No soy más tonta porque no quiero Capítulo 15
36%

Capítulo 15

Silvia

No me lo podía creer, este tío tenía la cara como el cemento armado, de verdad. Se comportaba conmigo como si no hubiera sido el hombre más cabrón con el que me había cruzado en toda mi vida, como si tuviéramos que ser amigos por decreto, y eso me enervó de manera desorbitada.

Javier, al ver mi estado, plantada en la puerta de mi despacho, y sin poder moverme ni articular palabra, no dudó en acercarse a mí. Me pasó la mano por delante de la cara varias veces, hasta que, por fin, pude reaccionar.

—Joder, Silvia, me has dado un susto de muerte.

—¿Por qué?

—Porque llevo un rato llamándote y pasando la mano por delante de tu cara, y ni siquiera has pestañeado.

—Es que, de verdad, que no era para menos.

—¿El qué no era para menos?

—El que me haya quedado en shock. Me parece todo tan sumamente surrealista…

—Joder, es cierto. Después de tantos años, que te lo tengas que encontrar, y encima en el trabajo, es, cuanto menos, desconcertante.

—Eso no es todo. Me ha hablado como si no hubiera ocurrido nada, como si todavía sintiera algo por mí…

—No te dejes convencer, Silvia. Ese hombre te hará mucho daño.

—Ya me lo ha hecho, no necesito que me digas nada. Si, incluso cuando se ha marchado, me ha dejado un beso en la mejilla, como si fuéramos amigos.

Noté como el semblante de Javier se endurecía, y no me gustaba pensar que era porque estuviera celoso, porque creía haberle dejado muy clarito que, entre nosotros, ni había nada ni lo habría nunca, ya que no quería mezclar el trabajo con las relaciones personales.

No sabía cómo decirle que era un problema mío, porque no quería que me tomara por una antipática, o por alguien desagradecido, pero es que, si había algo que no soportaba era que me dijeran lo que debía o no debía hacer, y él se dio cuenta de mi contrariedad en el rostro.

—No quería incomodarte, Silvia. Ya eres adulta y sabes perfectamente lo que debes o no debes hacer.

—Eso mismo, y no quiero que te lo tomes a mal, pero es mi vida y soy yo la que debe decidir si quiero ser su amiga, su novia o su archienemiga, sin que me sienta presionada ni juzgada por nadie.

Javier puso cara de enfado, y se marchó a su despacho, dónde se mantuvo durante toda la mañana.

Yo, aproveché para revisar todos los préstamos y documentación que tenía pendientes, quería dejarlo todo listo antes de irme de fin de semana, para que se pudiera firmar el máximo de operaciones el mismo lunes.

A media mañana, llamaron a la puerta de mi despacho, y pensé que sería Javier para sugerirme tomar un café, pero me equivoqué, pues se trataba de un repartidor de una floristería cercana, que traía un ramo enorme de mis flores preferidas, mezcladas con rosas blancas.

—¿Es usted Silvia Medina?

—Sí, soy yo. ¿Esto es para mí?

—Eso pone en el albarán. ¿Serías tan amable de firmarme aquí, por favor?

—Claro, dame un minuto.

Fui hasta mi escritorio, donde cogí un bolígrafo y un billete de cinco euros, que le daría como propina al chico.

Teniendo en cuenta que nadie de los que me rodeaban sabían que mis flores preferidas eran las orquídeas, y que las rosas blancas eran para pedir perdón, me podía suponer de parte de quién venía.

No me preguntéis por qué, pero mi corazón dio un vuelco. Volver a tenerlo cerca me dejaba algo aturdida y, si encima, me enviaba flores, pues os podéis imaginar cómo me encontraba en estos momentos.

Mi cabeza me decía que no me dejara impresionar por tonterías como esta, que Guillermo no era una persona de fiar y terminaría por hacerme daño de nuevo.

En cambio, mi corazón estaba como loco de contento, ya que eso significaba que él también me recordaba, que lo que vivimos no había sido una mentira.

Despedí al chico con una sonrisa, y me puse a buscar la tarjeta dentro del ramo de flores, hasta que la encontré. Venía escrita y firmada de su puño y letra, una que reconocería entre miles de manuscritos, pues seguía teniendo la misma que cuando éramos unos adolescentes.

“Sé que tú tampoco me has olvidado, y no dejaré de insistir hasta que no me des la oportunidad de pedirte perdón por lo que te hice. Quiero que seamos amigos, Silvia, volver a compartir momentos. Guille.”

