No soy más tonta porque no quiero Capítulo 19
45%

Capítulo 19

Silvia

Nos repartieron las habitaciones, y, como no podía ser de otro modo, me tocó una doble con Guillermo. Tuvimos que decir que éramos pareja para que no nos asignaran habitaciones compartidas con gente desconocida, pues iban formadas por el mismo género, es decir, dos mujeres o dos hombres.

Al entrar, lo primero que me fijé es que la cama era de matrimonio, y un nudo se me formó en el estómago. Guille se dio cuenta, y no tardó en quitarme el miedo, entre otras cosas porque también había un sofá en una estancia que había a modo de pequeño salón, a la entrada.

—Silvia, no te preocupes que, si te incomoda dormir conmigo, yo lo haré en el sofá.

—No tienes por qué hacerlo. La cama es lo suficientemente grande como para que podamos dormir los dos sin ni siquiera rozarnos.

—No quiero que te sientas incómoda. De verdad que no haré nada que te pueda hacer sentir mal.

—Lo sé. Además, nos debemos un momento así, por lo que pudo ser y no fue.

—Pero que no pierdo la esperanza de que así sea…

Hice como que no había oído esas últimas palabras, y me puse a colgar la ropa para que no se arrugara. Era la hora de la cena, pero no me apetecía bajar al restaurante, y Guillermo tampoco tenía ganas, por lo que, decidimos que pediríamos que nos la subieran a la habitación.

Delante del sofá de la pequeña salita, había una mesita de estas que se suben para poder comer, y eso hicimos, preparamos todo para cuando nos subieran la cena. Pero, antes, quisimos darnos una ducha y ponernos el pijama para estar más cómodo después.

—Voy a avisar a los chicos mientras que tú te duchas —le dije, secándome el pelo con una toalla mientras que llevaba el albornoz puesto.

—Sí, lo mismo y les apetece venir a cenar aquí.

Me di cuenta como me miraba de abajo arriba, y es que no me había dado cuenta de que no había cogido la ropa, como ya estaba dentro de la ducha, decidí vestirme en la habitación, mientras que Guille se duchaba.

Cogí el teléfono e hice una llamada grupal en el WhatsApp que no tardaron en contestar. En cuanto que me vieron de esa guisa, pues ya me había puesto el pijama gordito que me había regalado mi madre por mi cumpleaños el año anterior, y que todavía no había estrenado.

Era de una conocida firma de pijamas, de color rosa, con el pantalón en blanco. En la parte de arriba tenía bordado un mensaje que decía algo así como “soy sexy hasta en pijama”, pero en inglés.

—Espero que no te hayas puesto las bragas de cuello vuelto, porque sería el complemento ideal para el atuendo anti-morbo, chica —me dijo Pepe.

—Ni que fuera a acostarme con él, en el sentido más sexual de la palabra, porque sí que vamos a dormir juntos en la misma cama. Por eso, da igual si llevo las bragas de cuello vuelto o una faja, Pepito.

—Te prometo que yo no podría hacerlo. Dormir en la misma cama con la persona de la que estoy enamorada y no traspasar el límite. Si ese hombre lo hace, habría que darle un premio —me dijo mi prima, negando con la cabeza.

—Dejaros ya de tonterías. Si os estoy llamando es porque no vamos a bajar al restaurante, vamos a cenar en la habitación, para que lo sepáis y por si os apuntáis al plan.

—Lo siento mucho, pero nosotros también hemos pensado en hacer lo mismo, pero en plan romántico —dijo David, dándole un beso a María.

—Igual que nosotros, así que, disfruta de la noche y no te reprimas, que te vas a arrepentir —me dijo mi primo Antonio, sonriendo.

Corté la llamada con la sensación de que, entre todos, me iban a volver loca.

No era ni medio normal que, después de todo lo que habían rajado de Guille durante estos años, de los comentarios que había hecho mi primo cuando le dije que lo había visto en aquella ocasión, me dijeran ahora estas cosas.

¿Qué había ocurrido para que cambiaran de opinión de esa forma?

¿Habrían hablado con él o entre ellos y sabían algo que yo no?

No me pensaba quedar con la duda y, en cuanto que estuviéramos cenando, le preguntaría que había sido de su vida en estos años, si había tenido alguna pareja, en fin, cualquier cosa que me hiciera comprender ese cambio de opinión en los demás.

