Capítulo 3
Silvia
El chico que me había llamado la atención se sentó en la hamaca que había junto a la mía. No sé el motivo, pero empecé a ponerme nerviosa por su presencia, aunque intenté disimularlo, porque no quería que me viera como a una niñata.
—Hola, me llamo Guillermo y pasaremos aquí todo el verano.
—Hola, Guillermo, yo soy Silvia y también pasaremos aquí todo el verano.
—¿La que discute con mi amigo también?
—Pues sí, porque es mi prima y la casa pertenece a nuestros abuelos. Todos los años, en cuanto que nos dan las vacaciones, corremos a preparar las maletas para venirnos aquí y desconectar de todo.
—¿De dónde sois?
—Nosotras somos de Granada…
—No me lo puedo creer. ¿De Granada capital?
—Sí, ¿por qué? ¿Te cae mal la gente de Granada?
—Para nada, o me caería mal a mí mismo. Nosotros también somos de Granada. Por eso decía lo de que no me lo podía creer.
—Mentira… ¿De verdad lo dices en serio?
—Te lo juro. Si no me crees, pregúntales a mis amigos.
Resultó que vivíamos a tres o cuatro calles el uno del otro y no nos habíamos visto en la vida. Ni siquiera cuando salíamos, que, además, todos parábamos en la misma zona.
Parecía sorprendente que, en vez de encontrarnos en Granada, nos hubiéramos conocido aquí, en Marbella. Estuvimos hablando un buen rato y resultó que ellos iban a un instituto privado que estaba bastante lejos del que íbamos nosotros.
Ellos habían terminado el bachillerato y empezaban la universidad en breve, ya que eran dos años mayores que nosotras. Al que sí conocían de vista fue a mi primo Antonio, el hermano de mi prima María, que bajó a la playa y se sentó con nosotros, aunque no habían hablado nunca.
Con él no teníamos problema, ya que no era el típico hermano mayor protector o hermético que no quería que fuéramos con él, más bien, todo lo contrario.
Para él, incluirnos en sus planes y en los de sus amigos era algo completamente normal; por eso sabíamos que, si ocurría algo con esos chicos, contaríamos con su aprobación.
—¿Nos vamos a darnos un baño?
—Sí, porque hace un calor que no veas.
—Pero nada en comparación con nuestra Granada.
—Bueno, eso es que ya es un horno, directamente.
Nos fuimos los dos al agua, a darnos un baño, pero nos siguieron todos los demás. Sus amigos se presentaron; se llamaban David y Pepe y eran hermanos mellizos, aunque no parecían ni primos, de lo poco que se parecían entre ellos.
Resultó que el que le gustaba a María era David y, al parecer, la atracción era mutua, porque no se separó de ella en todo el día.
Antonio había hecho muy buenas migas con Pepe, pues los dos tenían la misma manera de ser, y las risas estuvieron presentes durante todo el tiempo que permanecimos en la playa.
—¿Por qué no os venís a mi casa después de comer? Podríamos estar en la piscina hasta la hora de salir —dijo David, mirando directamente a mi prima.
—Por mí no hay problemas, siempre que mi hermano y mi prima quieran.
—Yo tampoco tengo ninguna objeción; me gusta el plan —dijo Antonio.
—Entonces, no seré yo la que joda la fiesta. Si nos decís cuál es la casa, nos vemos allí a las cuatro —contesté, encogiéndome de hombros.
Guille puso una sonrisa en sus labios que me resultó de lo más encantadora, a la vez que sexy, y supe que ese chico sería un problema para mí, porque me gustaba mucho y no sabía si era mutuo.
No os he contado que mi primo era gay y lo sabíamos todos en la familia. En cuanto que cumplió quince años, se sentó con sus padres y se lo contó. No quería tener que esconderse de nadie, mucho menos de su familia.
Mi tía se levantó, lo abrazó y le dijo que lo sabía desde hacía mucho tiempo y que a ella lo único que le importaba era que fuera feliz y buena persona; lo demás era todo secundario.
A mi tío tan poco le importó; le dijo que seguiría siendo su hijo, estuviera con quien estuviera, y que le agradecía la confianza que había tenido con ellos para contárselo.
No sabía si Pepe también era gay, pero a mi primo le había gustado ese chico y no dudaría en que se lo haría saber. Hasta ahora, ninguno de sus amigos había puesto ninguna objeción a su condición sexual y lo seguían tratando como hasta ahora.
