Capítulo 11
Silvia
Ya nos encontrábamos todos en la casa de mis abuelos, bueno, en realidad, tan solo estábamos mi primo Antonio, su chico y yo, pues mi prima y su novio, al final, y para que no estuviera la casa masificada, se fueron a la de los padres de él.
—En realidad no se han ido para que no haya mucha gente, sino para poder hacer guarrerías por toda la casa sin que nadie les moleste —dijo Pepe, muy convencido.
—Hijo, no eres más bruto porque no te entrenas los domingos, de verdad —le contestó mi primo, riendo.
—Pero te encanto, o ya me hubieras mandado a por tabaco.
—Eso es verdad. Me encanta veros interactuar, esa complicidad que tenéis, a pesar del tiempo que ya lleváis juntos —les dije, con una sonrisa.
—Prima, ¿a qué hora tienes que ir mañana a la notaría? —Me preguntó mi primo, dando un giro a la conversación.
—A media mañana, pero viene Javier conmigo. ¿Por qué?
—Porque yo también estaré por el centro, para tomarnos un café, pero, yendo Javier, os dejaré que peléis la pava.
—¿Qué pava, ni pava? Pavo, eres tú. Es mi jefe, idiota, y tiene que venir conmigo para dejar su firma.
—Sí, sí, tu jefe y todo lo que quieras, pero ese hombre está coladito por ti desde el primer momento en el que te vio —me dijo Pepe.
—Anda ya, no digáis más tonterías. Nos llevamos bien y nada más.
—No entiendo cómo no le das una oportunidad a ese hombre, porque, sin despreciar a tu primo que está aquí delante, ese hombre está tremendo de bueno, es simpático y te trata con un cariño que no te veas —me dijo Pepe.
Era cierto, aunque yo no quisiera reconocerlo delante de ellos, y lo sabía porque así me lo había hecho saber Javier.
No es que me lo hubiera dicho con esas mismas palabras, pero sí que me había invitado a cenar varias veces, así como me había comentado que le gustaba y que quería que le diera otra oportunidad.
Me hubiera gustado poder decirle que sí, pero algo en mi interior me decía que no aceptara, que él no era el idóneo, que no le hiciera perder el tiempo ni albergar ilusiones cuando, al final, podría afectarnos también en el trabajo.
Así se lo hice saber porque no quería ni sentirme incómoda ni hacer que él tampoco se sintiera de esa manera, mucho menos que tuviéramos problemas en el trabajo por eso.
—Javier, de verdad que me siento muy halagada con tus palabras, pero es que, en estos momentos, no me siento preparada para empezar nada con nadie.
—No te preocupes, Silvia. La cosa fluye o no fluye, y está claro que entre nosotros no ha fluido, o al menos no lo ha hecho por parte de los dos, pero no pasa nada.
—Gracias por entenderme, Javier. Me llevo muy bien contigo y me gustaría que fuéramos amigos.
—Eso está hecho, preciosa.
Ese día, cuando salimos del banco, nos fuimos a comer juntos, pero como dos amigos, como podía hacer con David o con cualquiera de los hombres que estaban en mi vida. Y así había seguido desde ese día, y no solo comiendo, sino también saliendo a tomar una copa o al cine.
Me despedí de mis compañeros de casa y arranqué mi coche y puse rumbo al banco, pero al pasar por delante de una de las casas que se habían puesto en venta y que no nos dio tiempo a comprar porque ya lo habían hecho, me pareció ver a alguien conocido.
Pero no podía ser, ese hombre se parecía, aunque no, el destino no podía ser tan cabrón de ponerlo delante de mi vista después de tantos años. Casi frené para comprobarlo, pero no me dio tiempo, pues entró en la casa y el camión de mudanzas me tapaba la visión.
Me llevé toda la mañana con esa imagen en mi cabeza. Estaba tan despistada que hasta Javier se dio cuenta y no dudó en preguntarme. A él no le había contado mi historia y creía que ya era el momento de contársela.
—¿Tienes tiempo para salir a tomar un café?
—Por supuesto, además de que me tienes preocupado, Silvia. No te había visto así en la vida.
—Pues vamos, que te contaré la historia al completo y así me entenderás.
—Espera un momento que avise que estamos en la cafetería, por si surge alguna urgencia.
—Te espero en la puerta.
Salí a la puerta del banco y encendí un cigarrillo.
Hacía mucho tiempo que no sentía esa necesidad, pues había dejado de fumar hacía unos años, ya que cuando me ocurrió lo de Guillermo, me refugié en el tabaco, y sustituí la comida con eso, hasta que me di cuenta de que, si seguía así, terminaría matándome yo sola, de manera lenta.
Cuando Javier salió, me puso la mano en la parte baja de la espalda y no pude aguantar más, me derrumbé por completo. Llevaba tanto tiempo intentando ser fuerte que, de tanto mantener mi coraza intacta, había terminado por lastimarme yo misma.
Él no dijo nada; me permitió llorar en su pecho mientras me abrazaba hasta que fui capaz de parar y seguir adelante el trayecto hasta la cafetería. Javier me apartó de la puerta y me llevó hasta un callejón cercano por el que no pasaba nadie, para que tuviera cierta intimidad.
—¿Ya has dejado salir todo lo que tenías dentro?
—Creo que sí.
—Si necesitas seguir llorando, no tengo ningún problema. Quedamos en que éramos amigos.
—Y lo somos, o te contaría lo que estoy a punto de contarte.
—No te sientas presionada, por favor.
—No lo hago; no me siento así, te lo prometo.
