No soy más tonta porque no quiero Capítulo 7
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Capítulo 7

Silvia

El verano pasó tan rápido que casi no me podía creer que ya mismo teníamos que volver a Granada. La suerte que tenía era que Guille también vivía en la misma ciudad y podíamos seguir con nuestra relación.

Al principio, su idea era la de estudiar en Sevilla, pero, viendo el estado en el que estaba su madre, decidió que se quedaría en la ciudad. Al parecer, su padre había hablado con ella y le había pedido el divorcio, así que las discusiones se habían terminado en esa casa.

Ni qué decir tiene que, durante esos meses, habíamos perdido la virginidad el uno con el otro, además de descubrir muchas más cosas en el sexo que ninguno de los dos había practicado antes.

Ese día, la madre de Guillermo llegaba a Marbella para recoger a su hijo, pues quería verlo fuera de su entorno habitual y hablar con él de todo lo que había sucedido con su padre, y la estábamos esperando.

Mis abuelos habían preparado una barbacoa para toda la familia; incluso estarían mis padres y mis tíos, así como los padres de David y Pepe. Todos estaban al tanto de lo que habíamos empezado con nuestros chicos y estaban encantados con ellos.

Mi madre, Marina, era mi mejor amiga y confidente, y a ella se lo contaba todo, además de a mi prima. Por eso, cuando tuve claro que quería que mi primera vez fuera con Guille, no dudé en comentárselo. Recuerdo esa conversación como si fuera ayer.

—Mamá, tengo que hablar contigo. ¿Podemos hacerlo a sola?

—Claro, cariño. Ven, vamos a mi habitación.

—Mami, creo que estoy preparada para perder la virginidad con Guillermo, al igual que él quiere perderla conmigo, pero…

—Estás nerviosa y eso es normal. Dime lo que necesitas saber y yo te explicaré lo que toque.

Le dije a mi madre que me frenaba el tema de los embarazos no deseados, las enfermedades de transmisión sexual y demás. Ella no vaciló ni un instante en sacarme de todas mis dudas y de explicarme cómo se ponía un preservativo, porque yo no tenía ni idea.

Sin la ayuda de mi madre, creo que no me habría decidido nunca y que todavía seguiría virgen a mi edad, a la de ahora, no a la de entonces, me refiero.

Estábamos todos reunidos en el jardín, con un vaso de refrigerio en la mano. Algunos bebían cerveza, otros, vino y los últimos, refrescos, y la barbacoa ya estaba encendida, pues la madre de Guillermo no tardaría en llegar, o eso esperábamos.

Después de una hora esperando, Guille la llamó por teléfono, pero le salía apagado o fuera de cobertura y empezó a ponerse nervioso. Mi abuelo, que tenía un don para tranquilizar a los demás, se acercó a él.

—Ven, muchacho, vamos a ir poniendo la carne, que lo mismo y se ha retrasado por algo.

—Mi madre no es así, Nono. Algo le ha tenido que suceder.

—No te pongas en lo peor, chico. Debe ser que se le ha hecho tarde y ha decidido parar en algún sitio para comer, o ha tenido alguna necesidad de hacerlo. Ten en cuenta que el camino es bastante largo.

—Sí, tiene que ser eso y se habrá quedado sin batería, que sería lo normal en ella.

Nos sentamos a comer, pero notaba a Guille inquieto; apenas comió nada. Por eso, me acerqué a él para darle un abrazo y un beso en los labios, a lo que me respondió con una sonrisa, pero no le llegaba a los ojos.

En un momento dado, llamaron al timbre de la puerta y Guillermo saltó de la silla como un resorte. De pronto, se le iluminaron los ojos hasta que, al abrir la puerta, se encontró con su padre, no con su madre, y su semblante cambió por completo.

—¿Qué le ha pasado a mi madre?

Ni un “hola”, ni un “¿Qué haces aquí?”, nada. Era como si algo le hubiera dicho que la presencia de su padre fuera la consecuencia de que a su madre le hubiera sucedido algo.

De repente, ese hombre tan grande, que medía como un metro ochenta, cayó de rodillas al suelo y se puso a llorar como un recién nacido. A continuación, Guillermo hizo lo mismo, abrazado a sí mismo.

Me acerqué a él e intenté abrazarlo, pero me empujó para que no lo hiciera y noté una mezcla de ira y dolor en sus ojos. Todos notaron su gesto y, por ese motivo, mi prima, al igual que David, fue quien se acercó a nosotros.

