No soy más tonta porque no quiero Capítulo 17
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Capítulo 17

Silvia

En cuanto que llegamos a casa, me di una ducha y me puse mi pijama, ese que pretendía llevar todo el fin de semana. Bueno, realmente no sería el mismo, pero sí que pensaba llevarme con ese atuendo hasta que tuviera que ir el lunes a trabajar.

Mi primo había puesto el ramo de flores en un jarrón con agua, que situó encima de la mesa del salón, en el centro, y se sentó en el sofá a esperarme, para que le dijera todo lo que me había sucedido.

Le conté todo, desde que apareció Guillermo hasta las palabras que me había dicho mi jefe, esas que me habían dolido tanto, y que enfadaron a mi primo y a su pareja hasta límites insospechados.

—¿De verdad caigo tan mal? ¿En serio no soy una persona empática que provoca cariño? —les pregunté, llorando.

—Ni se te ocurra volver a preguntar nunca más eso, Silvia —me regañó mi primo, acusándome con el dedo.

—Cariño, si hay alguien adorable sobre la faz de la tierra, esa eres tú. Al gilipollas ese, lo que le ocurre es que está despechado y sabe cómo hacerte daño.

—Me ha dolido mucho, porque creo que, el hecho de ser una profesional implacable no implica que también tenga que ser una persona antipática.

—No lo eres, mi vida, te lo aseguro. Además, aunque ese tío no sea santo de mi devoción, si tú eres feliz, yo me tragaré mi orgullo y lo aceptaré —me dijo mi primo, dándome un abrazo.

—No estoy diciendo que vaya a volver con él, entre otras cosas porque lo que me ha pedido en la nota que acompañaba al ramo de flores es que quería que fuéramos amigos, nada más.

—Mi niña, eso es lo que se suele decir para no asustar a la otra persona, para que no se sienta abrumada por los acontecimientos, pero, el gesto de las flores me dice que, ese hombre, sigue tan enamorado de ti como cuando teníais quince años.

—No, por favor, porque mira como terminó todo. Que me quiera menos, pero que me quiera mejor —le dije, poniendo cara de horror.

Al final, terminamos riendo por las ocurrencias de Pepe, que no paraba de decir burradas sobre cómo podía volver a conquistarlo. Mientras que él seguía trazando su peculiar cruzada para mí, nosotros fuimos poniendo la mesa y calentando la comida.

Tanto a mi primo como a mí, nos encantaba cocinar y, por eso, los domingos, que tan aburridos eran, nos los pasábamos allí metidos, cocinando y preparando comida para toda la semana.

De ese modo, cuando llegábamos del trabajo, tan solo teníamos que calentarla, y no pasar horas allí metidos, cuando realmente estábamos cansados.

A Pepe, por el contrario, lo que le encantaba era planchar y hacer la colada, así que, era el encargado de hacerlo, aprovechando que nosotros cocinábamos.

Él se ponía música a todo volumen, se plantaba sus auriculares para no molestar a nadie, y, mientras que planchaba, lo veíamos mover las caderas como si de una bailarina de la danza del vientre se tratara.

Nos habíamos sentado a la mesa, y estábamos degustando ya el postre, cuando María y David llamaron a la puerta. Al abrirles, los vimos muy preocupados, y no dudamos en preguntar lo que ocurría.

—Chicos, debemos salir de la urbanización e ir al polideportivo, corremos el riesgo de una inundación —nos dijo David.

—¿De qué coño estás hablando, cuñado? —preguntó mi primo.

—Pues que la presa está a punto de desbordarse, y nosotros somos los primeros a los que cogería el agua.

—Joder, joder, ¿qué pasará si eso ocurre? Lo perderíamos todo…

—No te pongas en lo peor. Lo más seguro es que no suceda nada, es más bien a modo de precaución —me dijo María.

