No soy más tonta porque no quiero Capítulo 4
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Capítulo 4

Guillermo

En cuanto que llegamos a casa, les dijimos a Nuria y a Pablo que, después de comer, vendrían unos amigos de la casa de enfrente. Nos dijeron que, sin ningún tipo de problema, que era nuestra casa al igual que la de ellos.

Pablo, que conocía a sus hijos, se dirigió directamente a Pepe, que le había contado hacía unos meses que se sentía atraído por los hombres, y sabía que, si su hijo no había protestado por las visitas, era porque vendría algún chico que le gustaba.

—Bueno, Pepe, ¿y cómo se llama el chico?

—¿Qué chico? ¿Me has estado espiando?

—Hijo mío, conociéndote como lo hago, no me hace falta espiarte para saberlo. De lo contrario, estarías peleándote con tu hermano porque necesitas intimidad.

—Es verdad, Pepe. Nunca te gustan las visitas; siempre andas diciendo que te restan intimidad y que tienes que vestirte cuando tú andas por tu casa como te da la gana —añadió Nuria.

Mi amigo era así de hermético con su vida; no le gustaba que los extraños le hicieran sentir incómodo en su propia casa. Por eso, siempre que alguien de la pandilla decía de quedar para hacer un trabajo o para estudiar, Pepe miraba a David para que no le dijera que lo hacían en su casa.

—Vale, me habéis pillado. Se llama Antonio y es el hermano de la chica que le gusta a mi hermano y primo de la que le gusta a Guille.

—Vamos, Pablo, que estos tres han hecho una quedada en pareja y no han contado con nosotros —dijo Nuria, riendo.

—Mamá, ni Guillermo ni yo hemos dicho una sola palabra sobre que nos gusten esas dos chicas. Además, mi hermano tampoco sabe si ese chico es gay o si le gusta él.

—Gracias, hermano, eres único dando ánimos, de verdad. Los vellos de punta tengo de la emoción de saber que contaré contigo, siempre —le dijo Pepe, haciendo que todos empezáramos a reír.

Nos sentamos a comer y os prometo que parecía que las manecillas del reloj no avanzaban. Cada vez que lo miraba, era un minuto más tarde que la vez anterior y Nuria se dio cuenta.

—Cariño, por mucho que mires el reloj, las cuatro de la tarde no van a llegar antes.

—Uf, Nuria, es que me gusta mucho esa chica. Tengo la impresión de que me va a ayudar mucho con mi tristeza.

—Eso lo tengo claro, Guillermo. Pero antes de que te ilusiones demasiado, deberías decírselo a ella.

—Mamá, por favor, que nos hemos conocido hace si acaso tres horas y parece que nos conocemos todos de toda la vida —dijo David, negando con la cabeza.

—Lo que yo te diga, mamá. Este niño no puede ser mi hermano ni tu hijo. Opto por que llames al hospital y preguntes si te lo cambiaron en el baño cuando nació.

Todos soltamos una carcajada porque era cierto que no podía ser más diferente que su hermano, que era la impulsividad con dos patas. Sus padres no es que fueran claramente así, pero sí que tenían un carácter mucho más atrevido que el de David.

En cuanto que terminamos de comer y recogimos la mesa y la cocina, mientras que David se tiraba en una tumbona y sus padres se sentaban en el balancín del porche, Pepe y yo nos metimos en la piscina.

Mi intención era distraerme lo suficiente como para olvidarme un poquito del tiempo que quedaba para que llegara Silvia.

Justo cuando estaba a punto de tirarme de cabeza, mi teléfono empezó a sonar y recordé que mi madre me había dicho que me llamaría a la hora de comer, por lo que supe que sería ella.

—Hola, mamá.

—Hola, cariño. ¿Cómo estás?

—Yo, muy bien, acabo de terminar de comer y ahora íbamos a meternos en la piscina a esperar a que lleguen unos amigos que hemos conocido esta mañana.

—Me alegro mucho de que estés disfrutando, mi niño…

—Mamá… ¿Qué te pasa?

—He hablado con tu padre; quiere que nos sentemos a hablar de nuestra relación y, realmente, no sé qué esperar ni qué hacer.

—Lo que te dicte tu corazón, mamá, pero mirando siempre que puedas hacer borrón y cuenta nueva.

—Guillermo, te has ido y no te he dado dinero. Ahora mismo te ingreso en la tarjeta, por si quieres comprarte algo o invitar a tus amigos a cenar o a una copa.