Con su amigo hizo lo mismo que conmigo; lo apartó de él bruscamente.

Cuando su padre se recompuso un poquito, nos explicó a todos, incluido su hijo, que Ana había tenido un accidente con el coche.

No sabían si era que se había quedado dormida o si, por el contrario, lo había hecho a propósito, porque no había señales de frenado en la carretera.

Se había despeñado por un precipicio que había de camino a Marbella, muriendo en el acto. Había sucedido hacía unas tres horas, pero su padre no había venido a buscarlo hasta que no pudieron rescatar el cuerpo, para llevarlo directamente al tanatorio donde sería despedida.

—Vamos contigo —le dije a Guille.

—No quiero saber nada de ninguno de vosotros. Todo esto ha sido por vuestra culpa —nos contestó.

—¿Nuestra culpa? ¿Qué hemos tenido nosotros que ver en todo esto? Porque no entiendo nada —le dijo Pepe, visiblemente dolido.

—Si no hubiera venido con vosotros, si no hubiera conocido a Silvia, ella no hubiera tenido la necesidad de venir a buscarme y hubiera podido pasar sus últimos días junto a ella.

—Eso que dices es muy injusto, Guillermo. Nosotros tan solo pretendíamos evitarte el dolor que sentías, ayudarte a superar todo lo malo que habías sufrido durante todo el año —añadió David.

—Me dan igual las intenciones. No quiero que estéis allí ni que me llaméis nunca más. Hasta aquí ha llegado nuestra amistad. Y en cuanto a ti, Silvia, te digo lo mismo: olvídate de mí y de lo nuestro.

Me quedé que no sabía si llorar o abofetearlo. Mi padre no tardó en llegar hasta mí, apartándome de él para que no sufriera más. Mis lágrimas quemaban en mis ojos, pero no quería darle la satisfacción de verme llorar, así que seguí a mi padre, que me llevó dentro.

—No se lo tengas en cuenta, hija. Ahora mismo está intentando buscar cualquier excusa para sentirse mejor, cualquier persona que le sirva como culpable.

—Me da igual, papá. Yo no me he portado mal con él ni lo he obligado a quedarse a mi lado. Si lo ha hecho, ha sido porque le ha dado la gana.

—Lo sé, mi niña, pero el dolor, cada persona lo gestiona de una forma.

—No pienso ser el saco de boxeo de nadie, papá. Si eso es lo que quiere, por mí no hay ningún problema, aunque me duela y me cueste hacerlo.

En mi interior, durante los siguientes meses, albergaba la esperanza de que me volviera a llamar, de que se presentara un día en mi casa y me pidiera perdón, pero eso no sucedió nunca.

Sé que era un sueño porque Guillermo no sabía mi dirección de Granada, más que de manera orientativa de cuando hablamos el primer día.

Perdí un montón de peso y me costó mucho remontar del bache en el que me había metido. Iba al instituto por inercia y mis calificaciones bajaron en picado hasta que mi madre se sentó un día para hablar conmigo.

—Silvia, entiendo que estés afectada porque ha sido tu primer amor y tu primera vez en muchas cosas, pero creo que ya está bien.

—No me entiendes, mamá, porque no lo hago ni yo. Si hubiera sido por una pelea, por una infidelidad o algo realmente tangible, pero cuando te echa la culpa de algo en lo que no has tenido nada que ver, es muy jodido.

—Por supuesto que lo sé, pero ahora te hago una pregunta. ¿Vas a permitir que esto arruine tus sueños de futuro?

—¿A qué te refieres?

—A que, si sigues así, vas a perder el curso y tu prima seguirá adelante sin ti. No solo habrás perdido a tu chico, sino que también lo harás con tu mejor amiga.

Esas palabras fueron el detonante para que abriera los ojos. No es que volviera a ser la misma, ni siquiera de que volviera a salir de fiesta con mis amigas, pero sí que dediqué mi tiempo a estudiar, en vez de a lamentarme de mis heridas.

Con mucho esfuerzo y muchas horas delante de los apuntes, logré recuperar las que me habían quedado del primer trimestre y, además, mis notas fueron subiendo, poco a poco, hasta conseguir que fueran las mismas que antes.

Y así fue como, despacito y con buena letra, como decía mi abuela, la cosa fue pasando y aprobé mi ingreso en la universidad. Mis padres, como recompensa, me pagaron un crucero junto a mis amigos, en el que volvía a encontrarme conmigo misma.