Capítulo 9
Silvia
Los años fueron pasando y, a pesar de que seguí adelante y me gradué en la universidad, Guillermo seguía existiendo en mi cabeza y en mi corazón. Con los demás seguía teniendo contacto, pues seguían con mis primos y sus relaciones iban viento en popa.
Hoy tenía una entrevista de trabajo en uno de los mayores bancos internacionales y estaba un poquito nerviosa. Mi prima me había llamado por la mañana para desearme suerte y me gustó ese gesto.
Desde que me separé de Guillermo, no habíamos vuelto a tener noticias de él. Tan solo sabíamos que su casa se había puesto en venta y lo supimos porque, una tarde, nos armamos de valor y fuimos a buscarlo.
Habíamos dejado pasar un tiempo prudencial, un par de semanas, más o menos, y al llegar allí, cuando llamamos a la puerta, nos abrió una chica de unos veinte años, que nos dijo que los antiguos propietarios ya no vivían allí.
Entré en la entrevista con las piernas temblando y casi sin que me saliera la voz, pero el encargado de hacerme la entrevista se encargó de hacerme sentir tan cómoda que, cuando salí, lo hice con una sonrisa y con un contrato bajo el brazo.
Eso sí, sería en Marbella, no en Granada, pero me daba igual.
En cuanto que puse un pie fuera del edificio, entré en el grupo que tenía con los chicos para darles la noticia. No sabía si estaban ocupados, por eso, envié un mensaje y que cada uno me contestara cuando pudiera.
Silvia: Chicos… ¡Lo he conseguido!
Ni dos minutos después, mi teléfono sonó con una videollamada. Eran David y María, que estaban ya en Marbella, pues mi amigo tenía unos días libres y habían ido a pasarlo allí, al igual que Antonio y Pepe, pero ellos todavía estaban durmiendo.
—¡Enhorabuena! Chica, me encanta que, por fin, las cosas te vayan saliendo bien. Ahora tan solo queda que conozcas a un buen chico y que te robe el corazón —me dijo mi prima, con las lágrimas saltadas.
—Nos lo tienes que contar todo. ¿Por qué no te vienes a pasar el fin de semana con nosotros? —Me preguntó David.
—Porque no puedo, tengo que preparar todo para mi marcha. El puesto de trabajo es en Marbella e, indudablemente, he aceptado.
—¿Lo dices en serio? —preguntó Antonio por detrás de su hermana y su cuñado.
—Completamente en serio. ¿Por qué lo dices?
—Porque nos venimos todos. De eso mismo habíamos estado hablando esta noche.
Mi primo me contó que tanto a David como a él le habían ofrecido un puesto en la sucursal de su empresa en Marbella, y Pepe había decidido pedir también el traslado en su empresa. María no tenía problemas porque ella todavía no había conseguido trabajo y lo buscaría una vez que estuviera instalada.
En un principio, ellos se quedarían en casa de Nuria y Pablo, antes de buscarse su propio hogar, pero como yo también me iba para allá, y para no dejarme sola, decidimos que nos alojaríamos en la casa de mis abuelos.
Yo sería la encargada de preguntarles, aunque no dudaba en que no podrían ningún impedimento.
Mis abuelos, los grandes pilares de mi vida, ya casi no iban a la casa de Marbella. Mi abuelo sufrió un ictus ese mismo invierno en el que murió la madre de Guillermo, y por eso, ambos decidieron que se iban a vivir a un apartamento tutelado.
Mi abuela decía que era como vivir en un hotel, pero con la comodidad de tener a la mano tanto al equipo médico como la sensación de estar en casa. Estaban de lo más contentos y tan solo se venían a la casa de Marbella en verano, cuando venían mis padres o alguno de mis tíos.
En cuanto que colgué la videollamada, me fui directa hasta el apartamento de mis abuelos para darles la buena noticia y pedirles que nos dejaran su casa.
No sería indefinidamente, ya que todos teníamos en mente hacernos con nuestra propia vivienda, pero no queríamos hacerlo de prisa y corriendo, sino tomárnoslo con calma y encontrar la adecuada para cada uno de nosotros.
—Mi niña, esa casa es vuestra y podéis estar allí todo el tiempo que necesitéis —me dijo mi abuelo.
—¿Estás segura de que quieres volver allí, Silvia? —Me preguntó mi abuela.
—Completamente, abuela. Ya es hora de dejar todo atrás; ha pasado ya mucho tiempo y tengo que seguir adelante.
