No soy más tonta porque no quiero Capítulo 12
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Capítulo 12

Guillermo

Había llegado hacía unos días, pero el camión de la mudanza se retrasó y no llegó hasta dos días más tarde. Según me explicaron, había sido un fallo de logística, pero que me había jodido bastante, pues tenía que empezar esa misma mañana a trabajar.

Lo único que conseguí de mi jefe fue que me permitiera entrar un poquito más tarde, ya que tenían un nuevo proyecto entre manos y tenía que informarme de todo antes de acudir a la sucursal bancaria para plantear la financiación.

A primera hora de la mañana ya los tenía allí y los ayudé a bajar las cajas y los muebles, que pedí que dejaran todos en el salón. Ya me encargaría de organizar todo cuando tuviera tiempo, porque, después de que metiera esta última caja dentro, me ducharía y me iría al trabajo.

Al final, no llegaría mucho más tarde de la hora a la que tenía que entrar, y eso me daba la tranquilidad de poder examinar toda la documentación a conciencia. Justo cuando estaba cogiendo la última caja, al girar la cabeza, me pareció verla en un coche, pero debía estar equivocado.

Ella seguro que estaría en Granada; ni siquiera había sabido si había terminado sus estudios o si seguía en el país. No la había vuelto a ver desde el día de la despedida y seguro que me había sugestionado a mí mismo. Aun así, y después de tantos años, el corazón me había dado un vuelco.

Llegué al trabajo un minuto más tarde que mi hora, y me fui directamente hasta el despacho de mi jefe, que no me esperaba. Resultó que no era un jefe, sino una jefa, y eso sí que me sorprendió, pues se suponía que los correos electrónicos se los había enviado a un chico.

—Perdona, creo que me he confundido de despacho.

—¿Eres Guillermo Suárez?

—Sí, ¿tú quién eres?

—Soy Alex Muñoz, tu jefa.

—¿Tú eres Alex? Joder, pensé que eras un hombre.

—¿Tienes algún problema con que sea una mujer la persona que esté por encima de ti?

—No, no, para nada. Y te pido disculpas si es esa la impresión que te he dado, y perdona también que te tutee, pero creo que debemos tener la misma edad.

—Uy, eso no me preocupa; el que nos tuteemos, me refiero, porque todos los empleados lo hacemos entre nosotros. En cuanto a lo otro, te estaba gastando una broma porque no es la primera vez que me ocurre, por eso del nombre.

—Eso mismo ha sido lo que me ha despistado a mí. Bueno, ya estoy aquí; al final no he llegado mucho más tarde de la hora…

—Si no hubiéramos ido con el agua al cuello con este proyecto, no me hubiera importado que te incorporaras unos días más tarde, pero de verdad que no podía.

—No te preocupes, ya arreglaré todo cuando tenga tiempo, el fin de semana. Ahora ponme al día de todo lo que tenga que ver con el proyecto.

—Sí, toma, aquí tienes toda la documentación y ahora mismo te explico de qué va todo, el dinero que necesitamos y la manera de pedir la financiación. De verdad que siento que tu primer día sea así de intenso, que no te haya dado tiempo ni a integrarte, pero es que se nos termina el plazo.

—Es mi trabajo y me pagan para eso. Venga, dame que le eche un vistazo y, si tengo algún problema o alguna duda, te lo comento.

—De acuerdo, y te lo agradezco, porque estoy de trabajo hasta arriba. Ven, te llevo a tu despacho. Luego, si te apetece, podemos comer juntos y así te cuento todo con tranquilidad.

—Me parece una idea fantástica.

Alex me parecía una mujer increíblemente guapa y con un cuerpo de esos que hacen que te tengas que girar para volver a mirarlo, pero mi problema era el mismo desde hacía casi ocho años, que no era ella, que ninguna era Silvia.

Me encerré en mi despacho para revisar toda la documentación.

No era la primera vez que me enfrentaba a un proyecto de este tipo, y por eso tardé mucho menos tiempo en revisarlo todo, en saber lo que realmente se necesitaba, que fui anotando en los márgenes de la copia que era para mí, para comentárselo a Alex en cuanto que llegara de la sucursal bancaria.

No era nada que nos impidiera solicitar la financiación, pero sí que nos haría falta para presentar la propuesta ante el organismo oficial correspondiente para que nos dieran las licencias y autorizaciones necesarias para empezar a ponerlo en marcha.

—Alex, me marcho para la sucursal bancaria.

—¿Todo bien? Con el proyecto me refiero.

—Faltan algunos datos y cifras, pero te los comento cuando vuelva o mientras comemos.

—Ah, no, lo que me tengas que comentar lo haces aquí, en la oficina; cuando salgamos de aquí, quiero saber de ti, de tu vida, dejando el trabajo a un lado.

—Está bien, pues ahora cuando vuelva te cuento todo.

Salí del despacho de Alex con sentimientos encontrados porque, por un lado, me gustaba charlar con ella, pero, por otro, era como si sintiera que ella quisiera ir más allá conmigo, y, siendo sincero, no sé si sería capaz, ni siquiera, de planteármelo.

Llegué a la sucursal bancaria y una chica me dijo que el director había salido a desayunar con una compañera, pero que no me preocupara, que lo llamaba enseguida y que no tardaría en volver.

También me aclaró que esa misma compañera era la que llevaba el tema de la financiación de los proyectos, junto con el director.

En cinco minutos, ya estaba allí y me hizo pasar a su despacho.

Me dijo que, de momento, él daría el primer vistazo a la documentación y, si veía viable la operación, entonces me pasaría con su compañera, a la que no me podía presentar en ese momento porque se encontraba en notaría firmando unas hipotecas que tenían pendientes.