—Veo que vosotros también habéis hecho amigos —nos dijo mi abuela.
—Pues sí, son dos hermanos y un amigo suyo que viven en la urbanización —respondió mi prima María.
—Ya sé de quiénes se trata. He coincidido con su madre en el supermercado este mediodía. Una mujer encantadora que se llama Nuria —nos aclaró.
Mi prima y yo nos miramos. Sabíamos que teníamos una conversación pendiente, porque, ni a ella se le había pasado por alto que me había gustado Guille, ni a mí se me había ido el que ella y David habían estado de lo más cercanos.
Comimos entre risas y planes para la tarde y la noche, pues habíamos decidido que iríamos al pueblo dando un paseo, cenaríamos en alguna hamburguesería de allí y nos tomaríamos algo.
Nuestros abuelos, como Antonio era uno más de la pandilla y salía con nosotros, no nos ponía hora para llegar, eso sí, nunca más allá de las tres.
Si nuestros padres se enteraran, no nos dejarían venir más, o sí, porque no creo que fueran tan tontos como para no saber que mis abuelos nos consentían y permitían mucho más que ellos. Pero como decía el sabio de Nono, la juventud pasaba y tan solo se vivía una vez.
Lo único que no permitía mi abuelo era que llegáramos borrachos y nos lo tenía advertido. Nos podíamos tomar una copa o una cerveza, pero hasta ahí. Teníamos claro que, si alguno llegaba en un estado lamentable, al día siguiente era enviado a Granada con sus padres.
—Abuela, nos vamos a casa de nuestros amigos. Nos llevamos los móviles, por si necesitáis algo —le expliqué.
—Lo único que necesitamos es que ustedes disfrutéis —me contestó ella.
—Podéis decirles a esos chicos que vengan mañana para comer y a sus padres también. Podemos hacer una barbacoa y así disfrutáis de la piscina —nos dijo mi abuelo.
—Ese es un buen plan, abuelito. No dudes de que se lo diremos —contesté, dándole un beso.
—Tomad, esperad un momentito. Llevaros eso que compré esta mañana, para que merendéis todos.
Mi abuela venía con una tarta de San Marcos que tenía una pinta estupenda. La había comprado por si venía alguien a merendar a su casa, pero nos la dio a nosotros para que nos la comiéramos con nuestros amigos. La llevaba yo, pero en cuanto que salimos de la casa, mi primo me la quitó de la mano.
—Esto lo llevo yo, que tengo que impresionar a mis futuros suegros.
—Bueno, por esa regla de tres, entonces yo también puedo llevarla.
—¡Lo sabía! Sabía que te había gustado mi futuro cuñado.
—A lo mejor es que a ti te gusta mi futuro cuñado.
—Bueno, como sea, me encanta Pepe. Lo único que no tengo claro es si de verdad es gay o tan solo siente curiosidad.
—¿Por qué no se lo preguntas? —Le pregunté a mi primo.
—Eso pienso hacer en cuanto que nos quedemos a solas un momento.
—¡Ese es mi hermano el suicida!
—¿Por qué le dices suicida? Es previsor; si ese chico no es gay, pues así, ni pierde el tiempo ni arriesga su corazón —le dije a mi prima.
—¿Y tú? ¿Vas a arriesgar tu corazón? —Me preguntó ella.
—De momento, puedo decir que ese chico me gusta mucho, pero, como Antonio, no sé si le atraigo o no.
—¡Venga, ya! Tenía que estar ciego para que no le gustaras. Si hasta yo, que no me gustan las mujeres, veo que eres una chica espectacular —me contestó Antonio.
Dejamos la conversación a un lado, puesto que habíamos llegado ya a la puerta de su casa. Llamamos al timbre y fue David el que salió a abrirnos. Sus padres estaban sentados en un balancín en el jardín y tanto Pepe como Guillermo se encontraban en la piscina.
—Pasad, por favor.
—Gracias —le dije.
—Venid, que os presento a mis padres. Ellos son Nuria y Pablo.
—Encantados —dijimos los tres a la vez.
Antonio se acercó a darle la tarta a Nuria, que no dudó en levantarse a cogerla para meterla en la nevera, no sin antes decirnos que no teníamos que traer nada, que éramos amigos de sus hijos y esta era nuestra casa.
—Eh, moreno, ¿has traído tarta? —Dijo Pepe desde la piscina.
—Sí, de San Marcos —contestó Antonio.
—Por si no me gustabas lo suficiente, ahora me gustas todavía más.