle rienda suelta a mi miembro.
Silvia, en cuanto que me vio completamente desnudo, se relamió los labios, como solía hacer siempre.
Ante ese gesto, sabía lo que quería, pues no creía que hubieran cambiado mucho sus gustos en este sentido.
Por eso, acerqué mi miembro hasta su boca, y no dudó en sacar su lengua para lamer desde la base hasta la punta.
Me situé de lado en la cama, al igual que hice con ella, y, mientras que ella degustaba mi miembro, yo lo hacía con su sexo.
No pensaba estar así durante mucho tiempo, no porque no me gustara, sino porque, si seguía lamiendo y succionando mi pene, no iba a tardar nada en correrme, y no quería terminar ahí, al menos, no en este momento.
En cuanto que conseguí que Silvia llegara a su primer orgasmo, me separé de ella.
Si mucho no me equivocaba, y seguía teniendo los mismos gustos que antes, a ella le gustaba ser la que llevara las riendas en el sexo, por eso, no dudaba en dejarla que fuera ella la que se sentara a horcajadas sobre mí, al menos al principio de la relación sexual.
Así fue, en cuanto que me tumbé bocarriba en la cama, se sentó a horcajadas y se penetró con mi miembro.
Sentirla así, sin barreras de por medio, era lo mejor que me había pasado en mi vida.
Quería frenarla, decirle que me dejara ponerme un preservativo, pero no podía, el placer era tanto que me negaba a carecer de eso.
—No pienses, tomo la píldora y estoy limpia.
—Yo también estoy limpio, y si tú estás segura de que no quieres parar, para mí, mucho mejor, así te siento sin ninguna barrera.
Silvia volvió a inclinarse para besar mis labios, y yo aproveché para incorporarme y quedarme sentado en la cama, con ella a horcajadas, degustando su boca y sus pechos, con los que me di un auténtico festín. Me parecía un sueño todo eso que estaba viviendo.
Cuando ella alcanzó el segundo orgasmo de la noche, intercambié la posición, dejándola a ella abajo.
Levanté sus piernas y me las situé cada una en un hombro, penetrándola de nuevo de una manera fuerte y profunda.
Esta mujer me hacía sentir cosas que tan solo las había sentido con ella, con ninguna otra mujer.
Alcanzamos el orgasmo juntos, y fue como una descarga eléctrica que me atravesó toda la columna vertebral. Acallé mis gritos con un beso, con el que le quise demostrar lo importante que había sido este momento para mí, pero no pensaba dejarlo ahí.
Cuando tuve fuerzas suficientes, salí de ella, me levanté de la cama y le tendí la mano para que me acompañara en la ducha, y no dudó en cogerla y seguirme.
Mi corazón me decía que le dijera lo que sentía, pero mi cabeza me aconsejaba que no corriera tanto, que se podía asustar y, por eso, preferí callarme mis sentimientos.
Ni que decir tiene que continuamos en la ducha.
Silvia no dudó en hacer eso que había querido hacer desde que me vio desnudo, y que yo frené porque quería penetrarla con urgencia.
En cuanto que entramos a la ducha y empezó a caernos el agua por encima, no lo dudó.
Echó jabón en sus manos y me lavó todo el cuerpo, hasta llegar a mi miembro.
Llegados a este punto, ella se arrodilló delante de mí, acarició mis testículos y, sin dejar de mirarme a los ojos, lamió mi miembro de la base a la punta, haciendo círculos con su lengua en mi glande, y haciéndome jadear hasta un punto que pensé que me desmayaba de placer.
Pero nada tenía que ver lo que había sentido hasta ahora como el placer que me dio cuando la metió en su boca. Dios, era como estar en el puto paraíso, y esta vez no pensaba interrumpirla, que llegara hasta dónde ella quisiera llegar.
Sí, terminé en su boca, si es eso lo que os estáis preguntando, al igual que ella lo hizo en la mía, cuando fui yo el que la devoraba a ella, para, una vez que me hube recuperado físicamente, ponerla de cara a la pared, levantar sus brazos y penetrarla de nuevo.
Seguíamos siendo esos dos adolescentes que no podíamos dejar las manos alejadas del cuerpo del otro, pero ahora, con la madurez necesaria para dejar al otro completamente satisfecho en el plano sexual. Ya no experimentábamos, ahora íbamos sobre seguro.