—Me gusta mucho que tengas esa manera de pensar, cariño. Así, volverás a ser feliz y encontrarás a un hombre que te ayude a serlo, que te complemente y te quiera como tú te mereces.
No voy a decir que no había estado con nadie más después de lo que pasó con Guille, pero ninguno me llenaba lo suficiente como para tener algo más serio que un par de revolcones en la cama y alguna que otra cena.
Llegó un momento en el que dejé de insistir. Como decía mi madre, el amor no se busca; él se encarga de encontrarte cuando menos te lo esperes y en el momento en el que Cupido lo crea necesario. No hacía falta forzar nada; las cosas venían solas.
Y hasta ahora, no había venido nada ni nadie, pero yo volvía a quererme a mí misma. Porque sí, durante mucho tiempo me pregunté qué era lo que tenía de malo para que no me cuajara ninguna relación y, con la única con la que me había sentido yo misma, me plantó en el peor momento de su vida.
Me fui a mi casa, donde seguía viviendo con mis padres, y les di la buena noticia. Mi padre me dijo que me cambiara de ropa, que saldríamos a comer a un restaurante, donde brindaríamos con champán para celebrarlo.
Seguía teniendo esa misma complicidad con ellos, en especial con mi madre, que nunca me había impuesto nada; ella tan solo me aconsejaba y dejaba que la decisión final la tomara yo. En algunas ocasiones, había seguido su consejo; en otras, había actuado de manera contraria.
Mi padre fue a recoger a mis abuelos para que se vinieran con nosotros y mis tíos también se apuntaron. Todos se alegraron por mí; lo que no tenían demasiado claro era si iba a ser capaz de vivir en aquella ciudad.
—Lo bueno es que no lo hará sola, que tendrá allí a sus primos y sus parejas con ella —dijo mi tía.
—De verdad que estoy bien. Es más, necesito volver allí y ver que tengo todo superado.
—Eso espero, porque te mereces todo lo mejor, cariño —me dijo mi tío, que se levantó a darme un abrazo.
Cuando llegamos a casa, empecé a preparar la maleta. Al final, quería marcharme al día siguiente y así pasar un par de días con los chicos, disfrutando del buen clima que había.
Mis abuelos, para que pudiéramos disfrutar de la piscina durante el otoño, también habían climatizado la piscina y encargado una estructura que hacía que se convirtiera en una piscina cubierta, aun estando en el jardín, y eso me encantaba.
Ahora mismo, estaba tapada con esa estructura, ya que nos encontrábamos a principios de octubre y las temperaturas empezaban a refrescar. No mucho, la verdad, porque todavía había días en los que el sol apretaba bastante, pero por la noche, ya no se podía salir sin una chaquetita.
Me iría en mi coche, ese que mis padres me habían regalado cuando terminé la carrera y que era mi tesoro más preciado. En su maletero cargué mis maletas porque, realmente, tan solo me tenía que llevar mi ropa y mis enseres personales, nada más.
—Ten cuidado con la carretera, Silvia, y llámanos en cuanto que llegues, por favor —me dijo mi madre.
—No te preocupes, mamá, que así lo haré.
—Si te marchas temprano, llegarás allí a media mañana y tendrás todo el día por delante —dijo mi padre, que me había ayudado a cargar el coche, que estaba en el garaje.
Sabía que, aunque me marchara a las seis de la mañana, ellos estarían pendientes para despedirme, para que no me fuera con la sensación de no recibir un beso por parte de cada uno de ellos.
Tenía ya veinticinco años, pero, para ellos, era como si siguiera teniendo quince, y creo que seguiría así para siempre.
Así fue: me levanté a las seis, me di una ducha para despejarme antes de sentarme al volante y, cuando estaba en la cocina preparándome un café, bajaron los dos.
—No podíamos dejar que te fueras sin un beso —dijo mi madre.
—Mamá, por favor, que me voy a unos pocos kilómetros de aquí, no a la otra punta del mundo.
—No importa, además, nos queríamos tomar un cafelito contigo antes de que te subas al coche. Así nos aseguramos de que vas bien despierta —dijo mi padre, que se sirvió uno para él y otro para mi madre.
Me acompañaron al garaje, donde me dieron un beso y un abrazo, recordándome, de nuevo, que los llamara en cuanto que llegara y que conectara el móvil al altavoz del coche, porque los tenía que llamar para algo durante el viaje.