Capítulo 18
Guillermo
Salir de mi casa y darme de bruces con todos ellos supuso para mí un impacto grande, sobre todo cuando noté la mirada de tristeza y dolor que lucía el que había sido mi mejor amigo, David, y que me llegó al alma.
Silvia y yo nos sentamos juntos, y así estuvimos hasta que recibió una llamada de teléfono de su padre. En ese momento, decidí que debería de hacer lo mismo y llamar a casa de mi padre, para que estuvieran tranquilos de que no me ocurría nada y estaba bien.
Mi padre no me contestó al teléfono, estaba claro que estaría en alguna reunión importante, pero Marta sí que lo hizo en el segundo tono y, por la manera de contestar, ya era consciente de lo que sucedía en Marbella.
—Menos mal que has llamado, Guille, porque empezaba a preocuparme un poco.
—Por eso lo he hecho, para que os quedéis tranquilos…
Le conté todo lo que había sucedido y, en cuanto que vi que Silvia cortaba la llamada, me despedí de ella, quedando en que, en cuanto que terminara todo, iría a verlos a Málaga o se vendrían unos días ellos a mi casa, que todavía no la conocían, y aprovecharíamos el puente que venía en el Mía, mi hermana, no tendría colegio.
Volviendo al tema de David, que continuaba a mi lado, me costó que me dejara acercarme a él, pero, finalmente, lo conseguí en el polideportivo, justo después de que Silvia se alejara de nosotros, con María, tras haber llorado abrazada a mí.
—David, ¿podemos hablar?
—¿Ahora quieres hablar, Guillermo?
—No me llames por mi nombre completo, que nunca no has hecho, por favor.
—Antes, eras mi amigo, o al menos, así te consideraba yo, porque, visto lo visto, está claro que para ti nunca lo he sido.
—No, no eras mi amigo, eras como mi hermano, y lo sabes, y, simplemente por eso, te debo una explicación.
—¿Un hermano? No me hagas reír. Si me hubieras considerado tu hermano, no hubieras dejado pasar tantos años, me hubieras llamado a la semana o al mes siguiente de desaparecer.
—No sabía cómo hacerlo, tenía tanto dolor en mi corazón, que todo me daba igual.
—¿Sabes que nosotros sí que fuimos a tu casa a buscarte? Pero ya no estabas, ya os habíais marchado de allí, sin ni siquiera enviar un mensaje con tu nueva dirección.
—Nos marchamos a Madrid. Tanto mi padre como yo necesitábamos salir de allí, empezar de cero en otra ciudad.
Le conté todo lo que había sucedido con mi madre, como le había echado las culpas a mi padre, cuando, realmente, él no había hecho nada. En unos pocos minutos, lo puse al día de mi vida. Bueno, a él y a los otros dos, que también estaban en la conversación.
Cuando menos me lo esperaba, Antonio, la pareja de Pepe y primo de Silvia, se dirigió a mí. El tono de su voz era firme, pero no tan duro como me lo podía esperar, además de ser muy claro conmigo.
—¿Qué pretendes con Silvia, Guille?
—Me encanta que te hayas dirigido a mí de esa manera, y te prometo que mis sentimientos por tu prima son iguales que cuando nos separamos.
—Eso no me aclara nada. Además, no os separasteis, la dejaste tú, como si fuera un perro…
—Sigo enamorado de ella y te aseguro de que no pararé hasta que volvamos a ser como antes.
—Te lo diré muy clarito. No pienso permitir que le vuelvas a hacer daño, así que, más te vale que te dejes la piel en hacerla feliz, si es que ella decide perdonarte, que tampoco lo tengo yo tan claro.
—Te prometo que así será…
—Vamos a cambiar de conversación, que viene ahí y no le va a gustar que estemos hablando de su vida como si nosotros tuviéramos el derecho de dirigirla —nos avisó Pepe.