Pedimos un café para cada uno, pero, además, Javier pidió dos croissants abiertos con mermelada, uno para cada uno. Pues decía que el mejor remedio para quitarse las penas era comerse un buen dulce, que a él le había servido siempre, y empecé a reírme.
Le conté toda mi historia, desde el principio hasta el final, sin dejarme nada, ni una mísera coma.
Por eso, entendió mi postura ante una nueva relación y no dudó en levantarse y en darme un abrazo allí, delante de todo el mundo, y me sentí bien.
Abrirle mi corazón me había sentado muy bien; me sentía más ligera.
—¿Qué ha sucedido para que llegaras así al trabajo? De verdad que, cuando te he visto llegar, me he preocupado bastante, entre otras cosas porque venías conduciendo.
—Al salir de mi casa, que es la misma en la que vivimos toda nuestra historia de amor, he visto un camión de mudanzas y juraría que era él quien estaba metiendo cajas.
—¿No le has vuelto a ver desde aquel día?
—No, es más, ni siquiera había sido capaz de volver a Marbella después de aquello. Siempre buscaba una excusa cuando mis primos venían.
—Joder, ha tenido que ser una terapia de choque para ti, tanto el volver, como el verlo ahí, tan tranquilo cuando a ti te ha costado mucho ser la que eras antes.
—No he vuelto a ser la que era antes. No te puedo decir si ha sido que he madurado antes de tiempo, si me marcó de tal manera que no lo pude superar, o una mezcla de todo a la vez.
—Está claro que ha sido un poquito de todo, pero debes coger el toro por los cuernos, ponerte delante de él y preguntarle todo aquello que sigue atormentándote en tu cabeza y corazón.
—Eso sí que no puedo hacerlo, al menos de momento.
—Pues deberías empezar a planteártelo. Ya ha pasado el suficiente tiempo como para que tu cabeza y tu corazón se libere y sea capaz de tener una nueva relación. No todos los hombres somos iguales y, con esto, no te estoy diciendo que esa relación tenga que ser conmigo.
—Lo sé, pero me da tanto miedo que me diga algo que me vuelva a hacer daño…
—Eso es inevitable, preciosa. Pero lo mismo y te sirve para seguir adelante con tu vida. ¿Te has preguntado alguna vez si lo idealizaste?
—¿A él o a la relación?
—Las dos cosas. Lo mismo y, cuando lo tengas delante, ves que te has equivocado y que todo era peor de lo que te has imaginado.
—Sinceramente, no lo sé. Era todo tan perfecto cuando estábamos juntos que no creo que vuelva a sentir nada así, de nuevo, por otro hombre.
Noté cómo a Javier le dolieron mis palabras, pero es que no había otra.
En el corazón no se manda, y eso lo había aprendido a las malas; la vida se ha encargado de recordármelo a diario, en cada intento de una nueva relación, en todas las ocasiones en las que pensaba que podía volver a enamorarme de un hombre, cuando en realidad, nunca había sucedido.
Volvimos al banco, pues Javier recibió una llamada de uno de nuestros compañeros, pues había un cliente de una de las grandes cuentas que necesitaba hablar con él, y yo no quise quedarme más tiempo allí, porque tenía que ir a la notaría.
Él se adelantó para que el cliente no tuviera que esperar más tiempo, y yo cogí las carpetas para marcharme a la notaría, donde había quedado con los clientes para firmar varias hipotecas que teníamos pendientes.
No sé si el día se mimetizó con mi estado de ánimos, pero lo cierto es que empezó a llover. Lo que comenzó con una tímida lluvia se convirtió en todo un aguacero que hizo que, de vuelta de la notaría, me pusiera como una sopa, y yo, sin ropa de repuesto en la oficina.
En cuanto que Javier me vio entrar, y a pesar de que todavía me quedaban un par de horas más de trabajo, me envió a mi casa; decía que no quería que terminara cogiendo una pulmonía por estar con la ropa y los pelos en ese estado.
—En cuanto que llegue a mi casa, voy a preparar una muda para dejarla aquí, porque vaya tela como me he puesto.
—Lo primero que tienes que hacer, cuando llegues a tu casa, es darte una ducha calentita y ponerte un pijama gordito, que te resguarde del frío que se ha levantado.
—Eso también, pero digo después. No voy a volver a pasar por un momento así. Por cierto, ¿cómo ha ido la reunión con el representante de la gran cuenta? ¿Quién era?
—Era un nuevo consultor ejecutivo de “Sants no voy a arriesgarme a que salga mal y a perder esa cantidad de dinero.
—Bueno, nos vemos mañana.
—Piensa en lo que te he dicho, Silvia; te mereces darte esa oportunidad.
—Lo haré, pero no hoy, algún día.
Salí del banco y continuaba lloviendo con intensidad. Tenía un buen trayecto en coche hasta mi casa y sabía que, con lo que estaba cayendo, sería lento, porque estaría todo lleno de coches.
No sabía si quería llegar pronto o no, porque me daba muchísimo miedo encontrarme con ese hombre que, si no era Guillermo, se parecía tanto a él que mi corazón estaba en peligro de nuevo. Contra todo pronóstico, llegué antes de lo que esperaba y no pude evitar mirar dentro de aquella casa.
Estaba todo apagado, por lo que respiré tranquila; no estaba allí y no me lo encontraría, al menos hoy, porque no pensaba salir de mi casa en todo el día.
Iba a darme una ducha, ponerme mi pijama y sentarme en el sofá a ver un maratón de la serie que me gustaba.
Tenía que aprovechar que estaba sola y que nadie me iba a interrumpir.