Capítulo 13
Silvia
Estuve toda la semana tranquila, tanto en el trabajo como en la casa, sin rastros de ese hombre que se parecía tanto a Guillermo en toda la urbanización.
Lo agradecí, y a base de bien, porque el simple hecho de pensar que me lo podía encontrar en cualquier momento hacía que mi corazón se acelerara al mil por cien.
El temporal no nos daba tregua y, a pesar de que todavía estábamos en otoño, el frío y la lluvia parecía que habían llegado para quedarse.
Ni un solo día había dejado de llover, pero no un chirimiri, no.
Cada tormenta que, si no estuvieran Antonio y Pepe en la casa conmigo, me cagaría de miedo.
No hay cosa que me dé más miedo que eso.
—No quiero que conduzcas sola con este temporal, Silvia —me dijo mi primo.
—Hasta que el tiempo amaine, nos iremos los tres juntos, y el primero que salga de trabajar, que vaya recogiendo a los demás —puntualizó Pepe.
—Por mí, perfecto. Pero si veo que tardaré mucho en salir, os vais vosotros y yo me pillo un taxi.
—No lo creo; vamos a la inmobiliaria, hay una casa al lado de la de mis suegros, y quiero saber las condiciones para comprarla —me dijo Antonio.
—Hablando de casas… la que había disponible justo al otro lado de la de tus suegros ya tiene inquilino nuevo.
—¿Lo has visto? Chica, porque debe de ser vampiro. Tan solo vimos un camión de mudanzas el primer día, nada más —añadió mi primo.
—No es que haya hablado con él, pero sí que lo vi de lejos…
—¿Qué te pasa, cariño? ¿Por qué estás en ese estado? —Me preguntó Pepe.
—Es como si tuvieras que contarnos algo y no supieras ni por dónde empezar.
—No es que no sepa por dónde empezar, Antonio, es que me vais a tomar por loca.
—Uy, chica, eso lo tenemos claro desde el primer día en que nos conocimos. Venga, dale, mujer, que entre nosotros hay confianzas —me dijo Pepe, sacándome una sonrisa.
Empecé a relatarle cómo me había parecido que ese hombre, el que habitaba en esa casa, era Guillermo. Mi primo abrió la boca de manera desmesurada, como si no supiera si salir a buscarlo y darle una buena golpiza o si dar la vuelta y encerrarse en su habitación.
—Pues deberíamos de ir a comprobarlo…
—¿Comprobarlo? Si ese cabrón está aquí, no lo quiero ver en diez kilómetros a la redonda de mi prima.
—Ha pasado mucho tiempo, amor. Quizás deberíamos dejar las rencillas de la adolescencia a un lado. No te digo que vayamos a ser los mejores amigos otra vez, pero sí tener un trato cordial de vecinos. No sabemos lo que puede pasar en un futuro.
—Sí, ha pasado mucho tiempo, el mismo que he visto a Silvia sufrir, el mismo que no había sido capaz de volver a esta casa, y eso, por mucho que me digas, no soy capaz de olvidarlo.
—Bueno, no quiero que discutáis entre vosotros y Pepe tiene razón. No sé si será él quien vive en esa casa, pero, en el caso de que lo fuera, os pido, por favor, que no haya confrontaciones.
—Venga, vámonos, ya que llegaremos tarde al trabajo —dijo mi primo, cambiando de conversación.
—Sí, porque, con este tiempo, las retenciones hasta el centro deben de ser cojonudas —añadió Pepe.
Decidimos ir en el coche de mi primo, que era el más grande y el más seguro, y, aunque sí que había tráfico, no lo suficiente como para que nos supusiera llegar tarde.
Así que, en cuanto me dejó en la esquina de mi trabajo, comprobé que era muy temprano para entrar, así que, decidí tomarme un café antes.
Al llegar a la barra, escuché como alguien me llamaba, una voz inconfundible, la de Javier, el director de mi sucursal, que estaba en una mesa, desayunando tranquilamente.
—Silvia, ven, siéntate aquí conmigo.
—¿Qué haces aquí tan temprano?
—He quedado con el gestor de la empresa, la documentación está correcta, podemos ofrecer la financiación que nos solicitan. Como vendrá a primera hora y no sé el tiempo que tardaremos, he decidido desayunar antes.
—Pues, si quieres y te vienen bien, hago yo lo mismo y te ayudo con el tema de la financiación, que hoy tengo la mañana tranquila.
—Joder, pues no sabes el favor que me haces, porque mi agenda está hoy completa y, siendo sinceros, no tengo ni idea de dónde iba a sacar tiempo para grabarla.
