No soy más tonta porque no quiero Capítulo 10
24%

Capítulo 10

Guillermo

Durante todos estos años que hacía que nos marchamos de Granada, nuestra vida había cambiado muchísimo, empezando por nuestra situación sentimental, sobre todo la de mi padre.

Mi padre conoció en su nuevo trabajo a una compañera que le robó el corazón. Le costó aceptar que se había enamorado de nuevo, pero, con mi ayuda, terminó por asumirlo y pedirle una cita. Se habían casado hacía unos tres años y tenía una hermana de dos que era una muñequita.

En cuanto que terminé la carrera, encontré un trabajo que me dio la posibilidad de independizarme y de dejarles la intimidad que ellos necesitaban, aunque mi padre se negaba a dejarme marchar.

Mi relación con Marta, la nueva mujer de mi padre, era muy buena. Ella, en ningún momento, intentó sustituir a mi madre ni me trató como si lo fuera. Más bien se hizo amiga mía, una buena amiga que me aconsejaba y me reñía cuando era necesario.

Yo había empezado algo con Cristina, una chica que conocí en el último curso de la carrera, pero que, después de tres años, había decidido que no era lo que estaba buscando. Era demasiado controladora, celosa y me sentía asfixiado en una relación que ya no iba a ninguna parte.

—No puedes seguir así, Guillermo. ¿Te has planteado cambiar de aires? —Me dijo Marta cuando tuve que huir a su casa para evitar los gritos de Cristina cuando le dije que quería que se marchara de mi casa.

—Eso me lo estoy planteando. He recibido una oferta de una empresa de Marbella y, la verdad, es muy tentadora.

—¿Qué te frena, entonces, para aceptarla?

—Uf, en esa ciudad pasaron tantas cosas…

—Cariño, en todas las ciudades te pasarán cosas y, si son malos recuerdos, tendrás que volver para sustituirlos por otros mejores que te quiten el mal sabor de boca.

—Eso pensaba yo, pero, la verdad, no sé qué hacer.

—Si te lo estás pensando porque estarás lejos de Mía, te aseguro que bajaremos a verte mucho más de lo que te puedas imaginar. Además, tu padre está pensando también en volver al sur, lo mismo, y estamos más cerca todavía.

—¿Mi padre te ha dicho eso? A mí no me ha comentado nada.

—Sí, justamente estuvimos hablando de eso ayer, que tenía pensado pedir un traslado. No quiere que la niña crezca en una ciudad tan grande; prefiere que lo haga en un pueblecito o en una ciudad del sur, pero más pequeña.

—Una vez más, me has ayudado mucho, Marta. No sé qué sería de mi vida sin ti y tus consejos.

—No me digas eso, que me haces sentir más vieja de lo que soy.

—¿Vieja? ¿Tú? Venga ya, vieja la ropa. Bueno, me marcho ya, que espero que Cristina haya salido ya de mi casa.

—Guillermo, si no es así y necesitas ayuda, no dudes en llamar a quien sea, tanto si es a la policía como si es a tu padre.

—Lo sé y no me temblará el pulso en hacerlo.

Salí de allí con una sonrisa en los labios, porque entendí que mi padre había tenido mucha suerte en la vida al encontrar el amor por segunda vez y en una mujer como Marta, que era un amor.

Era mucho más joven que mi padre, y eso fue un hándicap al principio, en el que él decía que no tenía nada que hacer con ella.

Marta tenía diez años más que yo, pero es que parecía que era de mi edad, además de guapísima y de tener un cuerpazo.

Cuando bajaban a la piscina, mi padre era la envidia de todos los hombres que allí había, y él se sentía de lo más orgulloso.

Pero ya no era el físico que, como he dicho antes, era de escándalo, sino su forma de ser y la manera en la que lo miraba y lo trataba.

Me podéis tomar por loco, pero muchas veces pensaba que era el alma de mi madre la que habitaba en el cuerpo de Marta, porque no me cabía en la cabeza que lo pudiera mirar igual que lo hacía ella cuando estaban bien.

Llegué a mi casa y todavía seguía Cristina allí, con las maletas preparadas y los ojos rojos de tanto llorar. Estaba sentada en el sofá, como si esperara que a mi llegada le dijera que todo había sido un error y que no quería que se marchara, cuando eso no era así.

