Capítulo 6
Guillermo
En el momento en el que me terminé de vestir, salí al jardín. Tenía la necesidad de contarle a mi madre todo lo que había pasado, como hacía antes, cuando tenía quince o dieciséis años, y no dudé en coger mi teléfono y marcar su número.
Contestó mi abuela porque mi madre se había echado un rato, ya que decía que le dolía la cabeza y necesitaba desconectar de todo. Eso me preocupó, pero mi abuela se encargó de quitarme esa preocupación.
—Tranquilo, mi niño, que nosotros nos ocupamos de ella. Tú, disfruta.
—Abuela, ¿tan mal está? Dímelo de verdad, porque no dudaré en dejarlo todo e irme hasta allí para estar con ella.
—Cariño, no te mentiré. Tu madre no está bien, pero si haces eso, lo único que conseguirás es que tenga una preocupación más.
—Prométeme una cosa.
—Lo que sea, mi amor.
—Si ves que ella se pone peor, si entiendes que me necesita, por favor, prométeme que me avisarás.
—Lo haré. Ahora, sal con tus amigos, ve a cenar y a bailar, que yo haré lo mismo con tu madre, que son las fiestas del pueblo.
—Gracias, abuela. Dile que la he llamado y que volveré a hacerlo mañana, en cuanto me levante.
—Se lo diré en cuanto se levante. Pásalo bien.
Justo cortaba la llamada cuando salieron mis amigos, impecablemente vestidos y perfumados, tal y como había hecho yo minutos antes. En cuanto que nos miramos los tres, soltamos una carcajada porque todos habíamos pensado lo mismo.
—Esto es la leche. Cualquier otro día hubiéramos cogido unas bermudas y una camiseta y andando.
—No, amigo. Cualquier otro día no habríamos salido de la piscina y aquí estamos los tres, como si fuéramos a un evento.
Salimos al camino que nos llevaba a donde habíamos quedado y la vi salir de la casa de sus abuelos. ¿Se podía estar más guapa? Ya os digo yo que no. Si en ropa informal estaba preciosa, con ese vestido que llevaba ahora, estaba arrebatadora.
No pude evitar decírselo, así como darle un beso en los labios, mientras que la cogía por la cintura. Mis amigos hicieron lo mismo, salvo Pepe con Antonio, que no se atrevía a hacerlo en un lugar extraño, por lo que eso pudiera conllevar.
Aunque estábamos en el siglo veintiuno, en determinados temas todavía parecía que estábamos en la Edad Media. Y este era uno de ellos. Yo, personalmente, no entendía que cualquier muestra de cariño o afecto entre dos hombres pudiera suponer el detonante de una pelea.
Llegamos a una hamburguesería del pueblo, en la que había un montón de gente, y decidimos hacer una cosa porque queríamos que nuestros amigos no tuvieran que cortarse al estar en público.
—¿Qué os parece si compramos la cena y nos vamos a la playa de la urbanización a comérnosla? —Dijo David.
—A mí me parece una idea fantástica —dijo Silvia.
—Por mí, tampoco hay problemas —contesté yo.
—Y nosotros, y me atrevo a hablar en nombre de los dos, estaremos eternamente agradecidos, así no tendremos que estar pendientes de si nos miran o no —sentenció Antonio.
Hicimos eso: compramos hamburguesas para todos, con patatas fritas y refrescos, y volvimos sobre nuestros pasos.
Al pasar por una gasolinera, Antonio entró a comprar una botella de ginebra, dos litros de refrescos de cola, otros dos de refresco de limón y una bolsa de hielo, además de vasos de tubo.
Entramos por la casa de los abuelos, que no dudaron en darnos una pequeña nevera de corcho para que no se nos calentaran los refrescos, pero lo que más me sorprendió fueron sus palabras hacia sus nietos.
—Sabéis que no nos importa que os toméis una copa, pero en mi casa no quiero borrachos.
—No te preocupes, abuelo, que sabes que no hemos llegado así nunca.