—Entonces, todo solucionado. Yo, entretenida con el trabajo, y tú liberado de una carga incómoda.
—¿Qué planes tienes para este fin de semana?
—¿Con este temporal? Lo tengo claro, quedarme en mi casita, con el pijama gordo, la mantita y un buen libro o una buena serie…
—Y atiborrada de chucherías, como si lo estuviera viendo.
Ambos soltamos una carcajada, porque yo también lo tenía claro. Esos eran los fines de semana que más me gustaban, cuando el plan era tan sencillo que te parecía el mejor del mundo. Continuamos desayunando, hasta que llegó nuestra hora de entrada, que nos dispusimos a incorporarnos.
—Estaré en mi despacho, cuando llegue el gerente, me avisas y me incorporo a la reunión.
—Perfecto, no creo que tarde mucho, la verdad.
—Eso espero, porque, mientras que no llegue, me moriré de aburrimiento.
Javier soltó una carcajada que resonó en toda la oficina, y que hizo que nuestros compañeros pintaran una sonrisa en sus labios.
Lo dejé ir para su despacho, mientras que yo entré en el mío.
Lo primero que hice fue poner la calefacción, pues hacía un frío que pelaba, y encender mi portátil, así, cuando Javier me avisara, ya lo tendría listo todo.
No me dio tiempo ni a sentarme, cuando mi jefe me llamó, quería que me acercara a su despacho, antes de que llegara el cliente, por si yo estaba conforme con toda la documentación o veía algún fallo.
Entre nuestras grandes cuentas yo tenía fama de ser implacable, porque pocas miraban tanto todo como lo hacía yo.
—Toma, míralos antes de que venga el gestor, por si acaso debemos pedirle algún documento más.
—Trae, anda. Luego soy yo la que me llevo la fama de cabrona entre las empresas.
—¿Cabrona? Me parece que te has quedado demasiado corta. No te puedes imaginar cuando me dejan a mí los documentos, la sonrisa y la tranquilidad que les entra por el cuerpo.
Le di un carpetazo en la cabeza, justo antes de que me sentara a revisar su interior.
Estaba tan sumida en ellos, que ni siquiera noté que la puerta se había abierto y había entrado un hombre, lo que sí que noté fue su perfume, uno penetrante, pero no en el mal sentido de la palabra, y que recordaba haberlo olido antes…
—Silvia, te presento al señor Guillermo Suárez, el gestor de Santos & Company…
—¿Perdona?
—Sí, que te presento a…
Cuando levanté la vista y lo vi ahí, delante de mí, casi me caigo de culo. Me impresionó tanto que hasta tuve que extender la mano para buscar la silla en la que había estado sentada, y hacerlo de nuevo.
—Silvia, ¿te ocurre algo? —me preguntó Javier.
—Silvia… ¡cuánto tiempo sin vernos! —me dijo Guillermo.
—¿Os conocéis de algo?
—Javier… ¿recuerdas lo que te conté el otro día?
—¿En serio? De verdad, no me lo puedo creer. Si necesitas que cambiemos de opinión…
—No, mi vida personal no tiene nada que ver con el trabajo.
—Vuelve a tu despacho, yo me encargo de todo.
—No, de verdad, que puedo hacerlo, ha sido solo la impresión de volver a verlo después de tanto tiempo.
—¿Estás segura?
—Completamente, yo me ocupo. Señor Suárez, si es usted tan amable de seguirme a mi despacho, por favor.
—¿Ahora soy el señor Suárez y me hablas de usted?
—Aquí, usted es el señor Suárez y yo soy la señorita Medina, si no le importa.
—¿Y fuera de aquí?
—Fuera de aquí somos dos desconocidos que no tienen nada que hablar entre ellos.
—Pues yo pienso todo lo contrario.
—Lo que tú pienses, me la trae al pairo, lo mismo que hiciste tú cuando me culpaste de algo en lo que yo no tuve ninguna culpa.
—Será mejor que me vaya y que vuelva otro compañero.
—¿No eres capaz de separar lo personal de lo profesional?
—Pues mira, no. Si en lo personal estás tú, no soy capaz. No te digo que me recibieras con una pancarta o una fiesta de bienvenida, pero, al menos, esperaba un trato cordial.
Una risa de lo más irónica salió de lo más profundo de mi ser. No tenía ni pizca de gracia lo que me estaba diciendo, pero es, si no me lo tomaba con humor, iba a terminar por partirle la cara ahí mismo, y no me podía permitir perder mi trabajo, mucho menos, por él.