Una sonrisa se pintó en mis labios, justo cuando Javier entraba por la puerta de mi despacho, que se había quedado abierta. Me miró de una manera que no me gustó nada, al igual que se fijó en el ramo de flores, que había puesto encima de uno de los archivadores para llevármelo a casa.

—Veo que ese tipo ha empezado con la operación acoso y derribo, y que, a ti, contra todo pronóstico, te ha gustado que lo haga.

—Mira, Javier, si me ha gustado o no, eso no lo sabes.

—Claro que lo sé, tan solo hay que verte esa sonrisa que llevas en la cara.

—Bueno, y si me ha gustado ¿qué tiene de malo?

—Me pensé que eras más inteligente, Silvia. Este tío lo único que quiere es meterse entre tus piernas, antes de desaparecer de nuevo.

—No te voy a consentir comentarios de ese tipo hacia mi persona. Es mi vida, ya te lo he dicho, y si quiero echar un polvo, o dos, o veinte mil con Guillermo, a ti, ni te va, ni te viene.

—¿Realmente piensas así?

—Sí, que pienso así, creo que ya te he dejado clara mi postura.

—Entonces, no solo eres menos inteligente de lo que me imaginaba, sino que, además, eres masoquista. No entiendo cómo puedes estar pensando en acostarte con un hombre así, cuando desprecias a alguien que quiere darte amor de verdad.

Sabía que se estaba refiriendo a él mismo, y no me gustó el tono en el que lo dijo. Respiré hondo, pues no quería contestarle desde la rabia que estaba sintiendo en este momento, no me gustaría que nuestra relación profesional se viera enturbiada por algo así.

—Voy a hacer como que no he escuchado esas palabras, porque, si reacciono a ellas como te mereces, terminaríamos muy mal.

—No, habla, no quieras añadir también el calificativo de cobarde a tu persona, por favor.

—¿Quieres que te diga lo que realmente pienso de lo que me estás diciendo? Entonces, te lo diré, pero luego no quiero malas caras ni malos rollos entre nosotros.

—Por favor, ante todo, soy un profesional. No te digo que no vaya a afectar a nuestra relación personal, porque, después de esto, creo que no volverá a ser la misma.

—Mira, Javier, lo que creo es que estás despechado, y que eras mi amigo no porque quisieras mi amistad, sino porque pensabas que cambiaría de opinión con respecto a ti, que terminarías por meterme en tu cama, cuando yo tenía, y tengo claro, que eso no sucederá nunca.

—Me alegra que hayas tenido el valor de decírmelo, porque yo creo que tú me has querido mantener cerca para tenerme como paño de lágrimas, porque, lejos de mí y de tu familia, no hay un dios que te soporte.

—Será mejor que dejemos esta conversación aquí. Ya ha llegado mi hora de salida y tengo ganas de llegar a casa y de no verte la cara hasta el lunes.

Me di la vuelta, me coloqué mi abrigo y cogí, tanto mi bolso como el ramo de flores, y salí de mi despacho. Fiché antes de dirigirme a la puerta del banco, y dejé a Javier en el mismo sitio, mirándome como si no terminara de creerse lo que había ocurrido allí dentro, pero me daba igual.

Eso que me había dicho de que no me soportaba nadie más que mi familia, me había dolido demasiado, porque siempre había sido una chica muy simpática y querida, y no pude evitar que unas lágrimas cayeran por mi rostro.

Me las limpié con rabia, justo cuando mi primo paró el coche delante de mí, del que se bajó con prisas, asustado por mi estado. No me lo pensé, necesitaba un abrazo y me lancé a sus brazos, esperando encontrar el refugio que necesitaba.

—¿Qué te ha pasado, Silvia?

—Llévame a casa, por favor, allí te lo cuento todo.

—¿Estás bien? ¿Alguien te ha hecho algo?

—Lo estaré, pero necesito sentirme a salvo.

Mi primo me miró preocupado, y me abrió la puerta del asiento trasero del coche, porque en el asiento delantero iba su chico, que también se giró para mirarme. Me ofreció sentarse detrás, conmigo, o dejarme el asiento delantero, pero decliné la oferta, no lo veía justo para ninguno de los dos.

El camino se me hizo eterno, mientras que mi primo conducía, mi teléfono empezó a vibrar y, al mirarlo, me di cuenta de que era Javier, pero no le contesté, es más, apagué el móvil para que me dejara en paz.

Si mis padres llamaban y no lo tenía operativo, le enviaban un mensaje a mi primo para preguntar qué ocurría.