Capítulo 8
Guillermo
Ese verano conocí el amor más grande, pero también el dolor. Un dolor que me partió el corazón en dos y que se quedó instalado en él durante mucho tiempo, pero no solo eso, también se instaló en mí una rabia que no sabía controlar, una sensación de culpa que me consumía.
Os estaréis preguntando el porqué de esa culpa y yo os lo cuento, porque es muy sencillo. Mi cabeza me decía que me había priorizado por delante de las necesidades de mi madre.
Quizás si me hubiera ido con ella al pueblo de mis abuelos, si hubiera estado a su lado, la podría haber sacado de la tristeza y la depresión en las que se había sumido, pero ahora, ya nada de eso era posible, y tendría que aprender a vivir con eso.
Lo que tenía claro era una cosa: no quería tener contacto con ninguna de las personas con las que había estado durante el verano. Mirarlos me recordaría continuamente lo que había elegido, y eso no podía permitirlo, o terminaría más dañado de lo que ya estaba.
Me llevé dos semanas encerrado en mi habitación, prácticamente sin comer, y culpando a todo el mundo de lo que me sucedía, en especial a mi padre. Una mañana, y sin esperarlo, mi padre entró en mi habitación, levantó la persiana hasta arriba y me sacó de la cama a rastras.
—Te quiero en la ducha y vestido en quince minutos.
—No tengo ganas; déjame en paz.
—He perdido a mi mujer, pero no voy a perder también a mi hijo, por mucho que te empeñes.
—¿A tu mujer? Venga ya, no me seas más hipócrita, papá…
—Te dije que no todo era tan sencillo como pensabas. Y, aunque no te lo creas, yo seguía queriendo a tu madre con toda mi alma.
—¿Y por eso le ponías los cuernos? ¿Y por eso discutías a diario? ¿Por eso, ni siquiera eras capaz de meterte en la cama con ella?
—Nunca le puse los cuernos a tu madre; fue ella la que me los puso a mí, con un compañero de trabajo, pero nunca quisimos que te enteraras.
—¡No voy a consentir que hables así de mi madre!
—Querías saber la verdad, pues ahí va. Si eso va a servir para que salgas de ese letargo en el que te has sumido, ahora mismo te aclaro todo.
Mi padre me contó que mi madre, en una de las fiestas de su empresa, se acostó con uno de sus compañeros de trabajo y que llegó a casa de lo más arrepentida. Él estaba dispuesto a perdonarla, pero la que no se lo perdonaba era ella misma, que decía que había tirado por la borda toda su vida.
Ahí fue cuando empezaron a hacer vidas separadas, cuando empezaron las discusiones, unas que siempre tenían el mismo origen: la infidelidad de mi madre, que era ella misma la que lo sacaba.
—Hace unos meses, tu madre empezó a sentirse mal y creyó que se había quedado embarazada en su desliz.
—Pero… mi madre no estaba embarazada. ¿Abortó?
—No, cuando acudimos al ginecólogo, fue mucho peor. Le dije que si estaba embarazada yo me haría cargo de ese niño y que lo criaríamos juntos, igual que hicimos contigo, pero la prueba de embarazo salió negativa.
—¿Qué fue lo que descubrió el ginecólogo?
—A tu madre le habían contagiado el VIH y se negó a que volviera a dormir con ella. Por eso tampoco se acercaba a ti, por el miedo a contagiarte, cuando no era así.
—¿Por qué no la ayudaste? ¿Por qué no la llevaste a otros médicos, a un psicólogo?
—¿Crees que no lo hice? La mayoría de las discusiones venían por ese motivo, porque se saltaba las sesiones, porque me mentía al respecto, porque no se tomaba la medicación.
—No termino de creérmelo, de verdad que no.
—En esta carpeta están todas las pruebas; puedes leerlo si quieres. Por eso, tengo claro que no se quedó dormida, que se quitó la vida voluntariamente, para acabar con ese sufrimiento que sentía.
—Si eso es cierto, me lo teníais que haber contado. Quizás yo podría haberla ayudado, convencerla y acompañarla para que acudiera a las citas.
—Ella no quería que tú lo supieras.
—Haciendo lo que hizo, se convirtió en una persona muy egoísta, que no pensó en nadie más que en sí misma.
