No soy más tonta porque no quiero Capítulo 14
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Capítulo 14

Guillermo

Había recibido un mensaje del señor Mendoza, el director de la sucursal bancaria, citándome al día siguiente para el tema de la financiación del proyecto, tendría que estar a primera hora de la mañana allí, por lo que avisé a Alex para que supiera que entraría más tarde.

—Aquí está el señor Suárez… ¿te has pensado mejor la propuesta de mi mujer? —me dijo Cata, que también estaba en su despacho.

—Quita, quita, que se me subió hasta la tensión.

—¡Qué exagerado! —exclamó Alex.

—Sí, sí, exagerado, por lo cojones…

—Bueno, ¿a qué has venido? Porque a verme la cara, seguro que no, que ya me tienes muy vista.

—Pues no, he venido a decirte que me han citado mañana, a primera hora, en la sucursal bancaria, y que, por eso, llegaré más tarde a la oficina.

—Sin problemas. Eso sí, cuando vengas, espero que te traigas la financiación debajo del brazo.

—Lo intentaré…

—Uy, jamás le digas eso a mi mujer, porque te contestará algo que no te gustará escuchar.

—Efectivamente. Aquí la gente no intenta las cosas, no para hasta que las consigue.

—Entonces, lo conseguiré, no sé si mañana o pasado, pero la tendrás.

—Eso es, veo que vas entendiendo mi filosofía de trabajo.

Estuvimos un ratito más charlando, y me fui a casa. Llovía lo más grande, como continuaba haciendo durante toda la semana. Parecía que el invierno se había adelantado, y a mí me encantaba, porque sentarme en mi sofá, delante de la chimenea, tranquilamente, era el mejor de los planes.

Esa mañana volvía a llover, por lo que decidí salir antes de mi casa, no fuera a cogerme algún atasco a la entrada del centro y llegara tarde. Sabía que ese hombre tenía la agenda muy ocupada, y no quería retrasarlo o tener que esperar a que terminara de atender a otro cliente.

Me había levantado algo revuelto interiormente.

A ver, os explico. ¿No habéis tenido nunca esa sensación de que algo os va a suceder?

Pues así estaba yo en esos momentos. Me sentía de la misma manera que cuando mi madre falleció, o de cuando mi padre me dijo que se iba a casar, por lo tanto, no sabía si sería algo bueno o malo lo que iba a pasar.

Llegué al banco y una de las chicas que estaban a la entrada, me indicó que tenía órdenes de que pasara al despacho del director, pero lo que no me esperaba era encontrarme allí a la mujer que más había querido en mi vida, pero también a la que más daño había hecho.

Después de tener un intercambio de palabras, nada agradable, por cierto, me dijo algo que me llegó al alma. Sabía que tenía que estar resentida conmigo, pero lo que en mi vida me hubiera esperado era ese trato por su parte.

Me estaba tratando de usted, como si no conociéramos hasta el último lunar de nuestros cuerpos, como si no hubiéramos compartido mucho más que palabras, y me indigné, y así se lo hice saber.

—Aquí, usted es el señor Suárez y yo soy la señorita Medina, si no le importa.

—¿Y fuera de aquí?

—Fuera de aquí somos dos desconocidos que no tienen nada que hablar entre ellos.

—Pues yo pienso todo lo contrario.

—Lo que tú pienses, me la trae al pairo, lo mismo que hiciste tú cuando me culpaste de algo en lo que yo no tuve ninguna culpa.

—Será mejor que me vaya y que vuelva otro compañero.

—¿No eres capaz de separar lo personal de lo profesional?

—Pues mira, no. Si en lo personal estás tú, no soy capaz. No te digo que me recibieras con una pancarta o una fiesta de bienvenida, pero, al menos, esperaba un trato cordial.

—¿En serio me estás reclamando un trato cordial después de cómo te has portado conmigo? No me hagas reír, por favor.

—Ha pasado mucho tiempo, y me gustaría que pudiéramos hablar. Tengo mucho por lo que pedirte disculpas.

—Como te he dicho antes, no tengo nada que hablar contigo, aquí tan solo estamos para gestionar el tema de la financiación. Si eres tan amable, toma asiento que enseguida la preparo, para que no tengas que volver y pierdas más el tiempo.

—Volver no sería perder el tiempo, por dos razones, la primera porque es mi trabajo, y la segunda, pero no menos importante, porque así tendría la oportunidad de volver a verte.

