Capítulo 16
Guillermo
Le contamos a Cata toda mi historia, porque la pobre no tenía ni idea del porqué su mujer está pegando saltos y dando grititos de alegría.
Conforme yo iba hablando, ella iba abriendo más y más los ojos y la boca, como si no se pudiera creer lo que estaba escuchando, sobre todo cuando le conté la manera en la que terminé con todo y con todos.
—¿Qué vas a hacer ahora? —me preguntó Cata.
—Pues qué va a hacer, hija mía, conquistarla —le respondió Alex, como si lo tuviera clarísimo.
—En todo caso, sería reconquistarla, que ya la tuve una vez —les aclaré.
—Por tu bien, espero que esa parte quede atrás, porque entonces, lo tendrás más crudo que un huevo recién puesto —insistía mi compañera.
—En eso tiene razón mi mujer. Más vale que hagas borrón y cuenta nueva —añadió mi jefa.
—No puedo hacer eso. Precisamente, si puedo volver a conquistarla, a demostrarle mi amor, debo recurrir a los momentos que pasamos juntos… No os podéis imaginar lo que suponía vernos a los dos en esa época, era como si fuéramos uno solo.
—Cariño, pero, en la actualidad, ninguno de los dos sois los mismos, ambos tenéis vuestras propias cicatrices que la vida ha ido poniendo en vosotros, habéis madurado, y no sabéis de qué manera lo habéis hecho —siguió Alex.
—Si algo me ha quedado claro en el momento en el que he estado cerca de ella es que, tanto ella como yo, no hemos podido pasar de página, por mucho que lo hemos intentado.
Continuamos un buen rato más hablando de lo mismo, hasta que se me ocurrió algo, pero, para hacerlo, tenía que salir de la oficina durante unos minutos, y así se lo hice saber a mi jefa.
—Alex, debo salir, tengo que enviarle un detalle a Silvia, al trabajo. ¿Me ayudas a decidir que le mando?
—Uy, yo soy cero romántica, será mejor que le preguntes a mi mujer, porque yo te diría que le compraras algo que le haga falta, como un juego de sartenes o algo así.
—Si yo le envío a Silvia un juego de sartenes, me pide una orden de alejamiento, te lo aseguro.
—Por eso, que vayas y le preguntes a Cata… O, bueno, mejor la llamo y que venga al despacho.
Alex avisó a su mujer por el interfono que había en su despacho, y ella no tardó en entrar ni cinco segundos, con una sonrisa en los labios, como era habitual, y una mirada de adoración que le dedicó a mi jefa.
Eso era lo que yo quería para mí, un amor así de transparente y de puro, y tan solo lo había conocido en una mujer, Silvia.
—A ver, ¿cuál es la emergencia? —preguntó, nada más entrar.
—Quiero enviarle algún detalle a Silvia, al banco, porque no sé dónde vive, y tiene que ser algo que le llegue ahora, en la mañana, ya que, sino, tendría que esperar al lunes, y no quiero…
—Claro, quieres que lo que reciba antes para que te recuerde todo el fin de semana —me dijo Alex, que lo había entendido a la primera.
—Exacto. Eso que le envíe tiene que recordarle que yo sigo aquí, dispuesto a conquistarla de nuevo, y que no me pienso rendir.
—Bien, pues, entonces, yo creo que le deberías de enviar un ramo de flores, con sus preferidas… o de rosas blancas, que simbolizan el perdón.
—¿Y si le envío un ramo con los dos tipos de flores?
—Claro, ahí verá que no te has olvidado de sus gustos, pero que también quieres pedirle perdón por lo que hiciste en su momento.
—Gracias, Cata, eres un sol. Me voy a la floristería, vuelvo en quince minutos.
—¿Te has dado cuenta de que las puedes enviar por internet?
—Sí, pero quiero que la tarjeta vaya de mi puño y letra.
—¡Tú sí que sabes! —me gritó Alex desde su despacho.
Entré en mi despacho para coger mi chaquetón y mi cartera, así como el teléfono móvil, por si me necesitaban para algo, y salí corriendo de allí.
Por suerte, la floristería estaba justo en el edificio de enfrente, en el local del bajo, así que no tendría que ir muy lejos, porque llovía a cántaros en ese momento.
—Buenas tardes, quería encargar y enviar un ramo a la sucursal del banco “Dinero a tiempo” de la calle Petunia.