Cuando lo vi salir de la ducha, con ese pijama cuyo pantalón caía sobre sus caderas, y el pelo mojado y revuelto por la toalla con la que se lo estaba secando, tuve que tragar saliva. ¡Madrecita de mi alma! Al final, el calvario iba a ser para mí, por tener que reprimir mis instintos más primarios.

Por un momento, me recordó a cuando salía de la piscina de casa de mis abuelos y venía a echarme el agua de su pelo encima de mí, en mi barriga, porque sabía que me ponía de los nervios, y una sonrisa se pintó en mis labios.

—¿Has hablado con los chicos?

—Sí, ellos han pensado lo mismo que nosotros… bueno, no, porque ellos me han dicho que lo hacen en plan romántico, y nosotros dos, que digo que…

—Ya, Silvia, te he entendido. Me encanta cuando te pones nerviosa, porque sigues haciendo lo mismo, te salen las palabras de manera atropellada y no hay un dios que le encuentre sentido a lo que dices.

—Yo no hago eso…

—Y sigues sin admitirlo. Me doy cuenta de que no has cambiado nada en ese sentido. Pero, tranquila, no tienes que estar nerviosa con mi presencia, sigo siendo Guille, tu Guille.

—Eso, precisamente es lo que me da miedo, que sigas siendo el mismo.

No hice referencia a aquello que había dicho que seguía siendo mi Guille, porque, realmente, no sabía si había sido mío alguna vez, al menos en el plano sentimental, porque en el sexual sí que lo había sido, al igual que yo había sido suya.

Como si esa conversación no hubiera existido, nos sentamos a cenar.

Además de las dos hamburguesas con patatas fritas que habíamos pedido, Guille había encargado un surtido de frutos secos y gominolas que había en la carta, con la intención de que nos las comiéramos viendo una serie de las que había en las plataformas digitales.

—He traído la Tablet y, si estarás más cómoda, podemos verla en la cama.

—Pues no te voy a decir que no, pero no tan pronto, cuando reposemos un poquito la comida.

—Lo que yo te diga, nunca te ha gustado irte a la cama después de recién haber comido.

—Qué quieres que te diga, soy un animal de costumbres.

—Eres el animal más bello que he visto en mi vida.

Vio como tragué saliva y una sonrisa se pintó en sus labios. Quería quitarme esa sensación de inseguridad de encima, y por eso, no dudé en preguntarle sobre su vida en Madrid.

—Bueno, Guille, cuéntame algo de tu vida en estos años.

—Pues nada, estudié el doble grado de ADE y derecho y, nada más terminar, encontré trabajo en una gran empresa. Me independicé y…

—¿Y?

—Empecé una relación con una chica, pero la cosa no funcionó. Estuvimos tres años juntos, pero no me sentía bien a su lado, era como si no pudiera ser yo mismo, y por eso, decidí cambiar de aires y volver aquí, donde tan feliz fui, a pesar de todo lo sucedido.

O sea, que no había vuelto por mí, ni mucho menos, sino porque su relación de tres años había salido mal. Ahora tenía claro que él sí que había pasado página con respecto a lo nuestro, porque, de no ser así, no hubiera podido tener nada serio con nadie, como me había pasado a mí.

—Bueno, creo que me voy a ir a la cama, leeré un rato antes de coger el sueño.

—Silvia, esa mujer no significó nada en mi vida. Si estuve con ella fue para intentar pasar página y ser feliz, pero, a la vista está de que no lo conseguí.

—No pasa nada, de verdad, tienes todo el derecho a rehacer tu vida. El problema es mío, no tuyo.

—¿Por qué es tu problema, Silvia? Y quiero que seas completamente sincera en tu respuesta.

No sé qué me impulsó a decirle lo que le dije, si fue el momento tan íntimo por el que estábamos pasando o qué coño fue, pero lo cierto es que no lo pensé y me salió solo.

—Porque yo sí que no he podido estar con nadie más que algún que otro encuentro sexual. Porque mi corazón sigue siendo del mismo chico con el que descubrí el amor y el sexo, y porque te veía en cada hombre con el que intentaba tener algo.

Guille no se esperaba esa respuesta, y su cara me lo dijo, pero no para mal, sino para bien, porque sujetó mi cara y me besó. Fue un beso de lo más dulce, pero también de lo más incendiario, pues hizo que mi sangre ardiera por mis venas.