Al girarnos, vimos que una pareja de la guardia civil nos había llamado a todos los vecinos. Teníamos media hora para recoger todo lo que pudiéramos necesitar de nuestras casas, y nos trasladarían a un hotel de la ciudad, donde permaneceríamos hasta que todo hubiera pasado.
Decidimos repartirnos entre dos coches, para que no tuviéramos que ir cargando con todas las cosas, pues eran varias maletas y demás. Yo me llevaría el mío, y Antonio el suyo, ya que eran los dos más grandes y en cuyos maleteros cabría todo sin ningún problema.
—¿Cómo nos repartimos? —preguntó David.
—Si queréis, en mi coche podemos meter varias maletas y uno o dos de vosotros…
—Claro, y el resto que vaya en el mío. ¿Puedes sacar tus cosas y meterlas en tu coche, para después, venir a nuestra casa? —me preguntó Antonio.
—Por supuesto. Nos vemos allí en diez minutos. ¿Sigue siendo la misma?
—Efectivamente, la de la cancela verde.
Noté como Silvia se ponía nerviosa, por eso no dudé en cogerla del brazo y acercarla a mí. Necesitaba tenerla cerca, su contacto, porque no quería que el miedo también se apoderara de mí. Le dejé un beso en la cabeza y me di la vuelta, para entrar en mi casa.
No cogí mucho, más que nada, ropa, el dinero que tenía en efectivo y el portátil, además de mi documentación, y lo metí todo en una maleta de esas de fin de semana. Esperaba que no fueran más de un par de días o tres, porque, de no ser así, nos traería problemas a todos los afectados.
Lo metí en el maletero y arranqué, saliendo hasta la casa de los Medina.
Hacía tantos años que no había entrado en esa casa, que me puse un poquito nervioso, sin saber si seguiría igual o estaría muy cambiada.
En cuanto que atravesé aquella cancela que Antonio había dejado abierta, para no tener que perder más el tiempo, pude comprobar que nada había cambiado.
Por un momento, volví a tener dieciocho años y venía a buscar a mi novia. No pude evitar emocionarme, y Pepe se dio cuenta de ello, viniendo a mí de manera inmediata, a darme un abrazo.
—¿Tan fuerte ha sido lo que has sentido?
—Mucho más de lo que te imaginas. No sabes lo que me he arrepentido de haberos culpado a todos de lo que pasó, cuando la única culpable fue mi madre.
—Te hemos echado de menos, y no solo nosotros. Para mis padres fue como perder a un hijo de un momento para otro, y también lo han pasado muy mal.
—Me gustaría hablar con ellos, poder explicarles como me sentí, pero eso será cuando solucione las cosas con vosotros.
—Veo que mi hermano ha consentido hablar contigo.
—Sí, aunque hemos limado asperezas, sé que me queda mucho para volver a tener algo parecido a la relación que teníamos antes.
—Dale tiempo al tiempo, amigo. Ahora, vamos dentro a por los demás, y avisemos a mi hermano y a mi cuñada para que se den prisa.
Entramos en la casa y, nada más entrar, salía Silvia con una maleta de fin de semana, además de un maletín y su bolso. No dudé en acercarme a ella y ayudarla, diciéndole que se fuera subiendo a mi coche, en el asiento de copiloto.
—No sé si será adecuado que…
—Silvia, por favor, necesito tenerte cerca, o me moriré de miedo.
—Por favor, si llevamos casi diez años sin vernos, no puedes decir eso.
—Antes, te imaginaba con pareja, con hijos y con una familia, con un hombre que te cuidaba como debías. Ahora, que sé que no tienes nada de eso, me siento en el deber de ser la persona que te cuide como te mereces.
Silvia guardó silencio, y me hizo caso, se subió al asiento del copiloto mientras que yo guardaba sus cosas en el maletero. Pepe había ido a buscar a su hermano y su cuñada, puesto que la guardia civil ya nos había avisado de que debíamos de ir saliendo.