Me despedí del señor Mendoza y me dirigí de nuevo a la oficina, donde me estaría esperando Alex para que la pusiera al día de todo lo de la operación y el proyecto. Llegué y allí estaba.

—Dime que todo ha salido bien, por favor.

—Bueno, se ha quedado con la documentación para estudiarla.

—Pero… ¿quién se la ha quedado, el director o la gestora?

—El director… ¿Por qué lo has preguntado?

—Porque si lo llega a coger Silvia, la hemos jodido. Esa mujer tiene que ver todo demasiado claro para decir que sí. No sería la primera vez que nos pide más documentación para estudiar si la operación es viable.

Escuchar ese nombre hizo que mi corazón diera un vuelco, pero, en realidad, era una tontería, porque en la ciudad habría miles de mujeres que se llamaran así. Además, ni siquiera era su ciudad de nacimiento ni su domicilio habitual, por lo que nada tenía sentido, ni siquiera mi reacción.

Dejamos todo listo allí para el día siguiente y nos fuimos a un restaurante cercano a comer. Albergaba la esperanza de que la conversación se centrara en el trabajo que había realizado hasta ahora en la otra empresa, pero me equivoqué por completo.

—Bueno, Guillermo, cuéntame algo de tu vida.

—Pues he trabajado en una multinacional en Madrid, donde me fui a estudiar; tengo veintisiete años…

—Ay, chico, todo eso ya lo leí en tu currículo. Quiero conocer al Guillermo, hombre, ver lo interesante que eres y cuáles son tus gustos en todos los aspectos.

—Alex, espero que mis palabras no te ofendan, pero mi intimidad es mía y no la suelo compartir con nadie. Acabo de salir de una relación bastante complicada y no quiero saber nada de las mujeres.

—Hijo, te estoy hablando de echar un polvo, no de que me pidas matrimonio.

Os prometo que, si me pinchan, no me sacan ni una gota de sangre.

No me podía estar pasando esto a mí, no ahora y no con alguien del trabajo.

Si hubiera sido alguien a la que hubiera conocido en una discoteca, pues lo mismo y hasta me hubiera acostado con ella, pero no con alguien del trabajo, mucho menos con mi jefa.

Ella me miró y soltó una carcajada, de esas que contagian a todo el mundo, pues su risa era de lo más pegadiza, mientras que yo la miraba como si estuviera mirando a un extraterrestre, sin poderme creerme que yo estuviera ahí, todo sofocado por su insinuación, y ella se estuviera partiendo de risa en mi cara.

—Te he gastado una broma… no te puedes imaginar la cara que has puesto… era para haberte grabado en vídeo.

Todo esto me lo decía sin parar de reír, hasta las lágrimas tenía saltadas. Una broma, decía que era, cuando yo tenía un cabreo por todo lo alto.

—Una broma… ¿Una broma? Pues yo no le veo la gracia, la verdad.

—Soy lesbiana, estoy casada con una mujer maravillosa que se llama Cata y que es mi secretaria. Esta es la broma que les hago a los nuevos y no te vayas a creer, que alguno me dijo que sí a la primera.

—De verdad, tu sentido del humor es, cuanto menos, algo peculiar.

—Venga ya, no me puedo creer que no te haya hecho gracia.

La miré y, no sé por qué, pero empecé a reír a carcajadas, sin poder aguantar la risa, y terminamos llorando de risa los dos. La situación era, digamos, que surrealista, pero me quedé con la intriga de saber quiénes fueron los que le dijeron que sí.

Ella me contó que cuando el tío era soltero, terminaba por contarle la verdad, pero cuando estaba casado, se citaban en un hotel y le enviaba un mensaje a su mujer para que fuera ella quien apareciera por allí y lo pillara in fraganti.

—Lo peor es que siempre eran ellos los que sugerían el hotel. Si algo no soporto, es la infidelidad. Si no estás enamorado de una persona, si ya no sientes lo mismo, la dejas y a otra cosa, mariposa.

—Yo también pienso lo mismo.

—¿Qué fue lo que te hizo romper con tu pareja, Guillermo?

—Mis amigos me llaman Guille y fueron un cúmulo de cosas, pero lo principal, que quise tapar el sol con un dedo.

—¿A qué te refieres?

—A que mi corazón estaba ocupado desde que tenía dieciocho años, pero no lo he visto hasta ahora, hasta que he llegado aquí.

Le conté toda mi historia, esa que no le había contado ni a Cristina en los tres años que estuvimos juntos, y ella me escuchaba con atención, hasta que llegué al momento en el que le expliqué que fui yo la que terminé con ella y el motivo por el que lo hice.

—Vale, entiendo que con esa edad te escudaras en cualquier cosa para mitigar tu dolor, pero, joder, has tenido tiempo de pedirle perdón.

—Todo ocurrió aquí, en Marbella, y he comprado una casa en la misma urbanización en la que vivimos aquel amor de verano.

—Bueno, de verano no ha sido, porque todavía os dura el amor.

—Me dura a mí, que a ella no sé. No la he visto en todos estos años ni a mis amigos.

—¿Y te piensas quedar con los brazos cruzados? ¿No los vas a llamar?

—Tengo miedo, además de que no sé si tendrán el mismo número de móvil.

—Pero sabes dónde viven. Podrías ir a buscarlos y darles la sorpresa.

—Eso sí que no, además de que están en Granada, o eso creo, porque esa era su última dirección.

—No dejes pasar la oportunidad de ser feliz, Guille.

—Bueno, vámonos que mira la hora que es y la que está cayendo. Te dejo en tu casa, que tengo el coche ahí enfrente.

Salimos del restaurante y fuimos corriendo a buscar el coche. En mi cabeza resonaban todas esas palabras que Alex me había dicho, pero que, aun teniendo la razón en todo, no pensaba llevar a cabo, al menos, de manera inmediata.