—¿Vais a estar en la playa? —preguntó su abuela.
—Sí, había mucha gente en el pueblo y no nos apetecía estar allí, esperando más de una hora para poder sentarnos a comernos una hamburguesa.
—Está bien, pero no os subáis muy tarde.
Me encantaba la relación que había entre ellos, esa complicidad, esa manera tan natural que tenían de darles consejos, pero sin imponer nada, tan solo poniendo los límites que todos entendíamos que teníamos que tener.
Bajamos a la playa y nos instalamos en las hamacas.
No había nadie, pues el resto de los vecinos de la urbanización se encontraban bien en el pueblo, bien en sus casas.
La mayoría de ellos ni siquiera bajaban durante el día, por lo que, a pesar de ser una playita pequeña, se estaba de lo más a gusto.
—Mañana tenemos la barbacoa en casa de mis abuelos, pero podríamos venir a la playa antes de comer —dijo Antonio.
—Claro que sí, es una buena idea. Porque, después de comer, lo pasaremos en la piscina —contestó Silvia.
—No, cariño, mis padres nos obligarán a permanecer allí. Están como locos por ver cómo nos damos un beso, mi chico y yo —dijo Pepe, haciéndonos reír.
—Pues yo no tengo ningún problema en hacerlo, te lo aseguro.
—Nuestros abuelos son personas que valoran mucho la libertad de los demás, siempre y cuando no afecte a nadie. Y con eso quiero decir que no le hagas daño al otro —sentenció María.
Cenamos entre risas y planes. Decidimos que no bajaríamos más al pueblo, que nos mantendríamos allí, entre la playa y las piscinas a no ser que quisiéramos ir al cine o a una discoteca, porque a los seis nos gustaba estar tranquilos.
Después de servirnos una copa, Antonio subió a buscar un pequeño altavoz para poner música, que no tardó en traer, para amenizar un poquito la noche. En cuanto que puso música, no me lo pensé, y cogí a Silvia de la mano, para que me siguiera.
Todos nos habíamos descalzado en cuanto que llegamos a la playa, pues nos encantaba sentir la arena bajo los pies. De este modo, era mucho más fácil que andar con los zapatos llenos de arena.
Antonio se decidió por poner música melódica, de esas que te invitaban a bailar bien pegadito con la otra persona, y justo era eso lo que yo necesitaba. Pegarme a Silvia, oler su cabello y tocar su piel, algo que me hiciera olvidar lo mal que lo estaba pasando mi madre.
Quise que no se me notara, pero Silvia era muy observadora, como me demostró cuando se paró frente a mí y, con sus manos en mi cara, y después de darme un breve beso en los labios, me preguntó.
—¿Qué te ocurre, Guille?
—No es nada, no te preocupes, de verdad.
—Claro que me preocupo. Se supone que estamos empezando algo y no me gustaría que no tuvieras la confianza como para abrirte a mí y decirme lo que te ocurre.
—Está bien, pero vamos a dar un paseo y así hablamos tranquilamente.
La cogí de la mano y, por la orilla, fuimos paseando. Me daba igual que los pantalones se mojaran; ya los lavaría cuando llegara arriba a la casa, pero necesitaba sentir el mar en mis pies; era algo que siempre me había ocurrido, como si fuera mi cable a tierra.
Le conté a Silvia la situación de mis padres, cómo las discusiones eran constantes y cómo había encontrado a mi padre en actitud más que cariñosa con su secretaria, así como su petición de que no le dijera nada a mi madre.
También le conté lo baja de ánimos que la había encontrado a ella, y como mi abuela me había aconsejado que no fuera, que la dejara que sanara su corazón y su mente como ella necesitaba.
—Es normal que esté así, Guille. Según me has contado, se ha tratado del amor de su vida, ese que ha ido perdiendo poco a poco.
—Y lo entiendo; lo que no entiendo es cómo ha soportado esta situación durante tanto tiempo.