—Buenas tardes. ¿Cuándo quiere que lo reciban y a nombre de quién irá?
—Si pudiera ser, antes de las dos, que es la hora de cierre de la sucursal.
—Eso conllevará un incremento extra, por la urgencia.
—Me da lo mismo, siempre y cuando Silvia Medina lo reciba antes de esa hora.
La chica me aseguró que así sería, y me pidió que le dijera lo que quería que fuera en la tarjeta, pero le dije que, mejor, lo escribía yo, que me hacía ilusión que lo recibiera de mi puño y letra, y no hubo ningún problema.
Le encargué un ramo que llevara orquídeas y rosas blancas, y la chica me miró con sorpresa, pero también con una sonrisa, pues entendió que había hecho algo por lo que tenía que pedir perdón.
Me quedó claro que no era la primera vez que le encargaban algo así.
Escribí la nota y, después de leerla varias veces, se la di a la chica, que la metió en un sobre y anotó el nombre de ella en él.
“Sé que tú tampoco me has olvidado, y no dejaré de insistir hasta que no me des la oportunidad de pedirte perdón por lo que te hice. Quiero que seamos amigos, Silvia, volver a compartir momentos. Guille.”
Esa fue la nota que le envié. Esperaba que no la tirara a la basura. Sí, sé que no fui del todo sincero con ella, porque no quería su amistad, quería mucho más que eso, quería que volviéramos a tener la misma relación que tuvimos cuando éramos adolescentes, pero tenía que ir poco a poco.
No quería que saliera huyendo, eso era lo último que podía ocurrir, porque, entonces, ya sí que no tendría oportunidad de volver a acercarme a ella, ya no podría conseguir tener lo que teníamos.
Pagué el ramo de flores y, la primera intención fue ir hasta el banco a la hora de la salida, para saber si lo había recibido y si le había gustado, pero las chicas se encargaron de quitarme la idea.
—No puedes hacer eso, Guille, o parecerás un acosador —me dijo Cata.
—¿Un acosador? No digas tonterías, Cata, por favor —respondí.
—Ah, ¿no? ¿Cómo le llamarías entonces a un tío que aparece después de tantos años, te envía flores y te espera en la puerta del banco, todo el mismo día?
—Joder, si me lo pintas así, me doy hasta miedo a mí mismo.
—Por eso te lo digo. No querrás que se asuste y te coja miedo.
—No, no, por favor, más bien, quiero todo lo contrario.
—Entonces, te quedas aquí, tranquilito en la oficina, hasta que llegue tu hora de salida y te puedas marchar a casa —sentenció Alex.
—Está bien, bueno, me voy al despacho a terminar lo que tengo pendiente y así no me lo tengo que llevar a casa el fin de semana.
—¿Tienes planes, Guille? —me preguntó Cata, con cierta ironía.
—Sí, quedarme en pijama todo el fin de semana, en el sofá, viendo alguna serie o leyendo algún libro.
—¡Ole los deportes extremos, si señor! —exclamó, negando con la cabeza.
—Querrás que, con este tiempo, me vaya a hacer senderismo o algo.
Negué con la cabeza, mientras que ella soltaba una carcajada por lo que le había contestado, y entré en mi despacho, donde esperaba que las horas que quedaban hasta la finalización de mi jornada laboral, pasaran de lo más rápido.
Y así fue, en cuanto que centré mi atención en el trabajo, el tiempo voló, hasta el punto de que fue Cata la que vino a avisarme de que nos teníamos que marchar ya, que Alex iba a poner la alarma.
Me monté en el coche con la idea de que tenía que volver a encontrarme con Silvia, lo que no esperaba es que eso ocurriera esa misma tarde, por un problema que hubo en la urbanización, que se había inundado por las lluvias y que hizo que tuviéramos que abandonar nuestras viviendas por miedo a no poder salir más tarde.
Pero bueno, eso os lo contaré más tarde. Ahora me tocaba volver a casa, y la lluvia hizo que me retrasara más de una hora en hacerlo, porque las retenciones de tráfico para salir del centro eran agobiantes y demasiado largas.
Por fin había llegado, y lo primero que hice fue darme una ducha y ponerme uno de mis pijamas, antes de sentarme a comer en la mesa de la cocina. Eso era lo que peor llevaba, el tema de comer solo, no me había gustado nunca, y seguía sin gustarme hacerlo.