—¿Cómo os habéis enterado? ¿Quién os ha avisado? —pregunté, mientras que subía a ponerme un chándal y a coger mi libro electrónico, porque me daba a mí la impresión de que no sería cosa de un rato.

—Nos ha avisado la policía, pero hemos decidido venir nosotros a contároslo, pues te conozco y te hubieras muerto de miedo —me dijo mi prima.

—Joder, lo estoy ahora, y habéis venido vosotros…

—Pepe, coge un par de mantas, por si acaso allí no hay suficientes, que el frío allí será bastante acuciado.

—Ya lo había pensado, hermano, y algo de comer además de botellas de agua, por si las moscas.

—También es verdad. Venga, daros prisa que vendrán a precintar la entrada de la urbanización —dijo Antonio, que había llamado a la guardia civil para que les contara la situación real.

No nos dijo nada, pero no debería de ser muy halagüeña, teniendo en cuenta la cara que había puesto mientras que le contaban lo que estaba ocurriendo.

Era cierto que no había parado de llover en toda la semana, y que no eran cuatro gotas las que caían, sino una lluvia abundante, pero para llegar a este punto…

Salimos de la casa y la dejamos cerrada y con la alarma puesta, pues sabíamos que la gente aprovechaba estos momentos para entrar y saquear todo lo que pudieran, y más.

Cuando estuvimos todos juntos, nos marchamos hasta el polideportivo donde nos habían indicado que teníamos que permanecer por seguridad.

Lo que menos me podía esperar es que, por el camino, nos íbamos a dar de bruces con Guillermo, que salía de la casa en la que me había parecido verlo el primer día.

Nuestra reacción fue la misma, la de sorpresa e ilusión.

Me refiero a la suya y a la mía, porque la de los demás fue muy variada.

Mientras que Antonio lo miraba con rabia, Pepe lo hacía con ilusión, María con la esperanza de que se acercara a nosotros, y David lo hacía con pena, por todo lo que habían vivido juntos.

Si alguien, a parte de mí, lo había echado de menos durante todos estos años, ese había sido la pareja de mi prima, que no entendía el motivo de su ausencia, de su desprecio hacia nosotros, y continuaba sin entenderlo a día de hoy.

—Silvia… no esperaba encontrarte aquí, la verdad —me dijo, en cuanto que llegó a nuestra altura.

—Sabías muy bien dónde se encontraban las casas de nuestra familia, así que, no te hagas el tonto, que no se te da bien —le respondió David, siguiendo adelante, supongo que para que no viera el dolor en sus ojos.

—David, espera… —le dijo él, pero no le hizo caso y siguió adelante.

—Hola, Guillermo —le dijo Pepe, ya que mi prima había salido corriendo detrás de su chico.

—Hola, Pepe, ¿qué tal os va todo? Veo que seguís todos juntos, en pareja, y no os podéis imaginar lo que me alegra comprobarlo.

—Tú también podrías estar igual, si no te hubieras comportado como un auténtico cabrón, que es como te comportaste.

—Lo sé, y pretendo ponerle remedio lo más pronto posible, aunque tengo claro que me va a costar recuperar vuestra confianza.

—Venga, démonos prisa, que no quiero llegar allí y perder de vista a mi hermana —dijo Antonio, que ni siquiera le había dirigido la palabra.

Guillermo se situó a mi lado, en completo silencio, y empezó a avanzar hasta el polideportivo con nosotros. Era como si el tiempo no hubiera pasado, como si fuéramos esa pandilla de chavales de adolescentes que querían pasar el día juntos, y eso provocó que un nudo se me formara en el pecho.

Al llegar allí, ya estaban todos los vecinos, igual de asustados que nosotros, fuimos a buscar a mi prima y a David, que estaban sentados en una parte de las gradas, y nos sentamos con ellos.

Irremediablemente, empecé a llorar, y ya no solo por la pena de tener a Guillermo a mi lado como si fuéramos dos desconocidos, sino por el miedo que sentí a perderlo todo, a que nuestros peores temores se hicieran realidad.

