No soy más tonta porque no quiero Capítulo 5
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Capítulo 5

Silvia

Cuando Guillermo me dijo eso, un cosquilleo me subió por la espalda y entendí eso que decían de que se notaban mariposas en el estómago, solo que, en mi caso, las mariposas debían tener el tamaño de un elefante, a juzgar por lo que sentí.

No supe cómo contestar ni qué decir, y la mirada que recibí de Guillermo, de tristeza, de desilusión, me hizo estremecer. Sus palabras me dejaron claro que había malinterpretado mi reacción.

—No quiero incomodarte, está claro que no te sientes atraída por mí, pero no pasa nada, podemos seguir siendo amigos.

—No es eso, Guillermo. Tú también me gustas mucho, es tan solo que me ha cogido desprevenida, nada más.

—¿Lo dices de verdad o es solo para que no me sienta mal?

—No podría decir una mentira así, no sería justo para ninguno de los dos.

En cuanto que dije eso, Guille posó sus manos en mi cintura y me acercó a él. Nos quedamos mirándonos a los ojos y estábamos medio embelesados, cuando escuchamos a Pepe de fondo.

—¿La vas a besar ya o vas a esperar a que lo diga el cura en la boda?

—Nos besaremos cuando queramos, no cuando lo digas tú.

—Aprende de mi hermano, que le ha faltado tiempo para meterle la lengua a María hasta la campanilla.

—Claro que sí, porque tú has estado jugando al parchís —le dijo su hermano.

—Todavía no, pero, en cuanto que pueda, me como la ficha, no lo dudes.

Ahí ya fue imposible aguantar la carcajada, sobre todo por la cara de mi primo, que había venido a dar con la horma de su zapato, porque esos comentarios con doble sentido eran muy típicos de él.

Guillermo me acercó más a él, dejando una de sus manos en mi cintura, mientras que la otra la llevó a mi cuello, posándola en él. Mi corazón latía desbocado y él lo notó. Puse mis brazos en su cuello y fue el detonante de aquel beso, nuestro primer beso.

En cuanto que introdujo su lengua en mi boca, supe que ya no había marcha atrás, que mi corazón sería suyo para siempre, pues la manera en la que me había hecho sentir ese beso no la había sentido en mi vida, con ninguno de los chicos con los que me había besado anteriormente.

Entre risas, bromas y besos, pasamos toda la tarde. En un momento determinado, Pepe dijo de salir de la piscina a merendar, y es que, era tan goloso que, desde que Antonio había entrado por la puerta de su casa con la tarta, estaba deseando de meterle mano, a ambos, dicho sea de paso.

Nosotros nos servimos una porción normalita, pero él se sirvió una sola porción pero que valía, por lo menos, por cinco de las nuestras. No entendía como tenía ese cuerpo con todo lo que comía, porque no era solo eso lo que había ingerido al medio día.

—Chico, no entiendo cómo te conservas así de bien, con todo lo que comes —le dijo Antonio, negando con la cabeza.

—Uy, tú no sabes lo que yo como, pero no te preocupes, que te lo demostraré muy pronto.

—¿Podrías dejar de aludir a tus habilidades sexuales, por favor? No tengo necesidad de que esa imagen acuda a mi cabeza mientras que estoy merendando —le dijo David.

—Pues no pienses en ello. Hermanito, cada uno presume de lo que puede.

—Sí, sí, pues dime de lo que presumes y te diré de lo que careces —contestó Antonio, para buscarlo.

—¿Te pones del lado de mi hermano o es qué me estás desafiando?

—¿Yo? No me pongo nada más que de la manera que tú me digas que te gusta, rubio —le contestó Antonio a Pepe, guiñándole un ojo.

Mientras que todo esto ocurría, a Guille y a mí nos dolía ya la barriga de tanto reírnos, porque parecía una de esas obras de teatro que echaban de vez en cuando por la televisión, y no podíamos parar de reír.

A eso de las ocho de la tarde, decidimos que nos íbamos para ducharnos y cambiarnos de ropa, para bajar al pueblo a cenar.

Guille me acompañó hasta la puerta, donde me volvió a besar, pero esta vez de manera muy tierna, tan dulce que llegué a sonrojarme, pues parecía que era de cristal y me iba a partir por la mitad.

—Nos vemos ahora en la esquina, no me hagas esperar mucho —me dijo.

—Por mí no será, pero desde ya te digo que estos dos tardan una eternidad en ducharse y en arreglarse. Casi te diría que mi primo tarda el doble de tiempo que yo.