Mi padre dejó la carpeta encima de la mesa del escritorio de mi habitación y salió de ella. Durante un buen rato me quedé mirándola, como si fuera peligrosa, con el temor de que, si la abría, todo lo que me había contado mi padre se hiciera realidad.
Entré en la ducha, me cambié de ropa y quité toda la ropa de la cama, dejándola que se ventilara, porque, realmente, en esa habitación olía a todo menos a persona. Con la carpeta en la mano, bajé a la cocina, donde me encontré a mi padre de lo más abatido.
—Guillermo, tengo que hablar contigo de una cosa.
—Por favor, más información, no. Tengo la cabeza que me va a explotar.
—Es una decisión que tengo que tomar ya. Bueno, ciertamente, ya la tengo tomada, pero necesito saber si estás conmigo o no.
—¿De qué se trata, papá?
—Me han ofrecido un puesto de trabajo en Madrid y me marcho en unos días. ¿Te vienes conmigo o te quedas aquí, viviendo solo? Entiendo que aquí tienes a tus amigos…
—Aquí no tengo a nadie y yo también necesito salir de aquí. Como tú bien has dicho, perdí a mi madre, pero no pienso perder también a mi padre.
—Entonces, vamos a ponernos manos a la obra, porque en cinco días vienen los del camión de la mudanza.
Mi padre ya había alquilado una casa allí, a las afueras de la ciudad, pero cerca de una universidad privada y del edificio donde se encontraba su nueva empresa.
Ambos teníamos la necesidad de empezar de cero en cualquier otro lugar que no fuera Granada, lejos de todo lo que nos pudiera recordar a ella.
Una vez que tuvimos todo recogido, empezamos a mirar si tenía posibilidades de entrar en la universidad privada que había cerca de casa y vimos que sí. En ese campus se impartía la carrera que quería y no tenía problemas con la nota de corte, la pasaba con creces.
Hicimos la inscripción, pagamos la matrícula y, por primera vez en mucho tiempo, en mi boca se pintó una sonrisa genuina, no una de esas que pones por compromiso para no preocupar a los demás y hacerles ver que estabas bien.
Y llegó el momento de marcharnos, y lo hicimos, sin echar la vista atrás, sin pensar en lo que dejábamos allí.
Antes de hacerlo, colgamos el cartel de “Se vende” porque no queríamos volver a ese lugar en el que, aunque habíamos pasado momentos muy buenos, también habíamos pasado los peores de nuestras vidas, y esos eran los que prevalecían.
El trayecto hasta Madrid decidimos que queríamos hacerlo en coche, para pasar mucho más tiempo juntos, para que esos kilómetros que nos separaban de nuestro destino fueran los mismos que nos sirvieran para unirnos más, para limar nuestras diferencias.
Y así fue: conforme nos alejábamos de nuestra ciudad, nuestras sonrisas fueron apareciendo más en nuestras caras y la conversación se hizo mucho más fluida. Podéis estar pensando que me estaba comportando de manera injusta, tanto con mis amigos como con Silvia, pero era lo que necesitaba.
Si me había priorizado ante las dolencias de mi madre, también lo haría con las necesidades de mis amigos y de la que, hasta aquel día, había sido mi chica.
Me dolía, por supuesto que sí, porque le había entregado mi corazón a ella, porque mis amigos habían sido todo mi apoyo, pero no podía permitir que me recordaran todo lo que había sucedido.
Llegamos casi de noche a nuestra nueva casa y no puedo más que decir que era preciosa. Se trataba de un pequeño chalé en una urbanización muy tranquila, con su jardín y su piscina en la parte trasera, a parte de un porche de lo más bonito.
No era muy grande y contaba con una sola planta, en la que había una cocina abierta al salón, un aseo en el pasillo y dos habitaciones con baño incorporado. También tenía una más pequeñita que mi padre había convertido en un pequeño despacho para él.
Al entrar, no puedo negar que me sentí nervioso y algo triste, porque empezaba mi vida sin mi madre, y eso, a los dieciocho años, era algo que marcaba, y mucho, pero tenía que seguir adelante; no nos quedaba otra.
Mi padre me dio a elegir la habitación que más me gustaba, pero, realmente, me daba igual, por eso, lo echamos a suertes y me tocó la que tenía la de la derecha, que era un poquito más luminosa.