No soy más tonta porque no quiero Capítulo 2
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Capítulo 2

Guillermo

Me llamo Guillermo, aunque todo el mundo me llama Guille. Ahora mismo, tengo veintisiete años y trabajo como consultor ejecutivo en una gran multinacional, aunque tengo en mente estudiar una oferta laboral que me ha llegado recientemente y que me haría cambiar de aires.

Pero creo que, primero, os debo contar cómo llegué hasta el punto en el que estoy ahora mismo, las circunstancias que me llevaron a esto.

Todo empezó cuando tenía diecisiete años, casi dieciocho, en Marbella, donde conocí el amor por primera vez.

Ese verano se me presentaba como el más aburrido y duro de mi vida. Mis padres, Francis y Ana, se llevaban cada vez peor y las discusiones y los gritos entre ellos eran cada vez más frecuentes, lo que me agobiaba muchísimo.

Había terminado segundo de bachillerato y estaba como loco por irme a la universidad, lejos de mi Granada natal y muy lejos de ellos, pero algo me decía que no sería así, porque ni en eso se ponían de acuerdo.

Había elegido Sevilla, donde también estudiarían mis dos mejores amigos, David y Pepe, que eran hermanos mellizos y que, en esos momentos, eran mi mayor apoyo en la vida. Los que me escuchaban y me aconsejaban cada vez que llegaba a su casa, llorando por la situación que se vivía en la mía.

Esa última mañana de clase, estaba realmente apagado porque, nada más levantarse, habían tenido otra de esas famosas broncas. En esta ocasión, porque mi padre había aparecido en mi casa a más de las tres de la madrugada, sin dar una sola explicación.

Había escuchado llorar a mi madre durante toda la noche, pues mi padre ni siquiera había dormido en la misma habitación que ella. No entendía cómo no se habían separado ya, pero supongo que era por el apego que se tenían después de tantos años de relación.

—¿Qué te ocurre, Guille? —Me preguntó David en cuanto que me vio aparecer.

—Lo de siempre, amigo. Te juro que esta situación es insostenible y que todavía me queda todo el verano, porque tengo claro que no nos iremos de vacaciones. No creo que se soporten durante veinticuatro horas un mes entero.

—¿Y qué vas a hacer tú?

—Pues mira, estoy dudando entre irme de mochilero o marcharme a las Maldivas… ¿Eres tonto? ¿Crees que ellos se van a preocupar de hacerme sentir bien durante estas vacaciones? Pasarán de mí, como llevan haciendo todo el año.

—Joder, tío, no te puedes quedar aquí, solo, con ellos y pasando calor.

—Pues tú me dirás qué hago.

—Tío, has aprobado todo y con unas notas que ya quisiera yo para mí. Si hasta has sacado la mayor nota de toda la PAU… —me dijo Pepe.

—Pues ellos, ni siquiera las han mirado. El boletín está en el mismo lugar del escritorio del despacho de mi padre en el que lo puse cuando llegué, pues, para no variar, se estaban peleando.

—Déjame que le pregunte a mi madre una cosa…

—Pepe, David, no quiero ser una molestia para nadie, mucho menos para vuestra familia.

—Guille, aunque no te lo creas, tú eres parte de nuestra familia. Enseguida vuelvo.

Mi amigo sacó su móvil y marcó el número de su madre. Se apartó de nosotros para hablar con tranquilidad, pues en el pasillo en el que estábamos se podía hacer todo menos eso, ya que nuestros compañeros gritaban de alegría cuando veían que habían aprobado las asignaturas que habían suspendido.

Al rato vino hasta donde estábamos, con una sonrisa en los labios, lo que me indicó que los planes que tenía para mí habían salido tal y como él esperaba.

—Todo solucionado. No tienes que preocuparte por nada; mi madre llamará a la tuya. Tan solo cuando llegues a tu casa, prepara la maleta para todo el verano.

—¿De qué estás hablando?