Al final, en mi coche tan solo íbamos Silvia y yo, los demás consideraron que teníamos mucho que hablar y quisieron darnos ese ratito de intimidad. No os podéis como lo agradecí, porque no encontraría otro momento para hacerlo.
—Silvia, yo…
—No sé tú, pero yo quiero dejar el pasado atrás. Me duele el simple hecho de pensar en él.
—Yo no puedo hacer eso, porque significaría que también te dejo atrás a ti, y no quiero hacerlo, quiero que estés en mi pasado, en mi presente y en mi futuro.
—No me hagas más daño, por favor. Llevo casi diez años intentando averiguar que hice mal para que me dejaras y te fueras de aquella forma.
—Tú no hiciste nada malo, ninguno lo hizo. Fui yo el que no sabía los motivos reales de la muerte de mi madre. Fui yo el que, de manera irracional y desde el dolor, quise romper con todo lo que me recordaba a ella y a lo que pasó, y no sabes cuanto me arrepiento.
—¿Por qué te marchaste sin decir nada? Podríamos haber seguido hablando, fuimos a buscarte, pero…
—Lo sé, David me lo ha dicho. No sé por qué lo hice, no entiendo lo que me impulsó a hacerlo, quizás el dolor, o la rabia de descubrir realmente lo que había sucedido.
Le conté lo de la infidelidad de mi madre, lo de la enfermedad que le habían contagiado y la postura de mi padre. Ella me miraba entre asombrada e incrédula, pero no tenía ninguna duda de que me creyó.
Hablando de todo eso, llegamos a la puerta del hotel en el que nos dijeron que nos iban a alojar a todos los vecinos, tanto de nuestra urbanización como la de otras dos que también estaban dentro del alcance de la presa.
—Tenemos un problema, porque no hay habitaciones para todos, y se van a repartir por parejas —nos dijo David.
—¿Cómo qué por parejas? —preguntó Silvia.
—Preciosa mía, tienes dos opciones, o duermes en la misma habitación que Guille, o te toca dormir con una desconocida. Han dicho que van a repartir a las personas solas por pareja, en tu mano está la decisión.
—Me cago en la leche. ¿El destino no se va a cansar nunca de putearme?
—Silvia, no creo que dormir con Guille sea una putada, más bien todo lo contrario —me dijo Pepe, sonriendo.
—No me jodas, Pepe, por favor. Como se nota que no has sido tú el que ha sufrido por su culpa.
Entendía todo lo que estaba diciendo, pero eso no significaba que no me dolieran sus palabras.
Si la cosa estaba así, lo mismo y lo mejor sería que yo me marchara a otro de los hoteles, incluso a la casa de mis padres en Málaga, en la que ellos todavía no estaban viviendo, y así lo dije, pensando en voz alta.
—No hay problema, yo me marcho a otro hotel o me busco la vida, no quiero obligar a nadie a tener que soportar mi presencia.
Fui a darme la vuelta, pero sentí una presión en el brazo, era ella, Silvia, que me frenaba para que no me fuera. Me paré y la miré con dolor, no lo voy a negar, pero fue el mismo que descubrí en su mirada.
—No hace falta, Guille, y te pido disculpas por mis palabras…
—No te disculpes por lo que sientes, Silvia, en el corazón no se manda.
—Efectivamente, en el corazón no se manda, por mucho que tu cabeza te diga que no es lo correcto.
No pude resistirme y la abracé, dejándole un beso en la cabeza. Cuanto había echado de menos el olor de su pelo, ese tan característico. Intenté que Cristina tuviera el mismo olor cambiando el champú en mi casa, pero no lo conseguí.
Ahora entendía que había intentado convertir a Cristina en Silvia, y que, quizás, por eso no funcionó lo nuestro. Eran muy parecidas físicamente, pero no era ella, y eso me había pasado factura.