—Has tenido mucho tiempo para venir a verme, para ofrecerme esas disculpas que me dices. Por lo tanto, todo lo que me digas ahora, me da exactamente lo mismo, porque llega demasiado tarde.

La vi concentrarse en el trabajo y, como media hora después, en la que ni siquiera mi miró, se levantó para ir hasta la impresora, trayendo con ella los documentos que había estado preparando, y que me dejó encima de su mesa, junto a un bolígrafo, para que lo firmara.

—Una firma en cada una de las hojas, por favor.

—¿Siempre eres así de antipática con los clientes? Ahora entiendo lo que me dijo me jefa sobre ti.

—No, solo con los que me han hecho daño, y en cuanto a lo que tu jefa ha dicho sobre mí, me trae sin cuidado, puesto que tan solo sigo las directrices de mi trabajo. Si por ser estricta me critican, me da exactamente igual.

Firmé todas y cada una de las hojas que me había puesto por delante, pero sin quitarle la vista de encima. Era una habilidad que tenía, que podía escribir sin tener que fijar mi mirada en el folio, y la noté algo nerviosa.

Por mucho que ella me hiciera creer que no, mi presencia le seguía afectando como antes, y no le era tan indiferente como quería demostrar.

Una sonrisa se pintó en mis labios, por lo que suponía para mí, porque era todo lo que necesitaba para no rendirme, aunque sabía que me iba a costar conseguir que hablara conmigo.

—¿Se puede saber qué es eso que tanta gracia te hace? —me preguntó, como indignada.

—Que, por mucho que te empeñes en disimularlo, sigo estando en tu corazón, aunque sea en un pequeño rinconcito.

—Sigue soñando, chaval.

—¿Estás segura de que, si me acerco a ti, tus latidos no se dispararán?

—Lo único que se iba a disparar sería mi mano en dirección a tu cara.

Solté una carcajada, pero quise comprobar otra cosa. Cogí la documentación y se la entregué en la mano, haciendo que nuestros dedos se rozaran. Una descarga eléctrica nos atravesó a los dos y, tanto ella como yo, nos quedamos sorprendidos.

Jamás me había ocurrido algo así, con ninguna mujer con la que había estado después de aquel fatídico día, ni siquiera con ninguna amiga, y supe, en aquel mismo momento, que no podía dejarla escapar, que debía seguir ahí, pico y pala hasta que todo estuviera bien entre nosotros.

Salí de allí, pero antes, de que se diera la vuelta y cogiéndola desprevenida, le dejé un beso en la mejilla, como cuando nos conocimos y todavía no habíamos empezado nada.

Temí que su mano impactara directamente en la mía, pero se quedó tan sorprendida, que no le dio tiempo a reaccionar, y yo salí de allí riendo, igual que cuando éramos dos niños y le robaba un beso en los labios.

Llegué a la oficina calado, porque estaba cayendo lo más grande, pero con una sonrisa que evidenciaba lo contento que me encontraba, y no solo por haber conseguido la financiación, sino por la persona que me la había concedido, y a la que no esperaba encontrar en aquel despacho.

—Uy, te veo muy feliz, por lo que, deduzco, que has conseguido la financiación. ¿Cuándo se firma? —me dijo Alex, que estaba hablando con su mujer.

—Esa sonrisa me dice que ha sido mucho más que eso. ¿Te has enamorado de la chica o del chico del banco? —dijo Cata, ejerciendo de adivina.

—Casi, casi das en la tecla, Cata.

—¿Perdona? —preguntó Alex, sin terminar de creérselo.

—Para empezar, la financiación ya está firmada, aquí tienes toda la documentación…

—¿Ya te la ha firmado? ¿La hueso de Silvia? Chico, mucho la has tenido que impresionar, porque esa mujer no haría algo así, en la vida.

—Pues sí que le ha impresionado verme, porque, además, ya nos conocíamos de antes.

Alex, que era conocedora de toda mi historia, empezó a dar saltitos y grititos por toda la oficina, mientras que el resto del personal que estaba allí presente nos miraba sin entender nada de lo que estaba pasando, Cata, su mujer, la primera.

—¿Me podéis explicar lo que está sucediendo, por favor?

—Tío, de verdad que no me lo puedo creer. Es como el argumento de una de esas telenovelas venezolanas antiguas, en las que los enamorados pasaban mucho tiempo separados, y cuando se volvían a encontrar, era como si nada hubiera pasado entre ellos.

—No tan bonito, porque me ha mandado a la mierda a la voz de ya.