—Mis padres han comprado una casita en Marbella y nos marchamos mañana para pasar todo el verano.

—¿Y el trabajo de vuestros padres?

—Se quedan los empleados y, si tienen algún problema, el móvil de mi padre estará siempre operativo.

Los padres de mi amigo eran los propietarios de una cadena de supermercados en Granada y les iba muy bien. Entre ambos, llevaban la gestión de los tres establecimientos que tenían, pero, entre sus empleados, contaban con gente de su absoluta confianza en la que delegar sus responsabilidades.

En ese momento, una sonrisa se pintó en mis labios. Tan solo esperaba que no me pusieran impedimentos para irme, porque, entonces, sí que demostrarían lo egoístas que eran los dos.

No es que siempre se hubieran comportado como ahora; a mis padres, me refiero, pues había tenido una infancia de lo más feliz. Había visto cómo se querían, cómo se respetaban, pero de un par de años para acá, la cosa se había torcido.

No había sido de un día para otro, ni mucho menos, sino progresivamente. Empezaron por hacer vida social separados, y ya, jamás salíamos los tres juntos a cenar o al cine, sino que cada uno lo hacía por su lado, y a mí me dejaban al margen, como si no encajara con ninguno de los dos.

Así fue como, día a día, fui viviendo más experiencias con los padres de mis amigos y pasando más tiempo con ellos. Mis padres pensaban que dándome una tarjeta de crédito para que me comprara lo que quisiera o necesitara, servía y sustituía los besos y el cariño que tanta falta me hacían.

Llegué a mi casa con una sonrisa en los labios y esperando que mis padres me dijeran algo como “pórtate bien” o “no les des mucha guerra a Nuria y a Pablo”, pero nada de eso sucedió.

En cuanto que entré por la puerta, vi a mi madre con los ojos rojos por el llanto y supe que la discusión había continuado cuando me marché al instituto a despedirnos de toda la clase.

—Guille, me ha llamado Nuria y es lo mejor que puedes hacer. Prepara la maleta y, si quieres, puedes dormir en su casa, así no tendrán que esperarte mañana.

—¿Y tú? ¿Qué vas a hacer este verano?

—Yo me iré unos días con los abuelos al pueblo; tengo mucho en qué pensar.

—¿Quieres que me vaya contigo?

—No, cariño, tú disfruta en la playa. Yo necesito estar sola y saber lo que voy a hacer con mi vida.

—Mamá, quiero que la decisión que tomes la hagas con cabeza, no por un impulso. Si de verdad crees que vuestra relación puede ser como antes, adelante, lucha por ella. Pero si, por el contrario, ves que no hay más que rascar, no os sigáis haciendo daño.

—Eres muy listo, Guillermo, y tienes una edad en la que ya eres consciente de todo lo que sucede entre tu padre y yo. Realmente, creo que la culpa la tuve yo por confundir las cosas.

—No sé quién ha sido el culpable de toda esta situación, pero, si quieres saber mi opinión, creo que la culpa es de los dos, cada uno por una cosa.

—Bueno, tú no pienses en nosotros, tú, disfruta. Te llamaré todas las tardes, a la hora de comer, así, si te recoges tarde, no te despertaré y, si sales, no te interrumpiré.

—Te quiero, mamá.

—Y yo, cariño.

Preparé mi maleta y me despedí de mi madre. Antes de irme a casa de mis amigos, quise pasar por el despacho de mi padre para despedirme también de él, pero lo que me encontré no me gustó absolutamente nada.

—Guille… ¿Qué haces aquí?

—Venía a despedirme, pero veo que estás demasiado ocupado.

—No es lo que parece…

—Papá, no me tomes por tonto y deja a mi madre de una vez. Divórciate de ella si no la quieres, todavía es muy joven para poder rehacer su vida lejos de ti.

—Guillermo, ¿dónde te vas? Has dicho que venías a despedirte y yo no tengo ni idea de nada de eso.