—Veo que tienes todo preparado, así que no entiendo qué haces todavía aquí.

—Te esperaba para ver si estabas seguro de que era esto lo que querías.

—Sabes que cuando tomo una decisión, no doy marcha atrás. Además de que creo que es lo mejor para ambos.

—No, porque yo no quiero esto. En todo caso, será lo que te venga bien a ti.

—Cristina, no paramos de discutir y he vivido eso siendo un adolescente, y no lo quiero para mi vida, como tampoco lo quiero para la tuya.

—Creo que soy lo suficientemente mayorcita como para saber lo que quiero en mi vida o no.

—Ya, pero yo también lo soy y no estoy dispuesto a seguir así. Además, he hablado con la mujer de mi padre y ambos tienen la intención de dejar Madrid; tengo una oferta de trabajo en el sur y, ahora mismo, tengo claro que me quiero marchar yo también.

—Siempre es esa mujer la que se interpone entre nosotros. Ya me empiezo a cansar de que hagas todo lo que ella quiere. Lo mismo, y es que te quiere tener cerca porque está interesada en ti.

—No me digas más tonterías ni te vuelvas a dirigir a ella con esas palabras. Además, que quiero que te marches de mi casa y que lo hagas ya. Tengo mucho que preparar y no estoy dispuesto a seguir perdiendo el tiempo.

—Te vas a arrepentir de esto que estás haciendo, y lo sabes.

—Eso será problema mío. Ahora, por favor, no me hagas tener que echarte de mi casa.

—De nuestra casa, que no se te olvide.

—No, es mía porque el contrato está a mi nombre, además de que no te dije nunca que nos fuéramos a vivir juntos; fuiste tú la que, poco a poco, te instalaste aquí.

Se levantó del sofá en el que continuaba sentada, cogió su maleta y salió de mi casa dando un tremendo portazo que hizo que cayera hasta uno de los cuadros que había colgado en la entrada. Y respiré, no sé si de alivio, de descanso o de qué coño, pero me sentí ligero después de mucho tiempo.

Lo primero que hice fue llamar a Marta para contarle todo lo que había sucedido. Su carcajada se escuchó en todo el salón de mi casa, ya que tenía el altavoz del móvil activado, cuando le conté su teoría del por qué la había echado de mi casa.

—Ay, cariño, créeme, después de conoceros a los dos, que sois exactamente iguales, tengo suficiente con un Suárez como pareja.

—Oye, que tampoco somos tan malos.

—Ni yo he dicho eso. Pero con el temperamento que tenéis, con lo cabezones que sois, prefiero quedarme con vuestro padre, que, con la edad, parece que ha amortiguado su carácter.

Al final, el que terminé riendo fui yo, y a carcajadas, porque Marta estaba diciendo esto, justo cuando mi padre entraba por la puerta, y se pusieron a discutir entre ellos, siempre en tono de broma, que mi padre había aprendido a escuchar y a decir las cosas de manera más templada, justamente para evitar una discusión innecesaria.

En cuanto terminé la llamada con ellos, en la que mi padre me comentó lo de aceptar el trabajo que le habían ofrecido en Málaga, le dije que yo también tenía una oferta en Marbella y que pensaba aceptar. Me puse manos a la obra en la búsqueda de casa.

Estaríamos tan solo a unos kilómetros de distancia el uno del otro; incluso pensó en preguntar si había algún puesto en el pueblo. Lo que le dije fue suficiente para que mi padre decidiera también trasladarse allí, ya que Marta estaba de acuerdo con ello.

Encontré una casita preciosa; lo que me frenó al principio es que estaba en la misma urbanización en la que se encontraba la casa de los padres de mis amigos, pero luego pensé que, quizás, con los años que habían pasado, seguramente ya no la tendrían.

La casa en la que vivía ahora mismo era de alquiler, pues algo en mi interior me decía que aquel no era mi lugar, que me terminaría marchando de allí, tarde o temprano, como así iba a suceder.

Llamé a la inmobiliaria y pedí que me enviaran todas las indicaciones para hacerme con ella, pues era preciosa en las fotos y no quería que me la quitara nadie.