—Mamá, no hace falta; tengo dinero suficiente.

—¿De verdad? Mira que no quiero que tengas ninguna carencia.

—De verdad. Si me hace falta algo más, te prometo que te lo diré para que me lo ingreses. ¿Vale?

—Vale. Bueno, cariño, te dejo que sigas disfrutando de la piscina y de esos nuevos amigos. Yo voy a ir con los abuelos a tomar café a casa de los vecinos, que nos invitaron esta mañana, en cuanto que llegué.

—Está bien, dales un beso a los abuelos de mi parte y dile que, lo mismo, antes de que termine el verano, me paso por allí a verlos y a darles un abrazo.

—Yo se lo diré. Mañana te llamo. Un beso y no olvides que te quiero más que a mi vida, Guillermo.

—Lo sé, mamá. Yo también te quiero con toda mi alma.

Corté la llamada con una sensación agridulce, pues veía a mi madre tan apagada, tan lejos de ser lo que ella era, que me daba una pena horrible.

Pero, por otro lado, sus sentimientos hacia mí no habían cambiado y entendí que su comportamiento de los últimos tiempos se debía al momento por el que estaba atravesando.

En cuanto que colgué la llamada y dejé el móvil encima de la mesa, me lancé de cabeza al agua; lo necesitaba como el comer, a ver si así me distraía un poquito de todo lo que había hablado con mi madre.

Llevábamos como diez minutos cuando llamaron al timbre y fue David el que abrió, pues no dejó que sus padres lo hicieran, según él, por eso de que los chicos no se sintieran intimidados por su presencia.

No olvidaré en mi vida la manera tan sutil en que Pepe le había dicho a Antonio que le gustaba, y la manera de mirarlo de vuelta, con una mezcla de satisfacción y de asombro, que provocó que todos soltáramos una carcajada, incluidos sus padres.

—Bueno, chicos, os dejamos disfrutar, que los vecinos nos han invitado a tomar café cuando me encontré a la señora en el supermercado, y sabéis que me encanta socializar —dijo Nuria.

—Sí, es nuestra abuela con la que te has encontrado esta mañana —le dijo Silvia, con algo de timidez.

—¿Vuestra abuela es Angelita?

—Sí, la misma que viste y calza. Menudo personaje está hecha —dijo María, sonriendo.

—Es una señora de lo más adorable; me encantará hablar con ella. Lo dicho, que nos vamos y que volveremos tarde, porque tengo la impresión de que la charla nos dará para mucho.

Salieron los dos de la casa, dejándonos a nuestro aire. Eso era algo que hacían mucho, pues decían que los jóvenes teníamos que hablar entre nosotros y sin las personas adultas, aunque luego les gustaba que les contáramos todo, como así hacíamos.

—¿Te metes en la piscina conmigo? —le pregunté a Silvia.

—De momento, me siento en el borde y ya veo si me meto, que el agua está muy fría.

—Anda ya, pero si está a la temperatura ideal.

—No te preocupes que, en cuanto que tu primo se meta, yo me encargo de calentar la temperatura —dijo Pepe, haciéndole gestos a Antonio, que lo miraba con una ceja arqueada.

Silvia soltó una carcajada mientras que se sentaba en el bordillo, tal y como había dicho. Su prima fue a sentarse en la tumbona con David, que, por mucho que dijera que él no había dicho que le gustaba María, todos nos habíamos dado cuenta de que se le caía la baba con ella.

Me situé entre las piernas de Silvia y, en cuanto que la cogí desprevenida, puse mis manos en su cintura y la tiré en el agua, pero cerquita de mí, que no quería que se escapara.

Estuvimos jugando un buen rato, entre chapuzones mutuos y salpicaduras de agua. Por primera vez había conseguido quitarme a mis padres de la cabeza, y todo lo que habíamos vivido en mi casa en los últimos tiempos. Reía de verdad, llenándome por dentro de una felicidad que me hacía sentir completo.

Al girar la cabeza, nos fijamos en Antonio y Pepe, que estaban besándose como si no hubiera un mañana, al igual que David y María, tan solo que estos últimos estaban en la tumbona.

—Veo que nos han cogido la delantera —le dije, y me salió de manera espontánea, sin saber si a ella le podía sentar mal.

—Pues sí, nos van ganando por goleada.

—Silvia, sé que nos hemos conocido esta mañana, pero tengo que decirte que me gustas mucho.