—Quizás pensara que su marido estaba pasando por un mal momento y que todo cambiaría cuando se solucionara aquello que lo tenía así.
—Bueno, no quiero pensar más en eso. ¿Qué te parece si nos metemos en el agua?
—¿Así, vestidos como vamos?
—No, podemos quitarnos la ropa y hacerlo.
—¡Estás loco! Pero… ¿sabes qué? Que, por una vez, te voy a seguir en la locura.
Cuando me dijo eso, empecé a reírme a carcajadas. En cuanto que los demás nos vieron quitarnos la ropa y entrar en el agua, no dudaron en seguirnos. Los primeros fueron Antonio y Pepe, seguidos de María, que obligó a su chico a hacerlo.
Por suerte, la ropa interior que llevaba Silvia no era de esas provocativas, sino que se trataba de un conjunto de algodón blanco, de lo más bonito, pero sin encaje ni tanga ni nada parecido, o hubiera sido una auténtica tortura para mí.
De todos modos, tenerla así, entre mis brazos, en el mar y de noche, fue un ejercicio de contención absoluta, sobre todo cuando se acercó a mí y me besó. Ahí no pude aguantar más, y la cogí por sus nalgas e hice que rodeara mi cintura con sus caderas.
No es que yo tuviera ninguna experiencia en el tema del sexo, pues no me había acostado todavía con nadie, como sí habían hecho David y Pepe.
Oportunidades no me habían faltado, pero siempre pensé que mi primera vez tenía que ser con alguien que no solo me atrajera físicamente, sino que también lo hiciera de otra manera.
Ahora estaba absolutamente convencido de que la había encontrado. Era ella; era Silvia la persona con la que quería que eso ocurriera, pero tampoco sabía si ella había tenido sexo con algún otro chico. No podía seguir con esa duda y por eso no vacilé en preguntarle.
—Silvia, me gustaría preguntarte algo, y desde ya te digo que tu respuesta me da igual, pero es que…
—Ay, Guille, deja de divagar y pregunta, que el corazón se me va a salir del pecho.
—¿Te has acostado con algún chico o eres virgen?
Silvia me miró como si no se terminara de creer eso que había escuchado, pero la tranquilicé porque no quería que se sintiera juzgada o prejuzgada, mejor dicho.
—No me importa si lo has hecho; ya te lo he dicho antes…
—No, no me he acostado con nadie. De hecho, ni siquiera he llegado más allá de los besos.
—Yo tampoco, Silvia, y quiero que seas tú la primera en todo.
—¿Me lo dices en serio?
—Por supuesto, ¿qué me dices? ¿Estás de acuerdo?
—Sí, pero con matices.
—A ver, cuéntame. Estoy dispuesto a esperar todo lo que sea necesario, siempre que sea contigo.
Silvia me dijo que no se sentía preparada todavía para tener relaciones sexuales completas, pero que se moría por ir más allá de los besos. Por eso, no dudé en hacer lo que hice a continuación, siempre con su consentimiento, por supuesto.
La pegué a mí, haciendo que su sexo se rozara con el mío, aunque con la ropa puesta, hasta que la vi jadeante, mordiendo mi hombro por el placer que estábamos sintiendo.
—Tócame, Guille, por favor.
—¿Estás segura?
—Sí, y quiero hacerlo yo también.
Volví a besarla, pero esta vez, mientras lo hacía, la puse de pie delante de mí. Con el abrigo de la noche y del mar, pues los demás ya se habían salido y estaban en dos hamacas. Llevé mi mano entre sus piernas, y puse la suya dentro de mi bóxer, justo encima de mi miembro.
Le indiqué cómo debía hacerlo y os prometo que casi me quedé sin respiración cuando sentí su mano. Del mismo modo que le ocurrió a ella cuando lo hice yo.
No os podéis imaginar la sensación que fue alcanzar el orgasmo de esa manera. Silvia se había convertido en mi válvula de escape, y no me refiero al tema sexual, ni mucho menos, sino al afectivo.