—Veo, una vez más, que sigo sin ser tu prioridad. Me voy de vacaciones con mis amigos y sus padres…

—¿Y nosotros? Pensaba que nos íbamos los dos a Ibiza unos días.

—Los dos… no, papá, mi familia es de tres y, mientras que continúes casado con mi madre, si no vamos todos, no pienso ir a ninguna parte con ninguno de los dos.

—Es más complicado de lo que te imaginas, Guillermo…

—No, papá, es muy sencillo y así se lo he dicho a mi madre también. Si crees que lo vuestro tiene arreglo, adelante, id a donde tengáis que ir, pero si no es ese el caso, sal de ahí y déjala que sane su corazón.

Cuando llegué al despacho de mi padre, su secretaria no estaba en su puesto, pero claro, cómo iba a estar, si estaba abrazándose a él, con una confianza y complicidad que me decía que, entre esos dos, había algo. Vamos, que se estaban acostando juntos a las espaldas de mi madre.

Salí de allí, pero mi padre vino corriendo detrás de mí para suplicarme que no le dijera nada a mi madre de lo que había visto. Según él, no quería hacerle daño, como si ella fuera tonta o no se lo estuviera haciendo ya.

Quiso darme dinero, pero le dije que no me hacía falta, que tenía la tarjeta que ellos me habían dado en su día, y de la que no había gastado casi nada. Era prepago y ellos me iban ingresando dinero todos los meses, que se había acumulado por mis pocos gastos.

Llegué a casa de mis amigos, donde sus padres me recibieron como a uno más de sus hijos, dejándome claro que no sería una molestia para ellos, más bien todo lo contrario.

Cuando llegamos a la casa de Marbella, me quedé con la boca abierta, pues no me esperaba que fuera de esa manera. No es que la casa fuera una mansión ni nada parecido, pero sí que era preciosa y de lo más acogedora.

Inicialmente, contaba con tres habitaciones simples y una doble, pero ellos, sabiendo que sus hijos no querrían dormir separados y que, tarde o temprano, yo me uniría a ellos, habían hecho una reforma, uniendo dos de ellas y haciendo de la tercera una habitación de invitados.

En la que íbamos a dormir, había tres camas exactamente iguales, un armario empotrado dividido en tres partes y un baño integrado y bastante grande. El otro baño lo habían anexado al de ellos, que estaba en la pared contigua.

Pero lo que más me gustó de todo fue la parte exterior, con una piscina preciosa, una zona de barbacoa y una salida directa a la playa, que fue lo que más me llamó la atención.

—Esa playa es de uso exclusivo para la urbanización —me dijo David.

—Ha sido muy generoso por parte de los antiguos propietarios de los terrenos, porque podría habérsela quedado tan solo para él —dijo su padre.

—Anda, dejad todo en la habitación y bajad a la playa, que hace mucho calor. Luego os entretenéis en guardar la ropa —nos animó su madre.

Y eso hicimos: nos pusimos los bañadores y nos bajamos a la playa.

Estábamos bromeando cuando una risa nos llamó la atención. Al girar nuestras cabezas, vimos a dos chicas sentadas en las hamacas, y no dudé en que mis amigos irían hacia allá, como así resultó siendo.

—Hola, chicas, ¿podemos sentarnos con vosotros? —Le preguntó Pepe.

—Claro, las hamacas son para uso de la urbanización, podéis sentaros donde queráis —le contestó una de las chicas, la que parecía que era más echada para delante, aunque lo dijera como la que no había roto un plato en su vida.

—Ya, pero no son las hamacas lo que nos interesa, sino vosotras. Acabamos de llegar y no conocemos a nadie —respondió David.

La cara que puso ella y la risita contenida de la que suponía que era su amiga me dejaron claro que no era eso lo que ella quería escuchar. Por eso, me senté en la que estaba a continuación de la que me había llamado la atención y continuaba en silencio.