Guillermo, que notó mi miedo, no lo dudó y pasó su brazo por encima de mi hombro, pegándome a él, como si, con ese gesto me quisiera decir que no se marcharía de mi lado nunca más, que estaría ahí para siempre, pero no me lo terminaba de creer.

—Tranquila, preciosa, que no pasará nada. Estaré a tu lado, siempre…

—No digas cosas que no vas a cumplir, Guillermo.

—Hombre, menos mal que no me has dicho señor Suárez. Y sí, pienso cumplir mi palabra en todo lo que te diga.

—Claro, hasta que haya otro contratiempo y me culpes de tus desgracias.

Iba a contestarme, cuando mi móvil sonó, era mi padre, que me llamaba muy preocupado al ver en las noticias que habían tenido que desalojarnos, y quería saber si necesitábamos algo o si queríamos volver a Granada hasta que todo se solucionara.

—No, papá, no me pienso mover de aquí, mucho menos ponerte en peligro en la carretera, no me apetece tener un disgusto por ello —le dije.

—Silvia, mi obligación como padre es ir a ponerte a salvo, y a tus primos también. Estamos todos en casa ahora mismo, incluso los padres de Pepe y David, y todos pensamos de la misma manera.

—Lo sé, tengo claro que seguís pensando que somos vuestros polluelos, pero ya somos todos adultos, papá.

—Prométeme que, si necesitáis salir de allí, si queréis volver a Granada, nos llamareis a alguno de nosotros, que seremos vuestra primera opción.

—Te lo prometo, pero ahora, quedaros tranquilos, estamos todos juntos, en el polideportivo de la ciudad, y os iremos contando, a unos o a otros, todo lo que nos vayan explicando, de verdad.

—Cuidaros mucho, Silvia, por favor, que no estamos hablando de algo insignificante, sino de una situación extrema.

Corté la llamada y escuché como Guillermo también hablaba por teléfono, y le decía a alguien que estuviera tranquila que se encontraba bien, con amigos y que no necesitaba nada. Que, cuando todo terminara, iría a verla.

Sí, sí, se escuchaba la voz de una mujer, no demasiado mayor, y eso me provocó unos celos horribles, unos que no había sentido en mi vida, y que no me gustaba nada. El que no se dignó a llamarme fue Javier, que no envió ni un mensaje por si necesitaba algo.

—¿Estás mejor?

—Sí, voy a preguntar hasta cuando tendremos que estar aquí.

No es que necesitara saberlo, ni mucho menos, sino que lo que necesitaba era salir de su embrujo, alejarme un poco de él, o terminaría cayendo en sus brazos a las primeras de cambio, y no sería bueno para mi salud mental.

Mis primos se dieron cuenta, y María se levantó para acompañarme, dejando allí a los chicos con Guillermo, que se había levantado para hablar con ellos. Tenía claro que David le reprocharía muchas cosas, pero que él aguantaría el chaparrón como un campeón.

—¿Estás bien? Ha debido ser para ti un shock verlo salir de esa casa.

—Ya lo había visto, esta misma mañana ha estado en el banco.

—No me jodas, ¿ha hablado contigo?

—Mucho más que eso…

Le conté a María lo que había sucedido, mientras que nos fumábamos un cigarrillo en la puerta del polideportivo. Al abrigo del techado de la entrada, para no mojarnos, pero con el aire dándonos en la cara. Ella sí seguía fumando como antes, yo, apenas un cigarro de vez en cuando.

Justo cuando iba a decirme algo, escuchamos que la guardia civil empezaba a hablar dentro del polideportivo, y entramos para ver lo que nos iban a decir.

La mayoría de nosotros habíamos salido prácticamente con lo puesto, y, ahora, nos iban a dar media hora para que entráramos a coger todo lo que necesitábamos, así como, los vecinos que tenían mascotas, por si querían cogerlos, antes de trasladarnos a un hotel cercano.