—Bueno, pues mientras que se ducha, déjale la ropa encima de la cama, y eso que lleváis adelantado.

Nos despedimos y salimos los tres con una cara de bobos que no era ni medio normal. En cuanto que entramos en la casa de los abuelos, que seguían sentados con Nuria y Pablo, y mi abuela nos vio a los tres, soltó una carcajada que resonó en todo el jardín.

—¿De qué te ríes, abuela? —preguntó María.

—De que traéis los tres una cara como si hubierais encontrado al amor de vuestras vidas.

—¿Qué te hace pensar que no lo hemos hecho, abuelita? —preguntó Antonio, acercándose a darle un beso.

—Eso espero, hijo mío, porque la vida de hoy en día es tan complicada que el amor dura lo que una peseta en la puerta de un colegio.

—Angelita, pues nosotros llevamos treinta años juntos, y veinte casados, y seguimos tan enamorados como el primer día —le dijo Pablo a mi abuela.

El tema de conversación se alargó entre ellos, hasta que sonó el teléfono, eran nuestros padres, que llamaban para ver qué tal estábamos.

Cuando mi abuela le contó que habíamos hecho amigos nuevos, hasta los más pequeños, se pusieron la mar de contentos, y nos dijeron que, en cuanto que volviéramos, teníamos que hacer una barbacoa todos juntos.

En esa merienda, mis abuelos también habían invitado a los padres de los chicos amigos de nuestros primos pequeños, que se reían a carcajadas de las ocurrencias de mi abuela.

Y es que era única en su especie, como le decía mi abuelo, y que estuvieron encantados de acudir, tanto a la barbacoa del día siguiente como a la que harían cuando vinieran nuestros padres.

Subimos a la habitación para ducharnos y cambiarnos de ropa. Normalmente no me preocuparía en lo que ponerme, sino que hubiera cogido cualquier cosa del armario. Pero no era el caso, puesto que quería sorprender a Guille con algo bonito y especial.

Por eso, opté por un vestido blanco, de algodón, cogido al cuello, con la espalda al aire y por encima de la rodilla, estrecho, y que me hacía una figura preciosa. Lo combiné con unas cuñas de esparto, no demasiado altas, pues ya lo era lo suficiente como para parecer una jirafa.

Recogí mi pelo en una coleta alta; hacía tanto calor que no quería estar toda la noche con él pegado a la frente, sintiéndome incómoda. Me apliqué un poquito de máscara de pestañas y brillo labial, pues en verano no me gustaba maquillarme mucho.

Un poquito de perfume y ya estaba lista para salir, por lo que salí a la habitación, donde se estaba vistiendo mi prima, que, al verme, abrió la boca, completamente sorprendida.

—Pero bueno, ¿quién eres tú y qué has hecho con mi prima?

—No seas idiota; voy igual que otras veces.

—Claro que sí, lo mismo es ese vestido que los pantalones vaqueros cortos que te pusiste la última vez que salimos.

—Pues tú tampoco es que vayas igualita.

—Pero yo lo admito, prima. Quiero que, cuando David me vea, se quede con la boca abierta.

—Y lo hará porque vas preciosa.

Le dejé un beso en la mejilla y cogimos nuestros bolsos para bajar al salón, donde se suponía que ya estaba Antonio esperándonos, pero nos equivocamos, porque justo salía por la puerta de su habitación.

—Ole las mujeres bonitas… Esos chicos se van a tener que partir la cara con un montón de moscones, porque no os vais a quitar al resto de los chicos de encima en toda la noche.

—¡Hala! Mira que eres exagerado, chaval.

—¿Exagerado? Ya me lo contareis cuando volváis, ya…

Nos despedimos de los abuelos, que nos dijeron que tuviéramos cuidado y que no llegáramos tarde. Los peques se habían ido con los padres de sus amigos a cenar y al cine, y se quedarían a dormir en su casa.

Cuando Guille me vio llegar, con ese vestido, abrió la boca, que parecía un dibujo animado, por la sorpresa que se llevó. En cuanto que llegué a su altura, me cogió por la cintura y me dio un beso en los labios.

—Estás preciosa. Bueno, más bien, eres preciosa, pero ahora estás arrebatadora.

—No tienes que decir algo que no sientes.

—Uy, si tú supieras lo que he sentido cuando te he visto…

—Mejor que lo dejemos aquí…